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LA PAZ DE TRUMP: UNA VICTORIA IMPUESTA SOBRE LAS RUINAS DE GAZA

Es un plan de carácter neocolonial, articulado sobre la derrota y la imposición de condiciones
Este acuerdo se construye desde la bilateralidad y la imposición, no desde un multilateralismo inclusivo que contemple la rendición de cuentas, la aplicación de la justicia internacional o la participación efectiva del pueblo palestino
Hay que recordar que este plan aborda solo la situación de Gaza. No dice nada sobre la lenta anexión de Cisjordania por parte de Israel, ni sobre el futuro de Jerusalén ni la constitución del Estado palestino

Trump está imponiendo su paz sobre las ruinas de Gaza. Imagen de archivo.Ahmad Awad / EFE

Por Ruth Ferrero-Turrión
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.
publico.es Actualizado a10/10/2025 08:08

Si finalmente se alcanzara un acuerdo de paz en Egipto este podría ser considerado como el mayor logro diplomático del segundo mandato de Trump. De hecho, se le está describiendo como un acontecimiento "histórico", "definitivo", incluso "transformador". Sin embargo, si se analiza con detenimiento, este plan constata tres hechos fundamentales que hablan menos de una paz justa basada que de una reconfiguración profunda del poder en Oriente Medio.

El primer hecho se podría apuntar que es el fin del liderazgo de Hamás como actor político. Tras años de aislamiento, desgaste militar y bloqueo económico, el movimiento islamista queda despojado de cualquier capacidad real de volver a actuar como la referencia política en la Franja. La derrota en Gaza no solo marca el final de su hegemonía interna, sino también el cierre de un ciclo político palestino basado en la resistencia. La "paz" podría alcanzarse sí, pero como una imposición, no como un acuerdo entre iguales, donde, a todas luces, se está renunciando a una buena parte de las demandas históricas del pueblo palestino.

El segundo hecho sería la pérdida de la posición global de Israel. El país se encuentra más aislado que nunca en el ámbito internacional, con una narrativa desgastada que ya no convence ni siquiera a sus aliados más fieles. La justificación de la "autodefensa" ha perdido credibilidad ante las imágenes de destrucción masiva y las denuncias de violaciones del derecho internacional. Netanyahu, antaño figura central de la diplomacia regional, se halla hoy acorralado tanto en el frente interno, por la presión social y los procesos judiciales, como en el externo, donde su margen de maniobra se ha estrechado drásticamente.

El tercer hecho es el cambio de la política regional. Los equilibrios tradicionales se han modificado, las potencias del Golfo, Turquía e incluso Egipto han redefinido sus prioridades en clave de seguridad y rentabilidad económica, dejando a la causa palestina en un lugar marginal. En este nuevo escenario, Trump emerge como el "pacificador" y "negociador", el gran estratega que, en sus propias palabras, ha logrado "lo que nadie antes consiguió". Si en su primer mandato fueron los Acuerdos de Abraham los que abrieron la normalización con los países árabes, este nuevo plan pretende consolidar su legado diplomático, un legado sostenido sobre un Israel más fuerte y más dependendiente de Washington.

Sin embargo, este plan solo fue posible porque Trump decidió frenar al gobierno de Tel Aviv tras la confluencia de dos hechos que no debería pasar desapercibidos. El primero, el ataque israelí contra la cúpula política de Hamás en Qatar, una acción que amenazaba con dinamitar cualquier vía negociadora. La Casa Blanca, consciente del riesgo de desbordamiento, forzó un alto en la ofensiva militar y reabrió los canales diplomáticos. El segundo, tuvo que ver no con una repentina sensibilidad hacia el pueblo palestino, sino por el aislamiento israelí y una creciente presión de las opiniones públicas, especialmente en Estados Unidos.

Según el Pew Research Center, más del 53 % de los estadounidenses expresa hoy una opinión desfavorable hacia Israel, frente al 42 % registrado en 2022. Además, solo un 16 % de los menores de 30 años apoya el envío de ayuda militar a Israel, mientras que entre los mayores de 65 ese apoyo asciende al 56 %. Estas cifras reflejan un cambio profundo en la percepción social estadounidense, que limita la libertad de acción exterior de la Casa Blanca y la obliga a adoptar un discurso de "equilibrio" más retórico que real especialmente de cara a las elecciones de medio término.

Nos encontramos, en cualquier caso, en una fase muy preliminar del plan de Trump. Hasta el momento, los únicos acuerdos concretos contemplan el intercambio de rehenes por prisioneros palestinos y la retirada parcial de tropas israelíes de algunos puntos de Gaza. Pero no existen calendarios definidos ni mecanismos de verificación. Tampoco se han fijado los pasos para abordar cuestiones cruciales como el desarme, la reconstrucción o el establecimiento de un gobierno de transición.

Más preocupante aún es que este acuerdo se construye desde la bilateralidad y la imposición, no desde un multilateralismo inclusivo que contemple la rendición de cuentas, la aplicación de la justicia internacional o la participación efectiva del pueblo palestino. La voz de los organismos multilaterales ha sido, una vez más, marginada. No se habla de reparación, de justicia, ni de autodeterminación. Se trata de una paz diseñada desde el poder, no desde los derechos.

Hay que recordar que este plan aborda solo la situación de Gaza. No dice nada sobre la lenta anexión de Cisjordania por parte de Israel, ni sobre el futuro de Jerusalén ni la constitución del Estado palestino. Esa omisión no es un descuido, sino que forma parte del diseño neocolonial que preserva las estructuras del control territorial, mientras proyecta una "normalización" parcial como gran oferta diplomática.

En realidad, lo que se nos presenta como un gran logro diplomático es un plan de carácter neocolonial, articulado sobre la derrota y la imposición de condiciones. Se consolida así un modelo de tutela internacional que perpetúa la fragmentación territorial, la dependencia económica y la subordinación política del pueblo palestino. Lo que en apariencia pone fin al conflicto, en el fondo perpetúa la estructura de la desigualdad. Una paz que nace de la derrota, algo que, por otra parte, no es la primera vez que sucede en la historia. De este modo, el que tiene la iniciativa y el poder coercitivo define el mapa, no las reglas. Trump ha decidido operar en esos términos y el resto del mundo observa inane. Con esta solución las víctimas seguirán siendo los perdedores, en este caso, el pueblo palestino desplazado, silenciado y sin voz. Y todos sabemos que esto no resuelve el conflicto. El conflicto continuará.

Si este acuerdo se materializa en los términos actuales sin duda marcará el final de una era, y lo hará no por abrir un horizonte de reconciliación, sino por cerrar el de la soberanía palestina. La historia juzgará si este nuevo orden se sostiene sobre la paz o sobre la humillación. Por ahora, solo sabemos una cosa: el "pacificador" Trump es el que está imponiendo su paz sobre las ruinas de Gaza.

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Ruth Ferrero-Turrión
Profesora de Ciencia Política y Estudios Europeos en la UCM.

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