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GEOGRAFÍA Y DERROTA

Reiterar la misma estrategia fallida evidencia la ausencia de imaginación política y el agotamiento de las alternativas disponibles
El estrecho de Ormuz no es un escenario donde se puedan imponer soluciones rápidas mediante la coerción militar


Xavier Villar
hispantv.com/miércoles, 15 de julio de 2026 7:42

Reiterar la misma estrategia fallida evidencia la ausencia de imaginación política y el agotamiento de las alternativas disponibles. La humillación padecida en conflictos previos —una derrota política y militar en cualquier medición rigurosa— resultó tan profunda que Estados Unidos permanece incapacitado para metabolizar sus consecuencias. De esta incapacidad emerge una forma de hauntología política: el espectro del fracaso, junto al reconocimiento de los límites de un orden hegemónico, seguirá persiguiendo el pensamiento estratégico estadounidense durante los próximos años.

Al tropezar una y otra vez con la misma piedra de la geografía iraní, Washington demuestra que su aparato militar carece de los instrumentos conceptuales para procesar la materialidad del terreno. La pregunta por la viabilidad de las rutas energéticas globales suele formularse en los centros de decisión occidentales como un problema de ingeniería logística o de superioridad naval. Esta aproximación revela una ignorancia geográfica profunda, una incapacidad estructural para reconocer que el Estrecho de Ormuz funciona como un nudo ontológico de la maquinaria de la modernidad. El espacio marítimo donde la abstracción del capital global choca con la intransigencia del relieve no admite soluciones mágicas.

La Quinta Flota de Estados Unidos, con su base en Baréin, opera bajo la premisa de que el poder naval puede proyectarse impunemente en cualquier masa de agua. Esta asunción ignora las particularidades de la guerra litoral. El Golfo Pérsico es un espacio semicerrado, de aguas poco profundas en gran parte de su extensión, donde la ventaja tecnológica de los destructores y portaaviones se diluye ante la proliferación de amenazas asimétricas. La doctrina de control marítimo estadounidense fue diseñada para las autopistas oceánicas, para la proyección de fuerza en profundidades estratégicas. Aplicar esa misma matriz doctrinal a un archipiélago de islas, bahías y costas escarpadas como las del sur de Irán constituye un error de primer orden.

Teherán ha dedicado décadas a estudiar las vulnerabilidades de esta flota, desarrollando un ecosistema de disuasión que integra misiles antibuque costeros, enjambres de lanchas rápidas, drones navales y minas inteligentes. La geografía no es solo el escenario donde ocurre el conflicto; es un actor material que dicta los términos del enfrentamiento.

No existe una solución rápida para sortear este cuello de botella. Ninguna de las alternativas discutidas en los despachos occidentales logra superar la realidad básica de la topografía. Si Irán decide cerrar el estrecho mientras Ansar Allah mantiene la disrupción en Bab al-Mandab, la consecuencia práctica resulta ineludible: volúmenes masivos de petróleo y gas natural licuado del Golfo no alcanzarán los mercados en un plazo razonable. Las rutas existentes carecen de la capacidad material para reemplazar estas vías. La fantasía de un desacople inmediato obedece a un deseo de mantener la ilusión de control, ignorando que el espacio geográfico posee una agencia propia que resiste la traducción a categorías puramente tecnocráticas.

El estrecho presenta una configuración que favorece inherentemente la defensa costera sobre la proyección de poder naval. Con un ancho mínimo de apenas 34 kilómetros y un canal de tráfico de separación de tan solo tres kilómetros en cada dirección, el espacio de maniobra para los superpetroleros es extremadamente reducido. La costa iraní, montañosa y continua, junto con el control efectivo sobre islas estratégicas como Bu Musa y las Tunbs, otorga a Teherán una posición de vigilancia dominante.

El discurso estratégico estadounidense intenta amortiguar esta vulnerabilidad mediante la invocación constante de rutas terrestres. Se mencionan con frecuencia los oleoductos de Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos como mecanismos de contingencia viables. Esta narrativa opera como un tranquilizante epistémico diseñado para calmar la ansiedad de los mercados, colapsando ante el escrutinio de los volúmenes reales.

La infraestructura terrestre posee límites físicos insalvables. El oleoducto Este-Oeste de Arabia Saudita y el oleoducto Habshan-Fuyairah operan muy por debajo de la capacidad necesaria para absorber el desvío del tráfico marítimo. La construcción de nueva capacidad requeriría años de inversión masiva, permisos geopolíticos complejos y un grado de estabilidad regional que precisamente se estaría poniendo en duda durante una crisis de esta magnitud. El gas natural licuado presenta una rigidez aún mayor. A diferencia del petróleo crudo, el GNL depende de cadenas de frío especializadas, buques metaneros de diseño específico y terminales de regasificación que no pueden improvisarse. La idea de que el comercio energético puede reconfigurarse a voluntad responde a una abstracción que ignora la inercia material de la infraestructura global.

Los mercados asiáticos, particularmente China, India y Japón, dependen de un flujo continuo que solo el transporte marítimo a granel puede sostener. Cualquier interrupción prolongada genera un déficit estructural que las reservas estratégicas apenas pueden mitigar. Esta dependencia expone la fragilidad de la globalización de los hidrocarburos.

