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¡HUELE A CAPITALISMO!

Entre agonías y rebusques asumen cada día
Ahí van. Caminan despacio, arrastran su humanidad que tanto les pesa, a cuestas portan lo poco que van encontrando al paso...


Equipo desdeabajo
16 abril, 2025

Se les ve por casi toda la ciudad, en especial por sus partes más concurridas. Ocupan cada noche las aceras de manera prolija, en ocasiones tapados con algún retal de tela, costal, plástico, periódico, o simplemente con sus desechos de ropa raída, enmugrecida, ‘engrasada’ con el olor a berrinche.

Sus humanidades, ebrias de pegante, alcohol, bazuko o cualquier droga que puedan inhalar, tragar, untarse, comer, les ayuda a escapar de la ruin vida que tienen que sobrellevar. Desheredados de todo, negados de todo, sobreviviendo al paso, luego de rebuscar entre canecas algún residuo comestible, y de estirarle la mano a todo aquel con quien se crucen, cada día abrazan la noche al amanecer, que con sus luces no alcanza a despertarlos a pesar del intenso sol que en ocasiones quema sus rostros.

Dopados y desnutridos, sin fuerzas ni ánimos ni motivos que les inyecte interés por despertar, prosiguen ahí, en cualquier sitio y circunstancia, botados, anestesiados, en estado de inconsciencia. Nada ni nadie alcanza a despertarlos. Los carros con el incesante rugir de sus motores y el sonar de sus pitos que ensordecen, parecen ser un arrullo para sus desvalidas humanidades que, como si el pavimento fuera un colchón, no se inmutan ni lo más mínimo ¿Y qué interés tendrán en despertar? ¿Para qué recuperar la conciencia de una vida que duele en cada segundo de los infinitos minutos que suman los días, las semanas, los meses, los años?

Allí están, acurrucados, pero también estirados, y en no pocas ocasiones desparramados, con sus humanidades cruzadas sobre la vía que deben transitar quienes con las primeras horas de cada día se dirigen a su lugar de trabajo, como a instalarse en cualquier aparte de una calle con sus precarias mercancías para rebuscarse y tratar de ganarle la arepa, el café, el pan, el caldo, a cada día.

  

A pesar de estar tirados en cualquier apartado de una acera, con parte de su torso desnudo, que denuncia el hambre padecida, la desnutrición que les cubre y las violencias sufridas, parecen ser invisibles. Cada quien los esquiva sin mirarlos, mucho menos detallarlos o determinarlos. Simplemente “no están ahí”. Tal vez por la mente de cada cual pasa, como reflejo espontáneo, el temor de llegar a ser y vivir como aquella foto que se interpone en su camino, los más desgraciados de nuestro cuerpo social, una suma de miles de hombres y mujeres, jóvenes en su mayoría pero también adultos, que en cada ciudad congrega a quienes no son ni pobres, ni miserables, y sí a quienes están en el peor de los infiernos, consumidos por sus debilidades, errores, desventuras, negaciones, pero también por los efectos de la máquina trituradora que es el capitalismo, que rompe y desecha en vida a millones, sin reparar en sus reales capacidades y posibilidades. Esos seres, desheredados de todo, negados de todo, marcados en su rostro por los efectos de un deambular diario sin destino ni protección alguna, como leprosos de otra época, que el capitalismo, por no ser productivos, los somete a una agonía que en algunos casos puede alargarse por años. Entre sus piñones, esa máquina que tritura todo lo que no le sirve, también va arrojando por calles y veredas pedazos de piel, hueso, heces, como miradas llenas de temor y desolación. Nada de ello le importa a esa máquina, ni a quienes la determinan, y coloca al paso de muchos y muchas la imagen de lo que pudieran llegar a ser si rompen con el sistema o no encuentran en este aunque sea un frágil hilo desde cuál aferrarse para vivir en la penuria pero sin caer al último de los infiernos; una imagen que nadie quiere ver y que termina por hacer ‘invisibles’ a quienes sí cayeron más allá del quinto infierno.

Entre agonías y rebusques asumen cada día. Pasado el efecto de las drogas, y con el hambre despierta que desde su estómago atormenta la mente, abren los ojos e inician el día. La panadería más cercana es el objetivo: pedir un mendrugo de pan, algo para tomar, y estirar la mano a uno y otra de las personas con que se cruzan. Reunir una moneda a como de lugar e ir a la olla más cercana para confundir el hambre, la desesperanza y las largas horas del día.

Ahí van. Caminan despacio, arrastran su humanidad que tanto les pesa, a cuestas portan lo poco que van encontrando al paso y que consideran pueden vender en el depósito de reciclaje o que llegada la noche-amanecer les puede servir para descargar sobre ello su humanidad o cubrir la misma del frío que antecede la aurora. Periódicos, cajas, bolsas, todo puede significar unas monedas para cambiar por algo de humo o pegante, como puede ser útil para la noche que llegará.

Van y vienen, pero en sus rostros no se expresa ni rabia ni odio, más bien conformismo, más bien sentimiento de derrota, más bien temor, sobretodo cuando a quien encuentran es a alguien de verde que con su moto los orilla y les requiere por cualquier nimiedad.

En su rebusque de alguna ilusión pasajera, van marcando con sus pasos las rutas por donde saben que algo les dan, que a pesar del mal momento que significan para muchos comerciantes, algo les brindan, tal vez para que dejen rápido el lugar y no espanten los clientes.

Caminan, deambulan, sus cuerpos van como sombras de una humanidad que fue pero que ya no es, a pesar de seguir existiendo. Y como tal sus biologías siguen transformando lo que ingieren y desechando lo que no requiere o lo que ya quedó como simple bagazo. Y la calle también es la letrina. Allí, sin posibilidades de más, el peatón se los cruza, en cuclillas o apoyados en un poste o en una pared cualquiera, embriagando los contaminados “aromas” citadinos, agregando al smog la fetidez que desprende cada cuerpo.

Son olores que cubren amplios espacios de la ciudad de Medellín –pero puede ser cualquier otra urbe–, ‘aromas’ potenciados en las horas de mayor calor y que nos recuerda a unos y otras que el capitalismo, máquina trituradora que en sus piñones nos contrae, lleva y trae como un objeto más, está vivo, no alcanza a ocultar la inmensa violencia que despliega a cada instante, hasta arrojar, como prueba inocultable de ello, sus mayores evidencias por doquier.

Equipo desdeabajo

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Fuente: 
Periódico desdeabajo Nº323, abril 15 - mayo 15 de 2025

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