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EL PARTO DE UN ORDEN TRIPOLAR

LAS "CUATRO ESTABILIDADES" DE XI FRENTE A LA AGONÍA HEGEMÓNICA 
"Pekín aprovecha este escenario de debilidad material del adversario"

Imagen E.O con Nano Banana 2

JOSÉ MANUEL RIVERO
canaarias-semnal.org/20/05/2026

La reciente cumbre celebrada en Pekín entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo estadounidense Donald Trump constituye -afirma José Manuel Rivero- mucho más que un episodio diplomático de alto nivel

La reciente cumbre celebrada en Pekín entre el presidente chino Xi Jinping y su homólogo estadounidense Donald Trump constituye mucho más que un episodio diplomático de alto nivel: es la escenificación material de un punto de inflexión histórico. Bajo la solemnidad del Gran Salón del Pueblo se formalizó el reconocimiento implícito de que el orden unipolar, erigido tras el colapso soviético y cimentado sobre el Consenso de Washington, ha entrado en una fase de crisis orgánica y agotamiento estructural irreversible.

El encuentro expone la urgencia de desentrañar una dinámica histórica inexorable: hasta qué punto los actores en pugna buscan gestionar la transición hegemónica o si asistimos a una deriva ineludible hacia la confrontación sistémica bajo la sombra de la llamada «trampa de Tucídides». Desde una perspectiva marxista-leninista y gramsciana, dicha trampa no es un mero destino geopolítico, sino la expresión de una crisis orgánica del bloque histórico occidental: sus fuerzas productivas globalizadas ya no se corresponden con unas relaciones internacionales de producción ancladas en la hegemonía unilateral del dólar y la OTAN.

Este concepto, enraizado en el análisis de las contradicciones entre potencias emergentes y dominantes, describe la tensión estructural desatada cuando el dinamismo de una nueva base productiva choca contra la resistencia de una hegemonía en fase de declive. A lo largo del desarrollo histórico del capitalismo, estas transiciones de los ciclos de acumulación y poder rara vez se han resuelto en los despachos; el relevo entre imperios ha estado invariablemente mediado por conflictos devastadores que reorganizaron por la fuerza el equilibrio mundial.

Lenin lo demostró en El imperialismo, fase superior del capitalismo: el reparto desigual del mundo y la ley del desarrollo desigual generan guerras interimperialistas como forma de recomposición violenta de la hegemonía. Lo nuevo en nuestra época es que la destrucción mutua asegurada por las armas nucleares introduce una barrera objetiva a esa lógica, sin suprimirla. Sin embargo, la condición objetiva de nuestra época impone un límite inédito: una confrontación directa entre potencias nucleares no arrojaría una simple redistribución del poder global, sino la destrucción de las bases materiales de la propia civilización.

Es en el vértice de esta contradicción histórica donde China despliega una sofisticada arquitectura diplomática para evitar el colapso sistémico. Las denominadas «cuatro estabilidades», formuladas por el liderazgo de Xi Jinping, no son concesiones tácticas ni retórica de coyuntura. Representan una estrategia de contención y reordenamiento, un intento de construir un nuevo marco regulador internacional en plena transición poshegemónica, limitando las opciones destructivas de un adversario acorralado por sus propias fisuras.

• Mediante la estabilidad estratégica constructiva se busca imponer una racionalidad cooperativa a largo plazo frente a las fricciones inmediatas.

• La estabilidad sana asume la inevitabilidad de la competencia tecnológica y comercial, pero traza una línea roja para impedir la fractura irreversible de las cadenas globales de producción.

• Por su parte, la estabilidad constante está diseñada para gestionar las inevitables contradicciones ideológicas en la superestructura política mediante mecanismos diplomáticos permanentes.

• Finalmente, la estabilidad duradera aspira a consolidar un marco de contención previsible frente al aventurerismo militar, reflejo condicionado típico de las potencias en retroceso.

Desde el enfoque gramsciano, estas cuatro estabilidades constituyen una guerra de posición a escala global: no se trata de derribar frontalmente al imperio, sino de erosionar sus consensos ideológicos, construir nuevos bloques históricos (China, Rusia, el Sur Global) y desplazar lenta pero firmemente el centro de gravedad hegemónico desde el Atlántico al Pacífico euroasiático.

Lejos de reflejar una conversión idealista de Washington hacia el multilateralismo para evitar el conflicto fatal, el viaje de Donald Trump a Pekín comprueba el choque descarnado de la potencia hegemónica contra sus propios límites materiales. No existe una voluntad consciente de abdicar de la primacía, sino un baño de realidad forzado por las contradicciones objetivas del sistema. La fracción del capital que detenta el poder político en la actual administración estadounidense opera bajo una lógica estrictamente transaccional y mercantilista de corto plazo, buscando el alivio inmediato de sus tensiones comerciales para apuntalar su mercado interno. Al constatar que sus herramientas tradicionales de coerción ya no logran quebrar la resistencia del bloque emergente, Washington se ve obligado a negociar los términos de una coexistencia que ya no puede eludir.

Esta necesidad de tregua responde al peso aplastante de la crisis orgánica interna que atraviesa Estados Unidos. Su deuda pública, que ya supera los 39 billones de dólares, no es una mera disfunción contable, sino el síntoma de una hipertrofia financiera que ha devorado su economía real. La desindustrialización masiva y la dependencia del crédito parasitario han erosionado irremediablemente las bases materiales que sostenían su supremacía global. Ningún imperio prolonga su hegemonía cuando abandona la esfera de la producción para refugiarse en la financiarización crónica.

Esta es la esencia del imperialismo parasitario que Lenin describió: la exportación de capitales productivos hacia zonas de superganancia (China, Vietnam, India) y la subsiguiente financiarización del capital sobrante en el centro. El dólar deja de ser un instrumento de producción para convertirse en un arma de extorsión, cuyo abuso —bloqueos, sanciones, SWIFT como ariete— acaba provocando su propia crisis de confianza y el impulso hacia la desdolarización. Esa pérdida de centralidad productiva acelera de forma paralela el resquebrajamiento de su superestructura monetaria a través de una estrategia de desdolarización sistemática coordinada por el Sur Global. Al perder la capacidad de imponer su moneda como el único equivalente general del intercambio mundial debido al uso abusivo de los bloqueos y sanciones como armas de guerra económica, el imperialismo estadounidense ve seriamente comprometido su principal mecanismo de extorsión extramuros.

En este sentido, la composición de la delegación estadounidense en Pekín resultó reveladora. Que los altos ejecutivos de las grandes corporaciones transnacionales secundaran al Secretario de Defensa evidencia una fractura en el seno del propio bloque de poder norteamericano. La fracción más lúcida del capital financiero y tecnológico comprende que el «desacoplamiento» absoluto de China es una quimera suicida. Décadas de globalización neoliberal han cimentado una dependencia estructural del aparato productivo chino; romper esos vínculos materiales precipitaría una depresión sin precedentes en el propio núcleo del capitalismo occidental.

No se trata de un conflicto entre “buenos” y “malos” capitalistas, sino de una contradicción interimperialista en el seno de la clase dominante yanqui: la fracción financiera-rentista (partidaria del desacoplamiento total) choca con la fracción productivo-tecnológica (que necesita del mercado y la manufactura china). El Partido Comunista de China aprovecha esta fisura para profundizar su estrategia de acumulación autónoma sin romper los lazos que aún le convienen.

A este condicionante interno se suma la incapacidad manifiesta de Washington para gestionar de manera autónoma las crisis en la periferia global. Las tensiones en Oriente Próximo y los riesgos de colapso en los nudos logísticos y energéticos mundiales demuestran que la potencia declinante ya no posee la capacidad de estabilizar el sistema bajo sus propios términos. La urgencia por sentarse a la mesa en Pekín delata la necesidad de que China actúe como un factor de moderación sobre sus socios estratégicos, evidenciando que el viejo gendarme mundial requiere del peso geoeconómico de sus rivales para contener las réplicas del colapso de su propio diseño atlántico.

Esta dinámica de repliegue generalizado y reconocimiento forzoso de los límites objetivos ha quedado meridianamente confirmada por las recientes y contundentes declaraciones del propio Trump tras la cumbre. Al ser interrogado sobre el futuro de la isla de Taiwán, epicentro de la fricción sistémica, el mandatario estadounidense ha sentenciado de forma transaccional: «No estoy buscando que se independicen y tener que viajar 9.500 millas para luchar una guerra, no estoy buscando eso».

Esta confesión de fatiga material es también una ratificación de la línea roja trazada por Pekín: la soberanía territorial no es negociable, y el imperialismo en declive ya no puede imponer su voluntad a 9.500 millas de distancia. En términos leninistas, es la comprobación práctica de que la correlación de fuerzas ha cambiado: la retirada táctica del adversario no implica paz duradera, sino un reagrupamiento para futuros envites. Esta asunción explícita de desgana bélica no es una simple anécdota, sino la confesión superestructural de una fatiga material y estratégica sin precedentes. Demuestra que la facción del capital que representa Trump prefiere salvaguardar los restos de su mercado interno y evitar una confrontación directa que liquidaría su economía, antes que sostener un ideal geopolítico unipolar insostenible a esa distancia.

Simultáneamente, la correlación de fuerzas a nivel global confirma el desmoronamiento definitivo del diseño unipolar. La guerra en Ucrania ha desnudado los límites materiales y logísticos de la expansión noratlántica, operando como un acelerador histórico para la consolidación del eje euroasiático entre Moscú y Pekín. De igual forma, el fracaso sostenido en el intento de asfixiar a Irán ha blindado a Teherán como nodo energético y logístico irrenunciable para la Iniciativa de la Franja y la Ruta. Estos actores no son aliados de conveniencia, sino los pilares de un bloque de resistencia sistémica frente al cerco occidental.

Constituyen lo que en la tradición marxista revolucionaria se denomina un polo antihegemónico de acumulación. No es un campo socialista homogéneo, pero objetivamente quiebra la dependencia estructural del centro imperial y abre grietas para transiciones poscapitalistas en la periferia. La tarea de los comunistas no es idealizar ese bloque, sino fortalecer toda contradicción que acelere la crisis final del imperialismo.

La secuencia temporal de la diplomacia ratifica la profundidad de esta reconfiguración: que Vladímir Putin programase una visita de Estado a Pekín inmediatamente después de la partida de la delegación estadounidense es la exhibición descarnada del nuevo centro de gravedad mundial.

Pekín aprovecha este escenario de debilidad material del adversario no para pactar una rendición, sino para emplear el marco de las «cuatro estabilidades» como una advertencia superestructural. Al situar la soberanía territorial y la cuestión de Taiwán como líneas rojas absolutas, la dirección china señala que la estabilidad está condicionada al respeto de las realidades geopolíticas emergentes, realidades que el propio Trump parece aceptar tácitamente al declinar la confrontación militar directa por la isla. La calculada prudencia de la administración estadounidense demuestra que el hegemon acepta las reglas de juego ajenas cuando la correlación de fuerzas real no le es favorable.

La consolidación de un nuevo orden tripolar —pivotado sobre Washington, Pekín y Moscú— ha dejado de ser una proyección teórica para convertirse en la traducción geopolítica concreta de la nueva correlación mundial de fuerzas. Sin embargo —y esto es crucial desde el leninismo—, no debemos confundir una correlación de fuerzas favorable con una estabilización sistémica. El capitalismo en crisis orgánica no se estabiliza tripolarmente: solo se puede gestionar su descomposición. La tentación de un “equilibrio multipolar estable” es una ilusión reformista. Lo que existe es una tregua provisional dentro de la guerra interimperialista latente.

La visita de Trump y sus posteriores declaraciones no conjuran de manera definitiva los peligros del conflicto, pero confirman que nos encontramos ante un estado de impasse provisional dentro de la crisis orgánica del capital. La encrucijada histórica se revela con una nitidez absoluta: o se asume una transición negociada hacia un equilibrio multipolar basado en la interdependencia material y el reconocimiento de los límites del imperio, o el agotamiento del ciclo hegemónico occidental arrastrará al sistema global hacia escenarios de barbarie y destrucción irrefrenable.

Como escribió Antonio Gramsci desde la cárcel: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer”. Que lo nuevo —un orden poscapitalista, no solo multipolar— nazca sin caer en la barbarie es el desafío estratégico de nuestra época. Por eso, junto al análisis geopolítico, los comunistas debemos construir organización, conciencia y alternativa de poder.


(*) José Manuel Rivero. Abogado-Analista político.

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