La esclavitud moderna se construyó en el mismo espacio histórico de la con-formación del sistema colonial
Estados Unidos busca recomponer su futuro reorganizando su espacio de dominación internacional; quisiera a Europa al lado, pero los acuerdos no prosperan. Entre sus armas continúa vigente una nunca desechada: el supremacismo blanco
La esclavitud moderna se construyó en el mismo espacio histórico de la conformación del sistema colonial. Foto La Jornada / Archivo
José Blanco
jornada.com.mx/28/07/2026
La revolución neolítica, con su combinación de sedentarismo, agricultura, ganadería, configuración de la propiedad (tierra, ganado, instrumentos de trabajo), conocimiento inicial del entorno natural y entornos de guerra, hizo posible y útil la esclavitud: en beneficio de unos, en contra de otros. Esos procesos se dieron de manera independiente en al menos seis regiones del planeta conocidas como cunas de la civilización: Asia occidental, China oriental, Nueva Guinea, Mesoamérica, Cordillera de los Andes y Norteamérica oriental. Suelen añadirse regiones de África subsahariana y de Amazonia. El Neolítico se dio en un vasto arco del tiempo: iniciando hacia 8 mil 500 años antes de nuestra era en Asia oriental; 7 mil 500 en China oriental; 3 mil 500 en Mesoamérica y en los Andes. En todas partes produjo esclavos. Así hallaron unos hombres una forma de apropiarse del trabajo de otros hombres, en sociedades cada vez más grandes y complejas. Ninguna región enseñó a otra a apropiarse del trabajo ajeno: todas lo descubrieron por sí solas, porque surgía de las mismas condiciones de vida.
Esa esclavitud duró milenios. Y advino un cambio notorio: en la referida esclavitud antigua un sumerio podía esclavizar a otro sumerio; o, más tarde, un griego podía esclavizar a otro griego, por deudas, o por sometimiento derivado de la guerra. En los siglos XV a XIX se configuró una relación sistemática entre esclavitud y raza; se trata de un hecho de la modernidad y vino acompañado de una ideología que buscó justificar el trabajo esclavo: el esclavizado es inferior, no es cristiano y no es blanco. La monstruosidad enloqueció al hacerse moderna: todos deben aceptar que el supremacismo blanco es un hecho “natural”.
La esclavitud moderna se construyó en el mismo espacio histórico de la con-formación del sistema colonial. Un he-cho tecnológico menor (desde la perspectiva actual) como los medios de comunicación –ferrocarril y buques (de vela)– y el desarrollo de unas armas elementales, permiten a las potencias europeas repartirse una gran parte delmundo, y esclavizar a millones. Ahora los esclavos son negros abducidos por la fuerza desde pueblos asentados en territorios de África, donde habían creado sus lenguas y su cultura.
Ése es también el mismo espacio histórico del gran tránsito de esas potencias al capitalismo en el que vivimos. Ese tránsito conllevó la necesidad imperiosa de producir a gran escala un medio de pago universalmente aceptado (el equivalente general, lo llamó Marx): el oro. Lo abasteció con suficiencia el ejército inmenso, por siglos, de los mineros indígenas y negros implantados en Zacatecas y en Potosí (Bolivia). En ese mundo el supremacismo blanco alcanzó cotas brutales.
Ese envión histórico comportó el surgimiento de la que sería y es la mayor potencia de la historia: Estados Unidos. Pero, para el desarrollo capitalista de Estados Unidos y de Europa, el viejo sistema colonial de base territorial fue volviéndose una rémora: ya había hecho su trabajo fundamental: los productores indígenas del mundo habían sido despojados de sus medios de producción; ahora debían entrar al mercado de trabajo como asalariados, o constituir un inmenso ejército de reserva. El sistema colonial de base territorial debía terminar. No obstante, ese proceso aún no termina; Estados Unidos y otras potencias mantienen sus sucias manos metidas en territorios de “ultramar”. El dominio y explotación del mundo ex colonial lo realiza ahora el capital por medios capitalistas: el salario y mecanismos financieros.
Las potencias que dominaron el sistema colonial y el desarrollo capitalista enfrentan ahora problemas severos. La potencia central, Estados Unidos, ya no puede cargar con sus socios europeos del centro imperialista, crecen tensiones sociales en el espacio capitalista de dominación y, además, enfrenta la competencia creciente de Asia oriental, especialmente de China. Estados Unidos busca recomponer su futuro reorganizando su espacio de dominación internacional; quisiera a Europa al lado, pero los acuerdos no prosperan. Entre sus armas continúa vigente una nunca desechada: el supremacismo blanco.
Representativo de ese proyecto es el discurso de Marco Rubio en Europa, en febrero pasado: [nos dijeron que era] “el fin de la historia” y que “todas las naciones serían democracias liberales…; era una idea absurda que ignoraba tanto la naturaleza humana como las lecciones de más de 5 mil años de historia documentada...; en nuestra búsqueda de un mundo sin fronteras, abrimos nuestras puertas a una ola de migración masiva.. que amenaza la cohesión de nuestras sociedades… La migración… fue y sigue siendo una crisis que está transformando y desestabilizando las sociedades de Occidente…
“Durante cinco siglos… Occidente se había expandido: sus misioneros, sus peregrinos, sus soldados y sus exploradores salieron de sus costas para cruzar océanos, establecerse en nuevos continentes y construir vastos imperios que se extendían por todo el globo…; [ahora] muchos llegaron a creer que la era de dominio occidental había llegado a su fin”. Trump, promete Rubio, reconstruirá ese mundo.
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