En EE.UU., desde enero de 2025, crecen las prohibiciones de libros en escuelas y bibliotecas y la autocensura por miedo a sanciones y recortes económicos
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Organizaciones que monitorean la censura reportan miles de vetos (en Florida, Texas y Tennessee, principalmente) por raza, género, diversidad LGBTQ+ y crítica social. La presión de Donald Trump empieza por cortar fondos públicos a los museos, la música y la TV.
Por: Juan Sebastián Lozano
revistaraya.com/21/01/2026
Los gobiernos de Estados Unidos han invadido países en nombre de la libertad y la democracia, pero en la actualidad, en ese mismo país, el presidente y políticos afines asfixian la libertad y la democracia. El gobierno de Donald Trump ha impulsado y estimulado —a través de órdenes ejecutivas y presiones financieras sobre fondos federales— una censura de libros en instituciones educativas y bibliotecas públicas, y presiones al arte en general e incluso a programas de televisión.
La “libertad” de Estados Unidos hoy se transforma en conservadurismo extremo, en avance del fascismo, no como calco histórico, sino como política de control moral, castigo institucional y fabricación de enemigos internos. Los artistas resisten, pero las políticas de Trump y sus asesores para homogeneizar el país, para reducir el margen de lo decible, para convertir el espacio público en una cárcel ideológica, van muy en serio.
Contra los libros, la imaginación, las fantasías eróticas, la libertad poética
La censura más masiva y medible se desata precisamente en las escuelas, donde los libros que invitan a pensar diferente terminan fuera de circulación. Según el informe “The Normalization of Book Banning” de PEN America -organización que defiende la libertad de expresión y monitorea la censura en Estados Unidos- (octubre 2025), se registraron 6.870 prohibiciones en el año escolar 2024-2025, afectando casi 4.000 títulos distintos en 23 estados y 87 distritos escolares. Ya acumulan alrededor de 22.810 prohibiciones desde 2021, de manera recurrente contra lo mismo: etnia, sexualidad, identidad queer y diversidad cultural.
Los estados gobernados por republicanos concentran la mayoría: Florida lidera con 2.304 casos, seguido de Texas (1.781) y Tennessee (1.622). Leyes estatales como la expansión de “Don’t Say Gay” —apodo dado por sus críticos a la ley de 2022 en Florida que restringe discusiones sobre orientación sexual e identidad de género en escuelas— y restricciones similares en otros lugares facilitan estas remociones, muchas de ellas preventivas. PEN America estima que el 97 % de las prohibiciones se deben al miedo a sanciones legales o financieras, generando un efecto de autocensura entre administradores y bibliotecarios.
En la censura incluyen a escritores consagrados, ya clásicos para la academia y del canon escolar, y best sellers. Dos libros de Gabriel García Márquez, el nobel colombiano, han sido prohibidos en Florida: Cien años de soledad y El amor en los tiempos del cólera —los estudiantes ya no podrán volar con Remedios la Bella o apreciar los inventos del gitano Melquíades—; los acusan de contenido sexual o controvertido. Tal vez los prohíben, más bien, por su contenido político.
La casa de los espíritus de Isabel Allende también fue censurada por violencia política y temas de género. El realismo mágico de Gabo y Allende debe generar un cortocircuito en la moral punitiva de las autoridades de Florida.
Stephen King es el autor más censurado según registros recientes de censura escolar —Trump podría ser un villano bully de sus libros—. El rey del terror es un habitual crítico en la red X de las políticas del “hombre naranja”. Hay 206 instancias de prohibición en 87 distritos de sus novelas Carrie, It, The Stand y The Shining por violencia gráfica y lenguaje explícito.
King es un autor que trabaja el terror de manera magistral, pero sus libros son para toda la familia, están cercanos a la literatura juvenil con sus aventuras y peripecias. Llama la atención que censuren a un autor tan masivo. Charles Bukowski y Henry Miller, por ejemplo, cuyos libros tienen alto contenido sexual, deben representar el mismo Satanás para los republicanos; pero su presidente socializó durante años con Jeffrey Epstein —condenado por delitos sexuales— y en 2002 llegó a describirlo como un “terrific guy”, en una entrevista con New York Magazine citada por The Washington Post.
Otros autores censurados: Toni Morrison (Beloved y The Bluest Eye, por exploraciones de racismo y esclavitud), Margaret Atwood (The Handmaid’s Tale, por su crítica feminista distópica), Maya Angelou (I Know Why the Caged Bird Sings) y Khaled Hosseini (The Kite Runner, por temas culturales y violencia). La American Library Association (ALA) reportó 821 intentos de censura en 2024, con el 72% impulsados por grupos organizados, funcionarios electos y campañas políticas.
En las universidades, 21 leyes estatales aprobadas en 2025 limitan la enseñanza de temas “controvertidos” —teoría crítica de la raza, DEI (Diversidad, Equidad e Inclusión), género—, erosionando la autonomía de los senados académicos y empujando a los profesores a la autocensura. PEN America lo llama “Ed Scare” (“Pánico Educativo”), un eco del “Red Scare” (“pánico anticomunista”) de los años 50: McCarthyismo, listas negras y caza de brujas disfrazada de protección.
La conexión de estas políticas con el gobierno de Trump se vuelve más clara: órdenes ejecutivas como “Ending Radical Indoctrination in K-12 Schooling” (“poner fin al adoctrinamiento radical en la educación básica y media”) amenazan con retener fondos a instituciones que promuevan estos contenidos, lo que crea un efecto dominó nacional.
La literatura estimula la imaginación, la empatía, el pensamiento crítico. La sexualidad en los libros puede estimular una sana educación sexual en los colegios al generar preguntas diversas. Esto no les gusta a los que buscan homogeneizar a la sociedad, a los que promueven el miedo al distinto, al supuesto enemigo interno. Todo para rentabilizar políticamente ese miedo.
Presiones en el arte visual, museos y música: autocensura institucional
La censura no se queda en las aulas: llega al arte visual y a las instituciones culturales. El Smithsonian Institution enfrenta revisiones federales tras una orden ejecutiva de marzo de 2025 que prohíbe exhibiciones que “dividan por raza” o promuevan DEI. El resultado es autocensura: directores que evitan riesgos para no perder fondos, cancelaciones o modificaciones de exposiciones con arte queer, con enfoque étnico o crítico al gobierno. Antiguos empleados describen un clima de “censura institucional sutil”, según reportes del medio Politico.
Museos públicos han cancelado performances pro-Palestina, como en el Whitney Museum (mayo de 2025), donde artistas acusaron a la institución de ceder a presiones externas. Los recortes al National Endowment for the Arts (NEA) y otras agencias han golpeado proyectos en todo el país. Proyecciones anti-Trump en edificios icónicos enfrentan autocensura al solicitar subvenciones o ayudas financieras, porque nadie quiere arriesgar el financiamiento por un mensaje incómodo.
En la música, artistas pro-Palestina sufren boicots y campañas de difamación que buscan silenciarlos. En julio de 2025, Massive Attack, Brian Eno y Fontaines D.C. formaron una alianza contra “intentos de censura” por sus posturas sobre Gaza. La campaña “No Music for Genocide” (septiembre de 2025, más de 1.000 firmas, incluyendo a Lorde y Björk) bloquea o restringe circulación en Israel como protesta, según los organizadores. Por su postura pro-palestina, Kehlani vio cancelado un concierto en un espacio público de Nueva York, de acuerdo con reportes de prensa y pronunciamientos de sus equipos.
La televisión como territorio propicio para la disputa ideológica
El presentador y comediante Jimmy Kimmel criticó en su programa, en septiembre de 2025, a MAGA (“Movimiento político Make America Great Again”) por explotar políticamente el asesinato de Charlie Kirk, influencer de extrema derecha. Brendan Carr, presidente de la FCC (Federal Communications Commission - la agencia federal que regula las comunicaciones y la televisión-) nombrado por Trump, condenó los comentarios y abrió una controversia pública sobre el uso de la regulación como presión política. En ese contexto, ABC suspendió indefinidamente Jimmy Kimmel Live!.
Gracias al apoyo de la American Civil Liberties Union (ACLU), Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, y al respaldo público de figuras del cine como Meryl Streep y Robert De Niro, el programa regresó a la pantalla, según se reportó entonces. Kimmel pidió disculpas en público a los afectados en aquel monólogo, defendió la libertad de expresión y criticó la “coerción gubernamental”.
Este no es un caso aislado. Hay denuncias de presiones políticas y regulatorias contra The View (ABC) por comentarios críticos, presiones sobre Late Night with Seth Meyers (NBC) vía FCC, y el contexto de la cancelación de The Late Show with Stephen Colbert (anunciada en julio de 2025, efectiva en mayo de 2026), aunque CBS lo atribuyó oficialmente a tensiones internas y bajas audiencias, lo que generó un debate público sobre si el clima político —sus críticas constantes a Trump— también influyó en la decisión.
La libertad de expresión, hasta cierto punto, ha caracterizado a los medios de comunicación estadounidenses. El capitalismo ha aceptado a sus críticos liberales o progresistas, ha digerido a artistas y comediantes que desafían al poder y los ha sabido vender. Pero hoy ni siquiera eso: la batalla cultural de la extrema derecha estalla en la televisión, ya no toleran la diferencia.
¿Capitalismo sin democracia?
Esta ola de censura —directa en libros, indirecta en arte y coercitiva en televisión— alinea la cultura con visiones conservadoras mediante órdenes ejecutivas y con el llamado “Project 2025” —serie de propuestas políticas ultraconservadoras creada por la Fundación Heritage—. Críticos como el Brookings Institute y la ACLU advierten de un declive democrático. Ocho estados demócratas aprobaron leyes anti-prohibición en 2025, y artistas relanzan comités por la Primera Enmienda.
El capitalismo actual no necesita a la democracia, ya lo señalaron pensadores como Noam Chomsky y Maurizio Lazzarato. La democracia económica es un horizonte lejano, y la democracia política, el libre desarrollo de la personalidad y la libertad de expresión, ya parecen un estorbo para gobiernos de extrema derecha como el de Donald Trump. Necesitan enemigos como las feministas, los LGBTI, los artistas “libertinos”, para consolidar su poder ante masas confundidas.
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