Posdemocracia
Esta verdad se aplica a las llamadas «democracias» occidentales, hasta tal punto que no pueden ni deben considerarse democracias en toda regla
Imagen ilustrativa E.O con Nano Banana 2
Por Martino Dettori
elviejotopo.com/18 mayo, 2026
El sistema posdemocrático no es menos autoritario que la autocracia. Simplemente es más hipócrita, porque está repleto de retórica democrática…
Según la definición del diccionario, las autocracias son sistemas políticos gobernados por un pequeño grupo de individuos que no rinden cuentas políticamente al pueblo. Por ello, se contraponen a las democracias, donde el sistema político se basa en la soberanía popular.
Según esta dicotomía, en el diverso grupo de países occidentales solo tenemos «democracias», mientras que en países como China, Rusia o Irán tenemos «autocracias» de diversa índole (en Irán una teocracia, en China una dictadura comunista y en Rusia una oligarquía).
Esta es una dicotomía que, de hecho, no es del todo correcta, no porque las autocracias y las democracias no se correspondan con sus definiciones, sino porque la realidad no coincide del todo.
Esta verdad se aplica a las llamadas «democracias» occidentales, hasta tal punto que no pueden ni deben considerarse democracias en toda regla. Probablemente lo fueron alguna vez. Hoy ya no lo son. En realidad, solo conservan una apariencia de lo que fueron (o de lo que son sobre el papel), hasta el punto de que se podría afirmar sin lugar a dudas que, hoy, no vivimos en una democracia, sino en su degeneración: la posdemocracia.
En este caso, el término correcto es precisamente este: «postdemocracia«. El término no es, desde luego, una invención mía, sino un neologismo acuñado por el sociólogo y politólogo británico Colin Crouch, que pretende definir un sistema político en el que, si bien se mantiene la apariencia de democracia, en esencia el gobierno está en manos de grandes grupos de presión (especialmente financieros) y de los medios de comunicación (propiedad de dichos grupos), o –añadiría yo– una estructura compleja en la que las decisiones democráticas son dirigidas externamente por sujetos ajenos al proceso democrático; sujetos cuya responsabilidad política está completamente excluida, o bien se ve silenciada o neutralizada por una escasa representación democrática (UE).
El sistema posdemocrático no es menos autoritario que la autocracia. Simplemente es más astuto e hipócrita, porque está repleto de retórica democrática. Las medidas represivas, la censura y las que limitan la libertad personal se adoptan en nombre de la libertad y la democracia. Pero la verdad es que esa no es la intención. La intención es precisamente limitar ambas: restringir cada vez más la primera y volver inútil la segunda, según la lógica de la rana hervida. Es decir, poco a poco.
En este sentido, la libertad y la democracia cambian de significado sin que los ciudadanos sean plenamente conscientes de ello, convirtiéndose en la piedra angular de una visión ética y política específica del mundo y la sociedad; una visión que, hoy en día, resulta cada vez más incompatible con ellas. En otras palabras, la libertad y la democracia se convierten en fetiches cuyo propósito es alcanzar objetivos opuestos: liberticidas y antidemocráticos, al servicio exclusivo de los intereses del gran capital financiero, verdadero y único gobernante de las posdemocracias.
Hay muchos ejemplos que confirman esta interpretación, o al menos nos invitan a la reflexión. Tomemos la ideología verde. Invoca una salvación ilusoria para el planeta al imponer políticas energéticas y nutricionales que reducen el bienestar de la gran mayoría de los ciudadanos, limitan su libertad de elección e impiden el pleno ejercicio de sus derechos sociales (incompatibles con el capitalismo). O tomemos la llamada lucha contra el «discurso de odio». Por muy racional que sea, la definición de discurso de odio es tan efímera y evasiva que cualquier discurso puede ser etiquetado como tal, desde el discurso racista hasta el discurso que simplemente cuestiona un sistema de gobierno o sus políticas, restringiendo así cada vez más la libertad de opinión a áreas y discursos que son completamente inocuos para quienes ostentan el poder. Sin embargo, existen innumerables ejemplos. Uno de ellos se refiere al euro digital.
La verdad es que la posdemocracia no es más que una autocracia disfrazada. Un sistema que desprecia la democracia aún más que en un sistema autocrático en toda regla. Por lo tanto, creer que vivimos en una democracia simplemente porque tenemos una carta magna que la proclama, o simplemente porque ocasionalmente podemos votar por un órgano legislativo sujeto a restricciones externas, es pura ilusión. Es solo un pensamiento reconfortante que nos impide reconocer una verdad que hasta las piedras conocen: la verdadera democracia, la popular, la que vela por los intereses del pueblo, lleva muerta mucho tiempo, sustituida por su parodia capitalista.
Muchos se preguntarán ahora si la posdemocracia es un proceso reversible. Aunque lo espero con ansia, es difícil afirmarlo. Entre los sistemas digitales invasivos, la inteligencia artificial que reemplaza el trabajo humano, la degradación de la educación escolar, las ideologías cientificistas al servicio del poder capitalista, la demonización de los estados nación y la pérdida o alteración de la conciencia democrática y de clase, es difícil creer que el proceso pueda revertirse, ni siquiera en un futuro próximo. Y en cualquier caso, no sin un cambio de paradigma cultural trascendental, en el que –vale la pena decirlo… nosotros, que aún sabemos lo valiosas que son la libertad y la democracia, hemos de ser los primeros en trabajar.
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Fuente: Il Petulante en:
