La paz en el Golfo no surge de una conversión repentina a la confianza mutua, sino del temor a la guerra
Estados Unidos teme una crisis energética mundial y una nueva guerra en Oriente Medio. Irán teme un desgaste económico y militar prolongado, pero quiere sacar provecho de su capacidad de resistencia. Israel teme un Irán fortalecido, pero debe afrontar los límites de su poder. Las monarquías del Golfo temen tanto la guerra como la hegemonía iraní. Europa teme los precios de la energía, la migración, la inestabilidad y su propia irrelevancia
José Gagliano
lafionda.org/16 de junio de 2026
El memorando de entendimiento entre Estados Unidos e Irán, presentado como un paso hacia el fin de la guerra, no puede interpretarse como un documento diplomático convencional. Si se confirman los contenidos atribuidos al acuerdo, nos encontramos ante un documento que va más allá de simplemente detener la carrera armamentística: redefine la manera en que Washington y Teherán pretenden medir su poderío militar en el Golfo Pérsico, el Levante y todo Oriente Medio.
La fórmula elegida por Teherán es significativa: un cese inmediato y definitivo de la guerra, incluyendo los frentes regionales, entre ellos el Líbano. Esto significa que el acuerdo no solo aborda la confrontación directa entre Estados Unidos e Irán, sino también la red de crisis que durante años ha conectado el Golfo Pérsico, el Mediterráneo Oriental, el Mar Rojo, Irak, Siria, Yemen y el Líbano. En otras palabras, el memorándum busca resolver no un conflicto aislado, sino todo el entramado de conflictos en Oriente Medio.
La cuestión es más política que militar. Estados Unidos necesita resolver una crisis que amenazaba con convertirse en un conflicto regional incontrolable, con repercusiones inmediatas en la energía, los mercados y la seguridad de sus aliados. Irán, por su parte, necesita demostrar que su estrategia de resistencia, presión indirecta y resiliencia nacional ha dado resultados concretos. Por ello, el acuerdo ya se está gestando con una doble narrativa: para Washington, representa el retorno de la diplomacia; para Teherán, confirma que su adversario se ha visto obligado a negociar.
El Golfo como escenario de una nueva diplomacia coercitiva
El Golfo Pérsico nunca es solo una región. Es un motor de la economía global. Energía, seguridad marítima, seguros, finanzas, comercio asiático, estabilidad económica europea y estabilidad de precios pasan por el Estrecho de Ormuz. Cuando el estrecho se ve amenazado o cerrado, incluso parcialmente, no solo reaccionan las armadas. Los mercados, los bancos, las compañías petroleras, los armadores, los gobiernos importadores y los organismos de seguridad también toman medidas.
La reapertura del estrecho de Ormuz y las operaciones de desminado adquieren, por lo tanto, una enorme importancia. No se trata simplemente de medidas técnicas. Indican que la guerra ha llegado a un punto en el que ninguno de los dos principales actores deseaba realmente llegar. Una guerra prolongada en el Golfo habría supuesto un aumento vertiginoso de los precios de la energía, un incremento de los costes de los seguros, presión sobre las economías occidentales, irritación entre los importadores asiáticos y el riesgo constante de incidentes militares.
Por lo tanto, la paz anunciada no surge necesariamente de la confianza mutua, sino del cálculo. Estados Unidos sabe que no puede permitirse la desestabilización permanente de Ormuz. Irán sabe que puede utilizar la geografía como arma política. El memorándum representa el punto de encuentro entre estas dos posturas: Washington mantiene su objetivo de prevenir una crisis energética mundial; Teherán demuestra que no se puede construir una arquitectura regional ignorando su papel.
Irán saca provecho antes de negociar
La estructura de los catorce puntos del acuerdo revela un hecho clave: Irán no pretende entrar en las negociaciones finales como parte derrotada. Por el contrario, exige concesiones por adelantado. Incluso antes de debatir el acuerdo final, exige la suspensión de las sanciones petroleras, el levantamiento del bloqueo naval, la liberación de algunos fondos congelados y el reconocimiento de su soberanía.
Es un enfoque muy preciso. Teherán quiere evitar que las negociaciones se conviertan en una repetición de enfoques anteriores, en los que Irán aceptó restricciones inmediatas a cambio de promesas futuras. Esta vez, la lógica parece invertirse: primero el alivio económico y político, luego las negociaciones. Primero el dinero, luego la energía nuclear. Primero, reabrir el sector energético, luego el debate sobre los materiales enriquecidos y el enriquecimiento.
La liberación de 24.000 millones de dólares, de los cuales la mitad estará disponible antes del inicio de las negociaciones finales, simboliza este enfoque. Para Irán, no se trata solo de liquidez. Es una prueba de la fiabilidad de su socio estadounidense. Tras la retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear de 2015, Teherán ya no se conforma con declaraciones políticas. Exige garantías materiales, inmediatas y verificables.
Reconstrucción geopolítica o compensación
Aún más significativo es el llamado a planes de reconstrucción por un valor de al menos 300 mil millones de dólares, que serían financiados por Estados Unidos y sus aliados. En este punto, el memorando va más allá del cese de hostilidades y se adentra en la compensación estratégica.
Irán parece querer transformar el fin de la guerra en un reconocimiento político: no solo el cese de las operaciones militares, el levantamiento del bloqueo naval y el fin de las sanciones petroleras, sino también una contribución a la reconstrucción del país. Este enfoque, de ser aceptado, sería enormemente valioso. Significaría que Irán no sería tratado como una potencia sometida, sino como un actor capaz de imponer un precio por la normalización.
Esto también plantea dificultades para Estados Unidos. Para Washington, un plan de reconstrucción podría presentarse como una inversión en la estabilidad regional. Para Teherán, sería un reconocimiento de su propia victoria. Para Israel y algunos de los socios regionales de Estados Unidos, podría interpretarse como una recompensa otorgada a un adversario que mantiene intacta su red de influencia.
La Gran Exclusión: Misiles y Resistencia fuera de la mesa
El punto más delicado desde el punto de vista político se refiere a la agenda de las negociaciones finales. Según la redacción del acuerdo, este solo abordará el destino del material enriquecido, el enriquecimiento, el levantamiento de las sanciones y el plan de reconstrucción económica. El programa de misiles iraní y el apoyo a los llamados grupos de resistencia quedarían fuera del alcance del acuerdo.
Para Teherán, esto representaría un logro crucial. Durante años, el objetivo estadounidense, israelí y, en parte, europeo ha sido ampliar las negociaciones más allá de las armas nucleares, incluyendo misiles balísticos, drones, milicias aliadas, Hezbolá, grupos iraquíes, influencia en Siria, vínculos con Yemen y la capacidad de ejercer presión sobre Israel. Irán siempre ha rechazado este enfoque, pues habría implicado debatir no solo un programa, sino su propia doctrina de seguridad nacional.
Si se confirmara la exclusión, Irán conservaría su profundidad estratégica. Podría aceptar limitaciones a su programa nuclear sin desmantelar el sistema de disuasión regional construido durante las últimas décadas. Este es el quid de la cuestión. La energía nuclear es el tema más visible. Pero la fuerza iraní no se mide solo en centrifugadoras. Se mide en su capacidad para activar o desactivar múltiples frentes, desde el Líbano hasta el Mar Rojo, desde Irak hasta Siria.
Líbano como termómetro del acuerdo
La mención del Líbano no es casual. El frente libanés representa uno de los puntos más delicados del equilibrio de poder en todo Oriente Medio. Si el memorándum logra una reducción real de la tensión entre Israel y Hezbolá, el acuerdo podría considerarse algo más que un alto el fuego táctico. Sin embargo, si el frente norte israelí volviera a estallar, la credibilidad de todo el mecanismo se vería inmediatamente comprometida.
Líbano es importante porque no es solo un escenario local. Es el lugar donde convergen la seguridad israelí, la influencia iraní, la fragilidad del Estado libanés, el papel de Hezbolá, la atención francesa, la presencia diplomática estadounidense y el temor a una guerra regional. En este sentido, la paz en el Golfo tendrá que ponerse a prueba en las costas del Mediterráneo oriental.
Lo mismo ocurre, con distintos matices, en Irak, Siria, Yemen y el Mar Rojo. Una tregua genuina debería reducir la presión sobre todo el eje regional vinculado a Teherán. Sin embargo, una tregua parcial podría simplemente trasladar las tensiones de un frente a otro. Este es el riesgo clásico de Oriente Medio: no el fin del conflicto, sino su desplazamiento geográfico.
Evaluación militar: detener la escalada sin perder la capacidad disuasoria
Desde una perspectiva militar, el acuerdo responde a una necesidad inmediata: evitar que la confrontación entre Estados Unidos e Irán se descontrole políticamente. En una región donde operan flotas, bases, sistemas de misiles, milicias, drones, grupos armados y agencias de inteligencia estadounidenses, el riesgo de un error de cálculo es constante.
