La lucha por el capitalismo de Estado transaccional
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Lic. Alejandro Marcó del Pont
eltabanoeconomista.worpress.com/25/01/2026
(El Tábano Economista)
Detrás del telón de la política monetaria y los discursos sobre inflación, se libra una guerra civil en la cúspide del poder económico estadounidense. No es la clásica lucha entre “Wall Street y Main Street”, sino un conflicto más profundo, dos facciones de la élite capitalista se disputan el control del grifo más poderoso del mundo: la tasa de interés de la Reserva Federal. Las tasas de interés no es una cifra técnica como nos quieren hacer creer los técnicos de la FED, es el precio de transferencia de riqueza entre diferentes sectores del capital.
Los expertos comienzan a llamarlo “Capitalismo de Estado Transaccional”. Bajo este lente, la pelea entre la administración Trump y la aparentemente independiente Reserva Federal (FED) no es un debate técnico sobre puntos porcentuales. Es una lucha por decidir quién recibe la riqueza y quién la paga en la economía más grande del planeta. La tasa de interés es el arma, y su configuración, el botín.
Imagine la economía como un sistema de tuberías. La FED controla el grifo maestro, es decir la tasa de interés. Cuando lo abre (baja tasas), el dinero fluye rápido y barato hacia algunos sectores. Cuando lo cierra (sube tasas), el flujo se restringe y se encarece. Pero, ¿hacia qué tuberías va dirigido el chorro? Esa es la decisión política clave.
Con la FED manteniendo tasas en el rango del 3.75% – 4% en este inicio de 2026, el mecanismo beneficia claramente a un grupo: la banca tradicional y los tenedores de deuda. Los bancos toman depósitos de ahorradores pagando míseros 0.5%, y prestan ese mismo dinero en hipotecas al 7% o más. Su margen de ganancia nunca fue tan holgado.
Pero hay un juego aún más lucrativo y menos conocido: el “arbitraje de reservas”. Es como si la FED les prestara a los bancos dinero al 4% para que ellos, a su vez, lo invirtien en bonos seguros del Tesoro que pagan, por ejemplo, 4.5%. Es una ganancia segura, libre de riesgo, y financiada por el banco central. Un negocio redondo que explica las ganancias récord de Wall Street mientras la economía real se enfría.
Hay una gran fractura:
- Banqueros vs. Especuladores. Aquí es donde estalla la grieta dentro de la élite. No todos ganan con este “dinero caro”. Se forman dos bloques enfrentados:
- El Bloque de la Deuda (Wall Street Tradicional): Su negocio es la deuda. Tasas altas y estables significan márgenes jugosos, intereses seguros y un dólar fuerte que atrae capital global. Para ellos, la Fed debe ser el guardián ortodoxo de la estabilidad, incluso si eso frena el crecimiento.
- El Bloque del Apalancamiento (Trump, Hedge Funds, Crypto, mercado inmobiliario el Real Estate): Este grupo no vive del interés, sino de la apuesta. Necesitan crédito barato para inflar el valor de sus activos: desde rascacielos en Miami y Bitcoin, hasta startups tecnológicas. Un dólar más débil les conviene, porque hace subir el precio nominal de sus propiedades y reduce el peso real de sus deudas.
La administración Trump no ve a la Fed como un faro independiente, sino como un obstáculo político. Su objetivo es claro:
- alinear la política monetaria con su agenda. Quiere tasas más bajas para:Ahorrar billones en pagos de intereses de la deuda nacional (un 1% menos supone unos U$S360 mil millones de alivio).
- Revitalizar el sector inmobiliario y manufacturero con crédito barato.
- Debilitar el dólar para hacer las exportaciones estadounidenses más competitivas y corregir déficits comerciales crónicos.
Es la visión de Stephen Miran, el gurú económico de Trump y su nominado para dirigir la Fed. Miran argumenta que el estatus del dólar como moneda de reserva global ha sido un arma de doble filo: fortalece la influencia de EE.UU., pero encarece sus productos y fomenta la desindustrialización. Su polémica propuesta es, en esencia, “destronar” suavemente al dólar para recuperar ventaja comercial, aunque eso reduzca temporalmente el poder adquisitivo de los estadounidenses.
Pero hay un problema gigante: bajar tasas y debilitar el dólar podría espantar a los compradores tradicionales de la deuda estadounidense, como bancos extranjeros y fondos soberanos. ¿Quién financiaría entonces el masivo déficit federal? La administración Trump cree tener la respuesta en un lugar inesperado: el ecosistema de las criptomonedas.
