El avance del neoliberalismo redefine las dinámicas sociales y políticas, mientras los movimientos progresistas enfrentan nuevos retos ante el auge de discursos individualistas y polarizantes
Por Ana Cristina Bracho
4 Diciembre
El declive de los espacios colectivos y el auge del individualismo digital marcan un cambio profundo en la manera en que la sociedad percibe y ejerce la política. Foto: ALMA Plus TV
La plaza ha muerto y la prensa también. La primera era el espacio político en el que pensamos desde Grecia. La segunda era la gran fuerza, para algunos el poder, que durante más de un siglo determinó la opinión pública. Como otras nociones, esa idea de que todos pensaban las cuestiones comunes y que llegaban a un consenso mereció siempre asteriscos. Para recibir la influencia de la prensa había que saber leer lo que no fue realmente casi universal hasta finales del siglo XX, y, la llegada de la radio y de la televisión fue introduciendo cambios, en ese poder hegemónico dando paso a una cultura del espectáculo que influyó hasta en la manera de construir los noticieros.
Poder ver hechos en movimiento, incluso en vivo y en directo, tiene una capacidad de persuadirnos con mucho menos esfuerzo que las largas columnas de prensa. Pese a eso, imágenes de horrores, de matanzas o de la guerra no tienen la fuerza de conmover mayoritariamente hasta hacernos pacifistas, porque aquellas imágenes, usadas en un sentido u otro, pueden reforzar la idea de la legitimidad de un enfrentamiento o animar a la venganza.
Ahora, incluso si esto nos puede impactar porque nos demuestra que sólo ocasionalmente se ha dado un rechazo masivo de la guerra. Siendo el ejemplo mayor lo que ocurrió en el cuestionamiento de la Guerra de Vietnam y observándose hoy, como pese a tanta represión, emergen grupos que denuncian lo que ocurre en Gaza, en este imaginario todavía existen rasgos de masividad. Hay quienes están a favor, en contra y quienes son indiferentes.
Hoy, el mundo cambia en la medida que esos espacios colectivos. Por ejemplo, cuando todo un país ve el noticiero televisado de las ocho de la noche han desaparecido. Los sujetos de hoy, tienen mucho menos en común con sus pares que los que les antecedieron. El mundo neoliberal es también una era de soledad, donde crear vínculos es una tarea más complicada.
Tanto es así que proyectos exitosos de la ultraderecha parece que no buscan unir nada sino, por el contrario, fragmentarlo todo. Así, de ideas que decían que juntos somos mejores o que para alcanzar algún progreso se requiere del esfuerzo común se eclipsan frente a propuestas enarbolan que el individuo es un ser solo, que se hace así mismo, que pelea permanentemente con sus iguales, con sus hermanos de clases, que son los responsables de su precariedad.
Los espacios que antes estaban destinados a producir máximas de experiencia o sentido común también se han ido extinguiendo en un modelo en el que somos adictos a sentir. Prosperan, por ejemplo, los deportes individuales y de emociones extremas mientras declinan los colectivos. El ejercicio es un mundo que crece continuamente porque se afirma que es la clave de una vida de eterna juventud.
¿Quién es ese hombre, quién es esa mujer? Es el resultado del neoliberalismo que, como plantea Vargas “no solo es acción en el campo económico, sino también una pérdida de un proyecto común de sociedad y una individualización en el plano psicológico, que exige a cada persona afrontar la realidad de forma aislada y donde cada una puede alcanzar/comprar individualmente lo necesario.”
En ese sujeto dodo ha venido cambiando y seguirá haciéndolo. Frente a este hecho, deben todos los que aspiren obtener o mantener el poder que cambiar también. Hace unas décadas que ya esto se viene estudiando y se ha puesto la psicopolítica en contraposición con la biopolítica foucaultiana. La política, al no tener la plaza, se traza en las conexiones neuronales. En el sujeto, sus ideas, preocupaciones y emociones.
Del progresismo a la ultraderecha
Durante un año no hemos parado de preguntarnos cómo pudo haber ganado Milei en Argentina y cuándo esto aun no se ha aclarado, aparece un nuevo triunfo de Donald Trump cuya forma de mandar es considerada toda una doctrina, el trumpismo que anda popularizando una forma de hacer campaña y gobernar desde el desprecio.
El progresismo que venía creciendo las décadas anteriores y que, en América Latina, comparte el escenario con estas fuerzas de una derecha distinta a la tradicional, prometía un mundo donde las minorías entrasen a donde nunca habían sido recibidas. Lo que tiene como requisito previo identificarse como tal, tomar para uno las banderas de algún movimiento social y tener el aguante de avanzar, como quien camina por el borde de la playa, y, siente el agua avanzar y retroceder.
Pero ¿qué pasa con los individuos que no se identifican con estas causas? ¿Cuándo estos temas avanzan al tiempo que son los derechos sociales o el bienestar económico el que retrocede? Crece un discurso lleno de falacias y de odio, pero que funciona bien: a la inclusión se le hace un sinónimo del mal. Si en muchas ocasiones esto puede estar claro creo que en ninguna, como en la manera que las nuevas olas del feminismo han sido recibidas por algunos diciendo que las mujeres tienen ya demasiados derechos y que estos ponen en desventaja a los hombres o incluso a las familias.
De modo que se abre una brecha entera para conquistar a los hombres o a las mujeres conservadoras de que forzar el retroceso de quienes en algo avanzaron es un objetivo legítimo e incluso una manera de ganar. Por eso, hay paupérrimos electores que aplaudieron y continúan apoyando que en vez de que ellos obtengan más derechos, los que algunos tenían o venían obteniendo, los pierdan.
Precarizados, competidores y high-tech
En el presente, las personas viven en esquemas que normalizan que uno se trate a sí mismo como una mercancía o un proceso industrial que se auto gestiona y auto explota para maximizar su rendimiento. Sobre esto, son altamente conocidas las disertaciones que analizan qué es vivir en la sociedad del rendimiento, los efectos del cansancio, el laberinto infinito en el que nos encontramos siendo una generación que espera la perfección en un contexto que les da menos y más tardíamente que a sus antecesores.
El acceso a casi todo se ha perdido. Con pequeñas variaciones, los trabajadores jóvenes actuales tienen menos posibilidad de tener estabilidad, salud o propiedades que lo que hubiesen tenido en el siglo XX, pero un acceso, en apariencia, ilimitado a un mundo sin límite que existe y no existe, porque es fundamentalmente virtual.
Entonces aquí se abren las preguntas. No tanto si el internet influye en la política, que es un hecho que ya se da, por cierto, como que las redes sociales —como espacio privilegiado para promover los valores y el modelo estadounidense— determinan toda una manera de entender el mundo y pueden inclinar la balanza en distintos escenarios. Si no cuál relación mantener, qué uso hacer de ellas para hacer política.
Volver a la plaza parece utópico, pero las redes no comunican, construyen espejismos en la soledad de los sujetos donde no existe ninguna alteridad. ¿Es el fin de la comunidad, de la idea, de las masas, de las que hablaba Ortega y Gasset? ¿Son la última frontera de un control que se ejerce en nuestro pensamiento? ¿Qué alternativa contrahegemónica se puede plantear a esto?
La regulación es una apuesta difícil, la razón por la que las personas en estos tiempos se autoexplotan es porque tienen la íntima percepción de la libertad. No hay jefes, ni determinadores de la vida de nadie, cada quien es responsable de sí mismo. Es su propio proyecto, su objeto en venta.
El internet es un espacio donde ese individuo atado y solitario, se siente libre y acompañado. Siente, en la trampa de los algoritmos que todos piensan como él y que aporta activa y valiosamente a un auditorio. Recibe, lo que tenga mayor capacidad de impactarle. Entiende desde los sentimientos y la emociones. La capacidad de estridencia importa más que la empatía.
Al verlo, parece sencillo entender porqué funciona el discurso que alimenta los resentimientos, que se vale de los discursos que rompen el celofán de lo políticamente correcto, pero nos queda sobre la mesa la gran pregunta, cómo puede darse marcha atrás a estos movimientos y retomar el camino que defienda la igualdad de las personas, la prescripción de la violencia, las conquistas de derechos.
Sólo resolviendo esto y superando verlo con las palabras o estrategias que se ponen de moda —hace dos años estábamos tan obsesionados con las fake news como hoy con la inteligencia artificial— podríamos recuperar la ofensiva y superar otro momento que se diseña para que pensemos que todo está ya irremediablemente hecho.
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