1. ATROPELLOS, INFAMIAS Y EXCESOS: LOS GRANDES MALES DE LA POLICÍA
Este régimen genocida que se ha anclado en nuestro país y que nos representa se ha recrudecido hasta ser una vergüenza mundial, sobre todo porque no respeta los derechos humanos, ni la vida de las personas.
La reputación de la institución no pasa por su mejor momento. La gente pide cambios, pero sobre todo "no más excesos de fuerza bruta y criminal contra los ciudadanos"
FARIT CAJAR MARTINEZ
Foto: Nélson Cardenas
Un rotundo rechazo e indignación causó el asesinato del abogado Javier Bermúdez Ordóñez, ciudadano colombiano que departía con sus amigos enfrente de su casa a la hora de ser abordado por unos policías, quienes tras mediar algunas palabras lo tiraron al suelo, le descargaron continuamente choques eléctricos con un taser y le propinaron golpes contundentes que acabaron con su vida. Además, esto se agravó porque, según el compañero del abogado, “el policía le dijo a Javier una vez interceptado que de esta no se salvaría”.
De verdad, es indignante saber que independientemente de hacer valer una norma se le quite la vida a un ciudadano, más cuando este estaba pidiendo que por favor no lo maltrataran más, que estaba indefenso y que no era ratero, maleante ni asesino. De hecho, este exceso de fuerza bruta se compara con el asesinato de George Floyd en Estados Unidos por parte de la policía; aunque este fue por simple racismo, mientras que el del abogado colombiano obedeció probablemente al adoctrinamiento (secuela del uribismo y su misantropía o rechazo al género humano y a las ideas contrarias a su parecer).
En fin, aquí queda claro el desprestigio de toda una institución policial que se degrada no solamente por unos cuantos policías, sino por lo reiterado y sistemático de los abusos y atropellos de esta magnitud que se cometen en Colombia. Por eso ya casi nadie respeta a las instituciones en Colombia, ni a quienes las dirigen; además, a lo anterior hay que sumarle las mentiras, los exabruptos y la manipulación de los hechos.
Y no quedando contenta la policía con lo anterior, en las protestas siguientes hubo disparos que dejaron más muertos y más heridos sin justificación alguna. Acá un videos para la muestra:
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En la constitución política de Colombia se creó la figura de comisionado de policía, quien era un civil que estaba presente en las actividades internas de la institución; sin embargo, hoy en día esta figura ha desaparecido... entonces, ¿quién evalúa hoy en día a la policía, más si los casos de abuso los termina investigando la misma o la justicia militar? Por eso la violación de los derechos humanos y la desatención de los policías... saben que los van a cambiar de función o trasladarlos, pero no los castigan, ni los meten presos, ni los separan de sus cargos.
Este régimen genocida que se ha anclado en nuestro país y que nos representa se ha recrudecido hasta ser una vergüenza mundial, sobre todo porque no respeta los derechos humanos, ni la vida de las personas. Lo juro, estamos ante un Estado putrefacto, con instituciones corroídas por la corrupción, y donde prima la ambición, la violencia y la pérdida de los valores.
Y aunque este tipo de hechos son aberrantes, tenemos que ser fuertes para manifestar nuestra inconformidad y rechazo a través de la protesta, movimiento social y/o la desobediencia civil. Debemos lograr que desaparezca este régimen, cambiar de modelo económico y liquidar algunas instituciones inservibles que están al servicio de la mafia y la oligarquía colombiana; pero, eso sí, sin violentarnos porque sería un motivo para vuelva el exterminio social del periodo 2002-2010 en Colombia.
Sin embargo, si el pueblo no aguanta más y se violenta, entonces nos encontraremos con una guerra civil sin precedentes, pero no por culpa de la sociedad general o los ciudadanos de a pie, sino de la oligarquía y de este Estado narcoparamilitar que nos gobierna.
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2. Cuando ordenar es asesinar
"Ni las personas somos basura, ni asear es la actividad más sagrada, ni el orden militar es el que nos llevará a la gloria"
Por: Olga Rojas

Justo en septiembre 9, día nacional de los derechos humanos, nos desvelan jóvenes asesinados a mansalva, y policías torturando y asesinando a sangre fría. Esta no es la Bogotá que amamos, este no es el país para el que nos levantamos cada mañana, este no es el mundo para las nuevas y viejas generaciones.
Considerar a los seres humanos tableros de tiro al blanco, objetos de tortura o cuotas canjeables por bonos de vacaciones es equivalente a despojarlos del alma y ponerlos al nivel de la basura; pero nadie es basura. Esto es solo una táctica de asesinos, una táctica que les permite terminar su trabajo, sacudir las manos y volver al hogar guardando la ilusión de despertar amor verdadero en sus bebés, sus madres o sus amores platónicos.
Y respecto a la preocupación de tantos ciudadanos… pues claro, quién no quiere una ciudad limpia, las paredes limpias o las literas de las habitaciones militares sin una arruga, sin una mancha, sin ningún vestigio de abuso crudo y sistemático. Estamos entendiendo mal la idea del aseo, porque la desligamos del respeto a la vida. Lo más bello en un hombre no es que le brille el calzado, sino que nunca sus manos hayan extirpado la existencia de otro y por tanto no necesiten obsesionarse con sacar brillo a sus botas.
Ni las personas somos basura, ni asear es la actividad más sagrada, ni el orden militar es el que nos llevará a la gloria. Ordenar y asear son tareas que no se cumplen con rifles, ni con pistolas, ni con escopetas de gases lacrimógenos. Además, el orden más humano es al que llegamos entre todos, escuchándonos, empatizando, entrando en objetivos y dinámicas colectivas.
Los jóvenes asesinados eran hijos, hermanos y amigos; hombres y mujeres, unos saliendo de la infancia y otros llegando a la adultez. Ellos eran de ese tipo de colombianos que caminaban por las calles, como tú o como yo; interesados en lo que ocurre en el mundo, como tú o como yo; narradores de historias fantásticas para la audiencias familiares, y poseedores de múltiples y esenciales habilidades, como tú o como yo. Las acciones de la fuerza pública no limpiaron ni ordenaron el mundo, se equivocaron en sus objetivos y se equivocaron en sus tácticas. ¡¿Es que no han memorizado que “la vida es sagrada”?! ¡Acaso no han leído el libro en que resuena “no matarás”!
El Estado y sus instituciones tienen el deber constitucional de cuidarnos a todos, de modo que cuando les piden mantener el orden les están exigiendo preservar la vida de todos, asegurar que por las calles transiten las voces y que se dignifiquen los seres. Porque el derecho a la vida es el más alto y primero, por eso un Estado que lo preserve será enaltecido y magnificado.
De nuestra parte los ciudadanos estamos para aprender, soñar, crear, socializar y desarrollar nuestra conciencia.
¡No más muerte!
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