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LA ULTRADERECHA AVANZA EN AMÉRICA LATINA

DOSSIER: 
  
1. GIRO ULTRACONSERVADOR EN PERÚ: TRIUNFO DE KEIKO FUJIMORI
2. DE LA ESPRIELLA: ESTE ES EL HOMBRE QUE QUIERE GOBERNAR COLOMBIA "CON MANO DURA" (VÍDEO)
3. Trump fue clave para el triunfo de la derecha en Colombia
4. Algunos puntos sobre las elecciones presidenciales y la actual polarización
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1. GIRO ULTRACONSERVADOR EN PERÚ: TRIUNFO DE KEIKO FUJIMORI
El estrecho resultado electoral, las denuncias de fraude y la persistencia de profundas desigualdades anticipan un mandato marcado por una fuerte conflictividad social


VICTORIA MARTÍNEZ
canarias-semanal.org/26/06/2026

La victoria de Keiko Fujimori marca el retorno del fujimorismo al poder en un país profundamente dividido. Más allá del resultado electoral, el desenlace refleja la crisis del modelo político y económico peruano y anticipa una nueva etapa de confrontación social.

La ajustada victoria de Keiko Fujimori en las elecciones presidenciales peruanas no puede interpretarse únicamente como el triunfo de una candidata conservadora sobre un aspirante de la izquierda reformista.

Este resultado expresa, sobre todo, la profunda crisis estructural del Estado peruano, el agotamiento del modelo neoliberal instaurado tras el golpe de Alberto Fujimori y la incapacidad de los sectores politicamente contestatarios para transformar el enorme descontento social en una alternativa política capaz de romper con el poder de las élites económicas.

Con el 99,8% del escrutinio completado, Keiko Fujimori, hija de viejo dictador, logró una ventaja irreversible de algo más de 43.000 votos sobre Roberto Sánchez, candidato de Juntos por el Perú, tras una de las elecciones más reñidas de la historia reciente del país.

Sánchez, no obstante, rechazó reconocer inicialmente el resultado, denunciando un supuesto fraude centrado en el voto emitido desde el extranjero y anunció movilizaciones populares, mientras los organismos electorales continuaban validando el proceso.


El regreso de una dinastía política

La llegada de Keiko Fujimori al Palacio de Gobierno supone el retorno al poder del fujimorismo veintiséis años después de la caída del régimen encabezado por su padre. Para la izquierda peruana, el apellido Fujimori continúa simbolizando la consolidación del neoliberalismo, el autoritarismo estatal y la subordinación del país a los intereses del gran capital nacional e internacional.

El fujimorismo no constituye simplemente una corriente conservadora, sino una forma particularmente agresiva de gestión del capitalismo peruano, basada en la liberalización económica salvaje, la privatización de recursos estratégicos, la flexibilización laboral y la concentración del poder político en beneficio de las clases dominantes.

Una sociedad profundamente fracturada

En los medios de la izquierda peruana se coincide en señalar que el resultado electoral refleja la existencia de dos países muy distintos. Por un lado, las grandes ciudades, especialmente Lima, junto con buena parte del voto exterior, respaldaron mayoritariamente a Keiko Fujimori.

Por otro, amplias zonas rurales, campesinas e indígenas del denominado "Perú profundo" volvieron a apoyar mayoritariamente a una candidatura identificada con la izquierda y heredera políticamente del movimiento que llevó anteriormente a Pedro Castillo al poder.

Esta división territorial expresa diferencias económicas mucho más profundas. Mientras los sectores urbanos más vinculados al mercado formal priorizan el discurso sobre seguridad e inversión privada, millones de trabajadores rurales continúan padeciendo pobreza, desigualdad, precariedad laboral y un histórico abandono estatal.

Para numerosos analistas, esta fractura responde al desarrollo desigual propio del capitalismo dependiente latinoamericano, donde la riqueza generada por la exportación de minerales y materias primas convive con enormes enormes bolsas de pobreza.

La inseguridad como instrumento político

Durante toda la campaña, Keiko Fujimori construyó su discurso alrededor de la lucha contra la delincuencia. Prometió incrementar la presencia militar en las calles, endurecer la política penitenciaria y aplicar medidas excepcionales frente al crimen organizado.

El crecimiento de la inseguridad, no obstante, no constituye un fenómeno aislado, sino una consecuencia directa de décadas de desigualdad social, precarización del trabajo, economía informal y debilitamiento de los servicios públicos.

En ese contexto, desde estos análisis, el discurso de la "mano dura" funciona como un mecanismo para desplazar el debate político desde las causas económicas hacia soluciones exclusivamente represivas, reforzando el aparato coercitivo del Estado sin modificar las condiciones materiales que alimentan la violencia.

Los límites de la izquierda electoral

La candidatura de Roberto Sánchez consiguió movilizar nuevamente a amplios sectores populares, pero también evidenció las limitaciones de la izquierda institucional peruana.

Tras quedar prácticamente empatado con Fujimori, Sánchez denunció irregularidades en el tratamiento del voto exterior, solicitó la nulidad de determinadas actas y anunció que no reconocería un eventual gobierno encabezado por la candidata ultraconservadora.

Sin embargo, las acusaciones no fueron respaldadas por pruebas concluyentes y tanto observadores internacionales como las autoridades electorales mantuvieron la validez general del proceso.

Diversos análisis advierten de que la explicación del resultado no puede reducirse a una posible manipulación electoral. El problema central sería la ausencia de una organización política de masas suficientemente arraigada en el movimiento obrero y campesino que permita convertir el enorme malestar social en una alternativa estable de transformación.

Un Estado en crisis permanente

Perú afronta esta nueva etapa tras más de una década marcada por una extraordinaria inestabilidad institucional, con una sucesión continua de presidentes, destituciones, enfrentamientos entre el Ejecutivo y el Congreso y una creciente pérdida de legitimidad de las instituciones.

Para no pocos analistas, esta situación no constituye una anomalía pasajera, sino la manifestación de una crisis orgánica del modelo político construido durante los años noventa.

Mientras las instituciones conservan dificultades para ofrecer respuestas a las demandas sociales, el conflicto entre distintas fracciones de la burguesía se traslada continuamente al terreno parlamentario, aumentando la polarización política y debilitando la confianza popular en el sistema.

Un nuevo ciclo de confrontación social

Lejos de cerrar la crisis peruana, la victoria de Keiko Fujimori parece inaugurar una nueva etapa de confrontación política.

La futura presidenta deberá gobernar un país prácticamente dividido en dos, con fuertes movimientos antifujimoristas, importantes organizaciones sociales movilizadas y amplios sectores populares que consideran agotado el modelo económico vigente.

Este desenlace electoral no representa tanto una consolidación del neoliberalismo como la continuidad de una crisis estructural que sigue sin resolverse. Bajo esa interpretación, mientras permanezcan intactas las bases económicas que generan desigualdad, dependencia y exclusión social, ningún relevo presidencial será capaz de estabilizar duraderamente la vida política peruana.

El conflicto entre las clases sociales continuará manifestándose tanto en las instituciones como en las calles, convirtiendo esta elección en un episodio más de una disputa histórica que permanece abierta.

2. DE LA ESPRIELLA: ESTE ES EL HOMBRE QUE QUIERE GOBERNAR COLOMBIA "CON MANO DURA" (VÍDEO)
¿Qué intereses y qué proyecto político se esconden detrás de su discurso de autoridad?


Abelardo de la Espriella se ha convertido en una de las figuras más controvertidas y relevantes de la política colombiana. Su FULMINANTE ascenso no puede entenderse únicamente por su carisma o por su presencia mediática. Detrás de su candidatura existe una compleja combinación de poder económico, redes de influencia, estrategia comunicativa y descontento social que ayuda a explicar por qué millones de ciudadanos han depositado en él sus expectativas de cambio.


Durante años, Abelardo de la Espriella , el candidato de la  extrema derecha que las encuestas señalaban como favorito en las elecciones que se celebraronel pasado domingo en Colombia, ha sido durante años, una figura muy conocida en los círculos jurídicos, empresariales y mediáticos de ese pais. Sin embargo, en muy poco tiempo record pasó de ser un abogado famoso a convertirse en uno de los protagonistas de la política nacional.

Su irrupción en la carrera presidencial de 2026 no surgió de la nada. Tampoco puede explicarse únicamente por su personalidad provocadora, por su habilidad para ocupar titulares o por su intensa actividad en las redes sociales. Detrás del personaje hay una trayectoria cuidadosamente construida, una red de relaciones consolidada durante décadas y un discurso que conecta con los temores, frustraciones y expectativas de una parte importante de la sociedad colombiana.

La pregunta que muchos colombianos se hacen hoy no es solamente quién puede ganar las elecciones. La pregunta más importante es otra: ¿quién es realmente Abelardo de la Espriella?

EL HOMBRE DETRÁS DEL PERSONAJE

La imagen pública de De la Espriella ha sido diseñada alrededor de la figura de un hombre fuerte, seguro de sí mismo, dispuesto a desafiar las convenciones y a decir lo que otros políticos prefieren callar. Con su discurso pretende transmitir autoridad, determinación y una confianza casi absoluta en sus propias capacidades.

Pero esa imagen de outsider político tiene importantes matices. Su historia personal está ligada desde hace décadas a ambientes donde convergen el poder económico, el mundo jurídico y la política regional. Su formación como abogado y la creación de una de las firmas jurídicas más conocidas del país le permitieron acceder a círculos de influencia reservados para muy pocos colombianos.

A diferencia de otros dirigentes que construyen su carrera desde movimientos sociales, partidos tradicionales o estructuras sindicales, De la Espriella llegó a la política desde el ejercicio profesional del derecho y desde una posición cercana a sectores privilegiados de la sociedad. Esa circunstancia resulta clave para comprender tanto su visión del país como las alianzas que han acompañado su crecimiento político.