Aquí es donde la narrativa se vuelve una novela de thriller financiero. En julio de 2025, Trump firmó la Ley GENIUS, una norma que, bajo la apariencia de regular las stablecoins (como Circle y Tether), en realidad las convirtió en el prestamista de última instancia del Tesoro.
La ley obliga a estas monedas digitales a respaldar cada unidad emitida con efectivo y bonos del Tesoro de corto plazo. El resultado es una demanda cautiva y automática por miles de millones de dólares en deuda gubernamental. Tether y Circle, que ya son colectivamente el 17º mayor tenedor de bonos del Tesoro del mundo, se transforman en pilares financieros del Estado. A cambio de esta legitimidad regulatoria, sus ejecutivos –antiguos donantes de Silicon Valley– proporcionan el oxígeno financiero que Trump necesita.
Es un círculo virtuoso para el bloque en el poder, las stablecoins compran la deuda que financia los recortes fiscales, y con las tasas al 4%, ganan miles de millones en intereses por solo “guardar” los dólares de sus usuarios. Un margen de ganancia cercano al 100%.
Este “Capitalismo Transaccional” tiene una capital operativa: Florida. Bajo el impulso del vicepresidente J.D. Vance y el gobernador Ron DeSantis, el estado se ha convertido en el laboratorio vivo de este nuevo orden. Miami es hoy el epicentro mundial de la tokenización de activos reales –la conversión de propiedades, yates o incluso puertos en tokens digitales negociables–. Esta innovación, promovida por Vance y financiada por los magnates de la cripto, logra dos objetivos, uno da liquidez a activos opacos y otro, atraer capitales globales de manera difícil de rastrear.
Florida siempre fue un imán para el capital internacional, a menudo opaco. Hoy, con la fachada de la innovación tecnológica, ese flujo se ha multiplicado. Las compras de lujo con compañías anónimas y la tokenización ofrecen un camino de doble vía: blanqueo de capitales hacia adentro, y fuga de ganancias hacia afuera, todo bajo un manto de legalidad y vanguardia.
Mientras las élites transaccionan, la mayoría paga la cuenta, los perdedores de este juego de altas tasas y capital opaco son siempre los mismos. Los jóvenes y familias primerizas, excluidas de una vivienda por hipotecas prohibitivas del 7%. Los trabajadores, cuyos empleos en la industria son los primeros en recortarse cuando las tasas altas enfrían la economía. Los pequeños productores, que no pueden competir con el “arbitraje financiero” que desvía el capital hacia ganancias fáciles y especulativas. Y el Estado como comunidad, que recorta inversión en salud, educación e infraestructura para pagar los billonarios intereses a los tenedores de bonos.
El pulso entre Trump y la Fed es el síntoma de una transformación profunda. El “Capitalismo de Estado Transaccional” revela que el Estado ya no es el árbitro entre mercado y sociedad, sino el campo de batalla donde distintas facciones del capital compiten por capturar sus palancas: la tasa de interés, la regulación financiera, la política fiscal.
Stephen Miran y su equipo caminan sobre una cuerda floja. Necesitan bajar las tasas lo suficiente para aliviar a sus bases (el real estate, la industria), pero no tanto que desinflen el lucrativo negocio de las stablecoins que les está financiando el déficit. Es un cálculo de alta precisión política.
La lucha central es por capturar los flujos de renta generados o mediados por el Estado (la tasa de interés, la regulación financiera, las políticas de vivienda). La «transaccionalidad» implica que no hay un proyecto hegemónico unificado, sino una serie de acuerdos, disputas y capturas regulatorias entre estos bloques de capital. El Estado (y la Fed) no son árbitros neutrales, sino el campo de batalla donde estas facciones compiten.
Si lo logran, podrían reconfigurar el capitalismo global, debilitando el dólar y empujando a EE.UU. hacia un modelo más aislacionista y financieramente digital. Si fracasan, el costo lo pagará la economía real con una posible recesión.
El resultado es una economía cada vez más financiarizada y desigual, donde el sector productivo y el trabajo asalariado financian, a través de mecanismos opacos como la política de tasas, la acumulación de riqueza en la cúspide del sistema financiero y especulativo. La innovación (como la tokenización) amenaza con acelerar este proceso, aumentando la opacidad y la velocidad de estas transferencias.
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