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COLOMBIA: ADIÓS AL PETRÓLEO... ¿"¡HOLA!" A UNA NUEVA DEPENDENCIA?

Entre el 24 y el 29 de abril se celebrará en Colombia la Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles
¿Y si la "transición verde" solo cambiara de amo? ¿El futuro será renovable… o también colonial?


Máximo Relti
canarias-semanal.org/21/04/2026

Entre el 24 y el 29 de abril, Colombia acogerá la "Conferencia para la Transición más allá de los Combustibles Fósiles", destinada a impulsar el abandono del petróleo, el gas y el carbón. Pero surge una pregunta inevitable: si cambian las fuentes de energía, ¿cambiarán también las viejas formas de dominio? ¿O veremos igualmente a las mismas potencias disputarse ahora el sol, el litio y los nuevos "negocios verdes"?

Según la información difundida, el objetivo será impulsar acciones concretas para que los países reduzcan y abandonen progresivamente el uso de petróleo, gas y carbón.


La cita llega en un momento simbólico: mientras se habla de dejar atrás los fósiles, el mundo sigue pendiente de conflictos estratégicos como los que rodean al Estrecho de Ormuz, una de las arterias energéticas del planeta. Es decir: se debate el futuro mientras el presente continúa atado al viejo combustible.

“Cuando un recurso resulta vital, rara vez se deja en manos soberanas”

La noticia merece especial atención. Durante más de un siglo, los combustibles fósiles no solo movieron coches, fábricas y aviones. También ha estado moviendo guerras, invasiones, golpes de Estado, bloqueos económicos y alianzas militares.

Allí donde había petróleo, muchas veces aparecían también bases extranjeras, presiones diplomáticas y gobiernos condicionados desde fuera. La energía no era solo energía: era tambien poder.

 Y por eso conviene hacerse una pregunta inquietante. Si mañana desaparecieran los pozos de petróleo, ¿desaparecería también esa lógica de dominio? ¿O simplemente cambiaría de disfraz?

NO ERA EL PETRÓLEO: ERA EL CONTROL

Durante décadas nos hicieron creer que los conflictos internacionales nacían por “defender la democracia”, “garantizar la estabilidad” o “proteger la seguridad global”. Sin embargo, demasiadas veces coincidía que esos nobles principios se activaban justo donde había recursos estratégicos bajo tierra.

Oriente Medio es el ejemplo más evidente. También partes de África, América Latina o Asia. Países ricos en materias primas pero pobres en soberanía efectiva. Naciones con enormes recursos naturales y, al mismo tiempo, con deudas externas asfixiantes, élites dependientes y políticas marcadas desde fuera.

El problema, por tanto, no era solo el petróleo. El problema era un sistema económico internacional donde la riqueza de unos territorios se convierte en palanca de poder para otros.

Cuando un recurso es imprescindible para la economía mundial, quien lo controla tiene ventaja. Y quien no puede controlarlo, intenta apropiárselo por la fuerza económica, financiera o militar.

LAS GUERRAS DEL PETRÓLEO: HISTORIA DE UN SIGLO

Si alguien duda de la relación entre energía y violencia, basta mirar la historia contemporánea. El petróleo ha estado detrás de numerosas intervenciones militares directas o indirectas, a veces como causa central y otras como factor decisivo oculto tras discursos oficiales.

En 1953, Irán sufrió un golpe de Estado organizado desde los EEUU tras la nacionalización de su petróleo. El gobierno que quiso controlar sus recursos fue derribado y sustituido por un régimen favorable a intereses de la potencia que urdió el golpe militar

En 1956, la crisis de Suez mostró que el control de rutas energéticas seguía siendo cuestión de guerra. Egipto nacionalizó el canal y respondió una coalición militar.

Durante décadas, la presencia militar occidental en Arabia Saudí, Kuwait y el Golfo Pérsico tuvo un objetivo evidente: garantizar el flujo energético mundial bajo determinadas condiciones políticas.

La guerra Irán-Irak (1980-1988), además de rivalidades regionales, giró en torno al control fronterizo y petrolero del Shatt al-Arab. Las grandes potencias jugaron entonces a equilibrar fuerzas mientras que a la vez vendían armas.

En 1990 y 1991, la invasión iraquí de Kuwait provocó la Guerra del Golfo. El mensaje fue claro: ninguna potencia regional podía alterar por sí sola el mapa petrolero.

En 2003, la invasión de Irak volvió a demostrar que los terrorificos discursos sobre armas inexistentes podían convivir perfectamente con uno de los mayores intereses energéticos del planeta.

Libia, en 2011, mostró otra vez la mezcla entre guerra humanitaria proclamada y disputa real por recursos, rutas y posición geoestratégica.

Siria, aunque más compleja, también fue escenario de pugnas por corredores energéticos, gasoductos y equilibrio regional.

Nigeria, Sudán del Sur, Yemen o algunas zonas del Sahel reflejan una versión menos visible: conflictos internos agravados por petróleo, gas o control de rentas extractivas, donde empresas extranjeras, mercenarios o potencias regionales actúan indirectamente.

