A medida que el poder estadounidense declina, destruye las normas e instituciones que alguna vez organizaron su proyección internacional
de autoridad
Estados Unidos está perdiendo su liderazgo, pero ninguna potencia individual lo está reemplazando como hegemón global.
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Juliano Fiori
jacobinlat.com/18/03/2026
Si aún quedaba alguna duda sobre nuestras coordenadas tras una década de sacudidas al orden normal de las cosas, la desorientadora apertura de este año ha confirmado que ya no estamos en Kansas. Una nueva geopolítica está tomando forma, algo particularmente evidente en el bombardeo en curso de Irán por parte de Estados Unidos e Israel, en el secuestro estadounidense del presidente venezolano Nicolás Maduro y en el posicionamiento de tropas europeas en Groenlandia tras las reclamaciones de Donald Trump sobre la isla.
Desde la crisis financiera de 2007-2008, los incipientes desafíos a la primacía del poder estadounidense, así como la turbulencia política al interior de las democracias capitalistas occidentales, han provocado la producción de un considerable corpus de escritura angustiada sobre el fin de las cosas. Gran parte de esta escritura, en lo que respecta a la situación imperial comúnmente denominada «orden internacional», expresa el deseo de un «retorno» a la estabilidad.
No sorprende, entonces, que tantos comentaristas de asuntos internacionales, de distintas filiaciones políticas, hayan repetido la célebre afirmación sobre el «interregno» del comunista italiano Antonio Gramsci: un período en el que «lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer».
Hoy, esa anticipación de «lo nuevo» en el sistema internacional tiende a revelar una búsqueda de restauración parcial de «lo viejo», fundada en la idea de que el orden puede ser producto de la voluntad, del tipo de emprendimiento moral ejercido en décadas anteriores por los cuadros del servicio civil global y los ejecutivos de agencias de ayuda e instituciones financieras. Pero no hay garantías de que se establezca un nuevo orden.
El concepto de orden internacional, tal como se entiende generalmente hoy, que describe una disposición global de normas e instituciones de gobernanza, es un legado del siglo XX y, más específicamente, del período de hegemonía estadounidense. De hecho, si bien el uso de este concepto aumentó de manera sostenida en la segunda mitad del siglo XX, se disparó drásticamente en el último decenio y medio, precisamente en el momento del supuesto colapso del orden internacional.
Pero vale la pena explorar el argumento de Gramsci con mayor detenimiento. En su pensamiento, el orden depende de la hegemonía: es decir, depende no solo, ni principalmente, de la coerción, sino del «consenso espontáneo». El interregno, argumentaba, es precisamente un momento de crisis hegemónica, producido por una pérdida de autoridad y de «liderazgo» que deja únicamente a la dominación como recurso. Aunque Gramsci se ocupaba de los medios a través de los cuales la clase dominante reproduce su poder, su definición de hegemonía ha sido aplicada con frecuencia a las relaciones internacionales.
Si el orden internacional consolidado tras la Segunda Guerra Mundial ha llegado ahora a su fin, es porque el consenso en torno al imperio estadounidense se ha desmoronado. La hegemonía estadounidense derivaba de una estructura material: inicialmente, del desarrollo de una base industrial sin parangón que permitió la proyección de su poder económico y militar; y luego, de la transformación del comercio y las finanzas globales en mecanismos para la reproducción de ese poder.
Esta estructura material produjo un complejo internacional de dependencias respecto al imperio estadounidense que, a su vez, alimentó el consenso respecto de su liderazgo global entre otros estados y sus clases dominantes. Si bien fueron parcialmente moldeadas por luchas «desde abajo», las instituciones de gobernanza global —las de las Naciones Unidas, de manera más evidente— estuvieron condicionadas por la autoridad estadounidense y un consenso suficiente en torno a ella. Sin embargo, la estructura material de la hegemonía estadounidense ya no existe.
En la búsqueda de nuevas oportunidades de ganancia, el capitalismo estadounidense evolucionó durante el último cuarto del siglo XX hacia un régimen neoliberal de apreciación de activos, en parte mediante la desregulación y la financiarización. Al aumentar significativamente el valor del dólar, las altas tasas de interés en Estados Unidos provocaron una explosión de la deuda global, cercenando la industrialización por sustitución de importaciones en gran parte de la periferia capitalista. Sin embargo, también aceleraron la deslocalización de la industria estadounidense y crearon oportunidades para el ascenso de competidores nacionales a Estados Unidos, entre los cuales China emergió finalmente como el más importante. Esta competencia fragmentó entonces la propia autoridad estadounidense.
Llevada a cabo sin ningún intento de formular un pretexto coherente, la agresión de Estados Unidos contra Venezuela ofreció quizás la demostración más clara hasta la fecha de que el país está dispuesto a ejercer la coerción sin consenso o, en palabras del historiador indio Ranajit Guha, una «dominación sin hegemonía». Ni la sobreextensión del imperio estadounidense a través de la guerra ni el agotamiento de su propaganda son los principales responsables de la crisis de su hegemonía. La causa principal es, más bien, la creación de condiciones para más desafíos económicos a su búsqueda de poder global, una consecuencia contradictoria de su propia expansión.
En medio de las ruinas del viejo orden, sin embargo, está lejos de ser claro cómo podría tomar forma la estructura material capaz de sostener uno nuevo. El imperio estadounidense conserva gran parte de su poderío, con el presupuesto y el alcance incomparables de sus fuerzas armadas, la referencia global de su moneda y el dominio de mercado de sus mayores empresas. Cualquier perspectiva de subordinarlo en un sistema ordenado por la hegemonía china parece inconcebible sin un enfrentamiento militar directo y a gran escala, que implicaría el posible uso de armas nucleares. Y, a pesar de todos los rasgos que distinguen al régimen chino de acumulación del capitalismo estadounidense, este sufre cada vez más de patologías similares: caída de la productividad y la demanda, junto con presiones deflacionarias, que sugieren un estancamiento secular exacerbado por la sobrecapacidad industrial, el aumento de la deuda y una población que envejece rápidamente.
Es probable, entonces, que estemos entrando ahora en una época posterior al orden, una época de crisis hegemónica duradera. Algunos podrían leer esta situación como un retorno al statu quo ante, ya que, en el largo arco de la historia moderna, el siglo estadounidense fue excepcional por la extensión global de la hegemonía ejercida por una potencia dominante. Sin embargo, contrariamente al sentido común emergente, esto no implica un retorno a una disputa geoestratégica gestionada mediante «esferas de influencia» (un arreglo legalista asociado a finales del siglo XIX, a través del cual las potencias coloniales se dividían territorios en su mayoría lejanos).
No existe ningún pacto de no injerencia entre Estados Unidos y China; y si bien ambos afirmarán con mayor fuerza su primacía sobre sus respectivas regiones, ninguno logrará expulsar al otro.
El mundo posterior al orden está dando forma a una «geopolítica zonal», en la que es probable que distintas modalidades de disputa entre grandes potencias prevalezcan en diferentes zonas geográficas. Se trata de un arreglo interimperial más inestable y peligroso, con implicaciones significativas para la gobernanza y la cooperación internacionales. Quienes se preocupan con razón por desarrollar instituciones internacionales que protejan la soberanía y limiten el imperio harían bien en concentrar sus esfuerzos en el plano regional y en la formación de bloques que puedan compeler a las grandes potencias a moderar la búsqueda de sus propios intereses particularistas.
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*Juliano Fiori. Director del instituto de investigación Alameda. Trabaja en un libro sobre la economía política de las reivindicaciones contemporáneas de soberanía. Vive en Río de Janeiro.
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