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LA CASA DE LA MUERTE

La destrucción de la sociedad civil en Gaza es el modelo. El caos es el objetivo... Volveremos a ver esto. La misma matanza masiva. La misma demonización de los pobres y los vulnerables.
¿Cómo harán frente a los cientos de millones de refugiados climáticos que llamarán a sus puertas? 
Gaza no marca el final del proyecto colonialista. Me temo que marca su fase final.


Chris Hedges*, The Chris Hedges Report
vocesdelmundo.es.com/ 31 de octubre de 2025 
Traducido del inglés por Sinfo Fernández

 Los Estados occidentales, enriquecidos por sus propias ocupaciones y genocidios —en la India, África, Asia, América Latina y América del Norte— están volviendo a sus raíces al enfrentarse a una crisis climática mundial y a los obscenos niveles de desigualdad social que ellos mismos han creado y mantienen.

A medida que el mundo se desmorona, que la crisis climática empuja a millones, luego a decenas de millones y luego a cientos de millones de personas hacia el norte, en una búsqueda desesperada por sobrevivir, el genocidio en Gaza, que Israel está llevando a cabo lentamente hasta que pueda reanudar su ritmo asesino habitual, se repetirá una y otra vez hasta que las frágiles redes sociales y medioambientales que mantienen unida a la comunidad global se desintegren.

La negativa a abandonar los combustibles fósiles y la saturación constante de la atmósfera con emisiones de dióxido de carbono (CO2) garantizan un aumento de las temperaturas que acabará por hacer insostenible la mayor parte de la vida, incluida la humana. La concentración media mundial de CO2 aumentó en 3,5 partes por millón, entre junio de 2023 y junio de 2024, hasta alcanzar una media de 422,8 partes por millón, según la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica. En los doce meses siguientes se produjo un aumento aún mayor, de 2,6 partes por millón de CO2. Los conflictos violentos, ya exacerbados por las condiciones meteorológicas extremas y la escasez de agua, estallarán en todo el mundo con furia volcánica.

No es ningún misterio por qué los aliados occidentales de Israel financian y sostienen el genocidio. No es ningún misterio por qué estos Estados incumplen los Convenios de Ginebra, la Corte Internacional de Justicia, el Tratado sobre el Comercio de Armas, la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar y el derecho internacional humanitario. No es ningún misterio por qué Estados Unidos ha concedido la asombrosa cifra de 21.700 millones de dólares en ayuda militar a Israel desde el 7 de octubre de 2023 y ha bloqueado repetidamente las resoluciones de las Naciones Unidas que censuran a Israel, en lo que el último informe de la ONU sobre Gaza denomina un «crimen facilitado internacionalmente».

Estados Unidos representa dos tercios de las importaciones de armas de Israel. Pero no es el único. El informe nombra a 63 países que son cómplices de la «maquinaria genocida de Israel» en Gaza.

En palabras de un informe del Quincy Institute y del proyecto Costs of War, publicado el 7 de octubre de este año, «sin el dinero, las armas y el apoyo político de Estados Unidos, el ejército israelí no habría podido cometer una destrucción tan rápida y generalizada de vidas humanas e infraestructuras en Gaza, ni habría podido escalar tan fácilmente su guerra a nivel regional bombardeando Siria, el Líbano, Catar e Irán».

No es ningún misterio por qué miles de ciudadanos de Estados Unidos, Rusia, Francia, Ucrania y el Reino Unido sirven en las fuerzas de ocupación israelíes y no se les exige responsabilidades por su participación en el genocidio.

«Muchos Estados, principalmente occidentales, han facilitado, legitimado y, finalmente, normalizado la campaña genocida perpetrada por Israel», se lee en el informe de la ONU, elaborado por la relatora especial sobre la situación de los derechos humanos en los territorios palestinos ocupados desde 1967, Francesca Albanese. «Al presentar a los civiles palestinos como ‘escudos humanos’ y la ofensiva generalizada en Gaza como una batalla de la civilización contra la barbarie, han reproducido las distorsiones israelíes del derecho internacional y los tropos coloniales, tratando de justificar su propia complicidad en el genocidio».

Según el informe, en septiembre de 2024, Estados Unidos había suministrado a Israel «57.000 proyectiles de artillería, 36.000 cartuchos de munición para cañones, 20.000 rifles M4A1, 13.981 misiles antitanque y 8.700 bombas MK-82 de 226 kilos. En abril de 2025, Israel tenía 751 ventas activas por valor de 39.200 millones de dólares».

Volveremos a ver esto. La misma matanza masiva. La misma demonización de los pobres y los vulnerables. Los mismos tópicos sobre salvar a la civilización occidental de la barbarie. La misma indiferencia insensible hacia la vida humana. Las mismas mentiras. Los mismos miles de millones de dólares en beneficios extraídos por la industria bélica que se utilizarán para asfixiar no sólo a los que están fuera de nuestras puertas, sino también a los que están dentro.

