La tarea de la clase trabajadora es una e inmutable: organizarse, luchar y construir, desde ya, la fuerza social capaz de imponer sus reivindicaciones y, llegado el momento, barrer con este Estado de explotadores
Estos cuatro años son suficientes para comprender que, sin la fuerza organizada de la clase obrera para ejecutar sus decisiones y obligar con el paro, la huelga y si es necesario el levantamiento popular; los capitalistas y reaccionarios seguirán sirviéndose de sus leyes para obstruir los derechos del pueblo
Revolución Obrera
febrero 25, 2026
Una de las promesas de Gustavo Petro al llegar a la presidencia era acabar con el legado uribista de paramilitarismo, despojo y miseria para el pueblo. Además, tenía la misión de realizar las reformas que resolvieran las necesidades más urgentes. Se trataba de reformas de fondo en salud, trabajo, pensiones, tierra… Sin embargo, entre amplios sectores la sensación de que «el cambio» fue bloqueado es generalizada.
Hoy, la realidad es que las reformas clave no terminaron como se esperaba. El uribismo no solo no fue derrotado, sino que parece pretender emerger apoyándose con fuerza de lo más reaccionario, corrupto y mafioso.
Estos cuatro años demuestran lo que la ciencia del proletariado enseña: el Estado capitalista no es neutral ni se puede «conquistar» desde dentro. Es un comité ejecutivo de la burguesía, cuyo objetivo es proteger un sistema basado en la explotación. Intentar reformarlo sin cuestionar sus cimientos es como intentar domar un tigre dentro de su jaula: Petro chocó continuamente contra las fuerzas más reaccionarias incrustadas en los poderes del Estado.
Aunque su coalición tenía la presidencia, nunca controló el poder legislativo. Uribismo y partidos tradicionales bloquearon toda reforma que amenazara los privilegios de los ricos: la laboral, la de salud, la tributaria y el decreto de salario mínimo fueron frenados. El Congreso quedó demostrado como guardián de terratenientes, banqueros, capitalistas e imperialistas, no del pueblo trabajador.
Cuando el gobierno intentó usar decretos de emergencia, la Corte Constitucional y el Consejo de Estado los bloquearon, protegiendo la propiedad privada del Estado burgués. Paralelamente, el CNE multó y amenazó al partido de gobierno, evidenciando que la maquinaria administrativa también respalda la ofensiva reaccionaria.
La lección es clara, el uribismo en el gobierno o en la oposición, impone su agenda sin reparos. La izquierda reformista, en cambio, nunca pudo bloquear reformas ni cuestionar la estructura del poder, porque cree en la neutralidad del Estado burgués y respeta sus reglas, mientras los reaccionarios lo usan para defender sus intereses de clase sin piedad.
La entrega de tierras a campesinos, algunos subsidios, apoyo a pequeños proyectos productivos, matrícula cero en especial en educación superior, e incluso, el aumento del salario mínimo; no cayeron del cielo ni nacieron de la iniciativa de Petro. Todas estas pequeñas conquistas hacen parte de las exigencias reclamadas con la presión y la movilización popular que latía en las calles desde 2019 y que llevaron al Levantamiento Popular del 2021.
Es fundamental reconocer que a pesar de que hayan sido derechos decretados y plasmados en el papel por el presidente, eso no quiere decir que estén garantizados. ¿Acaso los capitalistas pagarán sin reparos el aumento de salarió? Si no es por nuestra capacidad de hacerlo cumplir, si no hay un movimiento sindical fuerte que se ponga a la cabeza de la lucha para obligar a los capitalistas a cumplir, no se logrará. La ley burguesa, sin la fuerza organizada de la clase obrera detrás, es letra muerta.
De esta experiencia no hay nada que lamentar, nos queda la conclusión más científica: el Estado burgués no puede ser puesto al servicio de los trabajadores. Su arquitectura misma -su congreso, sus cortes, sus organismos de control- está diseñada para filtrar, diluir y finalmente anular cualquier amenaza seria al capital. Las ilusiones reformistas de intentar «tomar el control del Estado» no dejan de ser eso, ilusiones.
Estos cuatro años son suficientes para comprender que, sin la fuerza organizada de la clase obrera para ejecutar sus decisiones y obligar con el paro, la huelga y si es necesario el levantamiento popular; los capitalistas y reaccionarios seguirán sirviéndose de sus leyes para obstruir los derechos del pueblo.
Hoy nos encontramos, de nuevo, en temporada electoral y la principal tarea de los obreros revolucionarios va más allá de esta contienda en las urnas. Se trata de avanzar en la construcción de formas organizativas de poder popular con la independencia de clase.
Ya lo hemos visto, el cambio profundo no llega por correo electoral. A pesar de que los candidatos tengan buenas intenciones y que el pueblo considere que son los más preparados y que expresan su sentir, si el pueblo no se organiza desde ya y se dispone para la lucha, las cosas no serán distintas. Ese fue el principal error del gobierno y del pueblo que aún cree en él, depositar todas sus esperanzas en que era posible domar las instituciones del Estado burgués y postergar la organización y la lucha desde las asambleas populares.
Lo anterior implica que la posición los obreros revolucionarios ante las elecciones no puede ser el abstencionismo activo que choque con el entusiasmo de las amplias masas esperanzadas en el proyecto del «cambio» reformista o con el «voto crítico» de otros. Si los trabajadores quieren votar, están en todo su derecho, si un revolucionario decide salir a votar con la intención de frenar a los representantes de la mafia, es su derecho; si un obrero o un revolucionario decide no votar también es su derecho. Pero, ninguno, se puede permitir limitarse a ese acto individual. Juntos deben esforzarse por trabajar en la construcción del verdadero poder popular.
El poder popular se forja todos los días, en la asamblea del sindicato que se planta frente al patrón con la huelga, contra los despidos y por el alza de salarios; en la asamblea de barrio que defiende el agua, la salud y la vivienda; en la asamblea de la guardia indígena, campesina, cimarrona o popular defendiendo y recuperando territorios; en la asamblea de jóvenes estudiantes que luchan por educación, empleo y condiciones dignas para vivir. El poder popular se construye organizando a las mujeres trabajadoras para enfrentar, con violencia revolucionaria, la violencia machista y económica de patrones, capataces y, hasta de compañeros y familiares.
Estas asambleas son los embriones del nuevo poder, del poder popular, del poder obrero y campesino. Un poder que no pueden tumbar en el Congreso, ni bloquear en la Corte, ni multar en el CNE. Es el poder que nace de la unidad en torno a una plataforma para conquistar con la lucha directa.
Sea quien sea el que ocupe la Casa de Nariño para el próximo periodo o los mullidos sillones del Congreso, vote o no vote, la tarea de la clase trabajadora es una e inmutable: organizarse, luchar y construir, desde ya, la fuerza social capaz de imponer sus reivindicaciones y, llegado el momento, barrer con este Estado de explotadores para construir un nuevo Estado verdaderamente al servicio de la clase obrera.
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