El mundo tiene que detener a Trump. De no hacerlo, antes de que caiga por su propio peso y errores, tendremos muerte, miseria y una hecatombe ecológica dramática para todo el planeta
diario-red.com
Editorial/22/03/26
Estamos viviendo, con dolor y mucha nostalgia, el fin de la fe ciega en el progreso, en la evaporación de la racionalidad como modo de relacionamiento social y en la desaparición de las instituciones sólidas y globales. La experiencia del fin de la modernidad nos la imaginamos de muchos modos, pero no precisamente de la mano de un Joker dispuesto a devorar el planeta desde sus más profundas ambiciones.
El presidente de EEUU, Donald Trump, convive con elementos de la Marina este viernes en la Casa Blanca. Foto: @WhiteHouse
Hay algo más que queda por fuera de las coyunturas noticiosas: si retomamos a Jean-François Lyotard, en este fin de la modernidad o la posmodernidad no solo vivimos la incredulidad hacia los grandes relatos, con todo lo que estamos viviendo ya no creemos ciegamente en la ciencia o la política, menos aún que las dos nos conduzcan inevitablemente a una utopía. Por ahora, lo que cuenta es el relato de la guerra, como un punto ciego y de no retorno.
Hasta hace poco era políticamente correcto para el mundo occidental afrontar las crisis climáticas de las guerras tecnológicas, o la pandemia, no como efecto sino como causa de un problema global más profundo. Ahora eso queda de lado, menospreciado y relativizado frente a la vorágine guerrerista de un solo país con ganas de “comerse el mundo”.
En una modernidad básica no se aceptaría lo ocurrido este fin de semana: más de 120 niños fueron asesinados como resultado de los ataques de la aviación israelí contra Líbano, como lo denunció el ministro de Salud Rakan Nasser al Din y añadió que el número de personas asesinadas en el país ya superó los 1.000, mientras que los heridos se cuentan por miles. Entre los asesinados del último ataque hay 40 trabajadores de la salud: paramédicos, médicos y enfermeras. Como resultado de los bombardeos, cinco hospitales quedaron fuera de servicio.
En una modernidad básica no se aceptaría lo ocurrido este fin de semana: más de 120 niños fueron asesinados como resultado de los ataques de la aviación israelí contra Líbano
Lo dijo el canciller ruso Serguéi Lavrov, en su última rueda de prensa, “Estados Unidos (junto con Israel) está dispuesto a orquestar golpes de Estado, secuestros y asesinatos de líderes de aquellos países que tengan los recursos naturales que Washington desee obtener (...) Solo se preocupan por su propio bienestar. Están dispuestos a defender ese bienestar por cualquier medio: golpes de Estado, secuestros o asesinatos de los dirigentes de aquellos países que poseen los recursos naturales que necesitan los estadounidenses".
Habría que reflexionar si eso que Lavrov llama bienestar, a la luz de estas nuevas racionalidades, corresponde con el concepto primigenio y en función de un bienestar colectivo o muy acotado a unos grupos de poder que solo buscan acumular riqueza para una exposición personal de un supuesto modo de vivir bien. Porque no puede hacerse un análisis serio del gobierno de Trump sin la variable de Epstein y lo que eso significa dentro del grupo que ha tomado el poder en Estados Unidos.
Cuando Donald Trump dice que "sería un honor" tomarse Cuba parecería una mala broma de una persona que ya no articula pensamientos coherentes. Cuba es un símbolo del antiimperialismo que va más allá de su territorialidad, de su cercanía con Estados Unidos o de los recursos que quisieran quedarse los negociantes de la guerra y el terror. La isla caribeña, la mayor de las Antillas, ha sido la puerta de entrada a "las Américas" y en sí misma, desde finales del siglo XIX constituye ese valor de la dignidad y de la anticolonialidad más profundos. Pero además, Cuba es un referente de la solidaridad universal. Una isla que, lejos de amenazar a nadie, se ha dedicado a compartir sus conocimientos enviando brigadas médicas y educativas a todo el planeta.
De ahí que, desde una nueva racionalidad, vale la pena pensar si es el momento de tomarse Estados Unidos e Israel. No solo en un sentido metafórico sino en una disputa real desde las mismas razones que llevan al criminal Donald Trump a justificar invasiones y secuestros. De seguir esta ruta, antes de que caiga por su propio peso y errores, tendremos muerte, miseria y una hecatombe ecológica dramática en todo el planeta.
El mundo tiene que detener a Trump. La pregunta, por supuesto, es ¿cómo?
Pensarlo, discutirlo y organizarlo es la tarea urgente de todas las fuerzas progresistas que quedan en resistencia.
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