Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad
Andrés Piqueras, profesor senior de la Universidad Jaume I
observatoriocrisis.com/6 febrero, 2026
Normalmente gran parte de las poblaciones europeas, sometidas a unas intensas desinformación, manipulación mediática, malformación programada y censura, a duras penas comprenden el mundo en el que están ni perciben el momento extraordinariamente grave que atraviesa la humanidad.
Peor aún es que entre los propios marxistas parece ser que hay quien piensa que la “lucha de clases” es una batería que funciona por sí sola fuera de su retroalimentación con el contexto local, estatal y mundial de cada tiempo histórico, así como del conjunto de condiciones estructurales e infraestructurales que le caracterizan, llegándonos a decir que pronunciarse por las pugnas entre Estados es simplemente tomar partido por unas u otras burguesías.
Pero lejos de ello, la imbricación de la economía mundial y la globalización del capital hacen que las relaciones Capital/Trabajo estén cada vez más condicionadas por las pugnas entre sectores dominantes, así como por las relaciones interestatales dentro del Sistema Mundial capitalista (y de ellas, especialmente las dadas entre unos “centros” actuando cada vez más como bloque imperial recrudecido contra el resto del mundo, y unas “periferias” emergentes que se han ido sacudiendo su condición de tales).
En este sentido, la reestructuración del poder al interior de la clase capitalista conlleva profundos cambios en la composición del poder mundial y de los poderes en cada formación socio-estatal. La lucha de poder entre las clases dominantes y entre las distintas expresiones del capital -por ver, entre otras cuestiones a dirimir, quién habrá de cargar con el capital ficticio endeudador y quién por el contrario resultará al frente de la concentración de riqueza más o menos real que se está gestando-, nos llevan a un escenario en el que:
A) Se da una concentración de la apropiación y del poder de clase en los sectores exitosos del capital a interés financiarizado, que adquieren creciente importancia estratégica. Preparan estas facciones la concentración de poder ante la incertidumbre de la propia evolución capitalista, y ante la creciente evidencia del fin de los índices de crecimiento, a la espera de ser capaces de reaccionar ante las diferentes coyunturas que se presenten (colapso de la globalización, agotamiento de los recursos energéticos, cambio de modelo de dominación y de acumulación).
B) Hasta ahora la expresión económica típica de esa pugna Inter- burguesa e interestatal ha tenido lugar en forma de“Guerras de divisas”. Las reservas de divisas pasaron de 858.000 millones de dólares a 3,4 billones entre 1990 y 2004 (casi 4 veces), de las cuales el 60% en dólares y cerca del 20% en euros. Con esa acumulación de reservas se pone fuera de servicio capital que no se usa ni para inversiones ni para gastos sociales, y se destina sólo a escudarse contra ataques a la propia divisa y poder defender así el tipo de cambio.
“Guerra de monedas”. Se ha dado una continua presión hacia la devaluación de las monedas para ganar cotas de “competitividad” mundial, dada la hoy asentada vocación exportadora de las economías capitalistas (que buscan en el mercado mundial lo que el deterioro del mercado interno en cada caso no puede posibilitar). Obsérvese la incongruencia y escasas perspectivas de este proceso y de semejante carrera competitiva.
Ello en lugar de “guerras de aranceles”, tal como se dio a finales del XIX y principios del siglo XX, debido a la enorme interconexión de todas las economías en el Sistema Mundial capitalista (el capital global requiere, en cualquier caso, de estructuras espaciales abiertas, antes que del proteccionismo).
El que precisamente eso cambie hoy vertiginosamente hacia una “guerra de aranceles” es indicativo de que hay un proceso de desglobalización en curso y una reedición de una suerte de “mercantilismo militarizado”, desatado por la principal potencia del sistema capitalista, que cada vez pierde más sus funciones de hegemón, además de su preponderancia económica, por lo que su dominio se hace más salvajemente “autónomo”, por fuera de las leyes, instituciones y convenciones internacionales que ella misma había promocionado para su beneficio.
Así que todo indica que el camino de re-fortalecimiento de la escala estatal de acumulación queda en adelante expedito (recordemos que las fases de apertura y cierre de las relaciones interestatales se han venido alternando en el capitalismo histórico en función de las claves de acumulación capitalista). Otra variante, por lo que afecta al corto plazo, bien pudiera ser la cartelización regional del capitalismo, por grandes bloques subcontinentales.
Habrá que ver, entonces, si el Estado continuará siendo la principal entidad político-territorial gestionadora de la acumulación capitalista (tan necesaria hasta ahora por haber sido la principal escala en la que el Capital ha sido capaz de gestionar el consenso –léase la endogeneización o integración de la fuerza de trabajo-), y por tanto si será también el principal ámbito en el que se diriman las luchas de clase, o bien otras esferas micro y/o macroestatales irán disputando con mayor ahínco su importancia.
C) Hoy por hoy y desde la caída de la URSS, los diferentes tipos de capital (industrial, comercial y de interés-especulativo-rentista), así como unas y otras burguesías estatales, se vienen coordinando y aprovechando la coyuntura para recomponer el poder de clase y golpear la fuerza histórica que había conseguido la clase trabajadora, rebajando al máximo su poder social de negociación y desbaratando todos los dispositivos de preservación de esa fuerza laboral y de regulación de la relación Capital/Trabajo, así como las formas institucionalizadas de pacto de clases propias del “capitalismo organizado” keynesiano, pero también las del capitalismo desarrollista periférico anejas al “pacto del postcolonialismo”. De hecho, en la actualidad, se imponen para las formaciones centrales el mismo tipo de Ajustes Estructurales que antes fueran llevados a cabo en las periféricas (proceso que he llamado de autocolonización).
Por eso, las medidas procíclicas sostenidas en el tiempo (tales como la recesión inducida) han sido tendentes a hacer disminuir la demanda interna en las formaciones sociales más endeudadas, generando por un lado recesión y por ende sustancial debilitamiento de las posibilidades organizativas y reivindicativas de la fuerza de trabajo; mientras que por otra parte pretenden reducir las necesidades de financiación exterior de aquellas formaciones, posibilitando de esta manera la devolución de las deudas a las entidades globales controladas por las formaciones más poderosas (así se hizo, mediante los programas de Ajuste Estructural, en las periferias).
El problema estriba en extralimitarse en la recesión generada, disminuyendo más allá de lo prudente los ingresos fiscales (y aumentando las gastos pasivos del Estado), con la consiguiente renovación de la dependencia en la financiación exterior de cada vez más formaciones socio-estatales, como el caso europeo muestra dramáticamente.
De cualquier manera, como siempre hizo, el Capital utiliza la crisis para reordenar profundamente las relaciones de clase a su favor, y una vez reestructuradas la cuestión social y laboral en ese sentido, y deprimido en sus límites más bajos el poder social de negociación de la fuerza de trabajo, imponer un nuevo modelo de acumulación-regulación con altas tasas de explotación, acompañadas de formas de dominación más drásticas y explícitas.
La propia resolución de las contradicciones entre los distintos tipos de capital por la obtención y apropiación del valor en función de tiempos cortos (renta-beneficio financiero) o largos (plusvalía industrial-realización de la ganancia a través del mercado) en favor de la primera opción, hacen también crecientemente improbable la puesta en escena de una nueva onda reformista, dado que la dinámica de la inmediatez de las ganancias obstaculiza los procesos de planificación, previsión y provisión de bienes y servicios a medio y largo plazo (los cuales dejan de depender tanto del Estado –perdiendo universalidad y gratuidad-, en favor del gasto individual o derivación del salario y bienes hacia la inversión especulativa).
La clave, por tanto, consiste en saber hasta dónde puede llevar la clase capitalista la modificación del régimen de acumulación, esto es, qué nuevo capitalismo está surgiendo al tensar la cuerda de la sobreexplotación y la desposesión de una Humanidad crecientemente proletarizada y convertida no sólo en fuerza de trabajo, sino en fuerza de trabajo excedente, o lo que es prácticamente lo mismo, en humanidad sobrante. Con la consiguiente multiplicación de políticas de muerte en curso.
La tendencia en buena parte de las formaciones socio-estatales del Sistema es que la acumulación de capital va cediendo más y más terreno al crecimiento derivado del capital a interés especulativo rentista y de la inmensa cantidad de “capital ficticio” y de dinero creado “ex nihilo” puesta en juego, así como de la estratosférica deuda generada. Por lo que, siendo precisos, más que de un nuevo “régimen de acumulación” deberíamos hablar de un régimen de crecimiento en gran medida ficticio-endeudado.
La falta de un nuevo motor productivo-tecnológico capaz de arrancar una nueva onda expansiva (como fueran la electricidad, el petróleo, el motor de combustión-automoción, la telefonía…), junto a los lastres de sustentarse en una ficción sistémica, abocan al modo de producción capitalista cada vez más hacia las salidas bélicas.
La potencia líder y principal sostenedora del Sistema, al ser la que recibe el mayor efecto boomerang de tal (falso) crecimiento, es la más forzada, dentro de la lógica capitalista, a emprender el saqueo del resto del mundo para intentar compensar la corrosión interna. En ello ha de esquilmar acentuadamente a las periferias y succionar una mayor parte del beneficio obtenido por las otras potencias capitalistas (bajo su disciplinamiento militar).
Pero no puede hacer lo mismo con las “periferias emergentes” (China, Rusia y poco a poco, India). Así que ha de enfrentarse a ellas de todas las maneras posibles (guerra económica, mediática, cognitiva, guerras proxys, corte de sus suministros energéticos, financieros, etc., para lo que tiene que atacar también a sus proveedores y/o facilitadores de autosostenimiento).
Hay muchas claves todavía por determinar sobre las derivas y consecuencias de este “modelo bélico de crecimiento”, pero lo que parece más que probable, en cambio, es que, a falta de cualquier “milagro energético”, y siguiendo la senda de una exacerbada economía política de concentración y centralización del capital, apropiación de la riqueza social y depresión de la demanda o empobrecimiento de las poblaciones, el mercado se achique aceleradamente. Asimismo, el saqueo del resto del planeta para apropiarse de sus recursos no hace sino deprimir aún más las posibilidades de un mercado mundial capitalista.
La degeneración del actual modelo ofrece incluso serias dudas sobre las posibilidades de mantener en adelante por mucho tiempo una forma de funcionamiento propiamente “capitalista” para la mayor parte de la humanidad, si es que ésta logra salir de la fase bélica total del capitalismo.
Si lo hace, muy probablemente, tendrá que ser contra el capital (y el internacionalismo antiimperialista es un paso necesario en todo ello).
Y aquí viene a cuento señalar otra cuestión que ciega a muchos marxistas, quienes, presos de su fetichismo, parecen ver al capitalismo como un sistema imperecedero por sí mismo, a falta de “sepultureros” que lo entierren. Pero ningún modo de producción anterior dejó de existir por acciones conscientes o planificadas de nadie, sino por un conjunto de factores ecológicos, económicos y socio-demográficos.
Lo mismo le puede suceder a este sistema sostenido por la ley del valor, que podría derivar (elites mediante) hacia un modo de producción automatizado, por ejemplo, combinado a buen seguro con formas barbarizadas de supervivencia para la mayor parte de la humanidad sobrante, genocidios incluidos (ya en marcha, como estamos comprobando). Por eso es importante distinguir entre degeneración del capitalismo y superación del mismo. Esta última sí, sólo se puede hacer de manera consciente y planificada hacia un sistema superior, socialista.
Para acabar, dos anotaciones políticas
1. No percibir todo esto y decir que “tomar partido” contra el “imperialismo desesperado” en putrefacción es favorecer otras burguesías, es tener una visión límbica de la “lucha de clases”, ajena a cualquier posibilidad efectiva de logros y de pasos.
Aun cuando no se considerara a China una formación en posible transición socialista, la internacionalización productiva-comercial que está llevando a cabo permite unas posibilidades a las luchas de clase en cada lugar que el imperialismo desesperado en putrefacción sólo destruye. No percatarse de que la posible ruptura de la unilateralidad opresiva y mortífera del Imperio decadente puede oxigenar las fuerzas sociales en todos lados, es de una cortedad política poco recomendable tanto para la lucha como para el análisis.
No darse cuenta tampoco de que la propia presión de la principal potencia capitalista y sus subordinados imperiales al resto de periferias emergentes y a sus más cercanos aliados les obliga a emprender (aunque fueren momentáneas) formas de “capitalismo de Estado” que a su vez abren la posibilidad de otras correlaciones de fuerza Capital/Trabajo, es, además, no aportar nada a la lucha política emancipatoria, más allá de meras consignas.
2. Seguir intentando paliar las peores consecuencias de la degeneración del capitalismo actual con los instrumentos “keynesianos” del capitalismo industrial-productivo, y continuar empeñados en el electoralismo y en el parlamentarismo desde él propiciados, es no sólo no tener ninguna capacidad política para ver que el capital ya superó las posibilidades parlamentarias de decidir algo en su decurso, y por tanto ser impotentes para aportar alguna cosa de utilidad a las clases explotadas, sino, además, estar abocados a quedar desechados (incluso por las propias oligarquías, porque has dejado de serles funcional) en la papelera de la Historia.
Sólo el camino del socialismo y por tanto de la igualdad, sin explotación ni dominación y con planificación participada a escala planetaria, puede ya dar un futuro mínimamente razonable a la humanidad.
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