
Óscar Collazos
Cada vez que el Presidente de la República se atora en las cuerdas de su conciencia y dilata la decisión de decir Sí o No a sus pretensiones reeleccionistas, me lo imagino a unos centímetros de la línea de partida (de las próximas elecciones) sosteniendo en ambas manos la correa que ata los dos collares de sus galgos preferidos.
Detrás de él, desconcertados, maniatados por la indecisión, remolonean más de 20 precandidatos. Todos están allí, maniatados por el capricho del hombre a quien le ha importado un bledo modificar la Constitución para beneficiarse y beneficiar a su primer círculo de poder con las reformas.
Ninguno de ellos, ninguna de ellas cuenta con la ventaja de tener las patas delanteras en la línea de partida. Ninguna, ninguno tiene el privilegio de estar protegido por la correa del Presidente, que es la correa del gobierno. Ese privilegio sólo lo tienen dos elegidos, quizá tres, por si acaso. Tal vez sean portadores del secreto que se les oculta a los colombianos... y a las colombianas.
Los galgos tienen la respiración acezante y despiden por los belfos el líquido que despiden los ejemplares de su especie cuando se disponen a correr tras la pieza. Cuando el Presidente suelte la correa y dé el disparo, el galgo tendrá unas cuantas cabezas de ventaja. Sus rivales, si deciden correr detrás, habrán perdido bríos en medio de esta formidable estrategia de distracción y desgaste.
Los precandidatos no se atreven a emplearse a fondo. ¿Para qué? A medida que corre el tiempo, tampoco se atreven a formalizar alianzas, pues no saben si deberán enfrentar al aspirante mayor o jugársela con uno de los galgos que él mantiene encadenado, esperando el disparo de largada.
Saben, además, que el Gobierno maneja poderosos instrumentos que pondrá a disposición de la reelección o del galgo consentido: un Congreso que legisla a pupitrazos; un Procurador que fabrica investigaciones a los opositores; unos servicios de inteligencia capaces de repetir los métodos de espionaje que les conocemos; un asistencialismo populista que no mitiga el hambre ni fortalece la salud, pero crea consistentes nichos clientelistas que refuerzan la imagen del Presidente como pater familiae; un oído sordo a los reclamos de la comunidad internacional.
A mediano plazo, un nuevo triunfo del presidente Uribe será un fracaso para la sociedad colombiana. Un fracaso para el alma de esta sociedad, cada vez más tolerante con hechos que serían motivo de vergüenza, destitución, renuncia o cárcel en países medianamente respetuosos de la decencia civil. Si se pudren las raíces del manzano, se dice que son unas pocas manzanas podridas.
¿Cómo no va a enfermar el alma de una sociedad si su gobierno dice que no se puede equiparar al agente del Estado que comete crímenes con terroristas que cometen crímenes, aunque ambos tengan el propósito de eliminar un número cada vez más grande de enemigos? ¿Cómo no va a indignar si el gobierno y su Congreso dicen que las víctimas cuentan menos que sus verdugos? ¿Cómo no va a enfermar el alma si un ministro pretende proteger con leyes de impunidad a los congresistas que se alíen con los criminales? Comprensible: son los congresistas que le van a dar el Sí al referendo reeleccionista.
¿Qué se busca con estas medidas de gobierno? Aclimatar mejor la reelección o dotar de óptimas herramientas de futuro al galgo preferido del Presidente que gobernaría con blindaje político y judicial tanto o más inexpugnable que el conseguido por este. Lo que se busca es una perversión más grande que la conseguida en este régimen de impunidades, repetidas viciosamente: que la línea de sucesión al trono esté limpia de obstáculos.