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BOLÍVAR Y LA PATRIA GRANDE EN DISPUTA A 195 AÑOS DE SU MUERTE

En el aniversario 195 de la muerte de Simón Bolívar, su legado integracionista reaparece como respuesta política al avance coordinado de la ultraderecha en América Latina


Por ALMA Plus 
17/12/2025

A 195 años de la muerte de Simón Bolívar, su ideario integracionista vuelve a cobrar fuerza frente al avance de la ultraderecha en América Latina

El 17 de diciembre de 1830, en la Quinta de San Pedro Alejandrino de Santa Marta, Colombia, murió Simón Bolívar a sus 47 años de edad. Su fallecimiento marcó el final de un ciclo histórico clave para América Latina y dejó abierto un debate que sigue vigente casi dos siglos después: cómo construir unidad política en una región atravesada por disputas internas y presiones externas.

A 195 años de ese momento, Bolívar vuelve a ocupar un lugar central en la discusión política regional. No como figura escolar ni como evocación nostálgica, sino como referencia concreta en un escenario donde la ultraderecha avanza de manera coordinada en varios países de América Latina y vuelve a tensionar los proyectos de integración.

El Libertador dedicó gran parte de su vida a impulsar la idea de una América Latina capaz de actuar de forma conjunta, con soberanía y peso propio en el sistema internacional. Sus campañas militares liberaron territorios; su proyecto político buscó evitar que esas nuevas repúblicas quedaran aisladas, fragmentadas o subordinadas. En el contexto actual —marcado por polarización, retrocesos democráticos y ofensivas conservadoras— el bolivarianismo reaparece menos como relato histórico y más como marco político de análisis y acción.

Antes de morir, Bolívar dejó una frase que resume esa preocupación central: “Si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”. Casi dos siglos después, la palabra “unión” vuelve a ocupar un lugar estratégico en el debate latinoamericano.

La proclama que resuena en 2025

En Venezuela, el presidente Nicolás Maduro ha insistido en que la idea de Bolívar no pertenece a la nostalgia. En su intervención del 9 de diciembre de 2025 —en el marco del 195° Aniversario de la última proclama de Simón Bolívar—, subrayó que el legado integracionista del Libertador funciona hoy como un motor moral para defender la soberanía regional frente a nuevas formas de presión externa.

“La idea de Bolívar de unir a nuestra América sigue vigente”, dijo, y remató con una línea que suena a llamado territorial: “No seremos nada si no la mantenemos viva en la calle, en las comunas y en la comunidad”.

Esa insistencia en el poder popular no es un adorno retórico. Es una forma de traducir el bolivarianismo al siglo XXI: organización, comunidad, tejido social. La unidad, para Maduro, no se reduce a cumbres diplomáticas; se sostiene en lo cotidiano, en el barrio, en la comuna, en la defensa de la soberanía como práctica y no como discurso.

La frase “no aró en el mar”, repetida una y otra vez en el lenguaje político venezolano, condensa la apuesta: Bolívar sembró una idea que brota cada vez que América Latina siente el peso de las tutelas. Lo decisivo, sin embargo, es cómo esa idea se disputa en un mapa regional atravesado por gobiernos con agendas contrapuestas y por una conversación pública donde la ultraderecha ha conseguido instalar marcos de sentido.

Petro y la espada como símbolo de resistencia democrática

En Colombia, Gustavo Petro ha articulado una reivindicación bolivariana con un giro contemporáneo: vincular el proyecto histórico del Libertador con la defensa de la vida, la democracia social y la autodeterminación. En su discurso del 24 de octubre de 2025 en la Plaza de Bolívar de Bogotá, Petro conectó la herencia de independencia con una definición de época: “Hemos y nos hemos circunscrito coherentemente a ser guerreros, a ser servidores de esa lucha por la vida”, dijo, y lo enlazó con su horizonte político de “Colombia, una potencia mundial de la vida”.

Pero hay símbolos que pesan más cuando se vuelven acto. En mayo de este año, Petro empuñó la espada de Bolívar durante una marcha para defender sus reformas frente a la presión del Congreso. La escena condensó dos memorias: la de un Libertador convertido en emblema y la de una espada robada por el M-19 en 1974 como gesto de resistencia. Más que una pieza de museo, la espada funcionó como mensaje: la disputa por la soberanía —en su versión actual— también se libra en el terreno de la institucionalidad, la calle y la justicia social.

En estos últimos días, en el marco de la derrota de fuerzas progresistas en la región, Petro ha reaccionado con una advertencia que mezcla épica y alarma. “Por el sur y por el norte vienen los vientos de la muerte. Atentos Grancolombianos, vienen por nosotros y debemos resistir con la espada de Bolívar en alto y paso de vencedores”, escribió.

Y añadió una ruptura frontal con la normalización de ciertos liderazgos: “jamás le daré la mano a un nazi”, en referencia José Antonio Kast, quien asumirá la presidencia de Chile el 11 de marzo de 2026.
Un mapa en disputa: ultraderecha, reconfiguración y soberanía

El aniversario 195 de la partida física del Libertador Simón Bolívar llega, entonces, en un contexto donde la región parece moverse en dos direcciones simultáneas: una, la persistencia de proyectos integracionistas; otra, el avance de gobiernos y coaliciones que promueven mano dura, austeridad y un repliegue nacionalista que suele romper puentes regionales.

En Chile, el triunfo presidencial de José Antonio Kast se convierte en uno de los hechos más sensibles del nuevo mapa regional. No solo por el peso político y económico del país, sino por la raíz pinochetista de su proyecto y por la normalización de discursos autoritarios, excluyentes y con rasgos abiertamente neonazis, que tensionan los consensos democráticos construidos tras el fin de la dictadura.

En Argentina, el rumbo libertario de Javier Milei profundiza una agenda de ajuste y desregulación; en El Salvador, Nayib Bukele consolida un modelo de seguridad que tensiona libertades y controles institucionales; en Ecuador, Daniel Noboa se suma al giro hacia la derecha.

Cada caso tiene particularidades nacionales, pero el patrón es claro: la ultraderecha logra canalizar el malestar social en promesas de orden, mientras desplaza del centro del debate la desigualdad, la redistribución y la soberanía.

Más que un único epicentro, el escenario actual muestra una ofensiva múltiple. En Bolivia, el triunfo de Rodrigo Paz y su promesa de reorientar la política exterior hacia Estados Unidos —reanudación de relaciones interrumpidas desde 2008, acuerdos energéticos, reactivación de la DEA y restablecimiento de relaciones con el régimen sionista de Israel— refuerza ese corrimiento. La eventual retirada de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) debilita una arquitectura regional pensada para reducir la dependencia y fortalecer la cooperación Sur-Sur.

En ese tablero fragmentado, el bolivarianismo vuelve a ser algo más que retórica: es la pregunta por la capacidad de América Latina de actuar como bloque. La fragmentación —históricamente— ha sido el mejor aliado de cualquier forma de tutelaje externo.

La brújula bolivariana ante la ofensiva reaccionaria

¿Qué ofrece el ideario de Bolívar frente a una ultraderecha que avanza coordinadamente?
  • Primero, una claridad antiimperialista que no se disuelve en ambigüedades: la soberanía no se negocia como detalle técnico; se defiende como principio.
  • Segundo, una convicción estratégica: separados, los países latinoamericanos son vulnerables; juntos, pueden torcer la historia.
  • Y tercero, una intuición que incomoda a los manuales neoliberales: la libertad política sin igualdad económica es una promesa incompleta. La ultraderecha suele presentar como “sentido común” programas que recortan derechos, debilitan la organización social y convierten la desigualdad en paisaje.
Bolívar, leído desde hoy, funciona como recordatorio: la independencia no era solo cambio de bandera; era cambio de destino.

A 195 años de su partida física en Santa Marta, el Libertador Simón Bolívar sigue respirando en la tensión entre lo posible y lo urgente. Y en un 2025 convulso, su legado deja de ser una página antigua para volver a ser una advertencia actual: la Patria Grande no se hereda; se construye.

Bolívar como brújula regional actual

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