Atmósfera y población
Un estudio detecta cambios graduales en marcadores sanguíneos que coinciden con el aumento del dióxido de carbono atmosférico, aunque todavía no demuestra una relación directa de causa y efecto
Una nueva investigación ha detectado un aumento en los niveles de dióxido de carbono en el cuerpo humano y advierte que un marcador sanguíneo clave podría acercarse al límite superior del rango saludable en las próximas décadas si continúan las tendencias actuales. / IA/T21
EDUARDO MARTÍNEZ DE LA FE/T21
elperiodico.com/ Madrid19 JUL 2026
El dióxido de carbono suele aparecer en las noticias como el gas que calienta el planeta. Pero un estudio basado en datos de salud de la población estadounidense plantea una posibilidad más cercana y, por ahora, preocupante: el aumento sostenido de CO₂ en la atmósfera podría estar reflejándose también en algunos indicadores de nuestra sangre. No se trata de una alarma médica inmediata ni de una prueba de que el aire exterior esté enfermando a la población. Es una señal estadística que merece ser examinada con cuidado.
El estudio, publicado en la revista Air Quality, Atmosphere & Health, analizó datos de salud de Estados Unidos recogidos entre 1999 y 2020. Sus autores observaron que ciertos valores sanguíneos evolucionaron en paralelo al incremento del CO₂ atmosférico: el bicarbonato aumentó, mientras que el calcio y el fósforo descendieron.
El cuerpo y el equilibrio químico
Para entender bien lo que eso significa, hay que tener en cuenta que respirar no es solo incorporar oxígeno. También expulsamos dióxido de carbono, un producto natural del funcionamiento de nuestras células. El organismo controla de forma muy precisa esa cantidad porque influye en la acidez de la sangre.
Aquí entra en juego el bicarbonato, una sustancia que actúa como amortiguador químico. Su misión es ayudar a mantener estable el pH sanguíneo, incluso cuando cambian las concentraciones de CO₂. Puede imaginarse como el sistema de corrección automática de una piscina: si el agua se vuelve demasiado ácida o básica, interviene para devolverla a un intervalo seguro.
Los investigadores hallaron que el bicarbonato sérico medio aumentó aproximadamente un 7% desde 1999. Durante ese mismo período, el CO₂ atmosférico pasó de unas 369 partes por millón a más de 420. La coincidencia temporal es el punto de partida del trabajo, no su demostración definitiva.

El estudio propone incorporar marcadores biológicos a la vigilancia ambiental, junto a los termómetros, las emisiones y el nivel del mar. / IA/T21
Una asociación, no una sentencia
Este matiz es fundamental. Los autores no han demostrado que el aumento del CO₂ en la atmósfera sea la causa directa de los cambios observados en sangre. Analizaron grandes conjuntos de datos poblacionales, no expusieron a personas a distintas concentraciones de CO₂ en un experimento controlado.
Por eso hay muchas explicaciones alternativas que deben estudiarse: modificaciones en la dieta, la prevalencia de enfermedades, los tratamientos médicos, la edad de la población, el estilo de vida o incluso cambios en las técnicas de laboratorio empleadas durante más de dos décadas. Que dos tendencias ocurran al mismo tiempo no basta para afirmar que una provoque la otra.
Pero al mismo tiempo, la cautela no debilita la investigación; la sitúa en su justo lugar. Los estudios observacionales sirven para detectar patrones que quizá pasarían inadvertidos y para formular nuevas preguntas. Después hacen falta trabajos independientes, análisis en otros países y estudios fisiológicos que aclaren si existe un mecanismo causal verificable.
Cincuenta años por delante
A partir de las tendencias detectadas, los autores hicieron una proyección: si todo continuara al mismo ritmo, el nivel medio de bicarbonato podría acercarse al límite superior del intervalo considerado saludable dentro de unos cincuenta años. También estiman que calcio y fósforo podrían aproximarse a su límite inferior más adelante este siglo.
Las proyecciones, sin embargo, no son predicciones inevitables. Dependen de que se mantengan las tendencias atmosféricas y biológicas observadas, algo que puede cambiar por decisiones climáticas, transformaciones sociales o nuevos conocimientos médicos. Convertir una proyección en un destino cerrado sería ir más allá de los datos.
El trabajo presta una atención especial a niños y adolescentes porque las generaciones más jóvenes acumularán más años de exposición a una atmósfera distinta de la que conocieron sus antepasados.
Una cuestión para vigilar
La Tierra ha tenido históricamente concentraciones de CO₂ variables, pero los seres humanos actuales viven en un contexto de incremento rápido asociado a la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas. El estudio propone incorporar marcadores biológicos a la vigilancia ambiental, junto a los termómetros, las emisiones y el nivel del mar.
La propuesta es razonable si se entiende como lo que es: una invitación a medir mejor, no una confirmación de toxicidad generalizada ni un motivo para el miedo. La salud pública mejora cuando detecta cambios lentos antes de que se conviertan en problemas difíciles de corregir.
El CO₂ seguirá siendo, sobre todo, una cuestión climática. Esta investigación sugiere que quizá también convenga observarlo como una variable de salud a largo plazo. Para saber si esa pista conduce a un riesgo real, la ciencia necesitará más datos, más países y, especialmente, pruebas capaces de separar la coincidencia de la causa.
____________
Referencia
Carbon dioxide overload, detected in human blood, suggests a potentially toxic atmosphere within 50 years. Alexander N. Larcombe & Phil N. Bierwirth. Air Quality, Atmosphere & Health, 26 February 2026, Volume 19, article number 44 (2026). DOI:https://doi.org/10.1007/s11869-026-01918-5
__________
Fuente: Levante - EMV, en:
