Irán, la hipocresía internacional y el vacío del multilateralismo
Alix Santamaria
Kaosenlared.com/02/03/2026
Cuando Estados Unidos e Israel bombardearon territorio iraní, el debate público volvió a un punto conocido: ¿es legal? ¿lo permite el derecho internacional? ¿qué dice la ONU?
La respuesta formal es clara. La Carta de las Naciones Unidas prohíbe el uso de la fuerza salvo en caso de legítima defensa ante un ataque armado o con autorización del Consejo de Seguridad. Bajo esos parámetros, la doctrina de la “guerra preventiva” no tiene reconocimiento jurídico sólido.
Pero aquí aparece una incomodidad que no conviene esquivar: el derecho internacional, en su aplicación real, lleva décadas mostrando una fragilidad estructural que lo acerca peligrosamente al papel mojado*.
En el plano normativo, el sistema internacional es contundente. En el plano político, es selectivo. Las grandes potencias han intervenido militarmente en múltiples ocasiones sin autorización multilateral clara, y las consecuencias jurídicas han sido prácticamente inexistentes.
La ONU no es un actor neutral por encima del poder; es un organismo atravesado por las correlaciones de fuerza globales, especialmente en su Consejo de Seguridad, donde el veto de las potencias convierte muchas crisis en bloqueos permanentes.
En numerosas ocasiones —desde conflictos prolongados hasta intervenciones controvertidas— el sistema multilateral ha mostrado parálisis, ambigüedad o aval indirecto a hechos consumados. Esa historia reciente hace difícil sostener una defensa ingenua de la ONU como garante efectivo de la paz.
Por eso conviene distinguir:
defender el principio del derecho internacional no implica ignorar los fallos estructurales de la institución encargada de administrarlo.
Decir que el derecho internacional es vulnerado sistemáticamente no significa que sea irrelevante. Significa que su cumplimiento depende del equilibrio de poder y de la presión política global.
Ahí reside la contradicción: es frágil, pero necesario es manipulado, pero sigue siendo el único marco común que limita —al menos formalmente— la guerra como herramienta política.
Renunciar a él porque se incumple sería aceptar un escenario aún más crudo: uno donde la fuerza militar sustituye completamente a la legalidad como criterio de acción.
Más allá de la arquitectura institucional fallida, hay un principio que sigue siendo éticamente central: solo el pueblo iraní puede decidir su futuro.
Ni la ineficacia de la ONU ni las contradicciones del multilateralismo otorgan legitimidad a la imposición externa por la fuerza. Bombardear no es democratizar. Cambiar gobiernos mediante misiles no fortalece la soberanía popular.
En el colmo de la hipocresía y la manipulación cuasi surrealista, en respuesta a la crisis desatada por los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán, los gobiernos de Francia, Alemania y el Reino Unido optaron por un posicionamiento que, lejos de cuestionar la ofensiva inicial, puso el foco en la reacción iraní. En su comunicado conjunto, condenaron “enérgicamente” los ataques de Irán contra países de la región y le exigieron abstenerse de “ataques militares indiscriminados”, al tiempo que reiteraron sus críticas al programa nuclear y balístico iraní y a la represión interna del régimen. Sin embargo, el texto evitó una condena clara de los bombardeos estadounidenses e israelíes, limitándose a pedir moderación y retorno a la diplomacia. Esta asimetría discursiva —señalar con contundencia la respuesta iraní mientras se suaviza o elude la responsabilidad del ataque inicial— revela hasta qué punto la alianza estratégica y el alineamiento atlántico condicionan la posición europea, incluso cuando está en juego el principio básico de prohibición del uso unilateral de la fuerza.
Quienes sostienen que la intervención externa puede “liberar” sociedades olvidan una constante histórica: los procesos impuestos desde fuera tienden a generar más inestabilidad que transformación democrática.
Defender la autodeterminación no es defender a un gobierno. Es rechazar que el destino colectivo pueda definirse desde otro país armado.
Lo preocupante de este episodio no es solo el daño inmediato. Es la pedagogía que transmite.
Cuando una potencia actúa militarmente al margen del marco multilateral sin consecuencias reales, el mensaje global es inequívoco: la norma es flexible para quien tiene poder suficiente.