El bloqueo naval, las minas, la amenaza al estrecho de Ormuz, la presión sobre los puertos, los ataques indirectos y la presencia de fuerzas estadounidenses en la región crean un entorno en el que un incidente puede escalar rápidamente a una crisis, y una crisis puede desembocar en una guerra. El memorándum intenta frenar este proceso. Pero frenarlo no significa resolverlo.
Estados Unidos debe evitar parecer una potencia en retirada. Irán debe evitar parecer un país que acepta condiciones externas. Israel debe decidir si considera el acuerdo como un respiro útil o una amenaza estratégica. Las monarquías del Golfo deben determinar si la reducción de las tensiones las hace más seguras o si, por el contrario, otorga a Teherán un papel regional más amplio.
El verdadero desafío será mantener la disuasión mientras se reduce la tensión. Demasiada presión podría hacer fracasar el acuerdo. Demasiadas concesiones podrían convencer a Irán de que la estrategia de amenazas está funcionando. Demasiada flexibilidad por parte de Israel podría provocar el colapso de las negociaciones. Demasiada rigidez por parte de Estados Unidos podría llevar a todos de vuelta al punto de partida.
El petróleo como lenguaje de paz
En el plano económico, el impacto más inmediato afecta al petróleo iraní. El levantamiento de las sanciones a la venta de petróleo, productos petroquímicos y derivados permitiría a Teherán reingresar con mayor fuerza a los mercados internacionales. Esto tendría consecuencias directas en los precios de la energía, las decisiones de los importadores asiáticos, el equilibrio de poder entre los productores y las estrategias de las grandes empresas.
Irán posee enormes recursos, pero durante años ha operado bajo restricciones financieras, comerciales, de seguros y bancarias. Incluso una normalización parcial de las exportaciones permitiría al gobierno iraní obtener divisas, estabilizar el presupuesto, financiar infraestructura, respaldar la moneda nacional y mitigar el descontento interno.
Para Europa, la cuestión es más compleja. Por un lado, una mayor oferta de petróleo en el mercado podría traducirse en precios más bajos y una mayor seguridad energética. Por otro, el resurgimiento económico de Irán plantea una cuestión política: ¿hasta qué punto pueden las empresas europeas reingresar al mercado iraní sin temer nuevas sanciones estadounidenses en el futuro? Este es el fantasma de 2015. Muchas empresas europeas habían visto a Irán como un importante mercado potencial, pero se retiraron cuando Washington cambió su postura.
China, Rusia y Europa se enfrentan al regreso de Irán
La dimensión geoeconómica es crucial. Un Irán parcialmente reintegrado a los mercados no solo sería un productor de petróleo, sino también un importante escenario de competencia entre potencias. China, que durante los años de aislamiento fortaleció su presencia económica y estratégica en Irán, buscaría mantener una posición privilegiada. Pekín necesita energía, rutas terrestres, influencia euroasiática y socios capaces de reducir la presión estadounidense.
Rusia vería el proceso con mayor ambivalencia. Moscú comparte parte del antagonismo de Teherán hacia Occidente, pero un Irán menos aislado podría volverse más autónomo y menos dependiente de su relación con Rusia. Además, el regreso total del petróleo iraní a los mercados podría complicar algunos equilibrios energéticos.
Por otro lado, Europa estaría interesada en reabrir los canales económicos, especialmente en los sectores de infraestructura, energía, industria y tecnología. Sin embargo, Europa es débil cuando carece de garantías políticas. Sin una protección estable contra las sanciones secundarias estadounidenses, es poco probable que las empresas europeas se arriesguen a realizar inversiones a largo plazo.
Las monarquías del Golfo se enfrentarían a un dilema. La paz reduce el riesgo de guerra y protege las economías regionales. Pero un Irán más rico, con menos sanciones y reconocido diplomáticamente podría convertirse en un competidor aún más fuerte. Para Arabia Saudí y los Emiratos Árabes Unidos, estabilizar el Golfo es una necesidad económica; fortalecer a Irán es una cuestión estratégica.
Las Naciones Unidas como seguro contra el pasado
La idea de que el acuerdo final sea aprobado por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU responde a una necesidad específica: garantizar el compromiso futuro. Irán no quiere repetir la experiencia del acuerdo nuclear de 2015, que fue desmantelado por una decisión política estadounidense. Por lo tanto, busca un marco internacional que dificulte una nueva salida unilateral.
