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LA DIPLOMACIA DE AMIGOS Y FAMILIARES: EL NEORREALISMO PATRIMONIAL

Cuando el Estado se convierte en un vehículo para los negocios privados de una corte 
La diplomacia de clubes privados (Mar‑a‑Lago, Turnberry) proyecta además una imagen de “oligarquía” que aliena tanto a las democracias liberales como a los países en desarrollo que buscan reglas claras y previsibilidad

Imagen E.O con nano banana 2

 Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.wordpress.com/01/04/2026

Cuando Steve Witkoff, un promotor inmobiliario de Nueva York y socio habitual de golf de Donald Trump, aterrizó en Moscú en marzo de 2025 para negociar una tregua en Ucrania, la imagen era tan inusual como reveladora. A miles de kilómetros, en Washington, el secretario de Estado, Marco Rubio, permanecía en segundo plano, mientras el enviado personal del presidente —sin experiencia diplomática previa, sin respaldo del Consejo de Seguridad Nacional y con sus propios negocios en la mira— conducía las conversaciones que podían definir el futuro de Europa del Este.

Witkoff no era una excepción. A su lado, o a veces por delante, operaba Jared Kushner, yerno del presidente, que ya en el primer mandato había asumido la “paz en Oriente Medio” como si se tratara de una cartera más de su empresa familiar. Ambos, junto a un puñado de leales, constituyen el núcleo de lo que algunos analistas han denominado la “diplomacia de amigos y familiares” (friends-and-family diplomacy). Bajo esta lógica, las relaciones internacionales dejan de ser un asunto de Estado para convertirse en transacciones privadas de una élite cercana al presidente, con consecuencias profundas para la coherencia estratégica de Estados Unidos y para el equilibrio de poder global.

Lo que está en juego no es un simple cambio de estilo. Es una mutación en la naturaleza misma del poder estadounidense. Para entenderla es necesario reconstruir los pilares que se están demoliendo y, sobre todo, medir el coste de un modelo que prioriza el beneficio inmediato del círculo íntimo por encima de la proyección de largo plazo del país.

El orden internacional liberal que emergió tras la Segunda Guerra Mundial descansaba en dos principios esenciales: el reconocimiento mutuo de la soberanía externa de los Estados y la primacía del derecho como fundamento de la legitimidad política y como límite al ejercicio del poder. Sobre esos cimientos se construyeron las Naciones Unidas, el sistema de Bretton Woods y las alianzas de defensa colectiva que dieron forma a la hegemonía estadounidense.

La administración Trump, en su segundo mandato (2025-2026), ha emprendido una anulación sistemática de esos principios. Pero el fenómeno va más allá de una política exterior errática o de un aislacionismo ocasional. Según el análisis publicado por la revista Le Grand Continent en febrero de 2026, la clave para interpretar esta etapa es el concepto de “neorrealismo”. No se trata de defender un interés nacional dentro de un marco institucional estable, sino de “reconfigurar el sistema internacional para colocar a un pequeño grupo de personas cercanas al soberano en el centro de los flujos materiales y estatutarios que lo atraviesan, maximizando sus ganancias”.

Este neorrealismo no tiene nada que ver con el realismo clásico de Morgenthau o Kissinger, donde la raison d’État prevalecía sobre cualquier interés particular. Es, más bien, una suerte de neomonarquismo. El Estado se pone al servicio de una corte compuesta por familiares, amigos de negocios y leales, y la política exterior se convierte en un instrumento de acumulación patrimonial de ese círculo. La lealtad personal reemplaza a las instituciones impersonales; la transacción inmediata suplanta a la estrategia de largo plazo.

En cualquier administración anterior, los asuntos de guerra y paz habrían sido gestionados por el secretario de Estado, con el debido escrutinio del Congreso y la supervisión del Consejo de Seguridad Nacional. Sin embargo, en la actual Casa Blanca, el aparato formal ha sido marginado.