Y esa lección no queda circunscripta a una región. Se convierte en precedente.
Ni fetichizar la ONU, ni normalizar la guerra. La crítica coherente no puede ir en una sola dirección. No se trata de convertir a la ONU en un tótem incuestionable, ni de ignorar sus omisiones históricas. Tampoco de aceptar que su debilidad justifique el unilateralismo armado.
El desafío es más complejo ya que debemos señalar la ilegalidad del uso preventivo de la fuerza, al mismo tiempo reconocer la crisis profunda del sistema multilateral, y sostener que, aun imperfecto, el marco jurídico internacional es preferible a su demolición completa.
Porque cuando el derecho se vuelve irrelevante, lo que queda es la ley del más fuerte.
Quizá el mayor peligro no sea el bombardeo en sí, sino la costumbre. La normalización.
Cuando la guerra preventiva deja de escandalizar y pasa a formar parte del repertorio aceptado de la política exterior, el derecho internacional ya no es solo frágil: se convierte en retórica vacía.
La pregunta entonces no es si la ONU funciona bien —sabemos que no— sino qué ocurre si aceptamos que no haya ningún límite efectivo al uso de la fuerza.
Porque en ese escenario, la autodeterminación de los pueblos deja de ser un principio y se transforma en una concesión revocable por quien tenga más poder militar.
Sin temor a ser redundante, finalizo este texto, con las reflexiones del compañero y periodista Javier R. Ferrero que ha publicado este post en Spanish Revolution hace unas horas:
» Lo del ayatolá no va de simpatías. Va de límites. Puedes detestar un régimen, puedes denunciar su represión, su teocracia o su falta de libertades. Pero cuando la política internacional se convierte en “lo matamos y ya veremos qué pasa”, hemos entrado en otra fase. Una que da mucho miedo.
No es solo que hayan asesinado a un jefe de Estado. Es la naturalidad con la que se anuncia. La frase triunfal. El tono de videojuego. Como si eliminar a una persona —con todo lo que desencadena— fuera una jugada táctica limpia, quirúrgica, sin consecuencias humanas ni geopolíticas.
La historia demuestra que los “cambios de régimen” a misil no traen democracia automática. Traen vacío de poder, luchas internas, radicalización y venganza. Y ese vacío lo pagan siempre quienes no deciden nada: la gente corriente. Las madres que se quedan sin hijos. Los jóvenes que se convierten en carne de frente. Las ciudades que pasan de titulares a ruinas.
Hay algo especialmente llamativo en el mensaje que se lanza al mundo: si eres suficientemente poderoso puedes decidir quién gobierna en otro país. Y encima venderlo como una oportunidad histórica para la libertad.
Ese discurso lo hemos escuchado antes. Y casi nunca terminó bien.
No se trata de blanquear al régimen iraní. Se trata de no blanquear la lógica de la fuerza como sustituto de la diplomacia. Porque cuando normalizamos que un presidente celebre públicamente la muerte de otro líder como si fuera un trofeo, lo que se erosiona no es solo el orden internacional: es la idea misma de que las guerras deben ser el último recurso.
Y mientras tanto, el resto del mundo sigue con su rutina. Premios, audiencias, debates internos, polémicas domésticas… Como si el tablero global no estuviera desplazándose bajo nuestros pies.
Lo del ayatolá no es un episodio aislado, sino una señal. Y las señales, cuando no se leen a tiempo, suelen convertirse en incendios.
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* Estados Unidos tiene una larga historia de agresiones contra los pueblos del Oriente Medio: Líbano entre 1981 y 1984; Libia de 1981 a 1989; Irán de 1987 a 1988; invasión a Irak en 1991, bombardeos a Sudan en 1991 y Somalia en 1998; invasión a Afganistán en 2001; nueva invasión a Irak en el 2003; Yemén desde 2009 a la actualidad. Mientras que Israel , desde su fundación a sangre y fuego en 1948, ha expulsado a la población palestina de su tierra natal, y ha lanzado numerosas guerras contra todos los países vecinos, y hoy continúa atacando a Siria y el Líbano, en el marco de su agresiva politica expansionista de crear el Gran Israel.
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