¿Cómo reaccionarán las naciones más ricas cuando sus ciudades costeras se inunden, sus cosechas se desplomen y la sequía y las inundaciones desplacen a millones de personas dentro de sus fronteras? ¿Cómo reemplazarán los recursos que se agotan? ¿Cómo harán frente a los cientos de millones de refugiados climáticos que llamarán a sus puertas? ¿Cómo responderán a la agitación social, al deterioro del nivel de vida, al colapso de las infraestructuras y a la desintegración social?

Harán lo mismo que Israel.

Recurrirán a una violencia desproporcionada para mantener a raya a los desesperados. Robarán las tierras fértiles, los acuíferos, los ríos y los lagos. Se apoderarán por la fuerza de los minerales raros, los yacimientos de gas natural y el petróleo. Y matarán a cualquiera que se interponga en su camino. ¡Al diablo las Naciones Unidas! ¡Al diablo los tribunales internacionales! ¡Al diablo el derecho internacional humanitario! Los Estados industrializados están consolidando, como escribe Christian Parenti, un «fascismo climático», una política «basada en la exclusión, la segregación y la represión».

«Lo que estamos viendo en Gaza es el ensayo del futuro», argumentó el presidente colombiano Gustavo Petro en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático COP28 en 2023.

Los matones enmascarados del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés) desplegados en nuestras calles para aterrorizar a los trabajadores indocumentados se presentarán en nuestra puerta. Los campos de concentración, que se están construyendo en todo el país, tendrán sitio para nosotros. La ley, tergiversada para perseguir a una serie de enemigos internos ficticios, criminalizará la disidencia y la libertad de expresión. Los multimillonarios y oligarcas se retirarán a recintos cerrados, mini Versalles, donde alimentarán sus insaciables ansias de poder, codicia y hedonismo.

Al final, la clase multimillonaria dominante también se convertirá en víctima, aunque tal vez pueda resistir un poco más que el resto de nosotros. Las naciones industrializadas no se salvarán con sus muros fronterizos, su seguridad interna, la expulsión de migrantes, misiles, aviones de combate, armadas, unidades mecanizadas, drones, mercenarios, inteligencia artificial, vigilancia masiva o satélites.

Sin embargo, antes de que se produzca esta extinción definitiva, grandes segmentos de la especie humana, junto con otras especies, serán consumidos en una orgía de fuego y sangre. Gaza, a menos que se produzca un rápido cambio en la configuración y el gobierno de nuestras sociedades, es una ventana al futuro. No es una anomalía extraña. La guerra será el denominador común de la existencia humana.

Los fuertes se aprovecharán de los débiles.

La destrucción de la sociedad civil en Gaza es el modelo. El caos es el objetivo. Las poblaciones sometidas son controladas armando a milicias y bandas criminales, como ha hecho Israel en Gaza, además de armar a las milicias judías rebeldes en Cisjordania. Se controlan, como ha hecho Israel, mediante la prohibición de la Agencia de las Naciones Unidas para los Refugiados de Palestina en Oriente Próximo a fin de bloquear la ayuda humanitaria. Se controlan —como también ha hecho Israel— mediante la destrucción de hospitales, clínicas, panaderías, viviendas, plantas de tratamiento de aguas residuales, centros de distribución de alimentos, escuelas, centros culturales y universidades, además del asesinato de su élite intelectual, incluidos más de 278 periodistas palestinos. Cuando la vida se reduce al nivel de subsistencia, cuando las enfermedades y la malnutrición son endémicas, la resistencia puede quebrarse.

El lenguaje en esta distopía emergente no guarda ninguna correlación con la realidad. Es absurdo. Israel, por ejemplo, ha violado el actual acuerdo de alto el fuego desde su inicio, pero se mantiene la ficción de un «alto el fuego». Al parecer, Israel «tiene derecho a defenderse», aunque es el ocupante y perpetrador del apartheid y el genocidio, y la resistencia palestina no supone ninguna amenaza existencial.

El «Plan Trump», supuestamente formulado para poner fin al genocidio, no ofrece ninguna vía para la autodeterminación palestina, ningún mecanismo para exigir responsabilidades a Israel y propone entregar Gaza a versiones actualizadas de virreyes imperiales, con Israel controlando las fronteras.

La lucha por Palestina es nuestra lucha. La negación de la libertad a los palestinos es el primer paso hacia la pérdida de nuestra libertad. El terror que define la vida en Gaza se convertirá en nuestro terror. El genocidio se convertirá en nuestro genocidio.

Debemos librar estas batallas mientras aún tengamos la oportunidad. Las oportunidades para la resistencia se están cerrando a una velocidad alarmante. Debemos, mediante la desobediencia civil, detener la maquinaria. Debemos rehacer el mundo. Esto significa eliminar a la clase dominante global. Significa demoler una sociedad construida en torno a la manía de la expansión capitalista. Significa acabar con nuestra dependencia de los combustibles fósiles. Significa hacer cumplir el derecho internacional y desmantelar el dominio colonialista y genocida de Israel. Si no lo conseguimos, los palestinos serán las primeras víctimas. Pero no serán las últimas.

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*Chris Hedges es un escritor y periodista que ganó el Premio Pulitzer en 2002. Fue corresponsal en el extranjero durante quince años para The New York Times.

Imagen de portada: Cortejando al fin del mundo (por Mr. Fish).

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