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EL DÍA DESPUÉS DEL TERREMOTO: EL NEGOCIO OCULTO DE LA RECONSTRUCCIÓN VENEZOLANA

Mientras los venezolanos buscan sobrevivientes entre los escombros, el Imperio del Norte se bate por controlar la reconstrucción y 
el destino del país


MÁXIMO RELTI 
canarias-semanal.org/ 03/07/2026

El terremoto ha dejado miles de familias sin hogar, pero también ha abierto una carrera mucho menos visible. Mientras continúan las labores de rescate, gobiernos, organismos financieros y grandes intereses económicos empiezan a mover sus piezas alrededor de una reconstrucción que movilizará miles de millones de dólares. La pregunta ya no es solo quién ayudará a Venezuela, sino quién intentará quedarse con ese país cuando desaparezcan los escombros.

Las grandes catástrofes tienen dos tiempos muy distintos. El primero es el de las imágenes que conmueven al mundo: edificios derrumbados, equipos de rescate buscando supervivientes entre los escombros, hospitales desbordados yfamilias esperando noticias de sus seres queridos. Es el tiempo de la urgencia, de la solidaridad y de la emoción.


Pero existe un segundo tempo mucho menos visible. Comienza cuando las cámaras empiezan a marcharse y los focos informativos buscan otra tragedia en cualquier rincón del planeta. Es entonces cuando empieza la verdadera reconstrucción y, con ella, una batalla silenciosa que pocas veces ocupa las portadas de los periódicos.

Eso es precisamente lo que está empezando a ocurrir ya en Venezuela. Durante los últimos días, la atención se ha concentrado, con razón, en la dimensión humana del terremoto, en el trabajo de los equipos de rescate y en la atención a las miles de personas que lo han perdido todo.

Sin embargo, mientras continúan esas tareas, otra realidad empieza a abrirse paso. La pregunta ya no es únicamente cómo levantar los edificios que han caído, sino quién participará en esa reconstrucción, quién aportará el dinero necesario para financiarla y qué consecuencias políticas y económicas puede tener ese proceso para el futuro del país.

Puede parecer una cuestión secundaria frente al drama humano que todavía se vive sobre el terreno. No lo es. La historia demuestra que, después de cada gran desastre, comienza una etapa en la que también entran en juego intereses económicos, estrategias diplomáticas y proyectos políticos. Reconstruir un país significa mover miles de millones de dólares, adjudicar grandes contratos, negociar préstamos internacionales y tomar decisiones que condicionarán durante décadas el desarrollo económico de toda una nación.

CUANDO LA SOLIDARIDAD Y LA GEOPOLÍTICA CAMINAN JUNTAS

En política internacional casi nunca existe una única explicación para los acontecimientos. Un mismo gesto puede responder al mismo tiempo a razones humanitarias, económicas y estratégicas. La ayuda enviada tras una catástrofe salva vidas, pero también proyecta una imagen del país que la ofrece. Esa doble dimensión no es nueva. Forma parte de la forma en que los Estados han entendido históricamente las relaciones internacionales.


Después del terremoto, numerosos países enviaron equipos de rescate, material sanitario, especialistas y ayuda logística. Entre ellos se encuentra, como no, los Estados Unidos, cuya participación ha sido recibida de manera muy diferente según quién la analice. Nadie discute que esa ayuda pueda resultar útil para aliviar la emergencia inmediata. La discusión aparece cuando se intenta interpretar qué puede ocurrir una vez superada la fase más crítica del desastre.

Para comprender ese debate es necesario mirar hacia atrás. Las relaciones entre Washington y Caracas llevan muchos años marcadas por una profunda controntacion. Las sanciones económicas, los intentos de aislar internacionalmente al Gobierno venezolano, el reconocimiento de actores políticos alternativos y las tensiones permanentes han configurado un escenario muy distinto al que existe entre dos países que mantienen relaciones normales.

Ese pasado hace que cualquier movimiento sea observado con enorme atención. Lo que para unos constituye exclusivamente una operación humanitaria, para otros representa también el inicio de una nueva fase de acercamiento político. No porque ambas interpretaciones sean necesariamente incompatibles, sino porque la política internacional suele funcionar precisamente así: una misma acción puede cumplir varios objetivos al mismo tiempo.

EL PODER BLANDO: INFLUIR SIN NECESIDAD DE IMPONER

Existe un concepto muy utilizado por los especialistas en relaciones internacionales, que ayuda a entender esta situación. Se conoce como "poder blando" o soft power. A diferencia del poder militar o de las sanciones económicas, el poder blando busca ganar influencia mediante la cooperación, la ayuda, la diplomacia, la cultura, el soborno o la capacidad para generar confianza.

Un país que presta ayuda tras un terremoto mejora inevitablemente su imagen internacional. Si además esa ayuda resulta eficaz, esa percepción positiva puede abrir nuevas vías de diálogo político, facilitar futuros acuerdos económicos o reforzar su capacidad de influencia. No significa que exista necesariamente una intención oculta detrás de cada operación humanitaria. Significa, simplemente, que los Estados conocen perfectamente el valor político que también puede tener la solidaridad.

La historia ofrece numerosos ejemplos. Después del tsunami que devastó el sudeste asiático en 2004, decenas de gobiernos incrementaron su presencia en la región mediante programas de reconstrucción. Algo parecido ocurrió tras el terremoto de Haití en 2010, donde la ayuda internacional terminó generando un intenso debate sobre el papel desempeñado por distintos gobiernos, organismos multilaterales y organizaciones internacionales en el proceso posterior de reconstrucción.

Cada país posee circunstancias diferentes, pero existe un patrón que suele repetirse. La emergencia abre espacios de cooperación que, con frecuencia, terminan transformándose en nuevas relaciones políticas y económicas.

¿POR QUÉ VENEZUELA SIGUE SIENDO TAN IMPORTANTE?

La respuesta no se encuentra únicamente en el terremoto. Se encuentra en el propio país. Venezuela continúa ocupando un lugar estratégico dentro de América Latina. Sus enormes reservas de petróleo siguen siendo las mayores certificadas del planeta. A ellas se suman importantes recursos de gas, oro y otros minerales considerados estratégicos para la industria tecnológica y energética del siglo XXI.

A ello hay que añadir un factor geográfico. Venezuela ocupa una posición privilegiada sobre el mar Caribe, una zona que históricamente ha sido considerada por Washington como un espacio de enorme importancia para su seguridad y para sus intereses comerciales. Desde hace más de un siglo, la política exterior estadounidense ha prestado una atención constante a todo lo que sucede en esta región.

Por eso, cualquier transformación política o económica que afecte a Venezuela trasciende sus fronteras. No se trata únicamente del futuro de un país. También está en juego el equilibrio político de buena parte de América Latina, las relaciones energéticas internacionales y la competencia entre distintas potencias por ampliar su influencia en la región.

LA RECONSTRUCCIÓN TAMBIÉN ES UNA DECISIÓN ECONÓMICA

Cuando termine la fase de emergencia comenzará un trabajo que probablemente se prolongará durante años. Habrá que construir viviendas, reparar hospitales, reconstruir carreteras, modernizar infraestructuras, recuperar redes eléctricas y rehabilitar numerosos edificios públicos y privados. Todo ello exigirá inversiones de enorme magnitud.

Es precisamente ahí donde algunos analistas sitúan el verdadero centro del debate. Porque reconstruir un país no consiste únicamente en gastar dinero. También supone decidir quién ejecutará las obras, qué empresas recibirán los contratos, qué bancos concederán financiación y bajo qué condiciones llegarán los préstamos internacionales.

La experiencia demuestra que ninguna gran reconstrucción resulta políticamente neutral. Quienes aportan financiación suelen intentar influir, en mayor o menor medida, sobre el destino de esos recursos. En la mayoria de las ocasiones esa influencia se traduce en exigencias económicas. En otras, en reformas administrativas, apertura de determinados sectores a la inversión extranjera o cambios en la legislación para facilitar la llegada de capital internacional.

