El imperialismo estadounidense es un peligro directo para los países a los que agrede… y un riesgo sistémico para la seguridad de todo el planeta
El presidente de EEUU, Donald Trump - Jen Golbeck / Zuma Press / ContactoPhoto
diario-red.com
Editorial/01/03/26
El asesinato del Líder Supremo de Irán, el ayatolá Alí Jamenei, durante los bombardeos israelí-estadounidenses contra el país el 28 de febrero, lanza un mensaje trágico al mundo: no vale la pena negociar con Washington. La Casa Blanca, sumida en las dinámicas decadentes de un imperio que va perdiendo su hegemonía en casi todos los ámbitos del poder —salvo, si acaso, el tecnológico-militar—, es el principal factor de caos, violencia e inseguridad en el mundo.
Nos encontramos en el tercer año de una era de reajuste imperial basado en una violencia intensificada, en un desprecio sistemático por la diplomacia y en el vaciamiento de las instituciones liberales de gobernanza global
El gobierno de Donald Trump, y antes el de Joe Biden, están echando estiércol sobre la validez de las instituciones liberales internacionales de su propio rules-based order. Y, a pesar de que aquellas instituciones políticas, financieras o militares nunca fueron neutrales, sino que guardaron un furioso respeto a la correlación de fuerzas realmente existente —es decir, a la hegemonía norteamericana—, su derrumbe no deja de ser el síntoma de una tendencia peligrosa.
Nos encontramos en el tercer año de una era de reajuste imperial basado en una violencia intensificada, en un desprecio sistemático por la diplomacia y en el vaciamiento de las instituciones liberales de gobernanza global. Israel, con el aval de Estados Unidos, ambas poseedoras de armamento de destrucción masiva y de una tecnología militar —tanto ofensiva como defensiva— suficiente para tumbar la voluntad de decenas de gobiernos del mundo por la fuerza, abrió la veda con un genocidio televisado contra los palestinos.
Tras el 7 de octubre de 2023, el eje israelí-estadounidense dejó claro que la única regla que consideraba valiosa para ordenar las relaciones internacionales era la fuerza. Los intentos de negociación permanente por parte de la resistencia armada palestina fueron respondidos con exigencias inasumibles que buscaban consagrar la limpieza étnica mediante la firma de tratados. Los llamados de algunos países en el mundo a retomar el uso de las instituciones liberales internacionales para poner fin al genocidio fueron respondidos con una lunática categorización de esas mismas instituciones como pro terroristas.
El retorno de Donald Trump extendió al resto del mundo la lógica puesta en práctica en Gaza por su predecesor demócrata. El secuestro de Nicolás Maduro, los asesinatos en el Caribe, las amenazas en Groenlandia o, ahora, el lanzamiento de una guerra injustificada contra Irán son evidencias de esta dinámica. La República Islámica no hizo nada que remotamente ameritase —ni siquiera en los marcos de la “guerra justa” de la doctrina imperial estadounidense— una agresión externa de estas características.
Teherán había intentado conducir la situación por la senda de la diplomacia durante los últimos dieciocho meses para evitar estas agresiones. Estuvo abierto a renunciar a su programa nuclear, aunque exigía no renunciar a todas sus herramientas de disuasión y auto defensa. El eje israelí-estadounidense tenía otros planes: o te rindes o te rendimos.
¿Qué incentivos tienen los países no alineados con Washington de no desarrollar armas de destrucción masiva? ¿Qué incentivos tienen los países que ya cuentan con esta tecnología de renunciar a ella?
De esta forma, el caso iraní envía una lección cruda y peligrosa al resto del mundo: Estados Unidos no quiere negociar. Y, considerando esta realidad, ¿qué incentivos tienen los países no alineados con Washington de no desarrollar armas de destrucción masiva? ¿Qué incentivos tienen los países que ya cuentan con esta tecnología de renunciar a ella?
Las armas de destrucción masiva, muy en particular las armas nucleares, igualan. Para poder decir que un país se ha dotado de esta herramienta de disuasión, debe dominar sus tres fases: la producción del “combustible” para las bombas, la creación efectiva de la bomba y el desarrollo de los “sistemas de entrega” —es decir, los misiles balísticos intercontinentales—. Si un país alcanza ese estatus, se reduce muy considerablemente el riesgo de que Estados Unidos vea a bien emplear su superioridad tecnológico-militar para agredir a ese país y a sus líder.
Entonces, ¿qué incentivos tienen para no engrosar la inquietante lista de Estados que podrían desatar un holocausto nuclear? En realidad, ninguno. El complejo tecnológico-militar de Estados Unidos e Israel es lo suficientemente poderoso como para imponerse por la fuerza en cuestión de días y asesinar o secuestrar a las principales figuras de un gobierno hostil. Y, al mismo tiempo, la doctrina imperial de Estados Unidos en esta fase declinante indica que efectivamente Washington debe hacer uso de esa fuerza militar para imponer su voluntad sobre naciones soberanas.
El mundo que pone sobre el tablero el imperialismo trumpista se define en esos términos porque el propio Estados Unidos así lo ha decretado. Y si eso es así —y es el propio presidente Trump quien dice y demuestra que es así—, ¿qué otra alternativa tienen los gobiernos no alineados? ¿Qué poder tiene la diplomacia y el derecho internacional si la potencia más poderosa del mundo ha decretado que no los considera ya válidos? Todo el mundo está en peligro si este es el nuevo equilibrio de poder y de ética impuesto por el jefe de la OTAN.
__________
Fuente:
