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EL VÉRTIGO: ECONOMÍA GLOBAL Y GUERRA DE IRÁN

Estamos a las puertas de un brutal proceso de estanflación (bajo crecimiento o recesión con un alza sostenida de la inflación), el más temido escenario para la economía capitalista


José Luis Carretero Miramar
kaosenlared.net/8 de mayo de 2026

“La economía avanza alegremente corriendo sobre el vacío” ha escrito recientemente Paul Donovan, analista del banco suizo UBS. Las bolsas mantienen una euforia indisimulada al tiempo que se expanden masivamente las inversiones destinadas a alimentar el negocio de la IA (centros de datos, infraestructura eléctrica, investigación tecnológica, chips y superconductores…). Nadie parece estar muy preocupado, pero en el aire flota un eco de catástrofe en el que los analistas y brokers no quieren centrarse: la gran crisis energética del siglo está a llamando a la puerta.

El bloqueo del estrecho de Ormuz ha detenido el sistema sanguíneo central del capitalismo moderno: el mercado energético. Para Rystad Energy, si nada cambia, para finales del mes de junio el precio del petróleo Brent puede llegar a los 200 dólares por barril. JP Morgan decía hace un mes que con un precio de 180 dólares la recesión estaría asegurada en Europa, Asia y Estados Unidos. De África no hace falta ni hablar, importa el 70 % de la energía que consume, ya que, aunque algunos países africanos tienen ingentes yacimientos de petróleo, apenas hay refinerías en el continente.

Estamos a las puertas de un brutal proceso de estanflación (bajo crecimiento o recesión con un alza sostenida de la inflación), el más temido escenario para la economía capitalista porque no se puede solucionar con la flexibilidad cuantitativa de los bancos centrales ni con las medidas de austeridad tradicionales, encaminadas a hacer pagar la crisis a la clase trabajadora. Realmente no hay más solución que reabrir el grifo de Ormuz y hacerlo rápido, ya que los efectos del cierre seguirán notándose muchos meses después de una hipotética reapertura, y si el bloqueo continúa y provoca el desborde del sistema de almacenamiento de los países del Golfo, y por tanto daños persistentes en los pozos e instalaciones, se necesitará un fuerte esfuerzo inversor para revertirlos.

España está en mejor posición que otros países europeos en este escenario. Ha implantado fuertemente las renovables, hay refinerías y plantas regasificadoras, las importaciones energéticas están bastante diversificadas (incluyendo un gasoducto con Argelia y una compra persistente de producción rusa). Sin embargo, las señales de peligro empiezan a multiplicarse: desde el inicio de la guerra en Irán la gasolina ha subido un 4 % en el mercado español, y el gasóleo más del 20 %, comiéndose ya todo el efecto de las medidas compensatorias establecidas por el gobierno español. Y la inflación supera ya el 3 % mientras los salarios negociados en los convenios se mantienen persistentemente por debajo de esa cifra, lo que garantiza la pérdida de poder adquisitivo de la clase trabajadora.

Además, hay que tener en cuenta que dos tercios del crecimiento del PIB español de los últimos años ha estado representados por el turismo, las actividades profesionales y técnicas, y la construcción. La construcción ha iniciado ya una desaceleración relacionada con la falta de demanda solvente interna capaz de pagar los brutales ascensos de precios de la vivienda de los últimos años. Y el turismo puede ser un sector muy vulnerable a los precios del combustible de aviación (queroseno), que no tiene hoy en día una alternativa sostenible viable desde el punto de vista de los costes y de la capacidad de producción. Así, aerolíneas europeas como Lufthansa o KLM han empezado a suspender vuelos. Cuando el sector turístico español se felicita porque la guerra desplaza visitantes de Oriente Medio (Egipto, Jordania, etc.) a destinos seguros como las Islas Canarias, corre el riesgo de “avanzar sobre el vacío”, ya que la inflación y el coste de los vuelos no tardarán en impactar sobre la frecuencia de los viajes de las principales clases medias europeas.

Y España es la excepción virtuosa de Europa. La economía en la UE ha avanzado sólo un 0,1 % en el primer trimestre del año (un 1,5 % en 2025, lo que ya era un crecimiento exiguo). Francia está estancada, con un crecimiento del 0%, y Alemania no termina de entrar en una nueva senda productiva (crecimiento de sólo un 0,3 %). El cierre del estrecho de Ormuz le cuesta a la economía de la UE más de 500 millones de euros diarios, según afirma la Comisión Europea. Y eso que todas estas cifras están calculadas sobre los meses de enero, febrero y marzo, y los bombardeos en Irán no empezaron hasta finales de febrero.

Pero, como siempre ocurre en el capitalismo, quienes más van a sufrir por el bloqueo del Ormuz no van a ser las clases medias occidentales, sino las masas empobrecidas del Sur del mundo. “Si el estrecho no abre vamos hacia una crisis alimentaria global” declaraba al diario “El País” hace unos días el economista jefe de la FAO, Máximo Torero.

La disrupción en el mercado energético (gas natural y nitrógeno, fundamentalmente) provoca la escasez de productos necesarios para el desarrollo de los fertilizantes utilizados en la agricultura comercial moderna como la urea, el fosfato o el sulfato. Todo ello cuando se inicia la época de siembra en gran parte del mundo. Además, el mercado de semillas también está tensionado por el encarecimiento de la energía. Recordemos que, en el precio de una barra de pan en los mercados globales, sólo el 15 % se corresponde con el precio del trigo que incorpora, mientras el restante 85 % se corresponde con el coste de la energía y del trabajo. Todo ello se combina de manera catastrófica, este año, con un recrudecimiento previsto de los efectos de El Niño y con una profundización de las dinámicas de la crisis climática.

Para Máximo Torero “90 días es el plazo máximo que puede aguantar el cierre del estrecho la agricultura global” antes de que nos encontremos ante una crisis alimentaria que empujará a millones de personas del Sur a la hambruna y la miseria. Todo parece converger en nuestro verano: petróleo a más de 180 dólares el barril, sistema agroindustrial colapsado, tensiones sobre el transporte, aumento brutal de la inflación con disminución de la actividad económica…

Y el emperador no quiere reconocer que está desnudo. Donald j. Trump no quiere reconocer que ha perdido la guerra con Irán. Un empate militar combinado con una brutal derrota económico-política. Trump no puede abrir el estrecho de Ormuz, lo que le imposibilita para proteger a sus estados vasallos y para actuar de gendarme de la economía global. Estados Unidos lleva ya tiempo sin ser la potencia económica de antaño y ha sido superado por la República Popular China en la capacidad de desarrollar las fuerzas productivas, incluso en los sectores vinculados con la innovación y las nuevas tecnologías. El Imperio estadounidense ya sólo se sostiene sobre el “señoreaje del dólar” basado en la capacidad militar para garantizar “protección” y para mantener abiertas las cadenas de valor internacionales en una economía globalizada. Si el brutal presupuesto militar norteamericano (mayor al del resto de países del mundo sumados) no puede mantener abierto el canal por el que pasa el 20 % de los combustibles fósiles que alimentan la economía mundial, la hegemonía global del Imperio puede darse por fenecida.

Un Imperio en plena decadencia, sin embargo, no suele ser un escenario de trasvase pacífico del poder. Los grandes imperios normalmente caen en un marasmo de sangre y destrucción. Los últimos siglos de la civilización romana fueron una época de caudillos militares, guerras continuas y colapso económico y social. La devastación económica ya está asegurada para este final de año si Trump no acepta los límites de su poder y deja de intentar ganar en la mesa de negociación lo que ha perdido en los campos de batalla.

Las élites occidentales harían bien en entender que sólo una suave transición, combinada con la construcción de un sistema jurídico multilateral justo, podrían garantizar que el declive actual de su poder no se convirtiera en una catastrófica huida hacia adelante. La civilización occidental (esa que tanto parece preocupar a los “tecnobros” de Syllicon Valley, que sin embargo la desconocen completamente) sólo podrá sobrevivir al próximo siglo si acepta renovarse en un contexto de convivencia pacífica y equitativa con el resto de las culturas del planeta.

José Luis Carretero Miramar

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