Cosas de locos
El narcisista maligno no es simplemente vanidoso: es incapaz de sentir empatía, es inmune a la culpa y está dominado por la creencia paranoica de que está rodeado de enemigos que deben ser destruidos
Si no se detiene esta dinámica, no solo sus enemigos sufrirán las consecuencias: todos seremos víctimas
Imagen E.O con nano banana2 de google.com
Jeffrey Sachs
elviejotopo.com/ 20/04/2026
Cuando líderes desequilibrados invocan una catástrofe divina como instrumento político, no son solo sus enemigos quienes resultan arrastrados. Si no los detenemos, todos seremos víctimas de estos dos psicópatas.
Este es el mensaje de Pascua de Donald Trump al mundo:
El martes en Irán será el «Día de la central eléctrica» y el «Día del puente», todo en uno. ¡No habrá nada igual! ¡Abrid ese maldito estrecho, bastardos locos, o viviréis en el infierno — OBSERVAD! Alabado sea Alá. El presidente Donald J. Trump.
Donald Trump y su cómplice en crímenes de guerra, Benjamin Netanyahu, han llevado a cabo conjuntamente una guerra de agresión mortal contra Irán, una nación de 90 millones de personas. Están dominados por tres patologías encadenadas. La primera es la personalidad: ambos son narcisistas malignos. La segunda es la arrogancia del poder: hombres que poseen la capacidad de ordenar la aniquilación nuclear y, por tanto, no sienten freno alguno. La tercera, la más peligrosa de todas, es la ilusión religiosa: dos hombres que creen —y a quienes su entorno repite constantemente— que son mesías que cumplen la obra de Dios. Cada patología intensifica a las otras, colocando al mundo en un peligro sin precedentes.
El resultado es una glorificación de la violencia que no se veía desde la época de los líderes nazis. La cuestión es si los pocos adultos del mundo —líderes responsables fieles al derecho internacional— podrán frenarlos. No será fácil, pero deben intentarlo.
Empecemos por el trastorno psicológico de base. El narcisismo maligno es un término clínico, no un insulto. El psicólogo social Erich Fromm acuñó esta expresión en 1964 para describir a Adolf Hitler, como una fusión de megalomanía patológica, psicopatía, paranoia y personalidad antisocial. El narcisista maligno no es simplemente vanidoso: es incapaz de sentir empatía, es inmune a la culpa y está dominado por la creencia paranoica de que está rodeado de enemigos que deben ser destruidos.
Cuando el poder no encuentra límites, el único freno interno que queda es la conciencia —y el psicópata carece de ella.
Diversos psicólogos han evaluado a Trump mediante la escala de Hare, obteniendo puntuaciones por encima del umbral diagnóstico. La psicopatía se caracteriza por la falta de conciencia y de compasión hacia los demás.
Tanto Trump como Netanyahu encajan en este perfil. La psicopatía de Trump se evidenció cuando fuerzas estadounidenses destruyeron un puente civil en Teherán sin valor militar, causando muertos y heridos. Trump no expresó condolencias; al contrario, se jactó y prometió más destrucción. El discurso de Netanyahu en Pascua tampoco incluyó una sola palabra para las víctimas.
La paranoia alimenta la amenaza que ambos han construido. Incluso la directora de Inteligencia de Trump afirmó que Irán no estaba desarrollando armas nucleares. La AIEA confirmó que no había pruebas. Aun así, la guerra fue impulsada por presiones políticas. El paranoico no necesita una amenaza real: la inventa si es necesario.
El maquiavelismo actúa sin vergüenza. Trump afirmó que la diplomacia era su preferencia, mientras presumía de haber destruido el acuerdo nuclear con Irán. Admitió incluso que la guerra no se basa en la autodefensa, única justificación legal según la ONU.
El poder sin límites deforma la percepción. Con arsenales nucleares bajo su control, ambos líderes ven el mundo como una extensión de su voluntad. Para ellos, las armas nucleares no son una responsabilidad, sino una afirmación de poder: “puedo destruir cualquier cosa”.
Trump ha interiorizado esa impunidad, llegando a afirmar que bombardearía Irán “devolviéndolo a la edad de piedra”. Netanyahu, por su parte, dirige un Estado con unas 200 cabezas nucleares fuera de controles internacionales, convencido de que no habrá consecuencias.
La falta de conciencia es la patología más peligrosa: elimina el último freno interno. El psicópata no se detiene, intensifica.
Y la situación empeora: ambos se consideran figuras mesiánicas. Trump se ha definido como “el elegido” y afirma que Dios salvó su vida para liderar. Netanyahu utiliza lenguaje bíblico para describir la guerra como una “redención”.
Ambos están rodeados de aduladores que refuerzan estas creencias
En el entorno de Trump destacan figuras como Pete Hegseth, que mezcla discurso militar con retórica religiosa, y Mike Huckabee, que interpreta el conflicto como cumplimiento de profecías bíblicas.
En Israel, Netanyahu se apoya en figuras ultranacionalistas como Ben-Gvir y Smotrich, que promueven una agenda expansionista con justificación religiosa.
En este contexto de “guerra santa”, una voz ha llamado a la paz: el papa León XIV, quien ha denunciado la arrogancia del poder y ha afirmado que Dios no escucha las oraciones de quienes hacen la guerra.
El politólogo John Mearsheimer ha señalado que los actos de Trump y Netanyahu encajan en los crímenes definidos en Núremberg: guerra de agresión, ataques contra civiles y anexión de territorios.
Los mecanismos internacionales para evitar estas catástrofes están siendo debilitados. Aun así, los líderes del mundo deben actuar. Iniciativas multilaterales como las de Pakistán, Turquía o China son un comienzo.
Si no se detiene esta dinámica, no solo sus enemigos sufrirán las consecuencias: todos seremos víctimas.
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Fuente: Common Dreams
