Karl Marx entendía el capitalismo como un sistema global
Si las leyes del movimiento del capital que expuso Karl Marx se aplican con la misma fuerza en la China, Bangladesh, la Unión Europea y los Estados Unidos de hoy es una cuestión aún abierta. (Eye Ubiquitous / Universal Images Group vía Getty Images)
David Harvey
jacobinlat.com/04/03/2026
Traducción: Pedro Perucca
Karl Marx desarrolló su crítica al capitalismo estudiando las «fábricas satánicas» de Inglaterra. Sin embargo, escribe David Harvey, entendía el capitalismo como un sistema global. Si estuviera vivo, insistiría en que los socialistas se centraran tanto en Silicon Valley como en Shenzhen.
El texto que sigue es un extracto editado de The Story of Capital: What Everyone Should Know About How Capital Works, de David Harvey (Verso Books, febrero 2026).
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Karl Marx situó sus investigaciones teóricas sobre el modo de producción del capital y sus leyes de movimiento en el contexto del capitalismo industrial británico entre las décadas de 1840 y 1860. Inicialmente lo hizo con la convicción de que «el país que está más desarrollado industrialmente solo le muestra, al menos desarrollado, la imagen de su propio futuro». Que tal convicción estuviera o no justificada es, por supuesto, una cuestión abierta.
Hacia el final de su vida, tras intensas investigaciones antropológicas y una consideración detallada del caso ruso en particular, el propio Marx comenzó a dudar de esta proposición, preparando así el terreno para una crítica posterior de lo que muchos consideran su eurocentrismo. Pero lo que no está abierto a debate es la profundidad y amplitud del conocimiento de Marx sobre el estado del capital industrial en la Gran Bretaña de mediados del siglo XIX.
Hecho en Manchester
Para esto, Marx tuvo la fortuna de encontrar un vasto archivo de materiales de investigación reunidos por los inspectores fabriles designados por el Estado británico y funcionarios de salud pública, así como investigaciones parlamentarias que iban desde el trabajo infantil hasta las prácticas bancarias. Reconoció ampliamente la importancia de estos materiales para sus propias interpretaciones y se quejó del «lamentable estado» de la información proveniente de otros lugares:
Deberíamos asombrarnos de nuestras propias condiciones si, como en Inglaterra, nuestro gobierno y nuestros parlamentos nombraran periódicamente comisiones investigadoras sobre las condiciones económicas; si estas comisiones estuvieran investidas de los mismos plenos poderes para llegar a la verdad; si fuera posible encontrar para ese fin hombres tan competentes, tan libres de espíritu partidario y de consideraciones personales como los inspectores fabriles ingleses, sus médicos informantes en materia de salud pública, sus comisarios investigadores de la explotación de mujeres y niños, de las condiciones de vivienda y alimentación, etc.
Los inspectores fabriles ingleses y funcionarios de salud como Leonard Horner, el señor Scriven y el doctor Greenshaw (por nombrar algunos) fueron figuras clave. Imaginemos cuán despojado e insatisfactorio sería el primer volumen de El capital sin los relatos proporcionados por estos funcionarios estatales.
Marx también recopiló un vasto acervo de informes contemporáneos de prensa, panfletos y libros relevantes sobre todos los aspectos de la economía política (como los de Andrew Ure y Charles Babbage sobre la tecnología de las máquinas). Finalmente, su amigo y mecenas Friedrich Engels no solo lo inspiró a través de su temprana y notable obra La situación de la clase obrera en Inglaterra, de 1844, sino que también le suministró comentarios continuos sobre el trabajo y la vida en Manchester, registrados a través de la experiencia directa de Engels ayudando a gestionar la empresa familiar en la ciudad.
Para completar el cuadro, Engels también llegó a ver Manchester a través de los ojos de su compañera y amante irlandesa de clase trabajadora, Mary Burns. Fue por medio de ella que Engels fue introducido en la fétida miseria de los barrios donde vivían los inmigrantes irlandeses proletarios de la ciudad. El fundamento histórico-materialista que Marx siempre anheló en su trabajo teórico provino de figuras como Horner, Burns y Engels. Es esto lo que otorga un aura tan poderosa de precisión y autenticidad a los escritos de Marx. Y es esto lo que explica en parte cómo y por qué las teorizaciones de Marx de ese período resuenan hasta nosotros de manera tan convincente, aunque vivamos en tiempos tan diferentes. Sin embargo, esto también le da sustancia a la idea de que las formulaciones teóricas de Marx pueden estar teñidas por las particularidades del caso de Manchester o, de manera más amplia, por perspectivas anglocéntricas o eurocéntricas.
El capital se globaliza
Pero el capital como sistema económico era en sí mismo eurocéntrico en su origen y continuó siéndolo durante toda su vida. Comenzó en su forma industrial en Gran Bretaña y se expandió por todo el mundo pero, al hacerlo, tuvo que adaptarse a diferentes condiciones y adoptar diferentes formas. De vez en cuando, tuvo que enfrentarse a formaciones sociales proto-capitalistas y a formas híbridas en otros lugares. Marx también tuvo que ocuparse de regiones con un desarrollo detenido, de economías regionales donde prevalecían barreras aparentemente insuperables para un desarrollo capitalista plenamente desarrollado (por ejemplo, el Sur estadounidense hasta hace muy poco o la región atrasada del sur de Italia a la que se enfrentó Antonio Gramsci).
Marx universaliza las cualidades y el carácter del modo de producción capitalista a través de las particularidades de la Gran Bretaña de mediados del siglo XIX en general y del industrialismo de Manchester en particular. Cómo teorizar su naturaleza fue el desafío que, antes de Marx, preocupó tanto a Adam Smith como a David Ricardo. Cómo destilar unos pocos conceptos y relaciones universales a partir del registro múltiple y voluminoso de las prácticas sociales de, por ejemplo, el intercambio de mercado y la producción capitalista en todas partes y cómo garantizar que el aparato conceptual derivado sea «adecuado para» (como diría Marx) interpretaciones válidas de las «leyes del movimiento» del capital en general. Hasta el día de hoy, es una cuestión abierta si las leyes del movimiento del capital que Marx expuso se aplican con igual fuerza en China, Bangladesh, la Unión Europea y Estados Unidos.
El intento de Marx de encontrar una respuesta a ese tipo de preguntas (que son las que afrontan todos los intentos de teorizar el capital), debe primero enfrentarse a una intensa hostilidad hacia todo lo marxista, particularmente en la tradición angloestadounidense. Como observa con agudeza Walter Rodney: dentro de esa tradición, «uno sabe que [el marxismo] es absurdo sin leerlo y no tiene que leerlo porque sabe que es absurdo».
Incluso si las exposiciones de Marx pudieron haber sido precisas y pertinentes para el lugar y el momento de su origen, su validez para Vladimir Lenin y Mao Zedong así como para movimientos tan diversos como el movimiento revolucionario de Amílcar Cabral en Guinea-Bissau, el gobierno revolucionario de Thomas Sankara en Burkina Faso o el trabajo revolucionario de Rodney en Guyana sí necesita demostración. Rodney tiene, quizá, la respuesta más concisa. Lo que importa no son tanto los hallazgos sustantivos de Marx, que siempre están teñidos por las circunstancias de su lugar y tiempo, sino su método de investigación e indagación que lo condujo a esos hallazgos sustantivos.
El marxismo «parte de una perspectiva de la relación del hombre con el mundo material (…) y cuando surgió históricamente, se disoció conscientemente y se enfrentó a todos los demás modos de percepción que partían de ideas, de conceptos y de palabras». El marxismo «se arraigó en las condiciones materiales y en las relaciones sociales en la sociedad». Este, dice Rodney, es el punto de partida: «una metodología que comienza un análisis de cualquier sociedad, de cualquier situación, buscando las relaciones que surgen en la producción entre los hombres». De ello fluye toda una variedad de cosas: «La conciencia del hombre se forma en la intervención en la naturaleza, la naturaleza misma es humanizada a través de su interacción con el trabajo del hombre, y el trabajo del hombre produce una corriente constante de tecnología, que a su vez crea otras relaciones sociales». Este es el espíritu del materialismo histórico de Marx y del Manifiesto Comunista en acción.
En la medida en que todos nosotros tenemos ahora nuestro ser dentro de un mundo material dominado por el capital y la geopolítica del imperialismo capitalista, el método de investigación debe dirigirse a comprender «el motor dentro de ese sistema» con el fin de exponer y derrocar «los tipos de explotación que se encuentran dentro del modo de producción capitalista». La teoría resultante es, por tanto, revolucionaria. Como lo expresó Cabral: puede haber revoluciones que hayan tenido una teoría revolucionaria que fracasó, pero «nadie ha practicado todavía con éxito la revolución sin una teoría revolucionaria». Si bien las condiciones materiales de producción y las relaciones sociales en Guinea-Bissau pudieron haber sido el punto de partida, la culminación, en la visión de Cabral, implica movilizar el poder de la teoría revolucionaria en todas partes.
En su concentración obstinada en el industrialismo de Manchester, Marx presume que los comerciantes, los banqueros y el interés terrateniente asumieron el papel subordinado de servir a las necesidades de un capital industrial todopoderoso. En los dos primeros volúmenes de El capital, Marx ignora en gran medida a estas otras fracciones del capital. En el primer volumen, por ejemplo, presume explícitamente que todas las mercancías se intercambian por su valor (el mercado funciona perfectamente), que «el capital atraviesa su proceso de circulación de la manera normal» y que la fragmentación de la plusvalía en renta, interés y ganancia sobre el capital mercantil en nada afecta a la acumulación. En los Grundrisse, Marx afirma audazmente que «las leyes del capital solo se realizan completamente dentro de la competencia ilimitada y la producción industrial». Esto excluye cualquier problema que pudiera derivarse de restricciones impuestas por el Estado a la competencia, la monopolización o la excesiva centralización del capital.
No hay nada incorrecto en abstraer de esta manera, pero podrían ser necesarias modificaciones importantes de la teoría en caso de restricciones a la competencia y de desplazamientos en el equilibrio de poder entre las distintas fracciones del capital. Es muy improbable, por ejemplo, que las leyes de movimiento del capital industrial sean las mismas que las leyes de movimiento del capital mercantil, bancario o terrateniente. En tiempos recientes, por ejemplo, el capital industrial ha sido cada vez más disciplinado por el poder monopsónico de capitalistas mercantiles como Walmart, Ikea y las principales compañías de ropa y electrónica (como Apple). Existen sectores enteros de la economía (como la agricultura por contrato) en los que los productores directos bailan al son de los comerciantes u otros intermediarios. Del mismo modo, el poder de la banca y las finanzas, de la deuda y el crédito, y del capital de la tierra y la propiedad ha sido, en ciertos momentos y en ciertos lugares, decisivo para moldear la acumulación de capital y sus crisis. Las revisiones que tales transformaciones le imponen a la teoría del capital de Marx serán examinadas más adelante.
El enfoque de Marx en el industrialismo de Manchester implicó enfrentarse a las particularidades de los procesos de trabajo en las fábricas de algodón y a la naturaleza del mercado laboral que este definía. Los tejedores de los telares mecánicos eran esencialmente cuidadores de máquinas. La transferencia de habilidades del trabajador a la máquina (una transferencia a la que Marx concede gran importancia en El capital y en los Grundrisse) implicó una descualificación de gran parte de la fuerza de trabajo. El trabajo irlandés no calificado y el trabajo de mujeres podían sustituir fácilmente a lo que tradicionalmente habían sido artesanos varones semicalificados que trabajaban en telares manuales, incluso mediante el sistema de «putting out», en el que los comerciantes proporcionaban las materias primas y recogían luego el producto terminado.
El efecto depresivo sobre los salarios y las condiciones de vida provocado por el empleo de trabajadores irlandeses planteó un problema para Marx. Inicialmente implacable en su crítica a los irlandeses por su papel para redefinir a la baja el valor de la fuerza de trabajo, más tarde llegó a reconocer que la respuesta residía en elevar a la fuerza de trabajo irlandesa como un primer paso necesario en la organización de la lucha de clases. Para los propietarios de las fábricas, la división dentro de la clase trabajadora (basada en género, etnicidad, identidad nacional y religión) era más que bienvenida en tanto los ayudaba a gobernar sin oposición al enfrentar una fracción del trabajo contra otra. El capital presumía la dominación del trabajo por el capital. El poder del capital se consolidaría en la medida en que pudiera movilizar otras estructuras de dominación (como la raza y el género) en apoyo de su dominación sobre el trabajo.
Podría argumentarse que el enfoque de Marx en las particularidades del capitalismo industrial de Manchester sesgó su visión y que su preocupación por las doctrinas del libre mercado, la competencia y el libre comercio promovidas por los industrialistas de la llamada Escuela de Manchester de Richard Cobden y John Bright deformó en cierta medida su perspectiva. Pero los inspectores fabriles, los funcionarios de salud pública y los informes parlamentarios no limitaron sus observaciones a Manchester. Recorrieron todo el país. Y Marx era plenamente consciente de la influencia distintiva de la fracción industrial de Manchester en el ámbito de la ideología y la política, así como de su enorme (para esa época) centralización de riqueza y poder económico.
Los resultados fueron, en cierto sentido, previsibles: «Una buena mañana, en el año 1836, Nassau W. Senior (…) un hombre célebre por su ciencia económica y su hermoso estilo, fue convocado desde Oxford a Manchester, para aprender en este último lugar la economía política que enseñaba en el primero». Lo que Senior aprendió fue que la ganancia del capitalista estaba totalmente comprendida en la última hora de trabajo de una jornada de doce horas y que cualquier reducción de esa jornada a, digamos, diez horas significaría la ruina del sistema capitalista porque las horas de obtención de ganancia desaparecerían.
Este «así llamado “análisis”» provocó una feroz refutación, dirigida tanto al parlamento como a Senior, por nada menos que Horner, quien trabajó con los inspectores fabriles desde 1833 hasta 1857 y «cuyos servicios a la clase trabajadora inglesa nunca serán olvidados», como señaló Marx. Y, por supuesto, la Ley de las Diez Horas finalmente fue aprobada. La reducción de la duración de la jornada laboral fue, en opinión de Marx, un pequeño pero crucial paso hacia un futuro socialista, ya que abrió un camino hacia el reino de la libertad, entendido como tiempo libre, para las clases trabajadoras.
Para los industrialistas de Manchester de aquella época, otro tipo de libertad, al servicio de «Su Santidad el Libre Comercio», como lo llamó Marx, era el único tipo de libertad que importaba. La economía del libre comercio fue ensalzada hasta el cielo por la Escuela de Manchester e incorporada en las políticas estatales en todo el país, en relación con las industrias que en ese momento dominaban en el capitalismo mundial. El libre comercio, resulta ser, es siempre el mantra de las principales industrias y potencias capitalistas. La elaboración y puesta en práctica de la doctrina en la forma de los acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) de finales de la década de 1990, a instancias de las grandes corporaciones globales y de Estados Unidos como potencia hegemónica del momento, es el caso evidente.
En junio de 1849, Marx se trasladó a Londres, donde permaneció el resto de su vida. Aunque no participó en la política británica, siguió de cerca la vida política británica a través de informes de prensa y debates parlamentarios. Durante un tiempo, obtuvo algunos ingresos muy necesarios como corresponsal en Londres del New-York Daily Tribune. Durante la década de 1850, trató de darle sentido a la política imperial británica para los lectores de Nueva York, cubriendo, entre otras cosas, la barbarie de la represión de la Rebelión de los Cipayos en la India de 1857–8, la barbarie igualmente brutal de la segunda guerra del opio china de 1858, y la disolución de la Compañía de las Indias Orientales en favor del dominio imperial directo británico sobre la India. Estos fueron, incidentalmente, los años en que Marx estuvo intensamente comprometido en la redacción de los Grundrisse. La conexión con la política de libre comercio de Manchester era evidente. Como señaló en 1853:
Hasta ahora, las clases gobernantes de Gran Bretaña solo han estado interesadas en el progreso de la India de un modo accidental, transitorio y a título de excepción. La aristocracia quería conquistarla, la plutocracia saquearla, y la burguesía industrial ansiaba someterla con el bajo precio de sus mercancías. Pero ahora la situación ha cambiado. La burguesía industrial ha descubierto que sus intereses vitales reclaman la transformación de la India en un país productor.
El mercado indio había sido, durante algún tiempo, una salida importante para el enorme aumento de la producción de la industria algodonera de Lancashire. El poder imperial había asegurado la destrucción de una antigua industria algodonera indígena de telares manuales para que la región quedara «inundada de hilados y tejidos de algodón ingleses». «La necesidad de abrir nuevos mercados o extender los antiguos» era tan apremiante en la India como lo era en China y el fracaso en hacer cualquiera de las dos cosas señalaba «una crisis industrial inminente» debido a la «disminución de la demanda de los productos de Manchester y Glasgow».
La respuesta de los propietarios de las fábricas fue racionalizar la economía espacial de la India mediante la construcción de ferrocarriles. Antes de esto, los indios no podían utilizar maquinaria «para trabajar su algodón, que es enviado en carretas de bueyes, a veces a lo largo de más de ochocientas millas sobre tierras húmedas, para ser embarcado hacia el Ganges, desde allí rodear el Cabo de Buena Esperanza hasta Inglaterra, para ser manufacturado y luego devuelto a los nativos con cualquier porcentaje por encima de noventa que tal operación cueste». La burguesía fabril algodonera quería, necesitaba y finalmente obtuvo un sistema ferroviario que le garantizara acceso a materias primas baratas e integrara espacialmente los mercados a lo largo del subcontinente indio. Marx registra el asombroso aumento del comercio británico de productos de algodón hacia la India, que pasó de 2,5 millones de libras a 6,1 millones de libras entre 1856 y 1859.
Es importante reconocer cuán global era ya este sistema. El sistema de Manchester descansaba sobre el trabajo esclavo de las plantaciones de algodón en Estados Unidos y los mercados para las mercancías producidas se encontraban principalmente en la India, donde prevalecían distinciones de casta. Todo el sistema era gestionado por la administración imperial británica, en la cual la Oficina Colonial en Londres estaba dispuesta a desplegar violencia y represión abierta de poblaciones enteras para mantener a gran parte del mundo abierta al comercio.
Aunque la burguesía británica en general, y la fabril algodonera en particular, estaban motivadas por los intereses más viles y promovían sus emprendimientos con las hipocresías más flagrantes, la construcción de los ferrocarriles significaría, supuso esperanzadamente Marx, en última instancia la construcción de un sistema industrial en la India que «disolvería las divisiones hereditarias del trabajo, sobre las cuales descansan las castas indias, esos obstáculos decisivos para el progreso y el poder de la India». El relato de la globalización en el Manifiesto Comunista tiene una resonancia contemporánea:
Mediante la explotación del mercado mundial, la burguesía dio un carácter cosmopolita a la producción y al consumo de todos los países. Con gran sentimiento de los reaccionarios, ha quitado a la industria su base nacional. Las antiguas industrias nacionales han sido destruidas y están destruyéndose continuamente. Son suplantadas por nuevas industrias, cuya introducción se convierte en cuestión vital para todas las naciones civilizadas, por industrias que ya no emplean materias primas indígenas, sino materias primas venidas de las más lejanas regiones del mundo, y cuyos productos no sólo se consumen en el propio país, sino en todas las partes del globo.
En lugar de las antiguas necesidades, satisfechas con productos nacionales, surgen necesidades nuevas, que reclaman para su satisfacción productos de los países más apartados y de los climas más diversos. En lugar del antiguo aislamiento y la autarquía de las regiones y naciones, se establece un intercambio universal, una interdependencia universal de las naciones.
Y esto se refiere tanto a la producción material como a la producción intelectual. La producción intelectual de una nación se convierte en patrimonio común de todas. La estrechez y el exclusivismo nacionales resultan día a día más imposibles; de las numerosas literaturas nacionales y locales se forma una literatura universal.
La agitación de sentimientos revolucionarios por estos procesos podría, hipotetizaba Marx, crear oportunidades para la revolución socialista, aunque esto dependería de cómo las clases ahora dominantes «hayan sido suplantadas por el proletariado industrial». Las relaciones entre el industrialismo de Manchester, el imperialismo y la lucha de clases eran evidentes, aunque parcialmente enmascaradas por las doctrinas del libre comercio que, en tiempos de Marx, eran respaldadas por la economía de la Escuela de Manchester y por las obras del socialista ricardiano John Stuart Mill.
El anclaje materialista manchesteriano en el pensamiento de Marx produjo una teoría crítica del papel del imperialismo, aunque tal como se experimentaba y entendía desde el centro más que desde la periferia. Pero este imperialismo no trataba solo de la colonización de mercados. También descansaba en el acceso a materias primas del resto del mundo y, en el caso del algodón en bruto, Marx era agudamente consciente de que, antes de la Guerra Civil estadounidense, el industrialismo de Manchester descansaba en las economías esclavistas de los estados del Sur en Estados Unidos.
La intersección del modo de producción esclavista con un modo de producción capitalista en auge produjo una brutalidad insondable al mismo tiempo que determinó que «el trabajo cuya piel es blanca no puede emanciparse allí donde se estigmatiza el trabajo de piel negra». La ubicación de Manchester en la economía global emergente del capitalismo del siglo XIX, intermediando entre el trabajo esclavo en los campos algodoneros del sur de Estados Unidos y las poblaciones populosas del sur de Asia como principal mercado, era de notable interés. Fue pionera en las redes globales de producción y consumo que hoy dominan el capital global.
Desde Manchester hasta Birmingham
Sin embargo, si cuarenta años después de que ser convocado a Manchester Senior hubiera sido convocado a Birmingham, se habría encontrado con una estructura industrial bastante diferente, en una situación global distinta, con un modo diferente de explotación laboral (basado en una productividad laboral en rápido aumento) que producía para mercados muy diferentes. Gran parte de la producción era relativamente a pequeña escala (en comparación con las gigantescas fábricas de algodón) y a menudo altamente especializada, incluso con cierto grado de mecanización primitiva. La máquina de vapor de Matthew Boulton y James Watt se fabricaba en Smethwick, por ejemplo, un suburbio de Birmingham. Toda la región de West Midlands estaba dominada por un sector de herramientas mecánicas y trabajo del metal que era muy diferente de las fábricas de algodón de Lancashire.
Sobre todo, Birmingham era el centro de la fabricación de armas y se especializaba en la producción de equipamiento militar, municiones y artillería. El mercado para tales productos está muy ligado al gasto estatal y a los contratos estatales. Pero el estatus de las industrias de defensa, y el papel de lo que convencionalmente en Estados Unidos se denomina complejo militar-industrial, es algo que va mucho más allá de lo que Marx podría haber imaginado.
En medio de la «Recesión Reagan» de 1982, por ejemplo, cuando el desempleo superó el 10 por ciento después de que Paul Volcker, entonces presidente de la Reserva Federal, elevara las tasas de interés al 14 por ciento para enfrentar a una inflación de alrededor del 17 por ciento anual, Ronald Reagan recortó sin contemplaciones todas las formas de gasto social, redujo la tasa impositiva máxima de alrededor del 70 al 35 por ciento y enfrentó y quebró a PATCO, el sindicato de controladores aéreos.
Luego lanzó un aumento masivo del financiamiento de defensa para desafiar a la Unión Soviética a una carrera armamentista gigantesca, que a largo plazo los soviéticos perdieron desastrosamente. Mientras el resto de Estados Unidos se desmayaba en la depresión económica, las industrias de defensa, dispersas en un gran arco desde Virginia, a través de las Carolinas, cruzando Texas hasta Los Ángeles, y hasta Boeing en Seattle, prosperaron en una asombrosa ola de lo que algunos llamaron «keynesianismo militar», ya que todo estaba financiado con déficit, lo que llevó a republicanos como Dick Cheney más tarde a decir oportunistamente en los años de George W. Bush que «Reagan nos enseñó que los déficits no importan».
La ingeniería de precisión y la fabricación de armas y máquinas de vapor requieren tipos de trabajo muy diferentes que el de vigilar un telar de algodón. Casi un siglo después, West Midlands era la región industrial en la que la industria automotriz echó raíces, anclada en ciudades como Coventry, Aston e incluso Oxford, con Birmingham como su centro comercial, mientras evitaba totalmente a Manchester y las ciudades algodoneras de Lancashire. En Estados Unidos, el modelo industrial de Massachusetts de las ciudades textiles como Lowell era asimismo radicalmente diferente del de las ciudades siderúrgicas como Pittsburgh o, en tiempos posteriores, al de Detroit y la industria automotriz.
Marx podría haber terminado contando una historia teórica bastante diferente en El capital si se hubiera centrado en el industrialismo de Birmingham, una en la que el cambio tecnológico se hubiera convertido tempranamente, tal como él mismo había predicho, en un negocio en sí mismo. Aquí había una forma de organización industrial que se apoyaba fuertemente en economías de aglomeración del tipo que Marx había reconocido y comentado en El capital.
En el caso de Birmingham, su industrialismo dependía de la emergencia de una fuerza de trabajo con habilidades distintivas en herramientas mecánicas, y niveles salariales modestos pero que permitían vivir, en un entorno cultural en el que la clase trabajadora estaba dividida principalmente sobre la base de capacidades mentales antes que manuales. Un obrero que tuviera habilidades en la forja de metales era valioso en la fabricación de máquinas de vapor, y los empleadores tenían que impedir que tales trabajadores fueran atraídos por firmas rivales en Bélgica, Francia y, de hecho, por todo el continente. A la inversa, los fabricantes de Birmingham estaban dispuestos a emplear a trabajadores calificados sin importar su origen (polaco. prusiano o cualquier otro). La diversidad de origen étnico o religioso no importaba, como claramente sí ocurría en Manchester, siempre que las habilidades estuvieran presentes.
La imagen del futuro que esta experiencia proponía era bastante diferente de la sugerida por la experiencia manchesteriana de la década de 1840. Cuando la Asociación Internacional de Trabajadores fue fundada en Londres en 1864, con Marx destacado en su formación, estos eran los tipos de trabajadores calificados y alfabetizados que estaban involucrados, desde Francia, Italia, Suiza, España y otros países. Los relojeros de las regiones del macizo del Jura a lo largo de la frontera franco-suiza en la década de 1860 eran legendarios por su sofisticación política (la escisión entre corrientes marxistas y anarquistas aún no había ocurrido).
Estos eran los organizadores que recolectaban y enviaban dinero en apoyo a huelgas y otras agitaciones que ocurrían en toda Europa a fines de la década de 1860, culminando en la Comuna de París de 1871, en la que la participación internacional fue importante y bienvenida. Por otro lado, estos eran los trabajadores relativamente acomodados que constituían una «aristocracia obrera» que luego Lenin temía que no solo se alineara en apoyo a empresas imperialistas y coloniales, sino que también estuviera muy dispuesta a comprometerse con las estrategias del capital corporativo.
Hacia 1860 aproximadamente, el industrialista Joseph Chamberlain, conocido popularmente como «Radical Joe», estaba explorando reformas cívicas en la provisión social de gas y agua potable, educación popular y vivienda para la mejora de las clases trabajadoras «respetables» y adecuadamente calificadas. Eventualmente avanzó en cierta medida hacia la implementación de su visión reformista como alcalde de la ciudad de Birmingham. El «socialismo del gas y el agua» era en ese momento visto como una respuesta factible para toda una gama de males, respaldada por un descontento laboral local generalizado.
Chamberlain tomó medidas para realizar tal posibilidad. Con cierto apoyo de la clase trabajadora, «Radical Joe» más tarde se convirtió en un destacado defensor de la expansión colonial (la Guerra Bóer en Sudáfrica fue su contribución más notable), en parte impulsado por el rechazo del Partido Conservador a su reformismo. Reconoció que, si la reforma interna y el crecimiento de la demanda en el mercado interno eran bloqueados por el poder de clase burgués, la única opción para expandir el mercado era buscar un «ajuste espacial» en la forma de empresas coloniales y la apertura de mercados extranjeros. La notoria partición de África por las potencias coloniales en la Conferencia de Berlín de 1885 fue la culminación de una fase de rivalidades geopolíticas interestatales por el acceso a las materias primas y a los mercados incipientes de todo el continente africano.
La imagen del futuro definida por el industrialismo de Manchester de las décadas de 1840 y 1850, por lo tanto, claramente no se aplicaba a Birmingham en la década de 1870. Si el padre de Engels hubiera tenido un establecimiento industrial en los oficios de joyería, armas y herramientas mecánicas en Birmingham en lugar de una fábrica textil en Manchester, El capital podría haber sido bastante diferente, como hemos señalado. Pero, frente a este aparente sesgo, Marx contaba con los informes de los inspectores fabriles y los escritos de una clase trabajadora cada vez más militante que se centraba en el capital en general más que en las fábricas de algodón en particular.
¿Dónde se está forjando ahora el futuro del capital?
Cualquier observador casual podría ser perdonado por pensar que la imagen manchesteriana ciertamente todavía se aplica a las condiciones de vida y trabajo en la fábrica textil y de confección Rana Plaza, a veinte millas de Daca en Bangladesh, que colapsó el 24 de abril de 2013, matando a 1.129 trabajadores, en su mayoría mujeres, e hiriendo a muchos más. En el sector de fabricación de textiles y prendas de marca para los mercados occidentales, las fábricas estaban bajo presión constante para reducir costos en beneficio de los consumidores occidentales. Los salarios estaban cerca de niveles de inanición y la disciplina fabril era feroz.
Lo mismo podría decirse del complejo de producción de Foxconn en Shenzhen, China, que producía la mayoría de los productos de Apple y hacia 2011 empleaba a unos 250.000 trabajadores (algunos decían que hasta 400.000), en un vasto complejo fabril. Una oleada de suicidios de trabajadores durante ese año persuadió a la empresa a cubrir los estrechos alojamientos proporcionados por la compañía para los trabajadores migrantes con kilómetros y kilómetros de redes para atrapar a cualquiera que saltara. Es demasiado fácil tomar algunas descripciones de las condiciones de trabajo y de vida en los eufemísticamente llamados «mercados emergentes» e insertarlas en el capítulo de Marx «La jornada laboral» de El capital sin notar mucha diferencia. Para las personas que viven bajo tales condiciones, una dosis de «socialismo del gas y el agua» junto con algún reformismo social interno del tipo «Radical Joe» parecería un regalo del cielo.
El capital produce una gran cantidad de desarrollo geográfico desigual, cuyas cualidades a menudo se reflejan en las teorías particulares a las que los economistas adhieren. Marx señaló, por ejemplo, que las teorías proteccionistas promovidas en su tiempo por el economista estadounidense Henry Charles Carey reflejaban las necesidades de las industrias «infantiles» de Estados Unidos de defenderse contra la dominación del industrialismo británico. Este fue el mismo razonamiento que produjo políticas industriales de sustitución de importaciones generalizadas en toda América Latina en la década de 1960 bajo el amparo teórico de la Comisión Económica Para América Latina (CEPAL).
El economista francés Frédéric Bastiat, que promovió con vehemencia los mercados libres y las virtudes del laissez-faire a comienzos del siglo XIX, reflejaba, en contraste, las luchas de los industrialistas franceses por liberarse de las ataduras de un costoso e inconveniente mosaico de regulaciones, impuestos e intervenciones estatales locales y nacionales. Esto también fue más tarde replicado en América Latina tras la refutación neoliberal de la Comisión Económica para América Latina y el avance de políticas de libre comercio favorecidas por Augusto Pinochet y los generales argentinos desde mediados de la década de 1970 en adelante. Incluso en tiempos de Marx, la imagen del futuro que las regiones más avanzadas proyectaban estaba en perpetuo cambio y era geográficamente bastante diversa.
La cuestión que se plantea entonces es acerca de cuál es y dónde se encuentra esa forma contemporánea de capitalismo que proyecta hoy la imagen de nuestro propio futuro socialista. ¿Es la planta textil Rana Plaza, el industrialismo de Shenzhen, los trabajadores de almacenes de Amazon, los trabajadores de Google en San Francisco, los trabajadores de Microsoft en Seattle, o las enormes fuerzas laborales en los principales aeropuertos del mundo? Sin embargo, no era solo una imagen del futuro de los demás la que transmitían las descripciones de Marx, sino también la imagen de lo que podría ser una alternativa socialista o comunista como reflejo utópico (del tipo que los socialistas utópicos de la década de 1840 eran aficionados a crear y que Marx y Engels habían rechazado tan firmemente en el Manifiesto Comunista). En cambio, se constituía a través de una negación materialista histórica de todo lo que era tan espantoso sobre el terreno en ese tiempo y en ese lugar.
El arraigo inmediato, en el caso de Marx, dependía en gran medida de la producción en masa y de la reproducción social en la región industrial de Manchester. Las crueles condiciones de los trabajadores en fábricas, talleres y minas, junto con las igualmente miserables condiciones de la reproducción social en la urbanización industrial que el capital había creado y que Engels había descrito con tanta precisión, reclamaban esa negación. Las circunstancias materiales y el proyecto socialista al que apuntaban hablaban por sí mismos.
De ello se sigue que el socialismo que debe construirse para negar lo que actualmente resulta alienante y amenazante en el mundo de hoy debe estar en constante desplazamiento y ser geográficamente diverso. Estas cuestiones exigen la más estrecha atención, porque, en la historia de la política opositora anticapitalista, ha existido una tendencia a fetichizar cierto imaginario de un futuro socialista como una construcción ideal ahistórica.
Del mismo modo que John Maynard Keynes temía que estuviéramos en peligro perpetuo de convertirnos en esclavos del pensamiento de algún economista muerto hace mucho tiempo, también se cierne la amenaza política de la obediencia a los ideales e ideas de algún proyecto socialista o comunista muerto hace mucho tiempo. La fijeza de nuestras concepciones mentales actúa como un lastre sobre nuestra capacidad de pensar y, aún más, de actuar libremente en los proyectos políticos que ahora se requieren para crear un mundo socialista más justo, más ecológicamente aceptable y más emancipador. Plantearlo en tales términos no es invitar a otro arranque de ensoñación utópica (aunque un poco más de eso no haría daño), sino construir un relato preciso, adecuadamente teorizado, de lo que el capital está haciendo actualmente, como el que proporcionaban los inspectores fabriles en tiempos de Marx y, sobre esa base, dar pasos factibles hacia la creación de una alternativa socialista recién concebida y adecuada a nuestra situación actual.
Lo que esto podría significar depende, sin embargo, de las condiciones geográficas. Los problemas que plantea el capital en América Latina son bastante diferentes de los de Suecia, donde todo el país entró en duelo con la muerte del fundador de IKEA, Ingvar Kamprad, quien fue ensalzado como un héroe popular nacional. Sin embargo, existe el hábito inquietante de teorizar el socialismo como un proyecto político al margen de cualquier anclaje histórico y geográfico, incluso cuando las leyes básicas del movimiento del capital son lo suficientemente invariantes y universales dentro del capitalismo como para exigir y reclamar respeto en todas partes.
Es significativo, por lo tanto, que, cuando Vladimir Lenin llegó al poder en Rusia en 1917, persiguiera una política industrial basada en los principios propuestos por Henry Ford como la mejor y más rápida manera de aumentar la productividad del trabajo y construir una economía capaz de resistir las fuerzas contrarrevolucionarias que buscaban socavar la incipiente revolución comunista.
Si bien la estrategia de Lenin funcionó para la construcción de capacidad industrial, lo hizo al costo de perpetuar las relaciones sociales del capital. Cuando China ingresó en la economía global después de 1978 y, en particular, cuando se incorporó a la Organización Mundial del Comercio en 2001, no tuvo más opción que someterse a las leyes del movimiento del capital. Es la operación de esas leyes la que conecta el industrialismo de Manchester en la década de 1840 con las condiciones contemporáneas en las fábricas de Foxconn en Shenzhen y las de Rana Plaza en Bangladesh. También explica por qué China ahora se está modelando a sí misma en base a Silicon Valley, un imaginario muy diferente de un futuro capitalista, mientras intenta alguna versión del socialismo del gas y el agua junto con zonas de «prosperidad común» mediante el acceso igualitario a vivienda, atención sanitaria y educación (las «tres montañas» que China tiene que escalar para sofocar el creciente descontento).
Si bien la obra de Marx está tan abierta a la crítica y al descarte como la de cualquier «economista (eurocéntrico) muerto hace mucho tiempo», todavía vivimos bajo el dominio del capital. La teoría, ciertamente incompleta, de la circulación y acumulación del capital que Marx expuso es aún claramente relevante. Su teorización trascendió las particularidades de Manchester, y sus «abstracciones concretas» son lo suficientemente robustas y flexibles como para abarcar a Manchester y Birmingham o a Shenzhen y Silicon Valley, siempre que reconozcamos las condiciones particulares dentro de las cuales Marx estaba trabajando.
Su explicación del plusvalor relativo está arraigada en la experiencia británica, con fuerte referencia al sistema de Manchester y la industria algodonera. En tiempos de Marx, la forma industrial del capital y sus leyes distintivas de movimiento dominaban solo en Gran Bretaña, Europa occidental y la costa este de Estados Unidos, con algunos enclaves mercantiles dispersos por el resto del mundo. Pero en nuestros tiempos, gracias al empuje implacable para crear un mercado mundial cada vez más profundo y expandido, la economía está subsumida casi en todas partes a las leyes de movimiento del capital que Marx descubrió.
