Para el capital y la mirada occidental, las Amazonias sólo pueden ser cuerpos y relatos sujetos de violación, instrumentalización y subordinación
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Estefanía Ciro*
jornada.com.mx/14/06/2026
En el 2026 se definen nuevas presidencias en Colombia, Perú y Brasil, y con las situaciones de intervención estadunidense en Ecuador y Venezuela, es el año en el que se define el futuro de la Amazonia, donde dos propuestas radicalmente opuestas imaginan su lugar en los mercados, en la geopolítica y las soberanías territoriales.
Las Amazonias –más que la Amazonia– es una maraña de historias y poblamientos, desde las múltiples naciones indígenas que la componen hasta las migraciones que ya después de varios siglos, contienen organizaciones campesinas, afroamazónicas, ciudades en la selva, y diversos ecosistemas, desde cordilleranos hasta vegas de ríos, chorros y tepuyes. Una región que, como una de las últimas, se contrapone al paisaje del capital, de los monocultivos, del gran acaparamiento, del humo y las dragas de extracción de oro. Es un espacio exotizado, marginalizado e imaginado desde el desborde de deseo y atracción, como el de la extracción y riesgo del imaginario occidental. Para el capital y la mirada occidental, las Amazonias sólo pueden ser cuerpos y relatos sujetos de violación, instrumentalización y subordinación.
Ad portas de unas elecciones presidenciales en Colombia, las dos campañas proponen un Estado para esta región, en un contexto específico como el de los 10 años de la firma de los acuerdos de paz de La Habana, tras el desmoronamiento del orden insurgente en la Amazonia y Orinoquías colombianas, y la transición hacia una nueva etapa que se ha caraterizado por la expansión de unas redes de extracción de recursos sin control con mercados como el del oro, que demanda a precios récord, del resurgimiento de actores armados en disputa y de la imposición de la agenda internacional desde el imaginario de la “tierra del crimen”, una región que tiene que ser objeto de intervención, de penetración. En la geopolítica actual, es un paisaje depósito de tierras raras y minerales estratégicos por disputar.
Dos proyectos se enfrentan. Por un lado, el de Abelardo de la Espriella nos regresa a la época de Álvaro Uribe Velez e Iván Duque al proponer el énfasis en la seguridad, el ambiente y la explotación económica de la región y usan unas ideas simples, aunque efectivas mediáticamente, de que el Estado significa legalidad y que sin Estado, se extiende la economía ilegal, se instalan las lógicas violentas y se “ahuyentan” la inversión y el mismo Estado. Insiste en la tradicional lógica que ve a la Amazonia como una región aislada que necesita ser conectada a los mercados para lograr el éxito, sin un examen crítico de estas formas de articulación. Para eso, como en algún momento diseñaron con el Plan Colombia y con la misma firma de los acuerdos de paz, toca primero pacificar, militarizar, establecer canales de recolección de información de inteligencia con la población y, después, entrar y conectar. Lo que esconde esta propuesta es una verdad abierta como que donde está el Estado, también emerge, convive y se reproduce la mafia, y que el problema no es que el Estado “llegue”, sino que se quede.
El sujeto de su propuesta son “las comunidades y las personas” en etéreo, sin reconocer sus lugares: y usa una vez la palabra indígena y más de 30 veces la palabra industria. Sólo nombra como parte de la política pública a los parques nacionales y a las reservas forestales, de la ley de minería ilegal –como se hizo en la era Uribe Velez –, y mecanismos de no causación de impuestos a los bonos de carbono y a los plásticos de un solo uso. La securitización es su primera bandera.
Iván Cepeda propone las tres revoluciones de paz, la social y la ambiental, e identifica las formas soberanas de control territorial de los indígenas con las ETIS, y cabildos, de los campesinos con las Zonas de Reserva Campesina y las afroamazónicas con los consejos comunitarios. La base es el ordenamiento y la armonización territorial desde estas soberanías, una red aérea para el turismo y la integración, los núcleos contra la deforestacion y las concesiones forestales que articulan a los pobladores de la selva con las tareas de protección de los ecosistemas, la protección de la vida de los líderes y la población. Esta propuesta no puede ser ingenua en una idea plana de la diplomacia internacional en defensa de la Amazonia sin desconfiar de cómo la agenda global está imponiendo la mirada securitista y militarista de la región que muchas veces juega e instrumentaliza las soberanías territoriales, las cuales es necesario fortalecer y defender en su autonomía.
La propuesta de De la Espriella pone las bases para una reactivación de la ofensiva militar en la región, que desencadenará un fortalecimiento de los actores armados pos-FARC que en la práctica de la guerra encuentran una fuente de entrenamiento, con la ventaja de seguir teniendo la posibilidad de reclutar mucha más gente que en la época previa a las negociaciones. Esto va a la par de mayor intervención de cooperación internacional en su agenda imperial y de disputa geopolítica, un caldo de cultivo de profundas violaciones en la región.
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* Doctora en sociología, investigadora del Centro de Pensamiento de la Amazonia Colombiana A la Orilla del Río. Su último libro es Levantados de la selva
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