Las guerras son consecuencia del fracaso de la sociedad
Lluís Ronda i Berenguer
Si analizamos detenida y profundamente aquello que acontece en nuestro abigarrado mundo y dicho análisis es examinado por una conciencia íntegra, subjetivamente diríamos: ¡Vaya mierda! Y en ese preciso momento parecernos al individuo más disoluto sin importarnos para nada ser víctimas de la ignominia… ¿Qué nos puede importar ya?
Después de la llegada de G. Bush, EUA incrementó el gasto armamentístico, invirtiendo la tendencia a la baja que hasta los atentados del 11 S. se daba. Así, hoy los americanos encabezan este gasto a nivel mundial seguido de Europa, Rusia y China… India, Brasil, Argentina, Israel, Sur África, las dos Coreas, etc., muchos de ellos con armamento nuclear que les dota de poder de intimidación: sí, llámese hipocresía pacifista.
La reivindicación de antiguos territorios, la descolonización, la religión, el reparto del poder político, la lucha por el control de mercados o los recursos naturales, son alguna de las causas del martirio que sufre este mundo. Lo más grave es que detrás de estas guerras siempre está el apoyo hacia uno u otro bando por parte de quien al mismo tiempo comercia con sendos armamentos. Y si estas guerras comportan horribles genocidios, exterminios, torturas o ejecuciones sumarias… ¿A ellos qué?
De repente, todas las ideologías sucumben ante el despotismo de cuatro megalómanos exacerbados. Estos locos le ganan la batalla a los pensadores, a los libros, a la ética y moral humanas. Estos locos le ganan la batalla a un niño que llora porque tiene hambre… Estos locos le ganan la batalla a esos padres que hablan con lágrimas.
¿Será que toda la sabiduría humana desaparece repentinamente ante el discurso de un loco? ¿O seremos nosotros mismos quienes nos desprendemos de ésta por nuestra desidia? Sí, las guerras son consecuencia del fracaso de la sociedad. La razón humana nos dice que no hay ninguna causa en el mundo que merezca una gota de sangre, y todos podemos asentir dicha afirmación, tanto, que podríamos calificarla como un axioma.
Pero, ¿Qué es aquello que nos lleva a actuar precisamente contraviniendo tal máxima? Verdaderamente, el mismo motivo de siempre, el cual hemos sufrido los humanos durante toda su historia: afán de poder, de poseer lo ajeno, de imponer doctrinas particulares, en definitiva, controlar todo ámbito.
La locomotora de poder arrastra trenes repletos de intereses de todo tipo encarnados por sicarios leguleyos (políticos) que actúan impunemente amparados por los derechos de estado, vagones llenos de gente poderosa que actúa con total impunidad amparados por los derechos de estado. Así, estamos afirmando que una mayoría civilizada que actúa gobernada por el buen natural de la razón, es prescindible. La industria armamentística y todos sus diputados con disposición de satisfacer a aquellos que “consumen” armas, están desacreditando y llevando al despropósito, no solo la entelequia humana, sino también su dignidad, ¡No podemos transgredir los principios de los derechos humanos!
La ciudadanía consciente sabe que no se puede combatir al bárbaro con salvajadas, porque, ¿En qué lugar quedarían nuestras convicciones? Si vivimos en una sociedad civilizada, deberemos actuar como tal.
Hay que denunciar públicamente actos de apoyo a cualquier guerra en cualquier lugar del mundo, guerras que provocan la muerte de miles de inocentes, ¡Todos estamos moralmente comprometidos a evitarlas!
El mundo necesita urgentemente una transformación política, social, medioambiental y humana que inhiba la acción de las guerras y acabe con la industria armamentística. La civilización, después de tantos siglos, debiera haber llegado a esa madurez intelectual capaz de desarrollar la idea del bien a través del eje conciencia-razón-acción como paradigma en todo proceder.
Esta inveterada proposición (más de 2000 años) es hora de ejecutarla… ¿O no?
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