Eso explica que la discusión sobre la reconstrucción venezolana vaya mucho más allá del hormigón, los ladrillos o las carreteras. Lo que empieza a debatirse es el modelo de país que surgirá cuando finalicen las obras.

LA BATALLA POR EL RELATO

Las guerras ya no se libran únicamente con soldados o con sanciones económicas. También se combaten con información. La forma en que una crisis es presentada al mundo termina influyendo en la percepción internacional, en la confianza de los mercados, en las decisiones de los organismos financieros y, en última instancia, en la capacidad de un país para atraer recursos destinados a su recuperación.

Desde el primer momento, el terremoto venezolano se convirtió también en una batalla por el relato. Las imágenes de edificios derrumbados y de familias desesperadas ocuparon los informativos de todo el mundo. Era lógico que así ocurriera. Sin embargo, conforme fueron pasando los días, comenzaron a aparecer interpretaciones muy diferentes sobre el significado político de la catástrofe.

Una parte de los medios internacionales puso el acento en las dificultades del Estado venezolano para responder a una emergencia de semejante magnitud. Otros destacaron el trabajo desarrollado por los equipos de rescate, la movilización de las comunidades y la cooperación internacional. No se trataba únicamente de contar lo que estaba sucediendo. También se trataba de construir una determinada imagen del país.

Esa diferencia no es un detalle menor. La imagen que proyecta un Estado durante una crisis condiciona muchas decisiones posteriores. Un gobierno percibido como incapaz de gestionar una reconstrucción puede encontrar mayores dificultades para negociar financiación internacional en condiciones favorables. Del mismo modo, una administración que proyecta eficacia y estabilidad dispone de más margen para decidir cómo quiere organizar ese proceso.

Por eso, junto a las excavadoras que retiran toneladas de escombros, existe otra maquinaria que trabaja con la misma intensidad: la de la comunicación política. Las palabras, las imágenes y los titulares forman parte de un escenario donde también se disputan cuotas de influencia.

EL PAPEL DE LOS ORGANISMOS INTERNACIONALES

Cuando un país afronta una reconstrucción de esta envergadura, tarde o temprano aparecen otros actores que rara vez ocupan las primeras páginas de los periódicos. Organismos financieros internacionales, bancos de desarrollo, agencias multilaterales y grandes fondos de inversión comienzan a estudiar las necesidades económicas que dejará la emergencia.

Su participación puede resultar decisiva. Ningún Estado dispone normalmente de recursos suficientes para afrontar por sí solo una reconstrucción de miles de millones de dólares sin recurrir, en mayor o menor medida, a financiación exterior. Esa financiación puede adoptar múltiples formas: créditos, ayudas directas, programas de cooperación o inversiones privadas.

El debate comienza cuando se analiza qué condiciones acompañan esos recursos. La historia económica reciente ofrece numerosos ejemplos de países donde los grandes programas de financiación internacional terminaron vinculados a reformas económicas, modificaciones legales o nuevas formas de apertura al capital extranjero. Cada caso presenta características propias, pero existe una pregunta que siempre vuelve a aparecer: ¿quién termina definiendo las prioridades de la reconstrucción?

En el caso venezolano esa cuestión adquiere una importancia todavía mayor por la larga confrontación política que ha caracterizado sus relaciones con buena parte de Occidente durante los últimos años. Cualquier mecanismo de financiación será observado con enorme atención por todos los actores implicados.

MÁS ALLÁ DE LOS ESCOMBROS

Sería un error interpretar todo este escenario únicamente como una competición entre potencias. También existe una sociedad que intenta recuperar su vida cotidiana. Miles de familias esperan volver a sus hogares. Trabajadores, profesores, sanitarios y comerciantes de todos los sectores necesitan que la actividad económica vuelva a ponerse en marcha cuanto antes. Para ellos, la reconstrucción no es una discusión geopolítica. Es una necesidad perentoria.