Sin embargo, una resolución por sí sola no basta para generar confianza. La confianza entre Estados Unidos e Irán es prácticamente inexistente. Washington sospecha que Teherán desea mantener una capacidad nuclear mínima. Teherán sospecha que Washington utilizará cualquier acuerdo como una herramienta temporal para luego volver a ejercer presión. Israel sospecha que cualquier concesión económica a Irán fortalecerá, en última instancia, a Hezbolá y a otros aliados regionales. Las monarquías árabes sospechan que la distensión entre Estados Unidos e Irán podría producirse a sus espaldas.
Por eso, las garantías internacionales son necesarias, pero no suficientes. La verdadera garantía será el equilibrio de intereses. Si todos tienen algo que perder al socavar el acuerdo, entonces la tregua podrá mantenerse. Si incluso uno de los principales actores cree que puede beneficiarse del sabotaje, el memorándum se volverá frágil.
Una paz nacida del miedo a la guerra
Quizás lo más importante sea esto: la paz en el Golfo no surge de una conversión repentina a la confianza mutua, sino del temor a la guerra. Estados Unidos teme una crisis energética mundial y una nueva guerra en Oriente Medio. Irán teme un desgaste económico y militar prolongado, pero quiere sacar provecho de su capacidad de resistencia. Israel teme un Irán fortalecido, pero debe afrontar los límites de su poder. Las monarquías del Golfo temen tanto la guerra como la hegemonía iraní. Europa teme los precios de la energía, la migración, la inestabilidad y su propia irrelevancia.
Esta es la verdadera naturaleza del memorándum: no un abrazo, sino una tregua entre temores convergentes. Y precisamente por eso, puede funcionar, al menos a corto plazo. Los acuerdos de paz más sólidos suelen surgir de una visión compartida del futuro. Los más frágiles surgen de la conciencia compartida del desastre que debe evitarse.
Los sesenta días que decidirán el nuevo equilibrio
El plazo de sesenta días para la negociación será crucial. Quedará claro si el memorándum marca el inicio de una nueva arquitectura regional o simplemente una pausa táctica. Hay tres cuestiones clave.
El primer aspecto es económico: sanciones, petróleo, fondos congelados, acceso a recursos financieros, reconstrucción. Si Teherán no percibe beneficios concretos, podría acusar a Washington de incumplir sus compromisos. Si Washington cede demasiado pronto, se arriesga a sufrir acusaciones internas y regionales de retroceso.
El segundo frente es el militar: Ormuz, el bloqueo naval, la presencia estadounidense, Líbano y los grupos aliados de Irán. Una sola escalada en cualquiera de estos frentes podría poner en peligro el proceso.
El tercer aspecto es el nuclear: materiales enriquecidos, niveles de enriquecimiento, verificación, inspecciones y garantías. Es el expediente más técnico, pero también el más político. Porque la cuestión no es solo impedir que Irán construya un arma nuclear, sino determinar cuánta capacidad nuclear puede mantener sin ser percibido como una amenaza inminente.
Oriente Medio entre la tregua y la nueva jerarquía
Si el acuerdo se mantiene, Oriente Medio entrará en una nueva fase. No necesariamente más pacífica, pero sí diferente. Irán saldría de su aislamiento más fuerte que antes. Estados Unidos intentaría reducir la carga de la guerra directa sin abandonar la región. China buscaría aprovechar la apertura económica. Rusia observaría con cautela. Europa intentaría reintegrarse, pero con recursos limitados. Israel tendría que decidir si se adapta a la nueva realidad o intenta impedirla.
Sin embargo, si el acuerdo fracasa, el riesgo será aún mayor. Las expectativas no cumplidas suelen derivar en crisis más graves que las iniciales. Un Irán convencido de haber sido engañado podría reavivar la presión regional. Estados Unidos podría volver a la lógica de las sanciones y la fuerza. Israel podría actuar por su cuenta. Los países del Golfo podrían sumirse de nuevo en la incertidumbre energética.
Por lo tanto, la paz anunciada no supone el fin del juego. Marca el comienzo de una nueva fase en la que la diplomacia, la energía, la guerra indirecta y las finanzas están más interrelacionadas que nunca. En el Golfo, cada tregua es también una demostración de fuerza. Cada acuerdo es también un mensaje para aliados y enemigos. Cada firma es también una apuesta por la estabilidad del sistema.
El memorando entre Estados Unidos e Irán podría convertirse en el primer paso hacia la estabilización regional. O podría quedar como un mero paréntesis, destinado a cerrarse ante la próxima crisis. Todo dependerá de una pregunta simple y terrible: ¿quieren realmente las partes construir un nuevo equilibrio, o simplemente se están tomando un respiro antes del próximo enfrentamiento?