EL ABOGADO DE LOS CASOS IMPOSIBLES

La notoriedad nacional de De la Espriella no nació en las plazas públicas ni en las campañas electorales. Nació en los tribunales.

Durante años participó en procesos judiciales de enorme repercusión mediática. Defendió a empresarios, dirigentes políticos derechistas y personajes involucrados en algunos de los episodios más polémicos de la vida pública colombiana. Esa actividad le permitió construir una reputación basada en la confrontación permanente y en la capacidad de asumir causas que otros abogados preferían evitar.

Aquellos casos le otorgaron algo más importante que la fama: le permitieron conocer desde dentro el funcionamiento de las élites políticas, económicas y judiciales del país. Mientras millones de colombianos apenas observaban los acontecimientos a través de la televisión, él interactuaba directamente con quienes tomaban decisiones en los principales centros de poder.

Por eso resultará difícil entender su actual proyecto político sin tener en cuenta esa experiencia previa. Su candidatura no surge desde fuera del sistema. Surge desde uno de sus espacios más sensibles: la intersección entre justicia, política y poder económico.

LA CONSTRUCCIÓN DE UN LÍDER MEDIÁTICO

En una época dominada por las redes sociales, la política se parece cada vez más a una batalla por la atención pública. De la Espriella comprendió esa transformación antes que muchos de sus competidores.

Mientras otros dirigentes mantenían formas tradicionales de comunicación, él construyó una presencia constante basada en declaraciones contundentes, mensajes directos y una estética cuidadosamente diseñada. Poco a poco fue desarrollando una identidad propia que combina un supuesto patriotismo, discurso de autoridad, rechazo a las élites políticas tradicionales y promesas de transformación rápida.

Su estrategia recuerda un fenómeno cada vez más frecuente en distintos países: líderes que presentan soluciones simples para problemas complejos y que convierten la confrontación en una herramienta de movilización política.

La clave de su éxito comunicativo no consiste únicamente en lo que dice, sino en cómo lo dice. Habla con la seguridad de quien transmite certezas en un momento de incertidumbre. Y cuando una sociedad atraviesa períodos de miedo o frustración, esa seguridad puede resultar extraordinariamente atractiva.

LAS REDES DE PODER QUE IMPULSAN SU ASCENSO

Toda figura política necesita apoyos. Ningún proyecto presidencial se construye únicamente con discursos. A medida que su candidatura fue creciendo comenzaron a aparecer preguntas sobre las fuerzas que estan respaldando su ascenso. Empresarios, dirigentes regionales, grupos económicos y sectores políticos han sido señalados como parte del entramado de relaciones que rodea su proyecto.

Este aspecto resulta especialmente importante porque permite observar una diferencia entre la narrativa y la realidad. La narrativa presenta a De la Espriella como un dirigente independiente que desafía a las viejas estructuras. La realidad muestra de manera cristalina a un candidato que mantiene vínculos con sectores que llevan décadas ocupando posiciones relevantes dentro del poder económico y político colombiano.

Eso no significa necesariamente que carezca de autonomía. Significa que su proyecto no puede analizarse como un fenómeno aislado ni como la aventura individual de un hombre carismático. Detrás de toda candidatura presidencial existen intereses, alianzas y expectativas.

EL CLAN CHAR Y EL PODER DEL CARIBE

Entre las relaciones políticas que más atención han despertado aparecen las vinculadas a las élites de Barranquilla y de la región Caribe.

Durante décadas, ciertos grupos económicos y políticos lograron construir una influencia considerable en esa parte del país. Su capacidad para controlar administraciones locales, movilizar recursos y mantener redes de apoyo les permitió convertirse en actores fundamentales dentro de la política nacional.

La cercanía de De la Espriella con algunos de esos sectores ha alimentado un debate que va mucho más allá de una cuestión electoral. La discusión gira en torno a quiénes podrían beneficiarse de una eventual llegada suya a la presidencia y qué modelo de país impulsaría una administración respaldada por esas alianzas.


La importancia de este debate radica en que las elecciones nunca son únicamente una competencia entre individuos. También son una disputa entre proyectos, clases sociales, intereses y visiones de futuro.

LA POLÍTICA DE LA MANO DURA

Si existe una expresión que resume la propuesta política de De la Espriella es la idea de la mano dura.

Su discurso insiste en la necesidad de reforzar la autoridad del Estado, combatir el crimen organizado con mayor contundencia y recuperar la seguridad en territorios donde la presencia institucional es débil o insuficiente.

Estas propuestas encuentran receptividad en amplios sectores de la población. Después de décadas de violencia, narcotráfico, corrupción y conflictos armados, millones de ciudadanos sienten que el país necesita respuestas más firmes.

Sin embargo, la experiencia internacional muestra que las políticas de seguridad producen resultados muy distintos según el contexto en que se aplican. La cuestión fundamental no es solamente cuánto poder debe ejercer el Estado, sino cómo se utiliza ese poder, bajo qué controles y con qué límites.

