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¿SERÁ ÉSTA LA SOLUCIÓN?


Una idea que debe volver

 Por: William Ospina

 HACE DIEZ AÑOS COLOMBIA CONCIbió un proyecto lúcido y ambicioso para enfrentar los males de la guerra y la terminación del conflicto, previniendo el resurgimiento de la violencia. Fue formulado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD, dirigido entonces por Franco Vincenti, un noble amigo de Colombia, y con la participación de importantes consultores nacionales e internacionales.

Partía de la base de que a nuestro país no le bastaba un mero plan de guerra y de represión, sino que requería un gran plan de reconstrucción nacional que incluyera puertos, carreteras, ferrocarriles, estructuras modernas, impulso a nuevos polos de desarrollo, incremento del empleo productivo, redefiniendo la idea de productividad no sólo en términos industriales, sino pensando en la recuperación de nuestra vocación agrícola en alianza con los nuevos conocimientos, para lograr que los campos colombianos tuvieran otras opciones frente al auge de los cultivos ilícitos, y para que por fin los campesinos no estuvieran condenados a padecer la guerra y la ilegalidad.

Quienes diseñaron aquel Plan sabían que la violencia sólo se combate con grandes proyectos de inclusión, que hay que dar a los ciudadanos argumentos tangibles para estar a favor del Estado y del orden social. Al lado de eficientes proyectos económicos y de infraestructura, iniciativas semejantes a La legión del afecto, que tanto ha hecho después por la recuperación de los jóvenes en zonas de violencia, se desplegarían por todo el país, y a partir de cierto momento se esperaba que miles de jóvenes de todo el mundo vinieran a desarrollar prácticas sociales en el marco de esta naturaleza equinoccial que sorprende y fascina al mundo. Gracias a claras dinámicas culturales y educativas se iba a emprender por fin la reconstrucción de los lazos de solidaridad reventados por la exclusión, por la violencia y por el narcotráfico.

Ese plan, que debe reposar en los archivos de las Naciones Unidas, y que estaba diseñado recordando el célebre Plan Marshall para la reconstrucción de Europa después de la guerra, iba a ser presentado por Andrés Pastrana al presidente Clinton en su reunión de 1998, durante la primera visita oficial que haría a los Estados Unidos. Desafortunadamente, en dos noches aciagas para Colombia, un equipo de funcionarios del Gobierno cambió radicalmente el Plan de Reconstrucción del país, generoso y cargado de esperanza para millones de seres humanos, que consideraba distintos aportantes internacionales, por un proyecto de asistencia militar al que finalmente se llamó Plan Colombia, que hizo que la ayuda norteamericana llegara en material bélico y en helicópteros, un plan que, aunque ha permitido avances en seguridad, nada ha corregido de las causas profundas de la violencia que Colombia arrastra desde hace muchas décadas.

Todo lo que seguimos padeciendo en Colombia, incluida la honda crisis de convivencia y el desplome de la moralidad pública, lo mismo que el inquietante resurgimiento de la violencia urbana, con toques de queda ilegales en los barrios y campañas criminales de lo que se llama eufemísticamente “limpieza social”, sin hablar de la inminencia de una crisis económica de grandes dimensiones, pudo haber sido conjurado con una inversión generosa y visionaria en la gente y en las proyecciones de nuestra economía.

Nadie niega la necesidad de enfrentar la violencia armada y de persistir en la defensa de la sociedad contra guerrilleros y paramilitares, pero esta guerra que nunca ha podido negociarse tiene que quedar atrás y ello sólo se logrará a través de una alianza de civilización alrededor de proyectos y de valores, de reglas de juego claras y de una legalidad sin trampas. Para ello es necesario superar la ligereza y la insensibilidad de ese análisis que cambia siempre por armas y helicópteros, por asistencia militar y por jugosas recompensas los recursos que pudieron incorporar a la producción y a la dignidad a millones de colombianos.

Así había sido desde mucho antes. Los recursos que no se invirtieron en resolver a tiempo los problemas de los campesinos, hubo que destinarlos después a reprimir a esos mismos campesinos transformados en rebeldes. Los recursos que no se invirtieron hace cuarenta años en recibir, dignificar e incorporar a la vida nacional a los millones de desterrados que llegaban a las ciudades, hubo que destinarlos, multiplicados, a la guerra contra el narcotráfico, contra el sicariato, contra el terrorismo. La frustración en la cuna del Plan de Reconstrucción no sólo nos ha costado el presupuesto nacional durante una década, sino que promete costarnos la década siguiente, postergando la solución de fondo de una crisis que no es solamente económica ni política, sino un hondo quiebre de valores, de convivencia y de confianza de la comunidad.

Once años después, el gran Plan de Reconstrucción Nacional, que Naciones Unidas formuló para proponerle a Colombia de verdad un futuro, sigue siendo una necesidad palpitante de nuestro orden social, y debería emerger nuevamente de los archivos del PNUD. Debería ser parte del debate de los candidatos a la Presidencia y, estoy seguro, puede tener más eco en los oídos del presidente Barack Obama del que habría tenido en los de Bill Clinton, si hubiera llegado hasta ellos.

Sobre todo porque los tiempos han cambiado, y porque ahora, tras otra década de experiencia, es más fácil advertir que la sola guerra no resuelve los muchos problemas acumulados de una sociedad, y que no basta con acallar las armas, sino que es preciso, en todos los campos de la vida, una verdadera reconstrucción.

·         William Ospina

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