La explicación de Marx de esas leyes y de cómo funcionan es, por lo tanto, más relevante que nunca, lo cual no significa que nuestra explicación de ellas no pueda mejorarse y ampliarse, o que los problemas de interpretación y aplicación no deban inquietarnos. La acusación de eurocentrismo debe sopesarse frente al hecho de que el propio capital puede ser eurocéntrico, en el sentido de que se originó en forma identificable y hegemónica en las ciudades-estado italianas antes de mutar bajo la hegemonía de los Países Bajos, con Ámsterdam como su centro, trasladarse a Gran Bretaña, donde Marx lo encontró, y luego en el último siglo a Estados Unidos.
En la explicación de Giovanni Arrighi, estos desplazamientos hegemónicos implicaron un cambio de escala así como una profundización de los arreglos institucionales ordenados en torno al creciente poder estatal capitalista. Pero del mismo modo en que Marx, hacia el final de su vida, detectó un desafío creciente a la hegemonía británica por la creciente centralización del capital en Estados Unidos después del fin de la Guerra Civil, actualmente nos preguntamos en qué medida una influencia sinocéntrica está comenzando a emerger para desafiar a la hegemonía actual de Estados Unidos.
La escasez de información de la que Marx se quejaba ya no está con nosotros como problema. No hay escasez de información detallada sobre las condiciones de las clases trabajadoras del mundo, las condiciones de su reproducción social, las fallas de la provisión social y las condiciones extremas cercanas al trabajo esclavo en ciertas regiones. Hay abundantes relatos de situaciones desesperadas de vida y aprendizaje en muchas partes del mundo y de las aplastantes condiciones de pobreza en las que las personas logran arrancar algún tipo de sustento casi de la nada.
Existen monografías de investigación en abundancia junto con voluminosos informes de organizaciones internacionales como las Naciones Unidas, el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, el Banco de Pagos Internacionales y la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, junto con el vasto acervo de información recopilado por ONGs, (por ejemplo, los informes periódicos de OXFAM), autoridades estatales y organizaciones comerciales (principalmente con fines de marketing pero aun así relevantes).
Sufrimos más de una plétora que de una escasez de información. Las técnicas de minería masiva de datos y manipulación mediática han proliferado. Pero también hay mucha desinformación (etiquetada en estos días como «fake news»). El exceso de información es en algunos aspectos un problema más que una bendición. Hay tanta que gran parte del público no puede acceder a ella, y mucho menos comprenderla. No pocos de los llamados «expertos» a quienes se recurre para iluminarnos parecen estar tan confundidos como todos los demás, incluso cuando logran dejar de lado predisposiciones ideológicas implantadas durante siglos de engañosa erudición burguesa en cuestiones relativas a algo llamado lucha de clases y economía política.
Cómo analizar e interpretar la información es materia de controversia, y los medios la presentan tanto para una ganancia política como para una comprensión clara. Esto nos deja con problemas serios. Fue relativamente fácil para Marx ver el panorama general, al menos desde la perspectiva del industrialismo de Manchester y los informes de los inspectores fabriles, y vislumbrar las negaciones que definirían un proyecto socialista para ese lugar y tiempo. El desafío para nosotros parece mucho más complicado y quizá indeterminado.
El punto de partida más evidente es el estado de la lucha política y la protesta en el mundo actual, junto con cierto sentido de la dinámica, incluidos los giros y virajes de derecha a izquierda y viceversa, que se filtran e influyen en el estado presente de las cosas. Parece haber un auge en las luchas laborales en todo el mundo, tanto oficiales y dirigidas por sindicatos como espontáneas o meramente reactivas frente a algún grave fracaso de la política pública o a un exceso de codicia corporativa. Muchas de estas luchas, en India, Bangladesh, Indonesia y China, por ejemplo, evocan las luchas tradicionales que surgieron contra el industrialismo de Manchester.
Pero la mayoría de los grandes movimientos de masas en tiempos recientes se han centrado en el fracaso del modelo económico dominante para garantizar una vida cotidiana que satisfaga las necesidades mínimas de la mayoría de la población. La alienación de la naturaleza y los niveles siempre crecientes de desigualdad social, medidos principalmente en términos de riqueza financiera y patrimonial así como de ingresos, generan poderosas corrientes de resentimiento a través de la privación relativa. La austeridad que a menudo se exige podría ser aceptable si no fuéramos conscientes de los enormes incrementos de riqueza y poder que están siendo succionados de la economía por los oligarcas y autócratas que ejercen una influencia tan inmensa sobre las políticas públicas.
Si bien los movimientos contra el «1 por ciento», tipo Occupy Wall Street, no lograron perdurar, sí se mantiene el sabor amargo y el alerta ante unas desigualdades que tienden a ser crecientes en lugar de decrecientes. Este es el tipo de situación que proporciona un anclaje histórico-materialista para que alguien como Thomas Piketty reactive la tradición del socialismo ricardiano, sin apelar a la teoría del valor trabajo, y abogue por el principio de un impuesto global integral sobre la riqueza.
Entonces, ¿cómo deberíamos interpretar esta historia y esta situación en relación con cualquier estrategia socialista emergente? Una política socialista tiene que reconocer las cualidades, los problemas y las disputas que surgen dentro de la totalidad de la circulación de la capacidad laboral así como en el punto en que esta se intersecta con la acumulación de capital. Cuando la alienación domina todos los diferentes momentos en la circulación de la capacidad laboral, se avecinan problemas profundos. Esto es algo que el «así llamado análisis» de la economía contemporánea hace mucho por ocultar en lugar de revelar.Compartir este artículo FacebookTwitter Email
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David Harvey. Distinguido profesor de antropología y geografía en la escuela de graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York. Sus últimos libros publicados son The Ways of the World y The Anti-Capitalist Chronicles.
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