La cumbre «Escudo de las Américas», convocada por Trump en Miami, reunió a los líderes del bloque reaccionario de América Latina y el Caribe
Fiel a su estilo, el presidente estadounidense se aseguró de que fuera un ritual de humillación y degradación.
Donald Trump profirió amenazas sobre inminentes intervenciones en América Latina y el Caribe, incluyendo alusiones a un cambio de régimen en Cuba. (Roberto Schmidt / Getty Images)
Hilary Goodfriend
jacobinlat.com/12/03/2026
Traducción: Natalia López
Este fin de semana, Donald Trump convocó a líderes de derecha de América Latina y el Caribe a su resort de golf en Miami para la cumbre «Escudo de las Américas». En medio de una renovada agresión militar estadounidense en la región, el encuentro exhibió un bloque reaccionario envalentonado, ansioso por demostrar su sumisión a los dictados de Washington.
La cumbre reunió a doce jefes de Estado en el Trump National Doral Golf Club: el argentino Javier Milei, el ecuatoriano Daniel Noboa, el salvadoreño Nayib Bukele y el presidente electo de Chile, José Antonio Kast, se sumaron a los presidentes conservadores de Bolivia, Paraguay, Panamá, Honduras, Costa Rica, Guyana, República Dominicana y el primer ministro de Trinidad y Tobago. El escenario del country club en Miami no fue solo típicamente ordinario sino, como señala el Center for Economic and Policy Research (CEPR), una manera de canalizar fondos hacia la empresa privada de Trump.
Diecisiete países latinoamericanos se suscribieron a la nueva «Coalición Americana contra los Cárteles» impulsada por Trump, que promete movilizar acciones militares contra grupos criminales «para derrotar estas amenazas a nuestra seguridad y civilización». El hecho de que varios de sus miembros estén ellos mismos implicados en operaciones del crimen organizado no parece ser un obstáculo. Al fin y al cabo, esta es la administración que indultó a Juan Orlando Hernández —el expresidente hondureño que cumplía una condena de cuarenta años en una prisión estadounidense por narcotráfico— y luego secuestró al presidente en ejercicio de Venezuela por los mismos supuestos cargos.
La disposición a proteger a narcotraficantes convenientes ha sido durante mucho tiempo una política bipartidista en la región. El comercio de cocaína fue notoriamente central en la red clandestina de abastecimiento a los Contras por parte de la CIA a lo largo de los años ochenta en Centroamérica, y Estados Unidos proporcionó millones en apoyo antidroga al gobierno mexicano de Felipe Calderón (2006-2012), quien libró una guerra contra el narcotráfico en favor del Cártel de Sinaloa. Al igual que la Guerra Fría y la «guerra contra el terrorismo», la «guerra contra las drogas» provee un marco para la integración subordinada de la región a los regímenes económicos y de seguridad de Estados Unidos.
Fiel a su estilo, el presidente Trump se encargó de que la cumbre fuera un ritual de humillación y degradación. Después de prometer reuniones bilaterales, el tiempo que el presidente estadounidense dedicó a cada jefe de Estado se redujo a un apretón de manos y una foto. Mostró su característico desdén por sus invitados: bromeó con que «no voy a aprender su maldito idioma» y tropezó con el nombre del salvadoreño Bukele («Dirige una buena operación, eso es todo lo que me importa»).
En sus dispersas intervenciones, el presidente comparó a los cárteles de la droga con el ISIS (una analogía bastante acertada dado el papel de Estados Unidos en avivar la violencia narco en la región). Lanzó amenazantes advertencias sobre intervenciones inminentes, con alusiones a acciones de cambio de régimen en Cuba, sumida hoy en una histórica crisis humanitaria por la guerra económica que impone el bloqueo unilateral estadounidense: «Cuba está en sus últimos momentos de vida tal como está, pero nuestro foco ahora mismo está en Irán». México también estuvo en la mira: Trump advirtió que «los cárteles están gobernando México, eso no lo podemos permitir».
