En Colombia la tasa de desempleo de las personas con educación superior es más alta que aquella de quienes no terminan el bachillerato.
La falta de oportunidades de trabajo para los recién graduados aumenta a su vez la informalidad laboral, lo que evidencia la debilidad de la economía: una desconexión crítica entre la formación académica y las necesidades de un mercado que no está absorbiendo el talento de sus jóvenes.
En Colombia la falta de vacantes para recién egresados de la educación superior tiene un efecto directo en la tasa de informalidad de las ciudades. Foto: archivo Unimedios.
Juan Luis de La Hoz Pacheco | Magíster en Economía de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL); Beethoven Herrera Valencia | Profesor Emérito de la UNAL y vicepresidente de la Academia Colombiana de Ciencias Económicas
periodico.unal.edu.co 23 de septiembre de 2025
El reciente informe Education at a Glance 2025 de la OCDE reveló una verdad incómoda: estudiar una carrera en Colombia ya no garantiza acceder a un empleo, como solían pensar las generaciones pasadas. La tasa de desempleo de los jóvenes con educación superior es más alta que la de quienes no terminaron el bachillerato, lo que demuestra que la fórmula “a más educación más empleo”, aparentemente infalible, no se está cumpliendo en el país.
Los datos de la OCDE muestran que en Colombia los jóvenes de 25 a 34 años que no terminaron el bachillerato registran una tasa de desempleo del 10,3%, mientras que aquellos que sí culminaron el bachillerato pero no avanzaron a la educación superior enfrentan un desempleo del 12,1%. Pero lo más sorprendente es que incluso entre quienes sí alcanzaron un título técnico o universitario la tasa se ubica en 11,2%, es decir que su tasa de desempleo es más alta que la de los nunca terminaron el bachillerato.
Ahora bien, que los jóvenes con títulos técnicos o universitarios se enfrentan a mayores dificultades para encontrar empleo no significa que la educación superior sea irrelevante. El mismo informe de la OCDE muestra que estos jóvenes, pese a su mayor desempleo, ganan en promedio 100% más que quienes no alcanzaron logros educativos, lo que revela otra cara del problema: en Colombia existe una fuerte dispersión de los ingresos. Es decir, la educación superior abre la puerta a mejores salarios, pero no necesariamente garantiza un empleo formal.
Oportunidades e informalidad
Este diagnóstico conecta con lo que ya habíamos analizado en nuestra investigación “Desajuste en la educación superior y su efecto sobre la informalidad laboral en Colombia”, en la cual señalamos que cuando la economía no ofrece suficientes vacantes formales para absorber a los recién egresados de la educación superior, el resultado inmediato es un aumento de la informalidad. Cada 1.000 graduados que no encuentran su primera oportunidad laboral formal incrementan en promedio entre 0,136 y 0,167 puntos porcentuales la tasa de informalidad en las ciudades. Estas no son cifras menores: es la diferencia entre un mercado laboral que absorbe el talento humano con dignidad y uno que empuja a los jóvenes a la precariedad, cargando la frustración de un título que no rinde el fruto prometido.
Nuestro análisis también mostró que factores como la “densidad empresarial” y el “valor agregado fabricante” son determinantes de la calidad del empleo. En contraste, variables como la “acreditación de alta calidad” o el énfasis en carreras técnicas y tecnológicas no mostraron un peso estadístico decisivo. En pocas palabras: un título de una institución acreditada no garantiza empleo si el territorio no tiene empresas que absorban ese talento.
Según la OCDE, el 25 % de los jóvenes colombianos entre 18 y 24 años no estudian ni trabajan (ninis). Foto: archivo Unimedios.Este patrón evidencia que el obstáculo principal no radica en la calidad de las instituciones de educación superior ni en la cantidad de profesionales que el país gradúa cada año, sino en la debilidad del aparato productivo. La economía colombiana no está generando una base industrial ni de servicios deseables capaces de absorber el talento técnico y universitario. Por el contrario, lo que predomina en la producción nacional son los bienes de bajo valor agregado, las actividades extractivas y los sectores intensivos en mano de obra poco cualificada. El resultado es un mercado laboral que no demanda investigación, innovación ni habilidades avanzadas, sino trabajos de baja productividad. Los datos de la OCDE son, en última instancia, el espejo de esta realidad que muestra que la desarticulación entre educación y empleo es menos un problema de las instituciones de educación superior y más la consecuencia de una economía débil, dependiente de sectores que poco o nada valoran la formación superior.
A esto se suma un problema aún más alarmante: más del 25% de los jóvenes colombianos entre 18 y 24 años son ninis, es decir que ni estudian ni trabajan, frente a un promedio del 14% en los países de la OCDE. Esta cifra muestra cómo el país desperdicia buena parte del capital humano de toda una generación, y al mismo tiempo se corre el riesgo de que los graduados terminen atrapados en la inactividad y en la exclusión social.
Los hallazgos de la OCDE y de nuestra investigación no se deben leer como un llamado a la resignación sino como una advertencia: la respuesta no es renunciar a la educación superior, sino establecer un vínculo más estricto con el tejido productivo. Colombia se encuentra en una encrucijada: o fortalecemos los puentes entre educación superior y mercado laboral, o condenamos a nuestros jóvenes a cargar títulos que pesan más de lo que liberan. El futuro de la educación está íntimamente ligado a la capacidad del país de crear trabajo formal, y esa tarea no admite más dilataciones. Lo que está en juego no es solo el futuro de la educación superior, sino la calidad del trabajo, y en último lugar el proyecto de país que queremos construir.
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