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¿PROTECCIONISMO O "LIBRE MERCADO"?


APRENDER DEL PASADO

Cuando manda el interés burgués

por Serge Halimi*

 

Le Monde Diplomatique, No.23, Marzo de 2009

 

Hacia 1880 se levantaron barreras aduaneras

¿Por qué hay países que optan por el proteccionismo? ¿En qué casos prefieren, al contrario, el librecambio, incluso en período de recesión, y hasta de deflación? La respuesta seguramente no depende del juicio de un cenáculo de especialistas. Los 1.028 economistas que en 1930 se movilizaron contra las leyes proteccionistas Smoot-Hawley, votadas por el Congreso de Estados Unidos, no impidieron que fuesen aplicadas.


Ante cada crisis económica existen varias “respuestas” posibles: proteccionismo, monetarismo, nacionalizaciones, devaluación, revolución, etc. Adivinar cuál será priorizada, lo que raramente depende de la arbitrariedad de un hombre, obliga a examinar la interacción entre cinco elementos de una “caja negra”. En primer lugar encontramos la posición económica de las grandes fuerzas sociales de un país, y la fuerza de las estructuras intermedias que expresan su voluntad (sindicatos, organizaciones patronales); la capacidad de los partidos políticos para establecer coaliciones entre diversos grupos y asociaciones; la disposición del Estado a intervenir en la actividad de las empresas y sus medios para hacerlo; y finalmente, la posición del país en el orden internacional.

Por lo tanto, una crisis, una ruptura, un desafío de la misma índole, pueden desembocar en respuestas diferentes en función, por ejemplo, del poder respectivo del mundo obrero y sus sindicatos, de la orientación política de la coalición en el poder, de la disposición de un Estado a dejar que su aprovisionamiento de materias vitales (trigo, acero, electrónica) dependa del comercio internacional.

A ese nivel de generalidad, y con cinco variables –social, política, institucional, ideológica, estratégica– difíciles de circunscribir, podríamos considerarnos medianamente avanzados. Publicado en 1986, el libro de economía política de Peter Gourevitch, Politics in Hard Times, permite esclarecer aún más esa bruma (1). Pues antes de elaborar el modelo de análisis esbozado más arriba, el autor estudió las respuestas de cinco países –Estados Unidos, Francia, Reino Unido, Alemania y Suecia– ante las grandes crisis económicas que sacudieron el mundo occidental entre 1873 y la década de 1980.

La “caja negra” de los países

Para cada uno de esos Estados evaluó el papel, determinante o no, de las cinco variables en las decisiones de los gobernantes. Si la Depresión de la década de 1930 dio a luz simultáneamente al New Deal en Estados Unidos y el nazismo en Alemania, fue porque las “cajas negras” de esos países no contenían el mismo sistema de fusibles. Idéntica observación valdría para la década de 1980, pues el “segundo shock petrolero” favoreció la elección del conservador Ronald Reagan en Estados Unidos, y seis meses más tarde la del socialista François Mitterrand en Francia.

Una mirada sobre la gran crisis europea de 1873-1896, ampliamente estudiada por Gourevitch, permite pensar la cuestión del proteccionismo. Es en efecto en torno de esa opción que se formaron por entonces las grandes coaliciones sociales y políticas, y que ellas determinaron la respuesta de los Estados.

En 1873 los precios comenzaban a caer, desencadenando un prolongado engranaje deflacionista. Un poco como ocurre hoy en día, el movimiento afectó a economías que no cesaban de abrirse al intercambio y de hacer suya la teoría librecambista de las ventajas comparativas (2). A fines del siglo XIX, por lo tanto, nadie podía responsabilizar de la deflación al proteccionismo. En la mayoría de los países, por el contrario, sería percibido como uno de los únicos medios de atenuar sus efectos.

La crisis de 1873 provino de una sobreproducción mundial, agrícola e industrial, relacionada a la vez con los avances tecnológicos (mayores rendimientos a causa de la mecanización) , con una carrera por las inversiones (en el curso de la cual las colocaciones se tornaron más azarosas y menos rentables), y por último con la revolución operada en los transportes. El campesino francés o prusiano perdió sus “ventajas comparativas” en la medida en que las máquinas, los abonos y las nuevas variedades de trigo permitieron producir a menor costo en las grandes planicies de América del Norte, en Argentina o en Ucrania, y transportar a bajo costo esos granos por barco o por ferrocarril.