También participó el secretario de Defensa Pete Hegseth, quien pronunció una arenga fascistoide que abrió con una cita de Andrew Jackson y convocó a la región a unirse como «naciones cristianas bajo Dios» contra el «narco-comunismo radical y la narco-tiranía». Esta invocación de lo que el historiador Greg Grandin llama «panamericanismo neofascista» fue, sin embargo, en gran medida performativa. Las naciones reunidas parecían unidas únicamente en su sometimiento a Trump; no emergió ninguna agenda conjunta más allá del compromiso de cada país con la intervención estadounidense.
Además de una breve declaración del secretario de Estado Marco Rubio, el grupo fue interpelado por la recientemente desplazada secretaria del Departamento de Seguridad Nacional (DHS), Kristi Noem, anunciada como enviada especial a la nueva coalición militar. El traslado de Noem a la región se produjo junto con la confirmación de su segundo, el ex subsecretario del DHS Troy Edgar, como nuevo embajador estadounidense en El Salvador —una confirmación más de la postura beligerante de la administración en América Latina—. Noem le dijo al encuentro:
Nuestros objetivos van a ser destruir a los cárteles, ir tras esos narcoterroristas que están destruyendo a nuestra gente, matando a nuestros hijos y nietos. También vamos a mantener a nuestros adversarios a raya. A esos adversarios que desean cambiar nuestra forma de vida y nuestros valores desde fuera de nuestro hemisferio, queremos asegurarnos de seguir manteniéndolos fuera y enfocarnos en construir alianzas entre nosotros y nuestras fortalezas.
Las palabras de Noem apuntaron a la esperanza estadounidense de debilitar las relaciones de sus aliados con China, hoy el mayor prestamista y socio comercial de América Latina. «Tendremos que revertir estas influencias extranjeras nocivas que se han infiltrado en muchos de nuestros negocios, nuestras tecnologías, y que vimos penetrar en distintas áreas de nuestra forma de vida», concluyó. En ese terreno, es poco probable que Estados Unidos prevalezca. El comercio y la ayuda chinos resultaron críticos incluso para los aliados más incondicionales de Trump: son comercio esencial para la Argentina de Milei y grandes obras de infraestructura para el gobierno de Bukele en El Salvador.
Las acciones militares coordinadas, sin embargo, seguirán escalando. La Operación Lanza del Sur, que comenzó con un despliegue naval sin precedentes en el Caribe, se expandió tierra adentro: fuerzas estadounidenses participan en una campaña conjunta de bombardeos contra una facción disidente de las desmovilizadas Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en su frontera con Ecuador, con el riesgo de provocar una grave desestabilización regional. Los ataques ilegales de Estados Unidos contra embarcaciones en el Caribe y el Pacífico continúan, y el número oficial de muertos de estas ejecuciones extrajudiciales ya supera los 150. Trinidad y Tobago ofreció sus aeropuertos como apoyo logístico para las misiones, mientras que El Salvador —que ya prestó servicios como colonia penal estadounidense para migrantes deportados— aloja aviones de combate de Estados Unidos.
Mientras la derecha latinoamericana se agrupa en torno a la campaña de destrucción de Trump, la izquierda guarda un silencio inquietante. Las fuerzas progresistas todavía gobiernan en las grandes economías de Brasil, México y Colombia, pero la otrora vigorosa agenda de la Marea Rosa en materia de integración y cooperación regional se erosionó, y la respuesta al reciente desfile de atropellos estadounidenses fue tibia. Un proyecto diplomático regional en defensa de la paz, la solidaridad y la autodeterminación es urgente. Sin un contrapeso, la violencia temeraria e impune del imperialismo estadounidense amenaza no solo al hemisferio sino al planeta entero.Compartir este artículo
Hilary Goodfriend
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Hilary Goodfriend. Es estudiante de doctorado en estudios latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y editora colaboradoa de Jacobin y Jacobin América Latina.
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