El crepúsculo de la hegemonía liberal no significa que esta haya desaparecido ni que estamos en un mundo sin emisión hegemónica
Nubes de tormenta se forman sobre el ala Oeste antes del discurso de Donald J. Trump sobre Irán desde el gran vestíbulo de la Casa Blanca en Washington - Shawn Thew - Pool via CNP / Zuma Press / ContactoPhoto
Álvaro García Linera, Exvicepresidente de Bolivia
diario-red.com/ 05/04/2026
¿Es posible un tipo de dominación política que no necesite recurrir al ejercicio de la hegemonía, entendida como la capacidad de persuasión y atracción de los dominantes sobre los dominados?
Se trata de una pregunta que ha vuelto a surgir en el debate contemporáneo debido al declive de la hegemonía neoliberal y la gobernanza global estadounidense. Pareciera que, de un régimen de “liderazgo benigno” que duró sesenta años, estuviéramos pasando a lo que Kindleberger llamó un tipo de “liderazgo coercitivo”, visible en las formas brutales de autoridad que despliega a diario el presidente Trump en distintos lugares del mundo, imponiendo aranceles, invadiendo países o burlándose de los débiles.
No obstante, la verdad es que, a excepción de los momentos de guerra armada o de exterminio de poblaciones, no existe dominación duradera sin hegemonía.
R. Guha, un historiador indio, escribió en 1988 un libro sobre la colonización inglesa de la India en el siglo XIX. En él, propuso que esta instauró un tipo de Estado colonial que “llegó a depender más del miedo que del consentimiento”. De allí proviene el ejemplo de “dominación sin hegemonía” (Guha, 1988). Ciertamente, el dominio colonial —que convirtió a unos comerciantes privilegiados, los ingleses, en los nuevos gobernantes— se impuso a sangre y fuego tras las batallas de Plassey y Buxar, en el siglo XVIII, tras las cuales se instauró un sistema de despótica expropiación económica por vía de las cargas tributarias, administrativas e intereses de la deuda pública (Naoroji, 1901).
Además, se instauraron brutales mecanismos de semiesclavitud de los campesinos, expropiación de tierras comunales, implantación forzosa de cultivos comerciales que dieron lugar a terribles hambrunas. A esto se sumó la destrucción de la industria local para dar paso a los productos industriales traídos desde Manchester, etc. Todos ellos actos de coacción desnuda, como lo fueron en América Latina los mecanismos de exacción colonial española a través de la mita minera, el repartimiento de indios y la hacienda.
Sin embargo, para que esta dominación se estabilizara durante décadas o siglos, los colonizadores tuvieron que incorporar, junto a esos mecanismos de coacción política y económica, una serie de medidas que recogieran, de manera mutilada, algunos derechos y beneficios mínimos de la población expropiada. Ejemplo de ello son la mejora de los sistemas de riego y de los medios de transporte, las regulaciones del arrendamiento de tierras o la propia formación de la élite intelectual que se adhirió al régimen colonial. En el caso latinoamericano, destacan la compra de derechos de propiedad comunal o la incorporación del sistema intermedio del liderazgo indígena (curacazgo) a la burocracia del Estado colonial.
El presidente Trump insulta a la prensa, juzga a los periodistas de “estúpidos”. Tilda de “sediciosos” y “dementes” a sus opositores políticos. Ha creado una fuerza policial encapuchada (ICE) especializada en perseguir latinos para expulsarlos del país
Esto significa que, para que cualquier relación de dominación —inicialmente lograda mediante el uso descarnado de la violencia armada y la coerción económica— sea duradera, se requiere un mínimo de “acuerdos” y del reconocimiento de algunos intereses materiales de los dominados. Esto es, de acción hegemónica. No hacerlo es lanzarse a la guerra permanente y al casi exterminio de los invadidos, como sucedió con los indígenas en EE. UU., el sur de Argentina o el régimen del terror de Leopoldo II de Bélgica contra la población del Congo.
