El Mundial de 2026 prometía ser una celebración global. Por ahora, se parece más a una exhibición de fronteras, privilegios y negocios
Así luce por fuera el estadio sede de la inauguración de la Copa del Mundo 2026 en Ciudad de México. Foto: @MXESTADIOS
Editorial
diario-red.com/
Cada cuatro años, el Mundial de fútbol se presenta como una celebración global. Una fiesta de pueblos, culturas y pasiones compartidas. Una promesa de unidad a través del deporte.
Pero a las puertas de la Copa del Mundo de 2026, la más grande y costosa de la historia, resulta imposible ignorar que detrás de los discursos sobre integración y convivencia, el torneo vuelve a exhibir el verdadero rostro de quienes lo organizan y de quienes se benefician de él.
Las últimas 48 horas han sido una muestra reveladora de ello. Estados Unidos, principal anfitrión del torneo, ha tratado a futbolistas, árbitros, delegaciones y aficionados como sospechosos, delincuentes o amenazas para la seguridad nacional.
El delantero iraquí Aymen Hussein fue retenido durante casi siete horas para interrogatorios al ingresar al país.
El internacional suizo Breel Embolo vio su visa sometida a revisión y solo pudo incorporarse a su selección días después. Integrantes de la delegación de Sudáfrica enfrentaron obstáculos migratorios que retrasaron o impidieron su participación.
A la selección iraní le fue negado el hospedaje en EEUU y ha sido obligada a viajar ida por vuelta a México después de cada partido… Quince miembros de la representación iraní fueron directamente excluidos del torneo por la negativa de visas.
EEUU, principal anfitrión del torneo, ha tratado a futbolistas, árbitros, delegaciones y aficionados como sospechosos, delincuentes o amenazas para la seguridad nacional
El caso más escandaloso fue el del árbitro somalí Omar Artan, reconocido por la Confederación Africana de Fútbol como el mejor árbitro africano de 2025. A pesar de portar un pasaporte diplomático y contar con acreditación oficial, fue rechazado en la frontera estadounidense y deportado, solamente por ser somalí.
La humillación tampoco se limitó a jugadores y oficiales. Miembros del personal de la selección de Senegal denunciaron registros degradantes y revisiones exhaustivas muestras de racismo. La delegación de Uzbekistán fue sometida a inspecciones con perros detectores de explosivos.
Miles de seguidores de distintos países perdieron dinero en vuelos, hospedajes y entradas tras el rechazo de sus solicitudes de visa.
Un torneo que presume de derribar fronteras está siendo organizado principalmente por EEUU, un país que ha convertido los muros en el eje central del espectáculo. Un Mundial que habla de inclusión se desarrolla bajo una política migratoria discriminatoria y racista por un presidente que decide quién es merecedor participar y quién no.
Una competición que pretende representar al planeta entero está siendo administrada bajo criterios de exclusión, sospecha y discriminación.
¿Qué ha dicho o hecho la FIFA ante todo esto? Nada… El silencio es coherente con la lógica que ha guiado a la organización durante décadas.
Porque el Mundial nunca ha sido únicamente un torneo deportivo. Es un gigantesco negocio político y económico, donde los costos se socializan y los beneficios se privatizan.
Los Estados construyen estadios, modernizan aeropuertos, amplían carreteras, despliegan fuerzas de seguridad y asumen enormes gastos públicos. La FIFA, por su parte, recauda miles de millones mediante derechos televisivos, patrocinios y explotación comercial de la marca, mientras disfruta de exenciones fiscales negociadas por los gobiernos anfitriones.
México ofrece un ejemplo particularmente ilustrativo. En 2017, el gobierno de Enrique Peña Nieto se comprometió a exentar de impuestos a todos los involucrados en la organización del Mundial como condición para mantener la sede.
EEUU, un país que ha convertido los muros en el eje central del espectáculo, sede de un mundial que habla de inclusión pero se desarrolla bajo una política migratoria discriminatoria y racista
La presidenta Claudia Sheinbaum ha reconocido que dicho compromiso, por tratarse de un acuerdo internacional, tuvo que ser cumplido.
La historia demuestra quién paga realmente la factura. Sólo en Qatar 2022 utilizó el torneo para proyectar una imagen moderna y cosmopolita mientras persistían denuncias por abusos laborales y restricciones de derechos fundamentales.
Los patrones se repiten: desplazamiento de comunidades, encarecimiento de la vivienda, militarización de barrios populares, expansión de sistemas de vigilancia y transferencia de recursos públicos hacia constructoras, fondos inmobiliarios y patrocinadores globales.
Los verdaderos ganadores no son los aficionados. Son las grandes corporaciones. Son los consorcios constructores. Son marcas multinacionales. Son los especuladores inmobiliarios. Y también es la propia FIFA. Una institución cuya reputación continúa marcada por escándalos de corrupción y que, lejos de reformarse, parece haber perfeccionado sus mecanismos de subordinación a intereses económicos y políticos.
La reciente decisión de Gianni Infantino de otorgar un denominado “premio de la paz” al presidente estadounidense Donald Trump encaja perfectamente en esta lógica. Más allá del nombre del galardón, el gesto revela cómo el negocio de la FIFA se ha convertido en una plataforma para el lavado reputacional de genocidas.
En 1934, la Italia de Benito Mussolini convirtió el Mundial en una vitrina propagandística del fascismo. En 1978, la dictadura argentina de Jorge Rafael Videla utilizó el campeonato para intentar blanquear internacionalmente un régimen responsable de desapariciones y terrorismo de Estado.
Cada edición de la Copa del Mundo pareece alejar más al fútbol de quienes lo hicieron grande
La FIFA suele presentarse como guardiana del “deporte del pueblo”. Sin embargo, cada edición del torneo parece alejar más al fútbol de quienes lo hicieron grande. Las entradas alcanzan precios prohibitivos.
Los paquetes VIP sustituyen a las gradas populares. Los aficionados son tratados como consumidores premium y no como protagonistas del espectáculo.
El problema es que el fútbol, una vez más, queda relegado a un papel secundario. El Mundial de 2026 prometía ser una celebración global. Por ahora, se parece más a una exhibición de fronteras, privilegios y negocios.
Si el Mundial de Fútbol es una vitrina para la nación anfitriona… la copa de 2026 está mostrando cuánto EEUU y la FIFA odian al mundo.
10/06/26 |23:06
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