Cómo es posible que en un mismo acto se ataque a Venezuela y se anuncie que los próximos que serían tocados serían Colombia y México...
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Por Ana Cristina Bracho
almaplus.tv
El siguiente paso, probablemente, sería, como han prometido, de nuevo izar la bandera de Estados Unidos en Panamá o la anexión de Canadá, porque si no hay más norma que la fuerza y no hay más rechazo, ¿quién lo va a evitar?
Cuando hay tanto ruido, hay que entrenar el oído para escuchar el silencio. Aprender a distinguir, siguiendo las metáforas de Galeano, los distintos fuegos que coinciden para ver cuál es el fuego lento que mantiene el mundo en movimiento y el andar de nuestras vidas.
Sí, semana a semana aumenta la presión de Washington sobre Caracas y lo hace alejándose cada vez más de las normas escritas y de la costumbre de las relaciones internacionales. Son tan grotescos los actos que no vale la pena distraerse en citar cuántos tratados se han violado y quizás vale la pena decir que es el espíritu mismo de la Carta de las Naciones Unidas el que se viene rompiendo, pues el mundo ha de ser un espacio para la convivencia, el desarrollo, los derechos humanos y la paz.
Mientras aquello es un ruido terrible, hay dos silencios que pueden escaparse. Por un lado, las negociaciones se mantienen y, mientras atacan a Caracas, como mostrando con el dedo todo lo mal que le puede ir a un país si no hace caso, Estados Unidos va diseñando un espacio de donde excluye a sus aliados.
¿Comprar petróleo venezolano? ¿Explorar campos? ¿Viajar a Caracas? Todas estas acciones por la vía de licencias o de solicitudes las mantiene Estados Unidos mientras se las limita poderosamente a las demás banderas. Un caso donde esto quedó muy claro fue el asunto de Emtrasur cuando el gobierno de Argentina, que se llamaba de izquierda, jugó por Estados Unidos al punto de que, queriendo herir a Venezuela, entregó su propia soberanía.
¿Se trata de un asunto contra Venezuela o incluso de algo contra el chavismo? En menos de un año de gobierno de Trump, todo el mundo, incluidos los mismos ciudadanos de Estados Unidos, ha sido objeto de amenazas que, salvo en este período de espanto, hubiesen conmovido al mundo.
¿O es que acaso no nos hemos detenido a pensar que en unos meses hemos visto la afirmación de que el Canal de Panamá les pertenece, que invadirán México, que anexarán Canadá o que le aplicarán la pena de muerte a los demócratas que disienten de una política migratoria caracterizada por la crueldad?
No todo debe responderse
La presidenta mexicana, objeto de una campaña retórica incendiaria por parte de Washington, en sus apariciones habituales a la prensa declara que México no debe responder todas las cosas que Trump dice a la prensa. Señalando que lo que a ella le interesa es la realidad de la relación y que, en ella, su homólogo se ha mantenido respetuoso.
¿Hay diferencias entonces entre lo que hacen las cancillerías y lo que dice Trump ante la prensa o declaran sus portavoces? ¿Puede que estar al trote de lo dicho nos haga equivocar al distraernos de lo que ocurre realmente? La situación sobre Venezuela, tras el robo de un carguero petrolero, parece aclarar que los intereses de Washington no son evitar el tráfico de drogas, sino incidir en el mercado petrolero.
Moscú, no sin razón, dice que quiere tener los detalles que Washington no ha dado, pues estamos en tiempos de estridencias, de inteligencia artificial y de guerras cognitivas, pero independientemente de eso, ir tras el petróleo es admitir que ese insumo sigue siendo indispensable para su sistema de vida, pese a todas las declaraciones que apuntaban a que más bien los países petroleros se morirían de mengua porque a estas alturas ya debieron los combustibles fósiles haber quedado en el pasado.
¿Es entonces la mediatización en términos de las nuevas formas de comunicar lo fundamentalmente distinto? Pareciera que si hubiésemos podido escuchar lo que se dijo en los pasillos cuando se discutió el Tratado de Tordesillas, hubiésemos podido escuchar lo mismo.
“Yo agarro todo esto y tú aquello”, omitiendo que en aquellas tierras había mucho más que tan solo oro y plata. Como en estas tierras existen vidas, pueblos e historias, aunque a ellos solo les importe encajarnos en sus intereses geopolíticos. De allí que parece que no cambió mucho más que ahora decirle terrorista o narco a quien antes se denominó indio, salvaje y que se escribió tanto para decir que ni siquiera era humano.