América Latina tampoco quedó al margen. Venezuela sufrió sanciones, intentos de aislamiento, fuertes presiones externas, ataques fulminantes y hasta el secuestro de su presidente, en un contexto inseparable de sus inmensas reservas petroleras.

La lección es sencilla: cuando un recurso resulta vital para la acumulación global, rara vez se deja en manos plenamente soberanas de quienes viven sobre él.

LA NUEVA FIEBRE DEL ORO SERÁ VERDE

Ahora en el planeta se habla de transición ecológica. Y esa transición es necesaria. El deterioro climático, la contaminación y el agotamiento del modelo fósil son realidades que ya afectan a millones de personas.

Pero una transición justa no consiste solo en cambiar gasolina por electricidad o carbón por paneles solares. Porque si no cambia la estructura del poder, la historia volverá a repetirse. Es algo que todos podemos comprender con facilidad.

Imaginemos por un momento, un país del norte de África, del Caribe o de América del Sur que dispusiera de miles de horas de sol al año. Un territorio ideal para producir energía solar masiva. Si las grandes corporaciones extranjeras financian, construyen y poseen los parques solares; si imponen contratos ventajosos; si exportan la energía o los beneficios; si condicionan leyes laborales, fiscales o ambientales… entonces no habría verdadera emancipación energética.

Solo habría un cambio de combustible

Antes salían barcos cargados de petróleo. Mañana podrían salir cables, hidrógeno verde o beneficios financieros. Antes había refinerías extranjeras. Mañana puede haber megaplantas solares privadas rodeadas de pobreza local.

EL SOL TAMBIÉN PUEDE CONVERTIRSE EN NEGOCIO

El sol parece democrático: nos ilumina a todos. Pero la tecnología para capturarlo no lo es necesariamente.

Paneles, baterías, redes inteligentes, patentes, minerales críticos, financiación bancaria, aseguradoras, fondos de inversión. Todo eso decide quién gana dinero con la energía limpia. Y si esas palancas siguen concentradas en pocas manos, el sol también puede convertirse en una mercancía controlada por unos pocos.

Es como el agua de lluvia: cae gratis del cielo, pero si una empresa posee los embalses y las tuberías, cobra por cada gota.

La pregunta central, pues, no es solo quién tiene recursos naturales, sino quién posee la infraestructura, la tecnología y el poder político para explotarlos.

SOBERANÍA O DEPENDENCIA RENOVABLE

Por eso Colombia y cualquier país que participe en la conferencia citada, deberían ir más allá de los discursos ambientales. La verdadera transición exige hablar de soberanía.

Soberanía significa que un país pueda decidir para qué sirve su energía, quién la produce, cuánto cuesta, qué beneficios genera y cómo se reparte esa riqueza.

Significa que la electricidad sirva primero para industrializar el país, mejorar servicios públicos, abaratar la vida cotidiana y elevar el nivel de vida de la mayoría.

Significa que los trabajadores locales no sean mano de obra barata mientras otros se quedan con la tecnología y los dividendos.

- Significa también cooperación entre países del Sur global para no competir entre sí regalando recursos al mejor postor.

Porque si cada país negocia aislado frente a gigantes financieros y tecnológicos, la balanza siempre estará inclinada.

UNA TRANSICIÓN PARA LA GENTE, NO PARA LOS FONDOS

Hoy existe el riesgo de que la llamada economía verde sea usada como nuevo ciclo de acumulación privada. Es decir: convertir la crisis climática en una gran oportunidad de negocio para los mismos grupos que ayer ganaron con el petróleo.

Ya ocurrió con privatizaciones, autopistas, telecomunicaciones o vivienda. Puede ocurrir ahora con baterías, parques eólicos, tierras raras o hidrógeno verde.

Se nos dirá que llegan inversiones, modernidad y progreso. Y algo de eso puede ser cierto. Pero la pregunta decisiva sigue siendo: ¿progreso para quién?

Si la riqueza producida sale del país, si el empleo creado es precario, si las tarifas suben y si las decisiones importantes se toman en despachos lejanos, entonces el color verde del negocio no cambia su esencia.

COLOMBIA COMO SÍMBOLO

Que esta conferencia se celebre en Colombia podría tener valor político. América Latina conoce bien la historia del extractivismo: oro, plata, caucho, café, petróleo, cobre, litio. Siempre abundancia natural y demasiadas veces escasez social. Pero para que ese valor político se viera revalidado, tendrían que recordar la historia.

La región tiene ahora la oportunidad de no repetir el libreto. Posee sol, viento, agua, biodiversidad y minerales clave. Pero necesita convertir esos recursos en desarrollo propio y no en nueva dependencia. Ese es el verdadero debate de nuestro tiempo.

No basta con dejar atrás los combustibles fósiles. Hay que dejar atrás también las relaciones de dominio que crecieron alrededor de ellos. Si cambia la fuente energética, pero no cambia quién manda, quién cobra y quién decide, entonces no habrá transición histórica: solo habrá sustitución técnica.

El mundo no necesita únicamente energía limpia. Necesita relaciones limpias entre las naciones. Porque el problema nunca fue solo el petróleo enterrado bajo la arena. El problema fue —y sigue siendo— la codicia organizada sobre la superficie.

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