Los muertos sin importancia de Córdoba
El pasado martes 14 de abril, en el marco de un megaconsejo de seguridad con el general Freddy Padilla de León, lo más granado de los organismos de seguridad del Estado y las autoridades civiles y eclesiásticas, fue muerta a tiros en Los Córdobas Ana Isabel Gómez Pérez, de 46 años, quien dirigía un movimiento que trabaja por la recuperación de tierras usurpadas por paramilitares. El pasado domingo 5 de abril, en la vía que del barrio subnormal Villa Cielo conduce al corregimiento de El Sabanal, lugar cercano a la finca El Ubérrimo, fue muerta a tiros la adolescente Alfírida Alean Cavadía. El sábado anterior había sido asesinado, en la terraza de su residencia, el líder sindical Hernán Enrique Polo Barrera.
Estos tres casos, que hacen parte de una ola incontenible de asesinatos en Montería y Córdoba, merecen alguna reflexión de las autoridades, más allá de los famosos "consejos de seguridad", que siempre siguen a cada asesinato y de los cuales se ha demostrado que sólo sirven para ponerle más restricciones al porte legal de armas y apretar operativos injustos contra motociclistas y vendedores ambulantes.
La muerte violenta de la adolescente, en la vía que conduce a uno de los sitios más resguardados de Colombia, puso de presente que la inseguridad en Córdoba se les salió de las manos a los organismos de seguridad del Estado y preocupa que uno de ellos se dé en cercanías de la finca presidencial. Las de Ana Isabel Gómez Pérez y Hernán Polo Barrera vuelven a remover el cuestionamiento internacional a Colombia por la falta de seguridad a sus sindicalistas y trabajadores por la justicia y reparación.
Córdoba sobrepasa hoy los 180 asesinatos en solo tres meses y 14 días. Esa cifra representa más del 1,34 por ciento de su población. Una cifra demasiado alta que generó un debate en la Asamblea Departamental, el pasado primero de abril, propuesto por el diputado Pedro Tulena. A tal debate concurrieron los comandantes de la Policía, la Brigada XI, el DAS, el Secretario de Gobierno Departamental y el Director Seccional de Fiscalías.
Fuera de que el comandante de Policía señalara que la mayoría de los alcaldes de Córdoba distraen en otros gastos los dineros de la Seguridad y Convivencia Ciudadana, nada quedó en claro. Nada se mejoró con lo allí expuesto. Por el contrario, casi se agarran a puño limpio el Director Seccional de Fiscalías con el Comandante del Policía, cuando este último le recriminó al primero sobre la libertad casi inmediata de los malhechores detenidos en flagrancia, cuando los agentes los colocan ante el Juez de Garantías.
Fueron seis horas de recriminaciones, dimes y diretes. Ninguna de las cifras cuadró. La Policía, en ese entonces tenía estadísticas de 120 crímenes, mientras que el Secretario de Gobierno daba cuenta de 160 y el diputado contabilizaba más de 157. Ni siquiera para contar los muertos hay unidad de criterio. Pero lo peor fue que mientras se discutía sobre la inseguridad los asesinatos seguían en municipios como San Antero, Chinú, Montería, Tierralta, Valencia, Puerto Libertador, Sahagún y Planeta Rica. Ese día se trajo a colación el tema de las amenazas panfletarias a prostitutas, viciosos o desempleados y se pudo palpar que en Córdoba distan mucho de ser una "mamadera de gallo de pelaos necios", como dijera el periodista-alcalde de Cereté, Rafael Chica. También se dudó acerca de las instrucciones del presidente Uribe, quien recomendó romperles los panfletos en la cara a los difusores armados.
Hoy, en la mayoría de los municipios de Córdoba y en los barrios pobres de la misma capital, se vive un toque de queda impuesto por los violentos, a tal grado que después de las 10 de la noche las calles permanecen vacías. "El que transite después de esa hora lo hace por su cuenta y riesgo", le señaló un pistolero a un padre de familia que salió pasadas las 10 de la noche a comprarle un remedio a su hijo. En Córdoba impera el miedo. El silencio es la cuota inicial de la supervivencia. Pero nada de eso parece tener importancia en la vida nacional. Los muertos de Montería y Córdoba parecen "hijos de menos mae".
A algunos periodistas corresponsales, por lo general les desaprueban algunas notas sobre homicidios de gentes sin importancia en la vida nacional. Interesan más las masacres, la captura de 'Don Mario', crímenes como el de Ana Isabel, inundaciones del Sinú y escándalos de 'parapolítica'. Homicidios impactantes en personas anónimas se quedan sólo en el ámbito local. Algunos organismos de seguridad, hasta el pasado primero de abril, los calificaban como "hechos aislados", "venganzas personales", "líos de faldas", ajuste de cuentas", "muertes inconexas" y cualquier otra designación eufemística que tendiera a convertirlos en delitos comunes.
Es mejor ocultar los cadáveres bajo la alfombra del menoscabo. Pero en Córdoba parece haber dos realidades: la de los deudos que lloran a sus muertos o desaparecidos y la de quienes promueven eventos de morbosa alegría, para olvidar que caminamos sobre charcos de sangre fresca. Ni siquiera la sangre derramada por Jesucristo se salva de ser mancillada con el Festival de Burro de San Antero o las corralejas de Cororra, donde los muertos se valen si son víctimas de los toros. Porque toda corraleja que se respete vale la pena si hay muertos. Pero de toros. Los muertos a tiros, de gente sin importancia, de ene-enes, no cuentan. Simplemente pasan a ser estadísticas descuadradas o simples casos que se guardan en los anaqueles de la impunidad. Cuando las familias tienen "suerte", encuentra a una buena parte de ellos en fosas comunes. A otros los guardan para siempre las tumbas hídricas de los ríos San Jorge y Sinú. A esos nos los bebemos licuados, por el tiempo y la ignominia, luego de los procesos de captación de los acueductos ribereños. En fin, son los muertos de Córdoba. Unos muertos que nadie puede contar bien. Unos pobres caídos sin importancia...