Occidente concibe el estrecho de Ormuz a través del prisma del derecho internacional liberal, como una vía de navegación internacional que debe permanecer abierta para el bien del comercio global. Teherán, por el contrario, lo entiende desde la óptica de la seguridad nacional y la soberanía litoral, un espacio donde las amenazas existenciales pueden y deben ser neutralizadas en la puerta de entrada. Este choque de paradigmas legales y geopolíticos refleja una asimetría más profunda: la imposibilidad de imponer la universalidad del mercado cuando el territorio físico reclama su derecho a la soberanía política. La tentativa de militarizar el estrecho para garantizar el flujo de mercancías termina por convertir el propio conducto en una zona de guerra, paralizando el comercio que supuestamente se intenta proteger.

Comprender la posición de Irán exige abandonar los marcos normativos de la seguridad occidental que reducen su acción a la irracionalidad. La guerra impulsada por administraciones extranjeras subestima sistemáticamente esta dificultad, asumiendo que la supuesta superioridad tecnológica puede anular las restricciones del terreno. Irán rechaza ser traducido a la categoría de estado revisionista dentro de la gramática de la modernidad; su capacidad de disuasión se fundamenta en una comprensión profunda de su propia geografía como herramienta de soberanía descolonial.

La doctrina militar iraní busca la imposición de un costo asimétrico que haga insostenible la presencia hostil en sus aguas litorales. Esta estrategia de negación de área es racional, calculada y profundamente enraizada en las realidades físicas del Golfo Pérsico. Teherán no necesita bloquear la totalidad del tráfico para paralizar el sistema logístico global. Bastan intervenciones esporádicas y calculadas para que las primas de seguros marítimos se disparen hasta niveles prohibitivos. Las compañías navieras internacionales detendrán sus operaciones por riesgo inasumible mucho antes de que cualquier armada extranjera pueda desplegar una contramedida efectiva. El mercado de seguros, movido por el cálculo actuarial, termina haciendo el trabajo de la disuasión militar.

La vulnerabilidad del sistema se multiplica exponencialmente al observar el mapa en su conjunto. La disrupción simultánea en el estrecho de Ormuz y en Bab El-Mandeb genera una fractura compuesta en las cadenas de suministro, eliminando cualquier posibilidad de generar nuevas rutas de manera eficiente. Esta desconexión crónica entre la planificación militar de Washington y la realidad geográfica del terreno expone los límites estructurales de un poder que confunde los mapas con el territorio. La economía global permanece profundamente entrelazada con los precios de los hidrocarburos, y la ilusión de inmunidad se desvanece ante la materialidad de los estrechos. Un shock en este nodo se reverbera inmediatamente en los costos de producción agrícola, a través del encarecimiento de los fertilizantes, y en la inflación general, desatando crisis de legitimidad en las capitales occidentales que creyeron haber externalizado sus dependencias energéticas.

La dimensión de Ansar Allah en Bab al-Mandab debe leerse en conjunción con la capacidad iraní, formando un arco de presión estratégica que abarca el mar Rojo y el Golfo Pérsico. Esta coordinación refleja una convergencia de intereses en la contestación del orden marítimo impuesto. El estrecho de Bab El-Mandab representa otro cuello de botella crítico. Su disrupción prolongada obliga a los buques a navegar alrededor del continente africano, añadiendo semanas a los tiempos de tránsito y consumiendo reservas de combustible que alteran los cálculos de rentabilidad.

La incapacidad de Washington para procesar esta realidad geográfica acelera su propia obsolescencia estratégica. Cada intento de imponer una solución militar al problema de los estrechos refuerza la percepción en las capitales del Sur Global de que el orden liberal es incapaz de garantizar la seguridad de sus suministros vitales.

Esta desconfianza estructural empuja a los estados asiáticos a acelerar la búsqueda de mecanismos de pago alternativos, a fortalecer sus reservas de energía y a profundizar los lazos bilaterales con Irán, marginando progresivamente al dólar y a las instituciones financieras occidentales. La coerción naval, lejos de preservar la hegemonía, actúa como el catalizador que fragmenta el sistema económico que supuestamente defiende.

Los centros financieros de Londres y Nueva York descubren, con retraso, que la garantía última de sus derivados energéticos depende de una paz marítima que ya no pueden dictar. Cuando ambos puntos de estrangulamiento operan bajo presión simultánea, la red logística global pierde su elasticidad. Las flotas comerciales se retraen y los estados importadores se ven forzados a racionar el consumo. Esta realidad desmiente la narrativa de la resiliencia infinita de las cadenas de suministro, una narrativa que sirvió para ocultar la fragilidad estructural del sistema durante la última década.

Aceptar esta realidad geográfica constituye el primer paso para un análisis sobrio y desprovisto de ilusiones hegemónicas. El estrecho de Ormuz no es un escenario donde se puedan imponer soluciones rápidas mediante la coerción militar. La geografía impone sus propios términos de manera inexorable. Cualquier estrategia que pretenda ignorar la capacidad de Irán para controlar este paso, o la imposibilidad material de sustituir sus rutas, está condenada a reproducir los errores del pasado reciente. La soberanía energética y la estabilidad de los mercados asiáticos dependen de reconocer este hecho estructural. La maquinaria de la modernidad requiere de estos conductos marítimos, y quien controla el conducto, controla el ritmo de la circulación global. Reconocer esta dinámica implica la adopción de un realismo analítico necesario para navegar las complejidades del siglo XXI, donde la soberanía de los estados del Sur Global se impone a la abstracción del poder imperial.

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