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KEYNESIANISMO DE OCASIÓN

El Estado al rescate

Daniel Gatti

El presidente Emmanuel Macron en una visita a la escuela Pierre de Ronsard, de París / Foto: Afp, Ian Langsdon

Keynesianismo de ocasión en tiempos de emergencia.

Banqueros que auguran el fin del capitalismo salvaje y la llegada de un Estado más “maternal”; ministros liberales que no hacen ascos a las nacionalizaciones; gobiernos ajustadores que anuncian planes de gastos millonarios… Sin embargo, detrás de apariencias e ilusiones, la nueva normalidad aún no se aleja mucho de la vieja.

Sucede a menudo en ocasiones de grandes crisis: el Estado toma sus armas de caballero y a capa y espada sale a escena a dar la cara. Cuanto más grande era antes de la crisis, más dinero podrá poner el valiente para salvar también a quienes antes querían achicarlo, adelgazarlo, vaciarlo, y volverán a querer hacerlo cuando todo pase y la “nueva normalidad” se instale, tan parecida ella a la vieja.

Un escenario así se está viendo ahora. En casa (véase contratapa de Brecha, 9-IV-20) y en “el mundo”. A veces incluso las sorpresas son grandes. Se hizo famoso un editorial del Financial Times, vocero consuetudinario de ese protagonista tan invisible como el coronavirus al que llaman “los mercados”, que al comienzo de esta crisis global, el 3 de abril, llamó a que tras la pandemia se pongan sobre la mesa de discusión de los grandes del planeta “reformas radicales que reviertan la dirección principal de las políticas de las últimas cuatro décadas” y apunten a dar al Estado un papel mucho más protagónico en la economía. Los gobiernos, afirmó el señero diario británico, “deberán ver a los servicios públicos como inversiones, no como cargas, y buscar fórmulas para que los mercados laborales sean menos inseguros. La redistribución será debatida otra vez; los privilegios de las personas mayores y de los más ricos serán cuestionados. Políticas consideradas excéntricas hasta ahora, como la renta básica y los impuestos a las rentas más altas, tendrán que formar parte de las propuestas”. No sólo el Financial Times se internó por ese camino de la conversión. Banqueros, políticos, economistas habitualmente ubicados en su misma cuerda fueron más o menos en igual sentido. En Francia, por ejemplo, Patrick Artus, economista del banco de inversión Natixis, dijo que si alguna conclusión se puede sacar del desastre causado por la pandemia, es que el“capitalismo neoliberal, que optó por la globalización, la reducción del papel del Estado y de la presión fiscal, las privatizaciones y una protección social débil, llegó a su fin”(Libération, 1-IV-20). Y previó también que la era del Después del Coronavirus será menos salvaje. Más “maternal”, dijo otro banquero, italiano él, de vieja raigambre liberal él, pensando en un Estado que arrope y deje a la “menor cantidad posible” de gente por el camino. “Quizá cuando las imágenes tan fuertes que estamos viendo ahora de hospitales desbordados, de cuerpos amontonados en morgues, de ciudades como Bérgamo casi diezmadas, pasen, como pasó la de Aylan, el niñito sirio que se ahogó en las costas italianas, podamos creer otra vez en lo mismo. La peste por ahora no nos deja, pero quién sabe.” Quién sabe.

