Una malla electrónica integrada en organoides pancreáticos abre la puerta a terapias celulares más precisas y sincronizadas
Sergio Parra
Periodista científico muyinteresante.okdiario.com/23.02.2026
En el horizonte de la medicina regenerativa, donde la biología conversa con la ingeniería, surge una pregunta que hasta hace poco pertenecía a la ciencia ficción: ¿puede un tejido híbrido, mitad célula y mitad circuito, restaurar la función perdida en la diabetes?
La respuesta comienza a perfilarse en los laboratorios de la Perelman School of Medicine y la Harvard John A. Paulson School of Engineering and Applied Sciences, donde un equipo interdisciplinar ha logrado integrar una malla electrónica ultrafina en organoides pancreáticos cultivados a partir de células madre humanas.
El estudio, publicado en Science, describe la creación de lo que los investigadores llaman “organoides pancreáticos cyborg”: tejidos tridimensionales capaces de registrar y modular su propia actividad eléctrica durante meses.
Más que un simple experimento técnico, el hallazgo podría redefinir el modo en que concebimos los trasplantes celulares en diabetes tipo 1 y, en algunos casos, tipo 2. No se trata solo de sustituir células, sino de enseñarles a comportarse como las originales.
El talón de Aquiles de los islotes cultivados
En la diabetes tipo 1, el sistema inmunitario destruye los islotes pancreáticos, pequeños conglomerados celulares responsables de liberar insulina y glucagón. Sin estas hormonas, el equilibrio de la glucosa en sangre se rompe. Aunque los trasplantes de páncreas o de islotes pueden restaurar esa función, la escasez de donantes y la necesidad de inmunosupresión crónica limitan su alcance.
La alternativa (cultivar islotes a partir de células madre pluripotentes humanas) ha avanzado notablemente en la última década. Sin embargo, persiste un obstáculo: su inmadurez funcional. Estas células derivadas en laboratorio responden a la glucosa, pero no con la precisión ni la coordinación de los islotes naturales. Tal como detalla el estudio principal, incluso cuando se optimizan los protocolos de diferenciación, la dinámica eléctrica y secretora de las células α y β sigue siendo imperfecta.
El problema no es solo individual, sino colectivo. En un islote sano, las células trabajan como una orquesta: las α liberan glucagón cuando la glucosa es baja; las β secretan insulina cuando es alta. Esta sincronización eléctrica es esencial. Y ahí es donde entra en juego la ingeniería.
Una malla más fina que un cabello
La innovación clave consiste en integrar, durante el crecimiento del organoide, una red elástica de microelectrodos conductores, más delgada que un cabello humano. Esta malla se incrusta entre las capas celulares sin interferir con su organización tridimensional. El resultado es un tejido híbrido capaz de registrar la actividad eléctrica de células individuales durante meses.
Gracias a esta tecnología, los investigadores pudieron distinguir patrones eléctricos característicos: las células β aumentaban su frecuencia de disparo en presencia de glucosa elevada (como corresponde a la secreción de insulina), mientras que las α mostraban el comportamiento opuesto. La validación farmacológica confirmó estas identidades funcionales.

Crédito: Sergio Parra / ChatGPT
Pero el hallazgo más sugerente no fue solo observar, sino intervenir. Al someter los organoides a ciclos eléctricos que imitaban el ritmo circadiano de 24 horas, los científicos comprobaron que las células comenzaban a madurar y a sincronizarse. Tras apenas cuatro días de estimulación rítmica, las oscilaciones persistían de forma autónoma. Era como si el tejido hubiera aprendido a seguir su propio compás interno.
Este fenómeno respalda la idea de que la maduración no depende únicamente de factores bioquímicos, sino también de señales bioeléctricas y temporales. El artículo muestra que la sincronización circadiana mejora la secreción hormonal coordinada, un aspecto crucial para replicar la fisiología humana.
Un futuro monitorizado por inteligencia artificial
Las implicaciones clínicas son profundas. Una posibilidad es “preparar” los islotes en laboratorio mediante estimulación eléctrica antes de implantarlos en el paciente, asegurando que lleguen en un estado funcionalmente competente. Otra opción más ambiciosa sería dejar la malla implantada para monitorizar y estimular el tejido trasplantado en tiempo real.
En este escenario, sistemas de inteligencia artificial podrían analizar la actividad eléctrica y ajustar los estímulos según las necesidades metabólicas del paciente. Sería un trasplante vivo y dinámico, capaz de adaptarse al estrés, enfermedad o cambios hormonales. Un páncreas asistido por algoritmos, pero profundamente biológico en su esencia.
Aún quedan interrogantes: la biocompatibilidad a largo plazo, la respuesta inmunitaria y la escalabilidad clínica. Sin embargo, el trabajo representa un salto conceptual. No se limita a reemplazar tejido dañado; propone reprogramar su maduración y coordinación interna.
La medicina del siglo XXI avanza hacia territorios donde la frontera entre lo orgánico y lo electrónico se difumina. Estos organoides “cyborg” no son máquinas disfrazadas de células, sino tejidos que aprenden a latir con un nuevo pulso eléctrico. Quizá el futuro de la diabetes no resida únicamente en insulinas más precisas o bombas más inteligentes, sino en tejidos capaces de recordar cómo ser páncreas.
___________
Referencias
Li, X., et al. “Cyborg Pancreatic Organoids for Long-Term, Single-Cell–Resolved Electrophysiology and Maturation.” Science (2024). https://doi.org/10.1126/science.aeb3295.
_____
Fuente:
