¿Cómo es posible que una nación presentada como colapsada sea descrita simultáneamente como un peligro estratégico que justificaría mecanismos de excepción?
El mundo deberá decidir si sigue aceptando que el fascismo sea una herramienta legítima de política exterior. Porque si naturalizamos el daño sistemático, el problema ya no solo será Cuba, el problema será qué tipo de mundo estamos dispuestos a tolerar.
Peatones caminan junto a un mural que condena el bloqueo económico de Estados Unidos contra Cuba, en La Habana, capital de Cuba, el 5 de noviembre de 2025 - Hua Jin¡¤aiernandesi / Xinhua News / ContactoPhoto
diario-red.com
Editorial/31/01/26
Hay decisiones políticas que no pueden analizarse únicamente en el terreno de la geopolítica, el comercio o la seguridad nacional. Su verdadera naturaleza se revela en el impacto directo que provocan sobre cuerpos concretos, sobre la vida cotidiana de pueblos enteros. Lo que sigue es una denuncia política fundada y una interpelación moral dirigida a la comunidad internacional.
En horas de la noche —tarde en Cuba, porque lo más atroz suele ejecutarse cobardemente en la oscuridad— Donald Trump firmó un decreto destinado a imponer aranceles a los países que suministren petróleo a Cuba. Amparada en el ropaje jurídico de una supuesta “emergencia nacional”, la orden presenta a la isla como una amenaza para Estados Unidos y para la región, habilitando así a Washington a castigar económicamente a terceros estados que mantengan vínculos energéticos con Cuba.
En horas de la noche —tarde en Cuba, porque lo más atroz suele ejecutarse cobardemente en la oscuridad— Donald Trump firmó un decreto destinado a imponer aranceles a los países que suministren petróleo a Cuba
Pero el documento va aún más lejos, porque autoriza al Secretario de Estado y al Secretario de Comercio a tomar todas las medidas necesarias —incluidas normas, directrices y modificaciones discrecionales— condicionadas al grado de alineamiento de Cuba, y de los países involucrados, con los objetivos de seguridad nacional y política exterior de Estados Unidos. O sea, u obedeces o habrá consecuencias.
Cuba no representa una “amenaza extraordinaria” para la principal potencia militar y económica del planeta como señala el decreto. ¿Cómo es posible que una nación presentada como colapsada sea descrita simultáneamente como un peligro estratégico que justificaría mecanismos de excepción? La respuesta es simple, la lógica responde a una racionalidad punitiva que fabrica enemigos simbólicos para legitimar políticas de castigo permanente.
Desde la perspectiva del derecho internacional, el cerco energético que se pretende imponer a Cuba debe verse como un crimen de sanción colectiva. Los bloqueos, incluso en contextos bélicos, están severamente restringidos por el derecho humanitario precisamente porque sus efectos recaen de manera directa e indiscriminada sobre la población civil. Cuando el objetivo explícito es obstaculizar el acceso a bienes esenciales como la energía, el transporte, los alimentos y los servicios médicos, las medidas dejan de ser instrumentos de presión política y se convierten en actos de guerra, e incluso en crímenes de lesa humanidad. O sea, lo que Estados Unidos viene cometiendo contra Cuba desde hace más de sesenta años.
Los bloqueos, incluso en contextos bélicos, están severamente restringidos por el derecho humanitario precisamente porque sus efectos recaen de manera directa e indiscriminada sobre la población civil
El decreto constituye, además, una sanción extraterritorial de carácter punitivo, diseñada para criminalizar la solidaridad y convertir la obediencia en el único idioma diplomático aceptable. Quien no participe del cerco será castigado; quien no colabore en la asfixia será señalado. Defienden que la medida no va dirigida contra el pueblo cubano, mientras se atacan deliberadamente los sistemas que sostienen su vida cotidiana.
Lo que se intenta repetir en Cuba es el mismo patrón aplicado en Gaza: la destrucción de hospitales, sistemas de transporte, servicios básicos, escuelas, industria, turismo y alimentación. Por lo tanto no es en contra de un gobierno; es contra la vida de la gente. Es empujar deliberadamente al pueblo cubano hacia un escenario de exterminio social, un genocidio administrado, impulsado por el capricho ideológico de Marco Rubio y sus aliados.
Lo que se intenta repetir en Cuba es el mismo patrón aplicado en Gaza: la destrucción de hospitales, sistemas de transporte, servicios básicos, escuelas, industria, turismo y alimentación
Si Cuba está colapsada, ¿por qué constituye una amenaza extraordinaria? Si su sistema político está, según el relato imperial, a punto de derrumbarse, ¿por qué recurrir a mecanismos propios de un estado de excepción? Esta lógica se aproxima peligrosamente a una declaración de guerra, aunque se formule sin tropas ni tanques.
Están cercando a Cuba sin que haya guerra, y no será bello, ni alegre, ni digno de risa. Si Cuba cae, será una tragedia; si resiste y vence, un acto de enorme valor y heroísmo incalculable, uno más. Pero ningún cerco es hermoso y solo quedará el pueblo cubano compartiendo un mismo destino hasta el final.
Si figuras como Trump o Marco Rubio no son detenidas en esta escalada, las consecuencias se traducirán en daños materiales concretos para millones de cubanos. El mundo deberá decidir si sigue aceptando que el fascismo sea una herramienta legítima de política exterior. Porque si naturalizamos el daño sistemático, el problema ya no solo será Cuba, el problema será qué tipo de mundo estamos dispuestos a tolerar.
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