Precisamente por eso resulta tan importante comprender que las decisiones que se adopten durante los próximos meses condicionarán el país que emergerá después del desastre. No todas las reconstrucciones producen los mismos resultados. Algunas fortalecen las capacidades públicas, reducen desigualdades y mejoran las infraestructuras. Otras terminan aumentando la dependencia financiera, concentrando la riqueza o ampliando la influencia de actores externos sobre sectores estratégicos de la economía.

El desafío para Venezuela consiste en encontrar un equilibrio entre la necesidad de recibir apoyo internacional y la preservación de su capacidad para decidir soberanamente el rumbo de esa recuperación. No será una tarea sencilla. Requerirá recursos, planificación y una enorme capacidad política para gestionar intereses que, en muchos casos, irán mucho más allá de la propia emergencia.

EL FUTURO COMIENZA AHORA

Con frecuencia se afirma que los terremotos cambian la geografía de un país. En realidad, también pueden cambiar su historia. No porque la naturaleza tenga intenciones políticas, sino porque las decisiones que se toman después de una catástrofe suelen marcar el rumbo de las décadas siguientes.

Venezuela se encuentra precisamente en ese momento. La fase más dramática de la emergencia irá desapareciendo poco a poco, pero será sustituida por otra mucho más larga y compleja. Comenzarán las negociaciones financieras, los proyectos de reconstrucción, la llegada de inversiones y los debates sobre el modelo económico que acompañará esa recuperación.

Más allá de la catástrofe humana provocada por los terremotos, Venezuela está atravesando una involución política cuyas propociones futuras resultan todavia dificilmente calculables. Tras el secuestro del presidente Nicolás Maduro por parte de EEUU y es establecimiento de presidenta "encargada" , la influencia de Estados Unidos sobre la evolución del país ha adquirido un peso que no tuvo siquiera durante los gobiernos que precedieron a los de Hugo Chavez, en las decadas de los 60, 70, 80 y 90.

Washington no solo ha desempeñado un papel central en la gestión de la emergencia y en el reconocimiento del nuevo ejecutivo, sino que también ha logrado convertir a ese pais en una suerte de protectorado, sin apenas batirse .

Por su parte, el nuevo gobierno presidido por Delcy Rodriguez ha iniciado una revisión en profundidad de buena parte del marco constitucional que se establecio en la epoca de Hugo Chávez con reformas orientadas a facilitar los conciertos economicos con el FMI, la entrada de inversión extranjera y poner en manos del Ejecutivo estadounidense la gestión total de sus recursos energéticos.

Todo ello sitúa a Venezuela en una coyuntura excepcional, en la que la reconstrucción tras el desastre natural esta coincidiendo con una profunda reconfiguración de su sistema político, económico e institucional. Ello ha supuesto el inicio de una nueva dependencia geopolítica marcada por la creciente capacidad de influencia de Estados Unidos sobre las decisiones economicas, politicas y estratégicas del país. Todo ello indica el futuro inmediato de Venezuela estará drasticamente condicionado tanto por las consecuencias del terremoto como por el nuevo equilibrio de poder surgido tras la intervencion militar estadounidense el pasado 3 de enero del 2026.

En ese escenario, Estados Unidos seguirá siendo el principal actor relevante, como también lo serán otros gobiernos, organismos multilaterales y socios internacionales economicamente interesados en participar en la nueva etapa que se ha abierto en el país. La cuestión no consiste únicamente en determinar quién ayuda, sino también en comprender qué tipo de relaciones políticas, económicas y diplomáticas pueden surgir como consecuencia de esa ayuda.

Cuando dentro de unos meses desaparezcan las últimas montañas de escombros, Venezuela seguirá enfrentándose a los dos desafíos más importante: la reconstruccion no solo edificios, sino también de un proyecto politico recuperado, que fuera capaz de responder a las necesidades de su población sin perder la capacidad soberana de poder decidir el camino que desea recorrer. Porque, al final, la verdadera reconstrucción nunca consistirá solo en levantar muros. Consistirá, sobre todo, en decidir quién tendrá la capacidad de diseñar el país que surja después de la enorme tragedia vivida.

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