Un estudio sugiere que el ghosting deja una herida más persistente que el rechazo directo, porque la incertidumbre impide cerrar la historia y entorpece la recuperación emocional
Sergio Parra, Periodista científico
muyinteresante.okdiario.com/20.03.2026 | 17:38
En el paisaje sentimental de la era digital, donde una conversación puede encenderse y extinguirse con el brillo fugaz de una pantalla, hay despedidas que no suenan a ruptura, sino a evaporación. No hay adiós, no hay explicación, no hay escena final: solo un silencio que se instala como una niebla espesa. A eso lo llamamos ghosting, y aunque muchos lo consideran una salida cómoda (o incluso menos cruel), la ciencia empieza a dibujar un retrato muy distinto.
Una investigación reciente publicada en Computers in Human Behavior concluye que ser ignorado sin explicación puede doler durante más tiempo que recibir un rechazo claro y explícito. El golpe inicial, en ambos casos, resulta parecido; pero cuando la otra persona desaparece sin cerrar la puerta, la mente se queda vagando por un pasillo sin final, preguntándose qué ocurrió, qué se hizo mal y si, quizá, todo podría reanudarse mañana. Ese margen de duda parece ser, precisamente, el combustible del malestar prolongado.
Cuando el otro se esfuma
El ghosting consiste en romper unilateralmente el vínculo cortando toda comunicación y sin ofrecer ninguna explicación. Es una práctica cada vez más habitual en aplicaciones de citas, redes sociales y vínculos nacidos en entornos digitales, donde desaparecer exige poco más que dejar de responder. La persona que queda al otro lado no recibe una negativa, sino algo más desconcertante: un vacío. Y el vacío, psicológicamente, rara vez es neutro.
La investigadora Alessia Telari, que realizó este trabajo en la Universidad de Milano-Bicocca y hoy es investigadora posdoctoral en la Universidad Católica del Sagrado Corazón, partía de una intuición muy presente en la conversación pública: ¿es realmente más amable desaparecer que rechazar de frente? Para poner a prueba esa idea, su equipo evitó un método frecuente en psicología (pedir a los participantes que recordaran viejas heridas) y diseñó un experimento en tiempo real, observando día a día cómo evolucionaban las emociones tras cada experiencia.
El laboratorio de la incertidumbre
En el primer experimento participaron 46 jóvenes adultos de entre 19 y 34 años, que mantuvieron conversaciones diarias de quince minutos mediante Telegram con una supuesta pareja de estudio, en realidad un colaborador del equipo. Durante tres días hablaron de asuntos cotidianos —música, viajes, deporte— y, tras cada charla, completaron cuestionarios sobre emociones, cercanía interpersonal, satisfacción con la relación y necesidades psicológicas básicas como pertenencia, autoestima, control y sentido de existencia.
El cuarto día llegó la fractura. Un grupo continuó conversando con normalidad; otro recibió un mensaje explícito indicando que la otra persona ya no deseaba seguir hablando; y un tercero sufrió ghosting: el interlocutor dejó de responder sin dar motivo alguno. Los investigadores siguieron registrando las respuestas emocionales durante varios días más.
El hallazgo fue revelador: tanto el rechazo directo como el silencio súbito provocaron dolor inmediato, sensación de exclusión y una caída en la cercanía percibida. Pero, poco después, los caminos emocionales empezaron a separarse. Quienes habían sido rechazados comenzaron a recuperarse antes; quienes habían sido ignorados permanecieron atrapados en una perturbación más duradera.
Heridas que no se cierran
Para comprobar si ese patrón resistía el paso del tiempo, el equipo realizó un segundo experimento con 90 participantes y una duración mayor, de nueve días. El diseño fue similar y añadió, además, la posibilidad de conversar con parejas del mismo o de distinto género. El resultado replicó lo observado en la primera fase: el sexo de la otra persona no alteró de forma sustancial la reacción, pero sí volvió a aparecer la misma diferencia entre rechazo y desaparición. La claridad dolía, pero ayudaba a ordenar el daño; la ambigüedad, en cambio, lo alargaba.
Crédito: Sergio Parra / ChatGPTUno de los efectos más llamativos fue el modo en que el malestar del ghosting parecía crecer con los días. En los participantes rechazados apareció de inmediato cierto deseo de aislarse, aunque luego remitía. En cambio, entre quienes fueron ignorados, la inclinación a la soledad aumentó de forma gradual. También empeoraba, con el paso del tiempo, el juicio moral sobre la persona que había desaparecido. No se trataba solo de tristeza: era una mezcla de confusión, amenaza a la autoestima y necesidad frustrada de sentido. La ausencia de cierre convertía el episodio en una pregunta abierta. Y pocas cosas desgastan tanto como una pregunta sin respuesta.
La importancia de un final claro
El estudio apunta a una idea de enorme relevancia para la vida cotidiana: la comunicación honesta puede ser menos dañina que el silencio evasivo. Decir “no quiero seguir” hiere, desde luego, pero ofrece una forma de realidad con la que empezar a trabajar.
El ghosting, por el contrario, mantiene a la persona en una especie de limbo narrativo. La mente ensaya hipótesis, revisa mensajes antiguos, inventa escenarios posibles y posterga el duelo porque no sabe con certeza si ha ocurrido una pérdida o apenas una pausa. Esa incertidumbre parece ser el mecanismo que enlentece la recuperación.
Conviene, sin embargo, leer estos resultados con matices. No estamos ante relaciones largas y complejas, sino ante interacciones experimentales breves y controladas. En la vida real, pueden existir amigos en común, contextos compartidos o señales indirectas que ayuden a interpretar la desaparición; pero también hay vínculos mucho más intensos, capaces de volver la herida aún más profunda.
Los propios autores subrayan que futuras investigaciones deberán explorar otras edades, culturas y contextos románticos más realistas. Aun así, el mensaje de fondo resuena con fuerza: cuando una relación termina, incluso si apenas estaba comenzando, la verdad puede doler menos que la penumbra. Y en tiempos de pantallas veloces y despedidas sin ceremonia, la claridad sigue siendo una forma de cuidado.
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Referencias
Telari, Alessia, Luca Pancani, and Paolo Riva. “The Phantom Pain of Ghosting: Multi-Day Experiments Comparing the Reactions to Ghosting and Rejection.” Computers in Human Behavior 172 (2025): 108756. https://doi.org/10.1016/j.chb.2025.108756.
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