En la actualidad, la supremacía estadounidense sobre el mundo ha adquirido una ferocidad inaudita, incluso al interior de los propios EE. UU.
El gobierno de Trump ha declarado una abierta guerra comercial a todos los países, elevando los aranceles promedio del 2 % al 11 %, sin más justificativo que el de detener el “saqueo” del mercado norteamericano. Ha secuestrado al presidente de un país soberano para expropiar su petróleo y ha restablecido como política bélica de Estado la decapitación de los líderes de naciones llamadas “hostiles”. Ha chantajeado públicamente a Europa, Japón, India y Taiwán para que promuevan millonarias inversiones en suelo estadounidense si es que no quieren ver elevados aún más los aranceles para sus mercancías (BBC, VII de 2025). Ha amenazado con anexarse Groenlandia y, al final, ha logrado tener el control de facto y sin límites de la isla. Ha menospreciado a los presidentes europeos, conminándolos a “acopiar algo de valentía” para “aprender a luchar por sí mismos”. Ha denigrado a la mayoría de los migrantes que vienen al país, calificándolos de “basura”. Asimismo, ha declarado que puede hacer lo que le dé la gana y que su poder está limitado únicamente por su “propia moralidad” (NYT, 8 de enero de 2026). EE. UU. ha roto con el Acuerdo de París referido a limitar el calentamiento global —al que califica de un “gran engaño”— y alienta la mayor producción de combustibles fósiles.
En lo interno, cada vez que puede, el presidente Trump insulta a la prensa, juzga a los periodistas de “estúpidos”. Tilda de “sediciosos” y “dementes” a sus opositores políticos. Ha creado una fuerza policial encapuchada (ICE) especializada en perseguir latinos para expulsarlos del país, ha encarcelado sin piedad a niños racializados y ha justificado el asesinato de ciudadanos norteamericanos que se oponían a la deportación ilegal.
El presidente Trump carece de diplomacia a la hora de decirle al mundo lo que quiere. No enmascara sus objetivos. Quiere el petróleo de Venezuela y lo toma a la fuerza, sin necesidad de justificarlo mediante la defensa de algún imperativo moral
La lista de abusos, engaños, manipulaciones, coacciones y odios embravecidos que ensaya Trump contra personas y estados todos los días puede continuar hasta el infinito. Pero, ¿significa esto que estamos ante un tipo de dominio imperial carente de hegemonía? Eso opinan algunos. El economista y premio Nobel D. Acemoglu señala que la guerra declarada por EE. UU. contra Irán sin “justificación coherente” es una forma prepotente de exhibición del “poder duro” en el ámbito de las relaciones internacionales que debilita el “poder blando”, esto es, la capacidad de “atracción y persuasión” que configura cualquier “hegemonía benigna” (Project Syndicate, 17 de marzo de 2026). Tiempo atrás, a inicios de la primera gestión de Trump, N. Fraser también sugirió que, al expresar un desmoronamiento hegemónico del “neoliberalismo liberal”, el populismo autoritario de Trump era un proyecto carente de “hegemonía segura” (Fraser, Contrahegemonía ya, 2019).
El primer problema con estas interpretaciones es que reducen el concepto gramsciano de hegemonía a una mera construcción discursiva: “persuasión”, “justificación” y “sentido común”. Podría decirse, incluso, de “buenos modales” para cometer fechorías. De hecho, quizá lo que más irrita a las élites políticas liberales europeas de los comportamientos de Trump es su grosería para decir las cosas, su falta de “clase” para imponer sus intereses.
Pero si esto fuera así, entonces el problema del gobierno de Trump con el mundo es solo un tema de semántica y pragmática del lenguaje, referidas a las maneras de enunciar y justificar sus acciones. En tal caso, la hegemonía se habría reducido al “buen arte de mentir”, lo que ya es una caricatura pervertida del concepto gramsciano original.
