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INMUNOPOLÍTICA

La estructura del poder actual se decidía en su capacidad para dividir a la sociedad entre los “normales” y quienes representaban una “bioadversidad”
Hoy, en el imaginario estadunidense, el “inmigrante” aparece como un chivo expiatorio de la lógica de un mercado que devino una auténtica fábrica del desahucio humano

Ilán Semo
21 noviembre, 2024


Existe en la retórica política estadunidense un ingrediente de orden cuasi inmunológico. Si se recuerda, se trata de la ciencia que se dedica, desde el siglo XIX, a estudiar cómo agentes externos (bacterias, virus, sustancias contaminantes) pueden afectar el metabolismo humano hasta causar enfermedades o, incluso, la muerte. Ya en esa temprana época, la ciencia alemana los definió como biofeinde (bioenemigos).

El término no es aleatorio. Un enemigo es el que pone en peligro la existencia propia. En tan sólo unas décadas, el concepto se trasladó a los lenguajes de la política. En los años 20, se volvió común escuchar, tanto en la prensa como en los tratados de “genética humana”, que la sangre de los matrimonios con un extranjero (no ario) podía afectar “la calidad de la sangre aria”.

Apareció así la fantasmagoría de un nuevo tipo de “bionemigo”: el otro/un ser humano distinto. A principios de los 30, la metáfora alcanzó niveles de delirio social: los judíos “menguaban” la integridad alemana; los gays “afeminaban” la virilidad de sus tropas; los gitanos ponían en circulación “virus epidémicos”. Un sistema de bioparanoia se instalaba así en el imaginario de la nación.

Hay una anécdota que ilustra la penetración que tuvo este inconcebible sentimiento. Cuando Heinrich Himmler, el encargado de los campos de concentración alemanes, fue capturado por los aliados después de 1945, éste –“con toda la paciencia del mundo”– empezó a explicar (para evitar ser fusilado) cómo es que los campos en realidad no hacían más que concentrar a gente contagiada de tifo y otros males similares. Es decir, su función era proteger a la “población normal”. El capitán Thomas Salvester, que lo interrogó por primera vez, escribió en sus diarios: “Lo último que le dije fue que lo paradójico era que él nunca se contagió. ¿Realmente creía que todos son idiotas?” El idiota moderno es, en efecto, el que está convencido que el saber es un asunto privado.

La rápida diseminación del fentanilo en EU propició, en los últimos años, una biofantasmagoría semejante. En el discurso del movimiento MAGA –y de un número considerable de medios de comunicación–, los responsables de la “epidemia del fentanilo” son el cártel de Sinaloa y Los Chapitos. Sus imágenes se transmiten sin reposo en las televisoras y las redes sociales. El término “epidemia” no es gratuito: en él se finca la premisa de un “bioenemigo” que atenta contra la salud nacional. Y se tra ta de algo más que de un chivo expiatorio, sobre todo si se piensa en la catástrofe humanitaria que se cierne sobre el mundo de los inmigrantes. La retórica de Trump contra la inmigración anidó en él toda su subjetivación racial. Pero en su subsuelo se encuentra una infrahistoria asombrosa.

La historia secreta del fentanilo se remonta a los años 90. Según Anna Lembke, autora de Drug Dealer, su verdadera causa se encuentra en un peculiar medicamento que ingresó en el mercado general de los antídotos contra el dolor en 1993: el OxyContin. Un opiáceo elaborado por la farmacéutica Pneuma Pharma para contrarrestar dolores extremos en pacientes de cáncer y estado terminal. El problema médico es que se trata de un fármaco altamente adictivo. Inicialmente, la Federal Drug Administration (FDA), encargada de supervisar las normas y límites de uso de los medicamentos, lo aprobó para uso exclusivo de pacientes con cáncer y recién operados.

Penuma Pharma presionó hasta conseguir que se liberara para uso en pacientes en general con cualquier tipo de dolor. En juego estaban, millones de posibles usuarios y billones de dólares en utilidades. El compromiso con la FDA residió en que en el rótulo de instrucciones aparecía una leyenda que aseguraba que OxyContin contenía “comprimidos” que inhibían su posible abuso. Para Patrick Radden, autor del Imperio del dolor, esta directriz inaugura la “epidemia del fentanilo”.

Hoy se calcula que más de 3 millones han consumido OxiContin. Cientos de miles de sus usuarios devinieron adictos; muchos nunca lograron desprenderse de la dependencia. Así se creó un extenso mercado que demandaba un producto que escapaba a su alcance. El fenatnilo se abrió paso a un gigantesco mercado. El esquema de dosificación del OxyContin es relativamente complejo. Por más que los médicos duden de su aplicación, los pacientes lo exigen. Si el doctor no lo medica, entonces puede ser demandado ante el seguro. Entre Pneuma Pharma y el mercado de las asegurador as, emergió la “epidemia”.

Hoy, en el imaginario estadunidense, el “inmigrante” aparece como un chivo expiatorio de la lógica de un mercado que devino una auténtica fábrica del desahucio humano. Un arquetipo del “modelo neoliberal”. Si el neoliberalismo, como dice Franco Berardi (Bifo), nació al calor del hiperactivismo que produce la cocaína, está feneciendo en la nebulosa de la inmunopolítica de los opiáceos.

En los 70, Michel Foucault advirtió que la estructura del poder actual se decidía en su capacidad para dividir a la sociedad entre los “normales” y quienes representaban una “bioadversidad”. Los segundos se distinguirían por las políticas de medicalización. Otra sospecha que resultó cierta.

21 de noviembre de 2024

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