***

La megacrisis ha llevado a que señores que hasta hace muy, muy poco no hablaban más que de privatizaciones hoy piensen en la posibilidad de incrementar la participación del Estado en algunas grandes empresas al borde de la quiebra o incluso en nacionalizarlas. Bruno Le Maire, ministro de Finanzas del gobierno francés, se dijo, mes y medio atrás, dispuesto a estudiar “todas las posibilidades” para salvar compañías que la pandemia “ha puesto de rodillas”, como Air France o Renault. “Se podrá proceder a recapitalizaciones, a tomas de participación, puedo incluso emplear el término ‘nacionalizaciones’”, afirmó el muy liberal ministro que condujo unos pocos años atrás la privatización en condiciones bastante escandalosas de La Française des Jeux, una empresa pública que desde 1976 tenía el monopolio de las loterías y las apuestas deportivas, y la no menos escandalosa de Aeropuertos de París, aún no terminada. En 2006, cuando operaba para otro gobierno liberal, tuvo un papel central en las privatizaciones de la empresa estatal de gas y de las autopistas, que generaron gigantescas ganancias a los concesionarios, y respaldó la venta de una de las empresas que hoy “no descarta” nacionalizar, la compañía aérea Air France. A fines de marzo, Le Maire recibió de inmediato el apoyo entusiasta de Geoffroy Roux de Bézieux, presidente del Medef, la confederación patronal. “No hay que aferrarse a tabúes en estos temas. El Estado deberá efectivamente estar allí para asistir cuando sea el caso de aquellas empresas que pasen por una situación financiera muy compleja”, dijo este hombre, presente en los consejos de administración de empresas de variados sectores y autor, en 2011, del libro Pour sortir de la crise, le capitalisme (“Para salir de la crisis, el capitalismo”).

“Difícil creer que el ministro de Finanzas haya cambiado en unas pocas semanas de convicciones”, afirma el portal francés Mediapart en un informe consagrado al “concurso de hipocresías que rodea a la idea de nacionalizaciones” (28-III-20). Lo que Le Maire, Roux de Bézieux y otros grandes empresarios pretenden preservar, dice el autor de la nota, Laurent Mauduit, “es al capitalismo financiero, promoviendo ahora soluciones de emergencia”, de salvataje, que están en línea con los intereses de los accionistas privados de la empresa. Lo mismo que hicieron los gobiernos occidentales en la crisis de 2008 y otras anteriores, cuando destinaron miles de millones de euros de las arcas públicas al salvataje de bancos en quiebra. “Es el viejo principio del liberalismo: el Estado debe estar presente para socializar las pérdidas y ya será tiempo, cuando la crisis se supere, de reprivatizar las ganancias”, recuerda Mauduit. El Estado actuó, entonces, como “soporte del desarrollo del neoliberalismo”, señaló en declaraciones para otra nota de Mediapart Lenny Benbara, encargada de publicaciones del Instituto Rousseau, un laboratorio de ideas recientemente creado en Franciaal margen de los partidos de izquierda.

Con ese espíritu es que se ha movido en general el gobierno de Emmanuel Macron, como la mayoría de sus pares occidentales, en esta crisis en la que tanto se insiste acerca de los cambios copernicanos que tendrán lugar, casi como por encanto, cuando la pandemia sea historia y una suerte de neokeynesianismo se apodere de las mentes de los Connie Hughes del universo. Contribuyó a la confusión que en tantos y tantos países el freno de mano impuesto a “la economía” haya obligado a destinar paladas de dinero a planes sociales de todo tipo y a colocar en consecuencia algunos dogmas en el congelador; o que muchos liberales reconocieran que habían ido demasiado lejos con la idea de manejar los servicios públicos como si fueran empresas, en especial los de la salud; o que por estos lares algunos ilustres defensores del “todo al mercado” murmuraran que, bueno, y por qué no una vuelta a la sustitución de importaciones; o que en Europa surjan en filas del centroderecha discursos contra una mundialización que llevó, por ejemplo, a deslocalizar la producción de artículos de primera necesidad.

Pero basta mirar con un poco de detenimiento la composición de las políticas implementadas en la mayor parte de los países occidentales para darse cuenta de que nada ha cambiado demasiado y que esa famosa “nueva normalidad” tal vez no se aleje demasiado de la vieja. “Desde hace 30 años, cada gran crisis alimenta la esperanza desrazonable de un retorno a la razón, de una toma de conciencia, de un basta ya”, escribe Serge Halimi, director editorial de Le Monde Diplomatique en la edición de abril de este mensuario. “Hace un poco más de una década, para salvar su sistema en peligro, los liberales ya habían aceptado un aumento espectacular del endeudamiento, nacionalizaciones, estímulos fiscales, el restablecimiento parcial del control de capitales. Luego, las políticas de austeridad les permitieron retomar aquello de lo que habían debido desprenderse en el marco de ese sálvese quien pueda general.” No sólo recuperaron el terreno perdido, sino que adelantaron un poco más sus peones: “Los asalariados trabajaron más, y más tiempo, y en condiciones de mayor precariedad, mientras los ‘inversores’ y los rentistas pagaron menos impuestos”. El cambio civilizatorio del que tanto se habló por entonces lejos estuvo de producirse.