El esclavo que ya no quiero
Si Venezuela es el país al que se puede tratar sin considerar ninguna norma internacional, es porque ha sido posicionado durante mucho tiempo en una campaña que rompe las solidaridades hacia él. Los gobiernos, temerosos de verse en el mismo punto de persecución, se deslizan entre la indiferencia o ser parte del coro que persigue, salvo notables excepciones de quienes han asumido a cuenta propia una postura antimperialista.
Puede, entonces, que cualquier país esté pasando una inédita situación de violencia, como Ecuador, o de desempleo, pero en los últimos años han tenido el recurso de decir que al menos no es Venezuela. De allí que muchos parecen omitir que las actuaciones que rompen toda norma no son tan solo una amenaza contra Caracas, sino contra todo un sistema.
Pues el siguiente paso, probablemente, sería, como han prometido, de nuevo izar la bandera de Estados Unidos en Panamá o la anexión de Canadá, porque si no hay más norma que la fuerza y no hay más rechazo, ¿quién lo va a evitar?
Podríamos esperarlo de las Naciones Unidas, pero sería omitir que nunca ha tenido la fuerza suficiente, que sus integrantes son los mismos gobiernos o que enfrentan una reducción notable de sus recursos para estos temas, así como que sus propios funcionarios son objeto de persecuciones si no se alinean a los intereses hegemónicos. Por ende, como viene sucediendo en este brutal siglo XXI, la silla del agredido también es un espacio solitario.
Pero hay un sujeto individual sobre cuyo cuerpo se ha posado una soledad y una fragilidad igual de grande, que es la del migrante. Pues ha sido indiciado como el responsable de todos los males de sociedades injustas, señalado de oportunista, de irrespetuoso con las leyes y las costumbres; es perseguido hasta dejarle morir en las aguas o que se afirme, como este año se ha hecho, que puede ser “cazado”.
Su señalamiento parece develar el anhelo de regresar al mundo antes de las declaraciones de derechos humanos y, en especial, de la prohibición de la discriminación. Una especie de postura en la que no somos tan iguales y que omite que la promoción de la guerra solo trae el incentivo a la migración o que la persecución y expulsión de migrantes no significa un aumento del empleo o la mejoría de ninguna economía, pues la posición de los migrantes que se integran suele haber estado desocupada y permanecerá estándola.
Comidos a pedacitos
Desde las proclamas de la Independencia hasta las Cumbres de países de los últimos años, parece existir la claridad de que estos actos solo podían evitarse a través de la unión de las regiones expoliadas y especialmente de los países latinoamericanos.
Para evitarlo, se ha hecho de todo, desde la doctrina Monroe, pasando por la Enmienda Platt o incentivar la xenofobia entre nuestros países, sin omitir fraccionar nuestros relatos históricos donde dejamos de aparecer como un todo y somos una minúscula partícula que parece inconexa del mundo al que pertenece.
Al mirar el mapa, todo ha cambiado dramáticamente desde que América Latina tenía alguna imagen de ser un bloque cuando se sentó en Panamá con un Obama que, negando el pasado, quería prometer un mejor futuro. Ahora, a través de distintos medios, han logrado tomar muchas plazas y han dejado de disimular que vienen por más, por ejemplo, ante la descarada injerencia sobre Honduras.
De allí que podamos entender cómo es posible que en un mismo acto se ataque a Venezuela y se anuncie que los próximos que serían tocados serían Colombia y México, que, con todas las diferencias que pueden existir entre ellos, son las voces más claras en contra de la presencia en el Caribe o la amenaza de invasión a Caracas. Por eso, los llamados más recientes desde Caracas han sido claros: matizar las solidaridades o distanciarse solo dejará a quien lo haga aún más al descubierto.
Antes de sentarnos a llorar —que jamás será mi propósito—, podemos recordar que hace unos treinta años también se jactaron de que se acabó la historia, que la victoria era definitivamente de ellos, sobre los “nadies”, pero no pudieron lograrlo, no pudieron con las luces de ese fuego lento que lleva la marcha del pueblo y no podrán tampoco ni esta ni ninguna de las próximas veces que lo intenten.
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Ana Cristina Bracho. Abogada, escritora y columnista venezolana. Premio Nacional de Periodismo “Simón Bolívar” 2023 en opinión. Premio Aníbal Nazoa en la categoría opinión en medios digitales 2019.
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