Marco Rubio, un político con carrera y convalidado por el Senado, ha visto cómo sus competencias se diluyen ante la presencia de dos empresarios inmobiliarios sin experiencia diplomática. Witkoff, amigo personal de Trump y socio en campos de golf, ha sido el rostro de las negociaciones con Rusia, Israel y los países del Golfo. Kushner, yerno del presidente, ha manejado el expediente palestino y la normalización con los Emiratos Árabes Unidos como si se tratara de un portafolio de inversión más.

Ambos operan al margen de los canales tradicionales. Dirigen lo que el European Council on Foreign Relations (ECFR) ha llamado la “franquicia de pacificación independiente” de Trump: un circuito paralelo que no rinde cuentas al Congreso, que no sigue los cables del Departamento de Estado y que mezcla los intereses nacionales con los negocios personales de sus integrantes. En la práctica, el Secretario de Estado se convierte en un actor secundario, encargado de rubricar acuerdos ya cocinados en la esfera privada.

La elección de Witkoff y Kushner no es accidental. Ambos provienen del sector inmobiliario y conciben los conflictos territoriales bajo la lógica del real estate: Gaza, Cisjordania o el Donbás no son escenarios de derechos humanos o derecho internacional, sino activos subutilizados que pueden ser “desarrollados”.

Este enfoque ha generado acusaciones de conflictos de interés que han llegado incluso al Senado. Según una investigación impulsada por la senadora Elizabeth Warren en noviembre de 2025, Witkoff habría utilizado su posición para beneficiar sus propias empresas: mientras negociaba un acuerdo tecnológico con Emiratos Árabes Unidos, un fondo soberano de ese país estaba invirtiendo dos mil millones de dólares en World Liberty Financial, una empresa de criptomonedas vinculada a Witkoff. Kushner, por su parte, ha gestionado miles de millones de dólares provenientes de fondos soberanos del Golfo, los mismos países con los que negoció durante el mandato de Trump.

La línea entre la política exterior y los negocios privados se difumina hasta desaparecer. Y no se trata de casos aislados: la lógica de fondo es que los acuerdos internacionales —desde la reconstrucción de Ucrania hasta la normalización con Arabia Saudita— son presentados como “oportunidades de inversión” para el círculo cercano al presidente. El Estado actúa como catalizador de negocios particulares.

Si hubiera que elegir una imagen que condense esta nueva diplomacia, sería la reunión entre la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y Donald Trump en julio de 2025. El lugar escogido no fue la Casa Blanca ni una cancillería europea, sino el club de golf de Trump en Turnberry, Escocia.

Al sacar la negociación de los canales multilaterales y trasladarla a una propiedad privada del presidente, la Casa Blanca impuso una dinámica de “anfitrión‑invitado” donde las reglas de la Organización Mundial del Comercio o los tratados de la Unión Europea perdían peso frente a la relación personal. Según el European Policy Centre, el resultado fue que Europa aceptó términos cercanos a la “extorsión”: congelar los aranceles a cambio de concesiones limitadas, pero en realidad aumentando barreras no arancelarias y debilitando la cohesión interna de la UE frente a otros bloques.

La cumbre de Turnberry no fue una anomalía, sino el espejo de un formato: la política exterior se privatiza, se traslada a espacios controlados por el soberano y se reduce a una transacción bilateral donde el vínculo personal reemplaza al derecho internacional.

Para quienes observan desde fuera, la política exterior de Trump puede parecer caótica, contradictoria o simplemente impredecible. Sin embargo, bajo la superficie existe una estructura coherente: un modelo de centro y radios (hub & spoke). En el centro se encuentra el soberano (Trump), y desde allí parten radios que conectan directamente con otros líderes (Netanyahu, Putin, Orbán, el príncipe heredero saudí) a través de intermediarios de confianza personal (Witkoff, Kushner, el propio Trump en llamadas directas).

La capacidad técnica, la experiencia regional y la memoria institucional son reemplazadas por la proximidad ideológica y los intereses comerciales compartidos. No se trata de defender un interés nacional definido por la tradición de política exterior estadounidense, sino de armar el sistema internacional para colocar a un pequeño grupo de personas en el centro de los flujos materiales.

Esta estructura tiene una debilidad fundamental: la falta de profundidad estratégica. Los negocios familiares buscan retornos de inversión rápidos. Las rutas comerciales seguras, los equilibrios monetarios y las alianzas duraderas requieren décadas de mantenimiento institucional que este modelo ignora. Al difuminarse la línea entre el interés del Estado y el del negociante, se abren además puertas a que potencias rivales “compren” influencia no a través de los canales oficiales, sino mediante la inversión en los negocios personales de los enviados.

Aquí es donde la distinción de estrategia estadounidense bajo el modelo de “amigos y familiares” se enfrenta a un rival que opera bajo una lógica radicalmente distinta, el capitalismo de Estado chino.

Pekín actúa como una corporación integrada verticalmente, con planes quinquenales, metas de largo plazo (como el desarrollo de inteligencia artificial o la ruta de la seda 2.0) y una disciplina partidaria que subordina los intereses individuales de las élites a la estrategia nacional. Mientras Washington envía promotores inmobiliarios a negociar la paz, Beijing despliega diplomáticos formados en escuelas de élite, ingenieros para construir puertos en el Índico y bancos de desarrollo para financiar infraestructuras con décadas de maduración.

La consecuencia es una asimetría estructural. Como advierten informes del Real Instituto Elcano y Brookings Institution, el vacío dejado por la diplomacia estadounidense está siendo llenado sistemáticamente por China. Los países del Sur Global perciben que los acuerdos con EE. UU. son volátiles, dependientes de la relación personal con el círculo de Trump y susceptibles de revertirse en el próximo ciclo electoral. En cambio, las inversiones chinas, aunque exigentes, ofrecen una apariencia de continuidad institucional.

La diplomacia de clubes privados (Mar‑a‑Lago, Turnberry) proyecta además una imagen de “oligarquía” que aliena tanto a las democracias liberales como a los países en desarrollo que buscan reglas claras y previsibilidad. EE. UU. está intentando competir con la capacidad industrial masiva de China usando herramientas tácticas y personales. Es, en esencia, llevar un contrato de construcción a una guerra de arquitecturas.

Este formato no solo debilita la proyección estadounidense, sino que conduce a errores de cálculo evitables. La delegación de las negociaciones sobre Ucrania a Witkoff, sin una estrategia clara respaldada por el Departamento de Defensa o la inteligencia europea, ha llevado a una serie de congelamientos tácticos que benefician a Rusia. En Oriente Medio, el enfoque de “desarrollo inmobiliario” para Gaza ha ignorado la complejidad política y social del enclave, alimentando la inestabilidad.

El resultado es una paradoja: cuanto más se concentra la política exterior estadounidense en maximizar ganancias para el círculo íntimo, más se erosiona la capacidad del país para influir en el sistema internacional que heredó de la posguerra.

No se trata de un caos sin sentido, sino de una lógica coherente de acumulación patrimonial. El sistema estadounidense ha cambiado la métrica del éxito: de “hacer grande a Estados Unidos” a “enriquecer a un puñado de personas cercanas al poder”. Y esa mutación tiene un coste.

La historia nos recuerda que los imperios no suelen caer por derrotas militares fulminantes, sino por la erosión interna de sus instituciones. Cuando el Estado se convierte en un vehículo para los negocios privados de una corte, la capacidad de proyectar poder a largo plazo se diluye. China, con su maquinaria estatal enfocada en metas a 2050, no necesita igualar el poderío militar de EE. UU. de manera simétrica; le basta con ocupar los espacios que el patrimonialismo transaccional abandona.

La pregunta que queda en el aire, para los lectores europeos, para los analistas del Sur Global y para los propios estadounidenses, es si esta deriva es reversible. Por ahora, la evidencia sugiere que el modelo de “diplomacia de amigos y familiares” maximiza ganancias de corto plazo para un grupo reducido, pero hipoteca la influencia y la previsión de la nación que durante décadas fue el principal garante del orden liberal.

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