Lo que está en juego es la soberanía misma de nuestros pueblos
No se trata solo de drogas. Se trata de control territorial, de rutas comerciales, de recursos estratégicos y de la capacidad de Washington para imponer su hegemonía en un mundo cada vez más multipolar
Lancha en llamas tras ataque en aguas internacionales del Pacífico oriental, Imagen difundida por la Casa Blanca
diario-red.com
Editorial/14/05/26 |0:09
Estados Unidos ha hecho, sin ambigüedades, una declaración de guerra a América Latina y el Caribe. La Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 no es un plan de cooperación: es la actualización de la vieja Doctrina de Seguridad Nacional, ahora vestida con el ropaje de la lucha contra el narcotráfico. Una vez más, la supuesta guerra contra las drogas se convierte en la excusa perfecta para la injerencia política explícita.
Lo que hoy cambia es radical: el tema de las drogas deja de ser un asunto de salud pública para transformarse en una amenaza a la seguridad nacional de Estados Unidos. Bajo esa lógica, Washington exige a los países cipayos de la región que pongan a sus fuerzas armadas al servicio de los intereses estadounidenses, combatiendo cualquier supuesta relación con el narcotráfico.
Y si esos países no son capaces o se resisten, la propia estrategia otorga a Estados Unidos la potestad de intervenir directamente con "una fuerza militar imparable". La designación de los cárteles como organizaciones terroristas no es otra cosa que la justificación legal para ese poder de ocupación.
La designación de los cárteles como organizaciones terroristas no es otra cosa que la justificación legal para ese poder de ocupación
La filosofía de la estrategia es reveladora: ya no se trata de "gestionar" la crisis de drogas, sino de "vencer". Una retórica belicista que pone una presión directa y asfixiante sobre México, mencionado más de 30 veces en el documento como el epicentro de esta nueva cruzada, y sobre el Triángulo Norte de Centroamérica.
A esa presión militar y política se suma la amenaza explícita de sanciones económicas y un escrutinio financiero que busca asfixiar a cualquier gobierno que no se pliegue a los designios de Washington.
Pero no es sólo la estrategia. El plan presupuestal para el año fiscal 2027, que Pete Hegseth presentó ante el Subcomité de Asignaciones de Defensa del Senado este 12 de mayo de 2026, constituye una de las propuestas de expansión militar más ambiciosas desde el final de la Guerra Fría.
El documento no solo plantea un incremento histórico del gasto en defensa, sino que redefine prioridades estratégicas, modifica el diseño conceptual de la fuerza militar estadounidense y articula una doctrina de seguridad profundamente alineada con la visión política de la administración de Donald Trump.
Para América Latina y el Caribe, las consecuencias son devastadoras. Entramos en una etapa de alta presión condicionada, de tensiones diplomáticas crecientes y del riesgo inminente de una nueva escalada de violencia.
La historia nos ha enseñado que más militarización no significa menos drogas; significa más masacres, más desplazados y más corrupción. Los beneficios en la reducción del flujo de estupefacientes son, en el mejor de los casos, inciertos.
La historia nos ha enseñado que más militarización no significa menos drogas; significa más masacres, más desplazados y más corrupción
Pero hay un trasfondo aún más preocupante. Al convertir a la región en el frente de batalla de su guerra contra el fentanilo, Estados Unidos está insertando a América Latina más directamente en la competencia geopolítica global.
No se trata solo de drogas. Se trata de control territorial, de rutas comerciales, de recursos estratégicos y de la capacidad de Washington para imponer su hegemonía en un mundo cada vez más multipolar.
En ese contexto debe entenderse la reunión que sostienen hoy los presidentes de Estados Unidos y China. Donald Trump llega con pocas cartas y una necesidad enorme de anunciar una victoria.
Pero también, con la idea de atrincherarse en su zona de control, como ve a América, sin que haya ninguna señal de que Xi Jinping intente disputarle la región. El mandatario chino necesita fortalecer su propio proyecto en Asia- Pacífico.
América Latina no puede ni debe aceptar esta tutela. La respuesta no es la sumisión de los gobiernos cipayos, sino la construcción de una verdadera autonomía regional.
Porque lo que está en juego no es sólo el fracaso de una estrategia antidrogas más.
Lo que está en juego es la soberanía misma de nuestros pueblos. Y eso, ni con tanques ni con sanciones, se negocia.
_________
Fuente:
