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IRÁN EN LA ENCRUCIJADA DEL IMPERIO

Guerra y transición hegemónica en el siglo XXI
En el analisis del capitalismo, la violencia no es una anomalía que irrumpe en un sistema pacífico, sino una de sus formas extremas de regulación

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Por Tito Ura
Rebelión/ 24/02/2026

Si la guerra entre Estados Unidos e Irán se vuelve casi inmediata, no debería leerse como un estallido emocional ni como el resultado exclusivo de un incidente diplomático, sino como una manifestación concentrada de las tensiones estructurales del capitalismo en su fase de transición hegemónica.

En la perspectiva del capitalismo los conflictos no son anomalías del sistema, sino momentos de reorganización del poder, instrumentos para reordenar mercados, rutas, monedas y jerarquías geopolíticas.

El enfrentamiento con Irán no puede reducirse a la narrativa superficial del programa nuclear, la “seguridad regional” o el combate contra el extremismo. Esos elementos funcionan como dispositivos ideológicos que preparan a la opinión pública y legitiman acciones militares. En el plano estructural, lo que está en juego es el control del Golfo Pérsico, la estabilidad del Estrecho de Ormuz —por donde transita una porción decisiva del petróleo mundial— y, más profundamente, la arquitectura financiera que sostiene la primacía del dólar. Desde los años setenta, el sistema del petrodólar ha sido un pilar de la hegemonía estadounidense: el comercio energético en dólares garantiza demanda global de su moneda y financia su déficit estructural. Cualquier actor que impulse mecanismos alternativos —acuerdos energéticos en yuanes, rublos o monedas locales— introduce fisuras en ese edificio.

Irán no es simplemente un Estado díscolo en Medio Oriente; es un nodo geoeconómico estratégico en la transición hacia un orden más multipolar. Su incorporación a los BRICS, su integración progresiva en la Iniciativa de la Franja y la Ruta impulsada por China, su cooperación militar con Rusia y su participación en circuitos financieros que buscan sortear sanciones occidentales lo convierten en una pieza de conexión entre Asia Central, el Cáucaso, el Golfo y el Mediterráneo. Una guerra contra Irán no sería solo una operación punitiva, sino un movimiento dentro de la disputa por la configuración del sistema mundial.

En los momentos en que el capitalismo enfrenta crisis de sobreacumulación, estancamiento productivo y pérdida relativa de hegemonía, la guerra ha operado históricamente como mecanismo de reordenamiento. La Primera y la Segunda Guerra Mundial no fueron accidentes aislados, sino desenlaces violentos de disputas por mercados, colonias y supremacía industrial. La Guerra Fría, con su red de conflictos periféricos, sostuvo la expansión del complejo militar-industrial y consolidó alianzas estratégicas. En el presente, Estados Unidos enfrenta competencia tecnológica y comercial creciente por parte de China, procesos de desdolarización incipientes y una erosión de su autoridad en diversas regiones. En ese contexto, el recurso a la presión militar no es un gesto irracional, sino una herramienta clásica de reafirmación hegemónica.

El complejo militar-industrial desempeña aquí un papel central. La economía de defensa en Estados Unidos moviliza cientos de miles de empleos, contratos multimillonarios y una red de innovación tecnológica que luego se traslada al ámbito civil. Los ciclos de tensión internacional sostienen presupuestos elevados y legitiman inversiones estratégicas. Una escalada con Irán refuerza la necesidad de sistemas antimisiles, drones, inteligencia satelital y flotas navales, dinamizando sectores clave. La guerra, en esta lógica, no solo destruye; también reorganiza la acumulación y canaliza capital hacia áreas de alta rentabilidad política y económica.

Al mismo tiempo, el factor israelí complejiza el escenario. Israel actúa como enclave tecnológico y militar avanzado en la región, aliado estratégico de Washington. Las tensiones en Gaza, el Líbano o Siria no son compartimentos estancos: forman parte de una constelación de conflictos interconectados. Una confrontación directa con Irán podría activar redes de aliados y actores no estatales, ampliar el teatro de operaciones y afectar infraestructuras energéticas críticas. El cierre o la interrupción prolongada del Estrecho de Ormuz tendría consecuencias inmediatas en los precios del petróleo y, por extensión, en la inflación y la estabilidad financiera global.

Sin embargo, la historia también muestra los límites de la intervención. Vietnam evidenció cómo una potencia puede quedar atrapada en una guerra asimétrica que erosiona legitimidad interna y externa. Afganistán, tras veinte años de ocupación, culminó en una retirada que simbolizó el desgaste de una estrategia prolongada. Estos antecedentes pesan sobre cualquier cálculo estratégico actual. Una confrontación con Irán podría adoptar la forma de ataques limitados o escalar hacia un conflicto regional amplio que involucre a actores aliados y afecte infraestructuras críticas.

Desde la perspectiva del capitalismo global, este riesgo no es necesariamente un freno absoluto. Las transiciones hegemónicas suelen estar acompañadas de episodios de alta volatilidad. El desplazamiento gradual del centro de gravedad económico hacia Asia, la consolidación de alianzas euroasiáticas y la búsqueda de mecanismos financieros alternativos generan fricciones que pueden traducirse en confrontaciones abiertas o en guerras limitadas diseñadas para enviar mensajes estratégicos sin desencadenar una conflagración mundial. La diferencia entre una guerra contenida y una guerra sistémica dependerá de la capacidad de los actores para calibrar sus movimientos y de la disposición de potencias como China o Rusia a involucrarse directa o indirectamente.

El discurso público, sin embargo, tenderá a enmarcar el conflicto en términos de seguridad, defensa preventiva y protección de valores. La experiencia de Irak en 2003 mostró cómo la construcción de una amenaza inminente puede movilizar consensos internos y alianzas internacionales, aun cuando los fundamentos resulten luego cuestionados. En el caso de Irán, la narrativa del programa nuclear cumple una función similar: concentra el debate en la proliferación y desplaza del centro la cuestión más amplia del orden geoeconómico.

Irán ocupa un lugar estratégico en este tablero. No solo por sus reservas energéticas o por su ubicación geográfica en el Golfo Pérsico, sino por su inserción creciente en redes alternativas al eje atlántico. Desde el golpe de 1953 contra Mossadegh —orquestado tras la nacionalización petrolera— hasta la Revolución Islámica de 1979, la relación entre Washington y Teherán ha estado atravesada por la cuestión energética y la soberanía política. La guerra Irán-Irak (1980-1988) mostró cómo la región podía convertirse en escenario de desgaste prolongado con implicaciones globales. La invasión de Irak en 2003 evidenció cómo la retórica de seguridad puede superponerse con objetivos estratégicos de control regional. En este contexto histórico, un conflicto directo con Irán no sería una ruptura, sino una continuidad.

La pregunta crucial no es si el conflicto puede justificarse en términos morales, sino qué revela sobre la estructura del sistema. Si se consolida una guerra casi inmediata, estaríamos ante un síntoma del agotamiento relativo de la hegemonía unipolar y de la dificultad de gestionar la transición hacia un orden más fragmentado. La confrontación no sería solo regional; sería un capítulo en la disputa por quién define las reglas del comercio, las rutas energéticas y la moneda dominante.

No es inevitable que la escalada desemboque en una guerra de gran escala, pero el cruce de crisis económicas, rivalidades tecnológicas y reacomodos geopolíticos aumenta la probabilidad de choques. En el analisis del capitalismo, la violencia no es una anomalía que irrumpe en un sistema pacífico, sino una de sus formas extremas de regulación. Analizar una posible guerra contra Irán implica, entonces, situarla en ese marco más amplio: la pugna por la reorganización del poder mundial en un momento de transición histórica.

Si la guerra se desencadena, su desarrollo inicial probablemente no adoptará la forma clásica de invasión terrestre masiva. Las lecciones de Vietnam, Irak y Afganistán pesan demasiado en la planificación estratégica estadounidense. Más bien, el conflicto comenzaría en dimensiones invisibles: guerra cibernética, sabotajes electrónicos, interferencias en comunicaciones, ataques a infraestructuras críticas. Antes del primer bombardeo televisado, podrían producirse cortes eléctricos, disrupciones financieras y ataques digitales dirigidos a debilitar la capacidad de mando y control iraní. La experiencia de operaciones cibernéticas previas —como el virus Stuxnet que afectó instalaciones nucleares iraníes— muestra que el campo digital ya es parte integral de la confrontación.

La fase visible incluiría ataques aéreos y misiles de precisión contra instalaciones nucleares, bases militares y sistemas antiaéreos. Sería una estrategia similar al “Shock and Awe” de 2003, pero con mayor sofisticación tecnológica y con un adversario más preparado para resistir. Irán ha invertido en instalaciones subterráneas, dispersión de capacidades y desarrollo de misiles balísticos de alcance medio. No se trataría de un Estado con fuerzas convencionales comparables a las de una superpotencia, sino de un actor que ha diseñado su doctrina para sobrevivir a un ataque inicial y prolongar el conflicto mediante guerra asimétrica.

La respuesta iraní difícilmente sería simétrica. En lugar de buscar supremacía aérea, recurriría a misiles, drones y redes regionales de aliados. Bases estadounidenses en Irak o Siria podrían convertirse en objetivos, así como instalaciones estratégicas israelíes si Tel Aviv se involucra directamente. El precedente de la guerra entre Israel y Hezbolá en 2006 muestra cómo actores no estatales pueden sostener confrontaciones prolongadas mediante saturación de cohetes y tácticas híbridas. La guerra dejaría de ser estrictamente bilateral y pasaría a ser regional.

El Estrecho de Ormuz se convertiría en un punto neurálgico. Aproximadamente una quinta parte del petróleo mundial transita por esa vía. Un bloqueo parcial, minado o simple hostigamiento naval elevaría de inmediato los precios del crudo. Las crisis energéticas de 1973 y 1979 demostraron cómo alteraciones en el suministro pueden transformar la economía global. En un mundo aún más interconectado financieramente, el impacto sería rápido: inflación, volatilidad bursátil y presión política internacional para contener la escalada. El frente energético sería tan decisivo como el militar.

La participación de Israel ampliaría el teatro de operaciones. La doctrina de seguridad israelí prioriza la neutralización preventiva de amenazas estratégicas. Una coordinación estrecha con Washington podría traducirse en ataques devastadores contra infraestructura iraní y, a su vez, en una respuesta iraní indirecta a través de aliados regionales. El conflicto podría extenderse al Líbano, Siria o incluso al Mar Rojo, afectando rutas comerciales adicionales.

Rusia y China no intervendrían militarmente de forma directa contra Estados Unidos, pero su implicación política, económica y tecnológica sería significativa. Moscú podría incrementar cooperación técnica o inteligencia; Pekín podría profundizar acuerdos militares, energéticos y acelerar mecanismos de pago alternativos al dólar. Así, la guerra funcionaría como catalizador de la fragmentación sistémica, consolidando bloques geoeconómicos más definidos.

Una invasión terrestre a gran escala parece improbable debido a los costos políticos y logísticos. Irán es geográficamente extenso, con terreno montañoso y población numerosa. Las experiencias de ocupación prolongada en Afganistán e Irak demostraron el desgaste que supone sostener operaciones de contrainsurgencia durante años. El escenario más plausible sería una guerra aérea prolongada combinada con sanciones extremas y presión interna destinada a erosionar la estabilidad del régimen.

Sin embargo, la historia muestra que los conflictos pueden escapar al cálculo inicial. En 1914, las potencias europeas no anticiparon la magnitud de la guerra que desencadenaban. En 2003, la intervención en Irak fue presentada como rápida y transformadora; terminó siendo un conflicto prolongado que alteró todo el equilibrio regional. El riesgo de error de cálculo, especialmente en un entorno de alta polarización internacional, es significativo.

En términos estructurales, la guerra sería tecnológica, energética y financiera al mismo tiempo. No solo implicaría misiles y drones, sino mercados de futuros, flujos de capital y sistemas de pago. Sería una confrontación por infraestructuras materiales y por arquitectura monetaria. En el fondo, lo que estaría en disputa no sería únicamente la conducta de un Estado, sino la capacidad de una potencia para preservar un orden en transición.

Así, el desarrollo del conflicto dependerá tanto de decisiones militares como de dinámicas económicas globales. Si logra mantenerse limitado, podría convertirse en un episodio de presión estratégica destinado a reafirmar posiciones. Si escala más allá de ciertos umbrales —ataques masivos a civiles, interrupción prolongada del comercio energético, implicación directa de grandes potencias— podría transformarse en un punto de inflexión histórico.

El factor nuclear.

En las fases de estabilidad hegemónica fuerte, el sistema internacional tiende a contener la proliferación. Durante el momento unipolar posterior a 1991, Estados Unidos actuó como garante (voluntario o coercitivo) del régimen de no proliferación. El Tratado de No Proliferación (TNP), aunque desigual, funcionó porque existía una estructura clara de poder que imponía costos severos a quienes intentaran cruzar el umbral.

Pero en momentos de transición hegemónica, cuando el poder se fragmenta y las garantías de seguridad se debilitan, los Estados comienzan a desconfiar de los compromisos multilaterales. Históricamente, cuando la protección de una potencia dominante deja de percibirse como sólida, los actores regionales buscan mecanismos autónomos de disuasión.

Esto no es exclusivo del capitalismo contemporáneo, pero en su forma actual adquiere rasgos particulares:

Competencia tecnológica acelerada. Fragmentación de alianzas tradicionales. Sanciones económicas como arma estructural.
Militarización de cadenas energéticas y financieras.

En este entorno, la lección estratégica que muchos Estados extraen es pragmática:
los países con armas nucleares no son invadidos; los que no las tienen, sí pueden serlo.

Corea del Norte es el ejemplo más citado. Tras desarrollar capacidad nuclear, pasó de ser considerado un posible objetivo de cambio de régimen a convertirse en un actor disuasivo con el que se negocia. Esa percepción influye más que cualquier tratado.

Desde la teoría del sistema-mundo, el capitalismo histórico no es simplemente un modo de producción, sino una economía-mundo estructurada en centro, semiperiferia y periferia. Las fases de expansión y crisis del sistema están vinculadas a ciclos largos de acumulación. Giovanni Arrighi mostró cómo cada ciclo hegemónico —genovés, holandés, británico, estadounidense— culmina en una fase de financiarización y turbulencia, seguida por transición conflictiva. En esos momentos de declive relativo del centro dominante, aumenta la competencia interestatal y se intensifica la militarización. La proliferación nuclear, en este marco, no sería una consecuencia automática del capitalismo, pero sí una posible expresión de su fase de crisis hegemónica, cuando las reglas impuestas por el centro pierden eficacia y la coerción se convierte en instrumento central de preservación del orden.

El realismo estructural aporta otra capa explicativa. Kenneth Waltz sostuvo que el sistema internacional es anárquico: no existe autoridad superior que garantice seguridad. En tal entorno, los Estados buscan sobrevivir. John Mearsheimer profundiza esta lógica en su versión ofensiva: las potencias buscan maximizar poder para evitar vulnerabilidad. Cuando el equilibrio de poder es estable, la disuasión funciona con menos actores nucleares. Pero cuando la distribución de poder cambia rápidamente —como ocurre en una transición hegemónica— la incertidumbre estratégica se multiplica. Si los Estados perciben que las garantías externas son frágiles o reversibles, la tentación de desarrollar capacidades autónomas de disuasión aumenta. Desde esta perspectiva, la proliferación no es moral ni ideológica; es una respuesta racional a la inseguridad sistémica.

La economía política de la hegemonía añade el componente financiero y monetario. Charles Kindleberger argumentaba que el sistema internacional necesita un proveedor de bienes públicos globales: estabilidad monetaria, apertura comercial, liquidez en crisis. Cuando la potencia hegemónica ya no puede o no quiere desempeñar ese papel, el sistema entra en desorden. Robert Gilpin describió cómo el declive hegemónico tiende a resolverse mediante conflictos mayores que redefinen la jerarquía internacional. En el momento actual, la erosión relativa de la primacía estadounidense, el ascenso de China y la fragmentación de cadenas productivas generan un entorno donde las alianzas se vuelven más transaccionales y menos garantizadas a largo plazo. En ese contexto, la seguridad deja de estar “tercerizada” en el orden liberal y vuelve a depender del cálculo nacional.

Si combinamos estos tres enfoques, aparece un patrón coherente: la proliferación nuclear no es un producto directo del capitalismo como tal, sino una consecuencia de la fase de transición conflictiva dentro del capitalismo histórico. Cuando el orden es estable y la hegemonía clara, los costos de proliferar superan los beneficios. Cuando la hegemonía se erosiona y las guerras regionales reaparecen como herramientas de ajuste, el cálculo cambia.

El ejemplo de Corea del Norte es ilustrativo desde el realismo: tras adquirir capacidad nuclear creíble, dejó de ser considerada un objetivo plausible de intervención directa. La lección estratégica observada por otros Estados es que la disuasión nuclear modifica radicalmente el trato recibido en el sistema internacional. Desde la lógica del sistema-mundo, esto refleja la diferenciación entre Estados con capacidad estratégica plena y aquellos vulnerables a coerción. Desde la economía política hegemónica, implica que la arquitectura de seguridad colectiva ya no es percibida como suficiente.

Sin embargo, hay límites estructurales importantes. El Tratado de No Proliferación sigue siendo un régimen institucional algo robusto; los costos tecnológicos y financieros del desarrollo nuclear son enormes; y la interdependencia económica global actúa como freno parcial. Además, la proliferación masiva reduciría la estabilidad sistémica, algo que incluso potencias rivales buscan evitar. Waltz llegó a sugerir que cierta proliferación limitada podía estabilizar regiones mediante disuasión mutua, pero esa tesis es altamente controvertida y depende de supuestos de racionalidad que no siempre se cumplen en crisis.

En consecuencia, no puede afirmarse que la proliferación nuclear sea totalmente inevitable en la próxima fase del capitalismo. Lo que sí puede sostenerse teóricamente es que la actual transición hegemónica incrementa los incentivos estructurales para que algunos Estados reconsideren la opción nuclear como seguro último de soberanía. Si el orden liberal pierde legitimidad y eficacia, y si las guerras convencionales demuestran que los Estados no nucleares son vulnerables a coerción directa, la presión hacia la proliferación aumentará.

El desenlace dependerá de factores contingentes: acuerdos regionales de seguridad, reformas del régimen de no proliferación, gestión prudente de crisis entre grandes potencias y capacidad de reconstruir mecanismos de gobernanza global. En términos sistémicos, el punto crítico no es el capitalismo en abstracto, sino la forma específica que adopta en su fase de competencia fragmentada y transición de poder.

Así, la cuestión nuclear se convierte en un termómetro de la estabilidad del orden mundial. Si el sistema logra absorber la transición sin mayores guerras , la proliferación puede mantenerse contenida. Si la transición se desarrolla mediante confrontaciones abiertas y debilitamiento institucional, el incentivo a buscar disuasión autónoma crecerá. No es una ley histórica inexorable, pero sí una tendencia estructural del capitalismo que merece análisis riguroso.

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