La crisis de mercado alcanzó también al sector industrial: la red ferroviaria, cuyo desarrollo había provocado un boom en la demanda de acero, llegó a su madurez, y si bien sus necesidades continuaban creciendo, lo hacían a menor ritmo. Gourevitch resume así el desafío que se planteaba: “Los precios caen, los niveles de desempleo evolucionan con una gran amplitud, la producción aumenta, las ganancias padecen una presión constante, las dimensiones de algunas empresas crecen de manera fulgurante mientras que otras desaparecen, millones de personas dejan Europa, nuevas zonas del mundo descubren la economía de tipo industrial, y los países se preguntan qué hacer”.

¿Y qué hicieron? Opción liberal: podían dejar que la mano invisible del mercado dispusiera de los factores de producción, es decir, desplazar a los hombres, las fábricas y las máquinas hacia nuevos sectores que tuvieran mercados. Transformar, por ejemplo, a los campesinos productores de granos en granjeros especializados o en ganaderos. Pero ello implicaba una transformación profunda de la sociedad y un cuestionamiento de las relaciones de fuerza políticas que ella había generado. Menos campesinos y más obreros era algo que amenazaba tanto a la república “oportunista” de Jules Méline (3) como al imperio alemán de Guillermo I. Ahora bien, la modernización económica puede ser retrasada por el poder público. Luego de la industrialización británica –como lo analizó de manera magistral Barrington Moore– las clases dirigentes de los otros países comprendieron el peligro que corrían si seguían el ejemplo del pionero sin rodearse de algunas precauciones (4).

Lo que algunos consideran un alegato de Marx a favor del librecambio (pág. 9) sólo se entiende en relación a ese contexto histórico. Marx pensaba sacar partido de la apertura comercial en un “sentido revolucionario”, como un ariete contra el orden social pastoral y conservador. Un orden que por entonces podía contar con el apoyo de masas campesinas supersticiosas, aferradas a la propiedad y susceptibles de servir de ejército de reserva contra los levantamientos obreros, como lo mostraron el golpe de Estado de Luis Napoleón Bonaparte y la Comuna de París. Como se puede ver, detrás de los derechos aduaneros se esconden muchos otros cálculos…

A partir de 1879, todos los países estudiados por Gourevitch, salvo uno, el Reino Unido, adoptaron medidas proteccionistas. De esa forma ponían a sus productores a cubierto de importaciones a bajo precio, frenaban la violencia del ajuste que se les exigía y preservaban el orden político existente de los contragolpes de un caos social.

A priori, la decisión de los británicos se explica fácilmente, sea cual sea el parámetro que se ponga como prioridad (económico, político, institucional, ideológico o estratégico). Económico: la siderurgia y los textiles ingleses dominaban aún los mercados mundiales; la City de Londres financiaba a la vez esa industria exportadora y las inversiones en el exterior; el flete marítimo y los seguros constituían sectores económicos importantes; la agricultura había iniciado su mutación; ningún país contaba con una proporción tan importante de obreros, los que no consideraban que su empleo estuviera amenazado por el librecambio (incluso estimaban que éste abarataría su alimentación) .

A todas esas consideraciones de tipo económico se añade que los dos principales partidos eran liberales –por otra parte, tal era el nombre de uno de ellos (5)– al igual que la ideología dominante; que el Estado era permeable a las demandas de grupos de interés, y que, gracias a su flota, el Reino Unido no temía en caso de guerra por su dependencia de suministros provenientes del exterior. Todo ello explica la singularidad británica, su rechazo del proteccionismo.

Al punto tal que esa singularidad no fue puesta en tela de juicio ni siquiera luego de que los otros países adoptaran tarifas aduaneras que perjudicaban a las exportaciones británicas. Cuando ciertos ingleses decididos a reaccionar ante esa anomalía reclaman una “preferencia imperial”, fracasan. La eventual base social de una resistencia al librecambio –la aristocracia terrateniente amenazada por los cereales provenientes del exterior– estaba en efecto debilitada por cuatro décadas de importaciones agrícolas que provocaron un éxodo de población del campo a las ciudades. Por otra parte, era un sector ambivalente, en la medida en que los gentlemen farmers habían hecho importantes inversiones en los sectores mineros, manufactureros y en el comercio.

Gourevitch nota incluso que “muchos de sus hijos más jóvenes y de sus hijas sin dote se casaron con miembros de la burguesía industrial ascendente, haciendo aún más difusas las fronteras entre ambos grupos”. De esa forma, inversiones y casamientos consolidaron el “acercamiento ya ocurrido entre los intereses de una industria de vanguardia, exportadora, y los de una agricultura en etapa de modernización”.

Algo muy distinto ocurría en Alemania. Teóricamente, nada impedía a los grandes terratenientes, los Junkers –pilares del régimen imperial, del Estado prusiano y del ejército– orientarse ellos también hacia una agricultura intensiva y especializada, con menos personal y más rentable. Pero estimaban que en caso de guerra, Alemania, potencia continental, debía ser autoabastecida. Su gran mercado interno brindaba una apreciable salida a su agricultura y a su industria. Por otra parte, los campesinos eran excelentes soldados, sólidos y sanos, disciplinados, poco atraídos por las ideas radicales, aferrados a la tierra y sensibles a las sirenas nacionalistas. Más decisivo aún: una agricultura a la danesa (pequeñas propiedades y productos de alta calidad) hubiera obligado a desmembrar grandes dominios cerealeros y la organización social basada en latifundios. Y un Junker no es un criador de pollos… Sin ninguna intención de pasar a serlo, lucharon para impedir el cambio, es decir, su desaparición en tanto clase. El proteccionismo fue su arma.

Otto von Bismarck, canciller del imperio alemán durante veinte años –y también Junker– estaba idealmente ubicado para defender tal política, el cemento que buscaba desde hacía tiempo para construir una coalición conservadora entre aristócratas y grandes burgueses, que no se entendían entre sí. Ambos deseaban ser protegidos, pero los Junkers hubieran querido que el librecambio siguiera aplicándose a los productos manufacturados (lo que hubiera abaratado el equipamiento agrícola), mientras que los industriales apreciaban las importaciones alimentarias a bajo precio, que permitían mantener más bajos los salarios de los obreros. Ambos debieron aceptar sacrificios: Bismarck negoció el acuerdo. Enfrente, los elementos librecambistas de la sociedad alemana, ya afectados a causa de su heterogeneidad social, no contaban con un político tan agudo –que además dirigía el Ejecutivo– para imponer sus planes.

El poder de las fuerzas de trabajo

En Estados Unidos, sólo las importaciones industriales fueron sometidas a derechos de aduana. La ideología no jugó prácticamente ningún papel en esa decisión y los pequeños agricultores, obligados a comprar en un mercado protegido de la competencia y a seguir vendiendo en el mercado libre, fueron políticamente derrotados. A priori, su posición económica era sólida, pero su candidato en la elección presidencial de 1892, William Jennings Bryan, fracasó en la tarea de ampliar su base social y geográfica. Su populismo, su anti-intelectualism o y su fundamentalismo religioso espantaron a la vez a los industriales, a los habitantes de las ciudades y a los inmigrantes católicos. Lejos de ver en ese tribuno popular un aliado contra sus patrones y contra los banqueros, los obreros lo tomaron como una amenaza para el sector de la economía que les pagaba su salario. “Reunir los granjeros, los obreros y los consumidores era difícil en cualquier país desarrollado. En Estados Unidos lo fue aún más, a causa de las diferencias étnicas, geográficas y religiosas”, señala Gourevitch. Por otra parte, al igual que los librecambistas británicos, los industriales estadounidenses controlaban los dos grandes partidos…

La opción proteccionista contraría a la globalización, pero no contradice al orden capitalista. Al oponer a los productores que trabajan para el mercado interno con los que dan prioridad a los mercados externos, atraviesa las clases y no cuestiona ni las prerrogativas del capital ni las relaciones de poder en la empresa. Sin embargo, en período de crisis, divide a la clase dirigente y genera apasionados enfrentamientos de intereses. El desenlace de éstos depende a menudo del poder de las fuerzas de trabajo, que determina la capacidad de los trabajadores para hacer pagar a una parte de la elite económica el precio del apoyo que le permitirá derrotar a otra fracción de la burguesía.

Pero para ello es necesario que ambas se enfrenten, y en período de crisis, es casi siempre lo que ocurre…

REFERENCIAS

(1) Peter Gourevitch, Politics in Hard Times: Comparative Responses to International Economic Crises, Cornell University Press, Ithaca, 1986.

(2) Según esa teoría, la riqueza de todos progresa cuando cada Estado se especializa en el terreno en que es más eficaz, comprando fuera todo lo que los otros producen más eficazmente que él.

(3) Diputado de la derecha moderada, promotor de las “tarifas Méline” que en 1892 protegieron la agricultura francesa de la competencia internacional.

(4) Barrington Moore Jr., Social Origins of Dictatorship and Democracy: Lord and Peasant in the Making of the Modern World, Beacon Press, Boston, 1966.

(5) Los laboristas sólo comenzaron a tener influencia a comienzos del siglo siguiente.



*DIRECTOR DE LE MONDE DIPLOMATIQUE, PARÍS

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