Aunque la pandemia coloque las cosas en otro lugar –no necesariamente en el de una “crisis del sistema”–, Halimi piensa que un escenario del mismo tipo de aquel de hace 10-11 años, o de los períodos posteriores a otras grandes debacles globales, está entre los más esperables.

Lo que el historiador económico Luis Bértola prevé para Uruguay en una reciente entrevista de Brecha (24-IV-20) –“un conjunto de reestructuraciones muy proempresariales y debilitadoras del rol del Estado”–, las notas de Mediapart lo extienden a Francia y a la mayor parte de los países europeos. A pesar de todas las apariencias.

***

En un artículo publicado el martes 5, Romaric Godin, periodista económico del izquierdizante portal francés, reconstruye grosso modo el escenario que se ha visto un poco por todos lados desde que se declaró la pandemia y más de la mitad de la población mundial fue puesta bajo confinamiento: las actividades económicas no esenciales quedaron en el limbo, mientras el Estado tomó la posta para “asegurar una apariencia de funcionamiento normal” a través de mecanismos de seguros de paro, que garantizan parte de los ingresos de algunos asalariados durante cierto tiempo, ayudas a algunas categorías de trabajadores independientes y préstamos a las empresas para compensar sus pérdidas. Este sistema, “bastante inédito en regímenes capitalistas”, se sustenta en una “congelación de la economía”: “No se modifica nada de lo anteriormente existente, o apenas marginalmente, sino que se lo preserva en la perspectiva de un retorno a cierta normalidad” apostando a que la reactivación limite las pérdidas por vía del consumo. Pero superada la crisis sanitaria, “el doble choque de una menor oferta y una menor demanda” hará que las crisis económica y social tengan efectos tal vez más letales que el covid-19, sugiere Godin. Máxime cuando a pesar de todos los discursos, las salidas que se avizoran en la mayor parte de los países no difieren demasiado de las políticas de mercado implementadas hasta ahora. En Francia, apunta la nota, el gobierno de Macron está dando signos de que las medidas actuales de seguros de paro parciales bonificados se irán eliminando y que se dejará progresivamente el mercado del empleo librado a lo que puedan hacer o no las empresas. El presidente francés no ha renunciado a sus planes de reforma de la seguridad social, frenados primero por las movilizaciones sociales de chalecos amarillos y sindicatos, y luego por la pandemia. Apenas los postergó hasta el otoño europeo. Varios de sus ministros anunciaron por estos días que de ninguna manera se olvidaron de ellos. Pocos siguen hablando hoy en el gobierno francés y aledaños de medidas como la instauración de una renta básica (aunque más no sea por unos meses), aumento de impuestos a los más ricos, prohibición de desalojos por no pago de alquileres, o congelamiento de tarifas públicas, medidas todas de perfil “social” que habían sido evocadas apenas algunas semanas atrás. Hablan, sí, por el contrario, de aumentar la jornada de trabajo, de “aliviar las cargas de las empresas para que puedan invertir y crear empleos”, de suavizar algunas restricciones ambientales, con idéntico objetivo, etcétera, etcétera.

“Como el neoliberalismo contiene elementos keynesianos, esta opción no es necesariamente incompatible con medidas de estímulo, buscando un equilibrio socialmente menos doloroso”, escribe Godin. Pero “si se piensa que es la acumulación de capital la que debe crear empleo y que ‘la economía’ se limita a esa necesidad infinita de acumulación, la función del Estado se limitará a acompañar esta búsqueda de ganancias”, sustituyéndola en tiempos de crisis y retirándose nuevamente a cuarteles de invierno en períodos de calma. La misma visión neoliberal de 2008, que ahora vuelve por sus fueros, concluye el periodista de Mediapart.

***

La discusión en torno al viejo-nuevo papel del Estado en la economía ha generado en la alicaída progresía francesa nuevas esperanzas de que tal vez haya llegado la hora de que sus propuestas puedan volver a tener apoyo en la sociedad. De Francia Insumisa a sectores socialistas, pasando por el Partido Comunista y la ecología política, se vuelve a debatir de nacionalizaciones, de aumento de la protección social y ambiental, de reindustrialización, de impuestos a los más ricos, de renta básica, universal permanente, de planificación, hasta de “anulación de la deuda”. Las discusiones arrecian entre las distintas sensibilidades de la izquierda y tienen muchas aristas: ¿de qué se habla cuando se habla de “un papel más protagónico del Estado”? ¿Qué tipo de Estado, con qué funciones? ¿Más Estado o mejor Estado? ¿No habría acaso que promover desde la izquierda iniciativas de poder popular por fuera de las estructuras estatales, desarrollar estructuras como las cooperativas, por ejemplo, u otras, apostar más a impulsar instancias descentralizadas? ¿Qué estatuto acordar a los servicios públicos: de propiedad estatal, lo que equivale a dar al Estado la potestad de enajenarlos, o declararlos bienes comunes invendibles? “Todas estas discusiones son básicas para los tiempos que se vienen. Partamos de la base de que el Estado no es neutro ni monolítico. Y que no es suficiente para luchar contra fenómenos como el cambio climático, que debe ser pensado evidentemente por fuera de las fronteras nacionales”, dijo al diario Libération la diputada comunista Clémentine Autain.

En su informe sobre las hipocresías que rodean al eventual reimpulso de las nacionalizaciones, Mediapart englobaba entre los “hipócritas” a muchos socialistas que compartieron las políticas de privatizaciones y las impulsaron desde el gobierno con igual fervor que los partidos de derecha o centroderecha. Desconfiemos cuando conceptos como ese salen de la boca de gente que no se diferenció demasiado de los Le Maire, advierte el portal. También para ellos las nacionalizaciones fueron una forma de socializar las pérdidas y sacarles las castañas del fuego a capitalistas en dificultades, señala. En Francia y en España los partidos socialistas hablan ahora de nacionalizaciones temporarias, igual que cuando se plantean instaurar un sistema de renta básica, piensan en un ingreso mínimo de emergencia, mientras que en Unidas Podemos o en Francia Insumisa apuntan a una renta básica universal y permanente, y se habla de nacionalizar empresas estratégicas.

Mediapart se sorprendió, por otra parte, de la debilidad propositiva de algunos de los planteos que están más en boga en ambientes que buscan nuevas confluencias en la izquierda francesa. Cita entre otros un documento publicado el 25 de marzo en Libération por un colectivo de militantes de distintas corrientes de la izquierda, en el que se habla de “nacionalizar el sistema de salud”. El texto parte de “supuestos muy loables”, hace una descripción detallada y precisa cómo el sistema ha sido desmantelado en función de los intereses de los privados, pero a la hora de proponer alternativas se limita a plantear la participación del Estado como accionista minoritario en algunos laboratorios, evalúa Mediapart.“Bien se sabe que cuando el Estado tiene una participación minoritaria en una empresa –se lo vio en Air France o en Renault–, no cambia en nada las lógicas del capitalismo de accionistas, que destroza al mundo del trabajo y cubre de oro a los privados.” Hay como una resignación de fondo en cierta izquierda, lamenta el autor de la nota.

“Esta demanda de retorno a un Estado protector, regulador, anticipador, es un balón de oxígeno en el contexto actual”, constata Clémentine Autain. Pero habría que hacer un esfuerzo para que “surgiera un nuevo imaginario” de izquierda, dice.

Después de todo, nunca las crisis por sí mismas parieron ninguna revolución. Si no hay fuerzas que los impulsen, los cambios no se producen. Tampoco cuando el miedo prima sobre el deseo de cambio o la rebelión. Y si algo ha hecho el coronavirus o los humanos que lo manejan, es meter mucho miedo y congelar la rebelión.

Por Daniel Gatti

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