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¿POR QUÉ RAZÓN EN ALGUNAS OCASIONES LAS SOCIEDADES EN CRISIS TERMINAN ABRAZANDO A QUIENES LAS VAN DESTRUIR?

¿Y SI ADOLF NO FUE SOLO UN HOMBRE, SINO UNA ÉPOCA QUE SE REPITE?
El fascismo moderno ya no necesita botas militares ni desfiles gigantescos. Ahora puede aparecer disfrazado de influencers, de empresarios exitosos o, incluso, de políticos antisistema fabricados exprofeso

Imagen E.O con nano banana 2

ADAY QUESADA
canarias-semanal.org/07/05/2026

El fascismo nunca llega anunciándose como una tragedia. Primero promete orden, trabajo y orgullo. Llegan envueltos en banderas, hablando de patria, de seguridad y de futuro, mientras convierten el miedo colectivo en una fábrica de odio. Cuando la rabia aprende a votar, la democracia empieza lentamente a cavar su propia tumba.Y cuando la sociedad descubre el monstruo que ha creado, ya suele ser demasiado tarde.

Hay épocas en las que la historia no avanza: simplemente bosteza. Se queda quieta, inmovil, observando cómo los pueblos caminan dormidos hacia el abismo mientras estan convencidos dirigirse al progreso.

Y entonces, cuando la desesperación madura lo suficiente, aparecen los vendedores de salvación. Cambian los nombres, cambian las banderas, cambian los peinados y las consignas, pero el mecanismo sigue siendo el mismo: primero se rompe la vida de la gente y después se le ofrece un culpable.

Alemania olía a derrota en los años treinta. No era solamente un país hundido económicamente. Era un país humillado. Millones de personas caminaban entre fábricas apagadas y mesas vacías. Padres sin trabajo. Jóvenes sin futuro. Ancianos rebuscando dignidad entre monedas miserables. La democracia liberal prometía libertad, pero no llenaba los platos. Y el hambre siempre termina escuchando a quien grita más fuerte.

Y fue justamente entonces cuando apareció Adolf.


No lo hizo como un monstruo salido de una película de terror. Los monstruos reales nunca llegan así. Llegó hablando de orgullo nacional, de orden, de recuperar la grandeza perdida. Llegó prometiendo trabajo. Llegó diciendo que el país estaba siendo destruido por enemigos internos y traidores. Llegó simplificando un mundo complejo para convertirlo en una historia fácil de entender. Y eso seduce. Seduce mucho. Porque cuando la vida se vuelve insoportable, la simplicidad parece una caricia.

Muchos alemanes no votaron por un genocida. Votaron por alguien que les prometía salir de la ruina. Y es ahí fue donde comenzó el verdadero peligro.

La historia suele contarse como si el fascismo hubiera sido una enfermedad extranjera, algo lejano, casi extraterrestre. Pero no. El fascismo nació dentro de sociedades modernas, cultas y avanzadas. Nació entre personas normales. Personas que iban al cine, escuchaban música, amaban a sus hijos, querían a sus perros y pagaban impuestos. Personas que poco a poco aprendieron a convivir con el odio como quien se acostumbra a la humedad en las paredes.

Primero fueron los discursos. Después los insultos. Luego vinieron las leyes. Y finalmente llegaron los hornos. Y es que la barbarie nunca entra derribando la puerta. Todo lo contrario: entra sentándose en el salón de casa.

Hoy el mundo vuelve a parecerse demasiado a aquellos años. Otra vez hay millones de personas viviendo entre salarios miserables y alquileres imposibles. Nuevamente hay jóvenes que están convencidos de que vivirán peor que sus padres. Otra vez el miedo se ha convertido en negocio político.

Y es justo entonces cuando regresan los salvadores de la patria. Unos levantan muros. Otros levantan banderas gigantes. Otros prometen expulsar inmigrantes, perseguir minorías o devolver una supuesta grandeza nacional que ninguno conoció cuando existió.