Esa será probablemente una de las grandes discusiones de la Colombia que viene.

¿POR QUÉ TANTOS COLOMBIANOS LO APOYAN?

Sería un error explicar el crecimiento de De la Espriella únicamente por sus habilidades personales.

Su ascenso refleja fundamentalmente el malestar acumulado de amplios sectores sociales. Muchos ciudadanos perciben que los problemas de inseguridad persisten, que las oportunidades económicas siguen siendo insuficientes y que las promesas de cambio formuladas por distintos gobiernos no han producido los resultados esperados.

Cuando una parte importante de la población pierde confianza en las instituciones tradicionales, aparecen figuras que prometen actuar con rapidez y sin concesiones. Esa dinámica se ha repetido en numerosos países durante los últimos años.

De la Espriella se ha convertido en el vehículo político de una demanda de orden, autoridad y cambio que existe en una parte significativa de la sociedad colombiana.

¿QUIÉN ES REALMENTE ABELARDO DE LA ESPRIELLA?

La respuesta no cabe en una consigna electoral ni en una caricatura política. Abelardo de la Espriella es, al mismo tiempo, un abogado exitoso, una figura mediática, un representante de sectores tradicionales del poder económico y un dirigente capaz de conectar con el descontento de millones de ciudadanos. Su fuerza política nace precisamente de esa combinación.

Presentarlo únicamente como un outsider sería ignorar sus conexiones con importantes redes de influencia. Reducirlo a un simple representante de las élites sería desconocer la capacidad que ha demostrado para interpretar inquietudes reales presentes en la sociedad colombiana.

Su candidatura expresa una tensión profunda que atraviesa hoy al país: la búsqueda de seguridad y estabilidad en un contexto marcado por la incertidumbre, la polarización y el cansancio frente a los resultados obtenidos por las fuerzas políticas tradicionales...
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Fuente:

3. Trump fue clave para el triunfo de la derecha en Colombia

Cruz Bonlarron Martínez

Luego de una burda interferencia electoral de Washington, el ultraderechista Abelardo de la Espriella se impuso por la mínima diferencia ante Iván Cepeda. El resultado deja a la democracia colombiana en estado de alerta máxima.

El domingo por la tarde, luego del cierre de las urnas en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, el candidato de izquierda Iván Cepeda reunió a su militancia más fiel para el cierre de campaña en un teatro colmado del barrio de Chapinero, en Bogotá. La expectativa inicial era celebrar esa misma noche una victoria contundente de la izquierda. Sin embargo, a medida que goteaban los boletines del preconteo, quedó claro que la elección se definiría voto a voto. Con el 99% de las mesas escrutadas, Cepeda quedaba abajo de su rival de extrema derecha, Abelardo de la Espriella, por menos del 1%: una diferencia que no llegaba a los 250.000 votos sobre un total de más de veinticinco millones de sufragios emitidos.

Con la tendencia del preconteo ya consolidada, Cepeda subió rápidamente al escenario para calmar la ansiedad general. En un discurso medido, enfatizó que no reconocería la derrota hasta que se contara el último voto en las treinta y tres mil mesas de votación. También remarcó la necesidad de un gobierno que busque unir al país y destacó el hecho de que su campaña logró sumar más de un millón de nuevos votantes. Cerró su intervención citando al asesinado presidente chileno Salvador Allende: «La historia es nuestra y la hacen los pueblos». Al terminar, el teatro estalló en aplausos y en el canto unánime de «Cepeda presidente».

Pocas horas después y a cientos de kilómetros de allí, en la caribeña Barranquilla, su rival De la Espriella subió al escenario para montar un discurso que solo puede describirse como puro espectáculo. Vestido con la camiseta de la selección colombiana de fútbol —que su campaña expropió descaradamente como símbolo partidario— y hablando desde un cubículo blindado, rodeado por una pantalla gigante que proyectaba su propia imagen haciendo el saludo militar, De la Espriella ensayó una retórica de reconciliación y prometió garantías para la oposición. Sin embargo, no se privó de lanzar sutiles amenazas contra quienes planeen protestar pacíficamente contra su gestión.

De hecho, dedicó la mayor parte de su intervención a machacar con el discurso de mano dura que hoy domina a las derechas de toda la región, atacando de frente el proceso de paz colombiano y los intentos de la administración de Gustavo Petro por desactivar a los grupos criminales mediante el diálogo. Y a pesar de que apenas el día anterior había amenazado abiertamente a los congresistas que pretendieran votar en contra de su agenda neoliberal, De la Espriella cerró la noche jurando un supuesto compromiso con la Constitución y prometiendo que gobernará para todos los colombianos.

Trabas legales y retórica violenta

Esa misma noche, los simpatizantes de Cepeda ganaron las calles para repudiar lo que una gran parte de la sociedad percibió como un robo liso y llano por parte de las élites tradicionales, las mismas que manejaron Colombia a su antojo hasta la llegada de Gustavo Petro en 2022. Las movilizaciones se replicaron en varias ciudades del país, incluida la capital, donde cientos de personas se concentraron frente a la Universidad Nacional de Colombia y las inmediaciones de Corferias, uno de los centros de votación más importantes del país. Equipos de abogados acompañaron las protestas para fiscalizar desde el primer minuto el escrutinio definitivo y garantizar que el recuento reflejara fielmente la voluntad popular expresada en las urnas.

El clima hostil contra la campaña de Cepeda fue indiscutible desde el arranque. La izquierda debió navegar un mar de trabas burocráticas que jamás se aplicaron con la misma vara a los candidatos del establishment, en el marco de un sistema político corroído por la corrupción estructural y condicionado por la descarada injerencia del presidente estadounidense Donald Trump junto a los sectores más reaccionarios de la Casa Blanca.

Desde el inicio de la carrera presidencial, el Pacto Histórico —la plataforma de izquierda que respaldó a Cepeda— enfrentó escollos que la derecha ni siquiera conoció. El año pasado, la fuerza tuvo que librar una batalla legal extenuante para transformarse de coalición a partido político unificado. El Consejo Nacional Electoral (CNE) dilató durante meses la consolidación unitaria mediante un laberinto burocrático asfixiante.

Una vez superado ese frente judicial y lograda la personería jurídica, el sistema proscribió la posibilidad de que el Pacto Histórico dirimiera sus candidaturas en una primaria interpartidaria con otros sectores de la izquierda y el centroizquierda. Curiosamente, a los partidos de la centroderecha sí se les permitió utilizar esta herramienta. Este corsé legal le quitó un enorme impulso inicial a la campaña, impidiéndole traccionar a franjas del electorado que habitualmente participan en las internas de centro.

La militancia de Cepeda también denunció las prácticas de compra de votos y las amenazas de violencia que siguen siendo endémicas en el régimen político colombiano. Durante la jornada del domingo llovieron denuncias de fraude clientelar en distintos puntos del país, una práctica tristemente naturalizada por los partidos tradicionales y de derecha. También se registraron graves irregularidades en los consulados y embajadas en el exterior, donde los fiscales detectaron el uso de identidades falsas y un fuerte hostigamiento por parte de los militantes de De la Espriella en los centros de votación de los Estados Unidos, territorio donde el candidato derechista arrasó con el 80% de los sufragios.

La retórica de campaña de De la Espriella fue de una agresividad escalofriante: prometió textualmente «destripar a la izquierda» y reivindicó abiertamente a las estructuras paramilitares que ejecutaron a casi cien mil personas durante el conflicto armado interno. En sintonía con este discurso, De la Espriella recibió el respaldo explícito de la mayor organización armada ilegal del país: el Ejército Gaitanista de Colombia, popularmente conocido como el Clan del Golfo.

A pesar de que el propio Departamento de Estado de Estados Unidos cataloga a esta red narcotraficante y paramilitar como una organización terrorista, se trata de una de las principales herederas de los escuadrones de la muerte que el propio De la Espriella defendió durante años en su carrera como abogado. Esta organización ejerce un control territorial de hierro en vastas zonas de Antioquia, un departamento que terminó siendo una pieza fundamental para garantizar la ventaja de De la Espriella en el preconteo.

Intervención estadounidense

Las trabas burocráticas, la corrupción y la retórica violenta han existido, de una forma u otra, en casi todas las elecciones anteriores. Sin embargo, la intervención hiperagresiva del Departamento de Estado bajo la administración de Donald Trump le dio a este proceso un carácter único, consolidando lo que ya se conoce como la «Doctrina Donroe»: un nuevo patrón de injerencia abierta de Washington en la región.

Esta doctrina se ha materializado en el apoyo explícito a candidatos derechistas en todo el continente y en amenazas de uso de la fuerza bruta para imponer la voluntad de la Casa Blanca. Ya vimos la intervención directa de Trump para apuntalar a la extrema derecha en los comicios de Argentina y Honduras, combinada con amenazas de tomar el Canal de Panamá y el secuestro ilegal sin precedentes del presidente venezolano, Nicolás Maduro.

A lo largo de junio, Colombia sufrió el impacto pleno de esta doctrina en su proceso electoral. Todo empezó el día 2 con una publicación de Trump en Truth Social donde respaldaba abiertamente a De la Espriella. El mandatario estadounidense afirmó que su candidato predilecto «tendría un éxito tremendo liderando a Colombia para hacer crecer la economía, crear empleos, promover el comercio, detener la inmigración ilegal, aplastar el crimen y las drogas, y restaurar la LEY Y EL ORDEN». Al mismo tiempo, tildó a Iván Cepeda de «marxista de izquierda radical» y sentenció que la elección era «crucial para el futuro de Colombia y su relación con los Estados Unidos».

El mensaje fue replicado de inmediato por legisladores republicanos de origen hispano en Estados Unidos, por políticos de la derecha colombiana e incluso por la cuenta de X de la Embajada de los Estados Unidos en Bogotá, lo que constituyó un uso flagrante de recursos públicos estadounidenses en una campaña política extranjera. En los días previos a la votación, Trump redobló la apuesta con más mensajes en la misma sintonía para mantener su respaldo a De la Espriella en el centro de la agenda mediática colombiana.

El espaldarazo formó parte de una estrategia mucho más amplia de Washington para legitimar el programa de De la Espriella: una lista de supermercado de recetas neoliberales y reaccionarias que van desde habilitar el fracking en áreas protegidas y privatizar la salud, hasta la construcción de megacárceles y el retiro de Colombia de organismos internacionales como la ONU y la OEA. Otro componente clave de la estrategia fue la campaña de desinformación encabezada por el subsecretario de Estado, Christopher Landau, y el propio De la Espriella, orientada a revocar las visas de cualquier persona a la que la campaña de derecha acusara, sin prueba alguna, de «manipular» las elecciones, una maniobra burda para sembrar miedo y deslegitimar a los partidarios de Cepeda.

La cara más grotesca de esta avanzada de la administración Trump fue la detención del periodista y solicitante de asilo colombiano Franklin Humberto Coral Garrido, conocido en redes sociales como Beto Coral. Agentes del Departamento de Seguridad Nacional lo arrestaron el 16 de junio, poco después de haber participado en una protesta de la diáspora colombiana en Florida contra De la Espriella.

Según reveló el New York Times, Coral fue detenido el mismo día en que el secretario de Estado, Marco Rubio, firmó un memorándum afirmando que la presencia del activista en Estados Unidos «atentaba contra los intereses de la política exterior estadounidense en los procesos democráticos de Colombia». Los tuits publicados por De la Espriella justo antes del arresto, celebrando que pronto habría «noticias» para la diáspora, dejan en claro que el entorno del candidato derechista estuvo directamente involucrado en la cacería.

Desde su detención, Coral fue trasladado de forma irregular entre varios centros. Según denunció su familia, el periodista sufrió maltratos físicos por parte de los agentes federales y presiones constantes para firmar su propia orden de deportación. Lejos de ocultarlo, el senador estadounidense de origen colombiano y aliado de De la Espriella, Bernie Moreno, festejó el arresto en sus redes: «No puedes venir a los Estados Unidos, pedir asilo y luego actuar como agente extranjero… Que tengas una buena vida de regreso en Colombia».

La detención de Coral funcionó como un mensaje mafioso para la comunidad colombiana en el exterior: el que alce la voz contra De la Espriella enfrentará la persecución estatal. Este factor de terror psicológico tuvo un impacto real en la participación electoral del domingo, tanto entre la diáspora como entre aquellos ciudadanos colombianos que temen que sus visados para ingresar a los Estados Unidos sean revocados.

El Imperio contraataca

Al día siguiente de la elección, Donald Trump se adjudicó el triunfo con arrogancia: «Yo lo respaldé. Estaba en el décimo lugar y ganó la elección», aseguró, añadiendo que De la Espriella lo llamó para agradecerle apenas se conocieron los resultados y que las relaciones bilaterales ahora serán «mucho mejores». El senador Bernie Moreno también celebró el desenlace e insistió en que «CUALQUIER ciudadano colombiano que esté solicitando asilo debería regresar a su país», prometiendo que el nuevo gobierno garantizará su seguridad.

Si el escrutinio definitivo termina de sepultar las impugnaciones y consolida el triunfo de la extrema derecha, el pueblo colombiano se enfrenta al retorno de las épocas más sangrientas de su historia contemporánea, bajo el mando de un personaje que ha hecho del desprecio por los derechos humanos y las instituciones democráticas su principal carta de presentación. Tras la brutal injerencia de Washington en este último mes, queda flotando una pregunta incómoda pero urgente: ¿es realmente posible celebrar elecciones libres y soberanas en América Latina cuando la Casa Blanca está dispuesta a romper todas las reglas del juego para imponer a sus peones?Compartir este artículo FacebookTwitter Email

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Cruz Bonlarron Martínez
Escritor independiente. Sus investigaciones sobre política, derechos humanos y cultura en América Latina y su diáspora han aparecido en diversas publicaciones internacionales.
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Fuente:

4. Algunos puntos sobre las elecciones presidenciales y la actual polarización

revcom.us
24 de junio de 2026

Luego de la primera vuelta de las elecciones presidenciales se definió los dos candidatos que pasan a la ronda definitiva el próximo 21 de junio: el fascista Abelardo de la Espriella (ADLE) y el continuista Iván Cepeda. La marea de análisis y opiniones que inundan el ambiente político en Colombia hace necesario que se planteen algunos puntos que permitan orientarse en ese contaminado ambiente:Como muchos comentaristas políticos han destacado, estas elecciones se dan en medio de una aguda polarización política, que ha llegado al punto de tomar un carácter identitario, donde el principal dinamizador ha sido emocional, apelando principalmente al miedo, y al deseo de “venganza”. El desprecio a la verdad y el “sacar a la gente a votar emberracada” del plebiscisto de 2016 se ha exacerbado y ha llegado a niveles insospechados.

De La Espriella representa un programa fascista, que trata como enemigos a quien se le oponga y promete “destriparlos”, que aboga por una abierta represión, un militarismo y punitivismo extremo y está por pisotear el Estado de derecho y cualquier debido proceso. Promueve abiertamente el sometimiento a la dominación imperialista estadounidense, la abierta misoginia y la defensa del patriarcado y valores tradicionales, el chovinismo nacionalista y la movilización de los sectores religiosos más fundamentalistas.

Que más de diez millones de personas hayan votado por De La Espriella en primera vuelta muestra el descontento en un amplio sector con el gobierno petrista, pero también la legitimación del fascismo no solo entre un significativo sector de las clases dominantes, sino también en un importante sector del pueblo, especialmente entre la clase media urbana (incluyendo muchos jóvenes), que ha crecido vertiginosamente desde comienzos de los 60.

Emulando al fascista Trump, ADLE ha usado su imagen de “millonario triunfador” para capitalizar el auge de la cultura basura aspiracional de culto a “hacerse rico” y se presenta como un supuesto outsider, “independiente frente a la política tradicional” o incluso “antiestablecimiento” pero esta caracterización parte de la errónea idea de que hay una “clase política”, independiente de las clases dominantes de este sistema. De hecho, hoy un sector significativo de las clases dominantes, de los partidos políticos tradicionales y gamonales políticos, del empresariado, los medios de comunicación y el régimen fascista de Trump parecen tener una relativa unidad en respaldar tal programa político.

El fortalecimiento del programa fascista que representa De la Espriella hace parte de la tendencia a la derechización en el mundo y concretamente está conectada a la influencia del ascenso del fascismo en Estados Unidos que tiene su foco geopolítico principal en América Latina, y busca consolidar un bloque fascista leal en lo que considera su “área de influencia” (o “patio trasero”).

Con el golpe de Estado y la imposición de una administración neocolonial en Venezuela, y la presión directa en Argentina, Honduras, Chile, Brasil y ahora Colombia, Estados Unidos busca establecer fichas que considera más leales a los intereses imperialistas yanquis. Petro intentó convencer a Trump de ser un sirviente leal, pero Trump dejó claro su respaldo al candidato fascista De la Espriella.

El programa de ADLE reencaucha el “modelo Milei” en lo económico y político, y refleja el auge del referente “teórico” de Milei y la derecha más rancia en Colombia y buena parte de América latina, Agustín Laje y de la “Internacional” de la derecha (con mucho peso de Iberoamérica) y el trabajo que han hecho desde hace años. (Y sus resultados en preparar el terreno, o definir el clima político, incluso en estas elecciones aquí, y en la región)

El descontento y furia de un sector del pueblo y los deseos de cambios políticos del “estallido social” de 2021 fueron canalizados en el programa político del petrismo, que con el lema de ser el “gobierno del cambio”, promovió ciertas reformas sociales mientras mantenía en pie el núcleo del mismo sistema capitalista y trataba de convencer a un sector de las clases dominantes de que su forma de gobierno era la mejor opción para evitar la explosión del descontento popular.

En estas elecciones, el petrismo, representado por Iván Cepeda, confiaba en que sus subsidios y reformas sociales (y la repartija de puestos y contratos entre la clientela de la “izquierda”) habían generado una base social de millones de votantes, especialmente entre los sectores más populares, y que con esto ganaría holgado. Y si bien en términos absolutos su votación fue mayor a la que obtuvo Petro en primera vuelta hace cuatro años, no fue suficiente para superar la votación de la principal ficha de la derecha.

En una sociedad dividida en clases como la actual, no existe tal cosa como una “democracia para todos”. Independientemente del tipo de régimen que domine, este sistema se basa en la dictadura de la clase capitalista sobre el pueblo. En estas elecciones no está en juego tal dictadura de la clase capitalista, y ambos candidatos representan y defienden en última instancia al mismo sistema capitalista.

Que ambos candidatos sean parte del mismo sistema no quiere decir que el fascismo, el ejercicio abierto de la dictadura burguesa, sea exactamente igual a las formas de gobierno que encubren tal dictadura bajo el manto de una democracia burguesa. Sí hay diferencias entre un gobierno de corte fascista con uno no fascista, y De La Espriella, sí representa un régimen fascista como denuncian sus opositores electorales. Pero ambos, aunque NO son lo mismo, tienen en común que representan al mismo sistema. ¡Se trata del modo de producción!