Y aun en este terreno mutilado de la hegemonía como mera narración, lo que los liberales no pueden ver es que la “brutal sinceridad” es también otra forma del “arte de mentir”; hoy muchísimo más eficaz para generar adhesiones populares que la “mentira” culta y adornada con la que las élites almibararon su dominación décadas atrás. Los datos sobre el apoyo social a proyectos políticos de ultraderecha en el mundo muestran que cerca del 30 % del electorado de numerosos países se siente reconocido en ese lenguaje (Government and Opposition, 2025).
Claro, antes la expropiación de recursos naturales, la explotación de pueblos, la invasión de naciones y el sojuzgamiento de estos se hacían a nombre de “principios y valores”, de las “leyes naturales del mercado” o del “orden basado en reglas” con pretendida superioridad moral mundial. Con Trump, también se quieren recursos naturales, territorios, mercados y trabajo impago, solo que ahora se dice abiertamente, sin adornos retóricos ni mentiras piadosas.
El presidente Trump carece de diplomacia a la hora de decirle al mundo lo que quiere. No enmascara sus objetivos. Quiere el petróleo de Venezuela y lo toma a la fuerza, sin necesidad de justificarlo mediante la defensa de algún imperativo moral.
Quiere los minerales críticos y la libre disponibilidad del territorio de Groenlandia para sus bases militares, y dice que la va a ocupar con su ejército. Para él, se trata simplemente de fortalecer su “área de influencia” primordial en un mundo definitivamente quebrado en áreas de influencia territorial. Quiere deshacerse de los gobernantes de Irán para controlar el flujo petrolero y las divisas de ese país, y no duda en bombardearlos, incluyendo a las niñas de las escuelas que se encuentran cerca.
Igualmente, cuando insulta a sus adversarios políticos, lo hace con la franqueza del pendenciero de barrio que descubre su némesis en cada esquina. Y en la crueldad hacia los más débiles —migrantes latinos— está la impúdica experiencia del goce con la humillación de aquel a quien en el fondo se teme. El mundo es brutal y él es sincero con esa brutalidad.
Él dice las verdades sin filtro. Incluso cuando miente, lo hace haciendo saber cínicamente que miente. No se detiene en la sofisticación liberal de edulcorar la falacia. Y hay votantes estadounidenses —al menos un tercio— y élites gobernantes de otros países del mundo a quienes les fascina esa cruel mentira o esa falsedad sincera. Los primeros se sienten reivindicados frente a la hipocresía liberal que los “olvidó” a costa del mercado y la globalización para ricos. Por su parte, las acomplejadas élites económicas y políticas extranjeras también se sienten seducidas por el furor del látigo y el desprecio de quienes añoran ser, para también despreciar a los de más abajo.
Si la hegemonía no puede reducirse únicamente a narraciones, entender cómo es que esta se ejerce y modifica requiere ver el movimiento subyacente de la acción hegemónica: la capacidad de articular los “intereses generales de los grupos subordinados”, dice Gramsci
Y no se piense que esta apetencia de vasallaje es una propensión exclusiva de élites políticas tercermundistas. Cuando uno ve la admiración con la que el secretario general de la OTAN, M. Rutte, o el canciller alemán F. Merz prodigan a Trump, está claro que la complacencia con la sumisión no distingue los paralelos del globo terráqueo.
Tomando este contexto, la belicosidad discursiva en ocasiones —como las de este interregno— también llega a ser un tipo de “poder blando”, en el sentido de una construcción enunciativa con la capacidad de persuadir. Ciertamente, se trata de una seducción más débil, limitada en sus áreas de irradiación y temporal, como lo es todo proyecto político hoy. Pero, aun así, posee un mayor efecto persuasivo que la decadente convocatoria liberal, con lo que el argumento discursivista de la hegemonía que propone Acemoglu deviene en una aporía.
Con todo, hay que reconocer que esta violencia verbal y la coacción económica no son realidades nuevas. La regla de Tucídides de que “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles lo que deben” es una vieja conocida de los vínculos entre las grandes potencias imperiales y los países subordinados de África, Latinoamérica y Asia. Lo nuevo es el empleo generalizado de esta máxima por el ex hegemón global, la inclusión en la lista de los maltratados a Europa —convertida ahora en parte de la geografía provincial global— y el respeto hacia los otros dos emergentes hegemones portadores de áreas de influencia reconocida: China y Rusia.
Entonces, si la hegemonía no puede reducirse únicamente a narraciones, entender cómo es que esta se ejerce y modifica requiere ver el movimiento subyacente de la acción hegemónica: la capacidad de articular los “intereses generales de los grupos subordinados”, dice Gramsci. Y, desde el poder económico del Estado, eso significa la expansión de sus condiciones materiales “económicas y políticas” (Gramsci, C. 13, §17). Esa es la llave “mágica” para que un interés particular pueda dar pruebas de su legítima “universalidad” vinculante.
La reducción de la inflación, el aumento del empleo, la reducción de ciertas cargas fiscales, la suba salarial o el incremento del crédito tributario por hijo, etc., ayudan, en lo interno, a mantener un piso de apoyo a Trump. En tanto que las tasas de interés de los bonos del tesoro y los activos financieros —que atraen los petrodólares y los ahorros europeos—, el dólar como moneda de reserva mundial o la manipulación política de los recursos del FMI y el Banco Mundial para “rescatar” a los países en problemas alimentan las redes materiales de las acciones hegemónicas en lo externo.
El crepúsculo de la hegemonía liberal no significa que esta haya desaparecido ni que estamos en un mundo sin emisión hegemónica. Significa que esta se desmorona lentamente a pedazos; sobrevive en fragmentos por mera inercia. Y, en medio de esta hecatombe de creencias y acciones, se producen espasmos de desesperanza, asfixiantes incertidumbres y abatimientos colectivos que, intermitentemente, son atravesados por arrebatos de entusiasmo temporales alrededor de nuevas creencias y acciones estatales protohegemónicas, ya sea de izquierda o derecha. Si alguna de ellas se traduce en soluciones materiales prácticas a los agobios económicos que dieron nacimiento al agotamiento hegemónico liberal, entonces devendrá en hegemonía contenciosa que aspira a consolidarse como nuevo horizonte predictivo de época. Si no soluciona estos agravios, la sociedad volverá a sumergirse en un torbellino de frustraciones y efímeras adhesiones. Es el tiempo liminal.
En tiempos de transición hegemónica y disponibilidad social como los de hoy, el discurso audaz y prometedor puede centralizar la energía social en múltiples direcciones políticas, lo que es decisivo para cualquier proyecto de cambio social. Puede despertar emociones bajas que legitimen más abusos y desigualdades, o puede gatillar pasiones nobles que converjan hacia una mayor justicia social. Pero la continuación de la vorágine cognitiva o la consolidación hegemónica no vendrán de la calidad lingüística de los discursos gubernamentales. No es un tema de ferocidad o endulzamiento de los discursos.
La jerarquía de cada Estado en el nuevo orden global se dilucidará en la capacidad que tenga para hacer respetar con éxito el ejercicio de su soberanía económica y política frente a los demás Estados
En el ámbito del modelo de acumulación que dirigirá la economía de las naciones, la hegemonía se resolverá en cómo es que la retórica, violenta o “blanda”, está soportada en mejoras palpables en las actividades económicas y en el estatus de una mayoría de las personas, además de la protección y esperanza verosímil de un venidero bienestar de la trama de la vida colectiva de las familias, que es donde, al final, se dirime la cohesión social de cualquier país.
Y, en lo referente a las relaciones internacionales, la hegemonía se zanjará en la capacidad que tenga cada hegemón de reclamar con éxito el cumplimiento de sus intereses económicos en lo que considera su área de dominio, combinando coacciones económicas y políticas con beneficios segmentados hacia sus dependientes. En tanto, la jerarquía de cada Estado en el nuevo orden global se dilucidará en la capacidad que tenga para hacer respetar con éxito el ejercicio de su soberanía económica y política frente a los demás Estados.
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