Todos ellos hablan igual: “la culpa es del otro”. Y "el otro" siempre cambia de rostro. Ayer fueron los judíos. Hoy pueden ser los inmigrantes, los pobres, los musulmanes, los comunistas, los homosexuales o cualquiera que sirva para canalizar la rabia colectiva.

Porque el odio funciona como una suerte de atajo emocional. Es más fácil odiar al vecino que entender cómo funciona un sistema económico que convierte a millones de personas en sobrantes. Es más sencillo señalar a un extranjero que mirar hacia arriba y descubrir quiénes son los que realmente acumulan la riqueza del mundo. Mientras la gente pelea abajo, los de arriba siguen contando el dinero.

Y eso tampoco es nuevo. Las grandes élites económicas alemanas no detuvieron a Adolf cuando pudieron hacerlo. Es más, no pocos de los que las integraban lo financiaron. Lo veían como una herramienta útil contra el movimiento obrero y contra cualquier posibilidad de transformación social profunda. Pensaban que cuando llegara el momento, podrían controlarlo.


La historia está llena de ricos jugando con fuego, creyendo estúpidamente que las llamas obedecen alguna vez. Después, el incendio termina tragándoselos a todos.

Hay algo todavía más inquietante: el fascismo moderno ya no necesita botas militares ni desfiles gigantescos. Ahora puede aparecer disfrazado de influencers, de empresarios exitosos o, incluso, de políticos antisistema fabricados exprofeso por los mismos poderes de siempre. Ya no gritan como hacian antaño. A veces hasta nos deslumbran con amplias sonrisas. Ya no prometen dictaduras. Ahora prometen libertad, mientras con el indice señalan a enemigos internos y esmeran en normalizar el desprecio hacia los más débiles.

El nuevo autoritarismo aprendió marketing. Y las redes sociales se encargaron de hacer el resto. Nunca ha sido tan fácil como ahora fabricar el miedo en serie, en cadena. Nunca fue tan sencillo convertir mentiras en verdades repetidas millones de veces. La indignación se consume hoy como la comida rápida: inmediata, barata y muy adictiva. Un algoritmo automático puede hacer circular un odio torrencial a velocidades que ni Joseph Goebbels nunca hubiera podido soñar.

Mientras tanto, el planeta entero parece agotado. Crisis económicas, guerras, inflación, precariedad, soledad, ansiedad colectiva. Millones de personas viven con la sensación permanente de estar perdiendo algo, aunque no sepan exactamente qué. Y cuando una sociedad vive asustada durante demasiado tiempo, empieza a buscar hombres fuertes.


La verdad es que eso también habia ocurrido antes. Porque el fascismo no germina en tiempos felices. Crece entre ruinas emocionales. Crece cuando la democracia deja de significar esperanza y pasa a significar una terrible frustración. Crece cuando la política se convierte en un espectáculo vacío y la gente deja de creer que el futuro pueda ser mejor.

Es entonces cuando aparece alguien prometiendo devolver el orgullo perdido. Y muchos aplauden. La pregunta nunca fue si los alemanes estaban locos. La pregunta verdadera era mucho más molesta. ¿Qué habría hecho usted en aquella época? ¿Habría resistido? ¿Habría callado? ¿Habría mirado hacia otro lado? ¿O habría votado también por quien prometía acabar con el caos?


La historia da miedo por eso: porque obliga a mirarse al espejo. Y el espejo siempre nos devuelve preguntas muy desagradables. Quizá el problema no sea solamente Adolf. Quizá el problema consista en el mundo que se presta a fabricar a muchos Adolfs en serie.

Un mundo donde la desigualdad crece como una mancha de petróleo. Un mundo donde millones de personas trabajan cada vez más para vivir cada vez peor. Un mundo donde el miedo se ha convertido en industria.

Por eso es que la memoria importa. No para repetir ceremonias vacías una vez al año. No para llorar delante de antiguos documentales. Importa porque el pasado, la historia, nunca termina de irse. Sólo cambia de ropa. Y a veces, incluso, vuelve sonriendo.

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