Ya sea a nombre de la doctrina del “mal menor” o a nombre de la “línea de masas” algunas fuerzas que se dicen revolucionarias llaman a apoyar al candidato no-fascista por ser “el sentir de las masas” (y dizque lo que corresponde a los revolucionarios es ser bestias de carga de estas, ¡ah bestias!). No se trata de no tener en cuenta lo que opina la gente, pero “tener en cuenta” no es lo mismo que seguirlo a pie juntillas. Sí, se trata de cambiar la realidad objetiva. Y lo que sienten o piensan las masas hace parte de esa realidad objetiva, ¡pero no la define!
Muchos en la “izquierda” tienen la ilusión de que asestar una derrota electoral en segunda vuelta a De La Espriella “derrotará el fascismo”. Pero, el que gane Cepeda no hará desaparecer como por arte de magia a todo un sector de las clases dominantes que han optado por el fascismo, ni desaparecerá su base social de millones de personas.

Aunque no se puede predecir con exactitud cómo se desenvolverá la situación, estas elecciones no disiparán las tensiones ni detendrán la derechización y fascistización. Se necesita una decidida lucha política que no esté limitada por los confines de este sistema (que es el causante del auge del fascismo y la derechización) sino que arranque de raíz toda opresión y explotación.

El candidato de la izquierda, en su afán de no “épater le bourgeois” ha hecho una campaña contra el socialismo y el comunismo que compite con la de sus supuestos némesis de la derecha, uniéndose al coro de quienes repiten como loros que no hay alternativa a este mundo de guerras, genocidio, catástrofe climática y fascismo creciente y de que las revoluciones rusa y china del siglo 20 fueron “proyectos utópicos” inviables que se convirtieron en “pesadillas totalitarias”. Quien habla es el sistema capitalista-imperialista, inculcando que este es el mejor de los mundos posibles. Pero esto no se sostiene ante los hechos.

Como dice (acertadamente) Bob Avakian: Una vez que se cierre la posibilidad de una alternativa realmente radical y verdaderamente emancipadora —un sistema y forma de vivir fundamentalmente diferentes, como lo que representa la revolución comunista—, en realidad y en la mente de las personas, continuarán los horrores de todo tipo, y tarde o temprano esas personas cuya mente haya resultado cerrada a esta alternativa se volverán cómplices, o al menos se adaptarán, a esos horrores, en un sentido u otro. [LA HUMANIDAD AL BORDE DEL PRECIPICIO: ¿Una marcha forzada hacia el abismo, o forjar una salida a la locura?]

La oleada de reformas “neoliberales” a partir de los noventa en América Latina impulsó una mayor penetración del capital imperialista, no solo norteamericano, que carcomió la agricultura local, aceleró la migración del campo a las ciudades, privatizó productos básicos y creó mas pobreza y un peor nivel de vida en toda la región. Esto impulsó una oleada de oposición que incluyó el ascenso hace dos décadas de la llamada “Ola rosa”, gobiernos “antineoliberales” que eran enemigos del capitalismo “salvaje” pero amigos de un capitalismo más “humano” al que apodaron “socialismo del siglo XXI”, imbuido de los ideales de la revolución burguesa de hace más de 200 años.

Los gobiernos progresistas de la “Ola rosa” pretendieron impulsar programas de bienestar social y de subsidios, sin romper con la relación de dependencia al imperialismo ni muchas de las relaciones atrasadas existentes. En esa época había una buena racha para las materias primas y estos países pudieron hasta cierto grado repartir una parte de las ganancias en los sectores populares (en programas como las misiones de Chávez en Venezuela, Bolsa Familia en Brasil), pero más temprano que tarde chocaron con las limitaciones del funcionamiento anárquico del imperialismo, con el que no rompieron.

Los llamados progresistas puede que tengan buenas intenciones, pero “de buenas intenciones está empedrado el camino al infierno”. Así haya cambios paliativos en algunos aspectos, mientras siga en pie este sistema, no se acabará la dominación patriarcal, no se detendrá la destrucción ambiental, ni podrá solucionarse de manera definitiva y de raíz el empobrecimiento, el desempleo ni el hambre creciente que estos causan, ni la dolorosa degradación moral e intelectual a la que este sistema condena a muchas personas especialmente los jóvenes del pueblo. Tampoco cesará la guerra contra el pueblo, la criminalización de los jóvenes, ni la discriminación y la opresión de los pueblos indígenas y negros y el racismo y la xenofobia. Continuará el sofocamiento y la persecución al disentimiento y el pensamiento crítico y científico, y la promoción de todo tipo de superstición y seremos testigos vez tras vez de la profundización de la dominación imperialista y la dependencia alimentaria de los países bajo el yugo del imperialismo, como Colombia.

¡Todo el sistema está podrido y es ilegítimo!
¡Necesitamos y Exigimos una forma completamente nueva de vivir, un sistema fundamentalmente diferente!

Nota de la redacción de revcom.us: Este artículo se publicó en Alborada Comunista, la página web del Grupo Comunista Revolucionario, Colombia (GCR) (@comrevco), y fue traducido al inglés por voluntarios de revcom.us.

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