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miércoles, 15 de noviembre de 2017

AVANCES DE LA EDUCACIÓN EN LA REVOLUCIÓN RUSA

 
Cien años de la Revolución Rusa: el sistema educativo en los primeros tiempos

Por Emilce González


La Revolución Rusa es un hecho histórico que dejó lecciones importantes para la construcción de una sociedad completamente nueva, la sociedad socialista. Al revisar el camino recorrido por los habitantes de Rusia para conquistar el triunfo y, a partir de allí, edificar una sociedad floreciente en todos los aspectos, se encuentra que esto sólo fue posible a través de la interpretación de las ideas de Marx y su aplicación al análisis de la realidad rusa. Con base en esto los bolcheviques, con Lenin a la cabeza, hicieron un fuerte trabajo político para que el grueso de la población, que vivía en condiciones oprobiosas, en una sociedad feudal y ceñida a las ideas ortodoxas del zarismo, comprendiera su situación y se levantara contra el régimen imperante, rompiendo las cadenas del sometimiento y demostrándole al mundo que un sistema económico distinto al capitalismo era posible, que el comunismo era la opción de los oprimidos en el mundo.

Llama la atención cómo se logró trasformar a una de las sociedades más atrasadas de Europa de comienzos del siglo XX en una potencia económica, científica, militar y cultural, en un periodo de tiempo relativamente corto. Podemos afirmar que a ese renacer contribuyó la creación de un sistema educativo estructurado con miras a sacar del atraso a la nación y a formar a su gente bajo los preceptos del comunismo. Qué mejor forma de brindarle un sentido homenaje en este centenario a estos hechos que la de resaltar algunos de sus aspectos, como, por ejemplo, el del sistema educativo implantado inmediatamente después de la toma del poder, del cual nos ocuparemos en este artículo. Para ello haremos una aproximación a las ideas de Marx en torno a la educación y cómo estas fueron aplicadas en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS [*].

Sin ser pedagogo ni dedicar documentos específicos a la educación, Marx trazó algunas ideas importantes al respecto. Lenin y Stalin materializaron varios de sus postulados, a la vez que incorporaron modificaciones.

¿Cuáles fueron los planteamientos de Marx? En primer lugar, defendió la necesidad de abolir la instrucción "burguesa e idealista", y señaló que la nueva enseñanza debía construirse sobre la base de un "régimen combinado entre la educación y la producción material",que preparara a los hijos de los obreros para la vida en una sociedad socialista; en el interés por superar la educación meramente teórica por una que combinara la praxis con la teoría. Marx manifestó su preocupación por pasar de la interpretación a la acción: “Los filósofos ―dice Marx al final de sus Tesis sobre Fuerbach― hasta este momento no han hecho más que interpretar el mundo, ahora se trata de transformarlo"(Abbagnano y Visalberghi, 1964, p. 502).

Marx y Engels desarrollaron estas concepciones, entre otros aspectos, en correspondencia con la situación de los trabajadores ingleses de mediados del siglo XIX, una época marcada por el liberalismo económico y su premisa de laissez faire, laissez passer (dejar hacer, dejar pasar). Los dueños de las grandes industrias perseguían el objetivo de sacar la máxima ganancia a costa del aumento de la jornada laboral y la disminución de los salarios; la clase trabajadora inglesa estaba pauperizada, apenas subsistía en condiciones miserables. Los niños debían contribuir a la manutención de la familia, pese a las hipócritas prohibiciones del trabajo infantil establecidas a partir de 1802. Era tal la necesidad, que muchas familias contemplaban como solución para generar más ingresos aumentar el número de hijos; sin embargo, el incremento de la natalidad agudizó dramáticamente su miseria. La jornada diaria era de 12 a 16 horas, y los niños trabajaban alrededor de 84 horas semanales, incluyendo el día domingo:

La muerte por exceso de trabajo, agotamiento, por falta de higiene, por la mala calidad de la alimentación y la falta de sueño era una realidad diaria […] el capital se alimentaba sin ningún miramiento de la salud, de la vida de los obreros, de sus esposas y de sus hijos" (Dietrich, 1976, p.35).

Por otro lado, Marx analizó el interés de los industriales por mantener a la clase obrera alejada de un proceso formativo. Le enseñaban el funcionamiento básico de una máquina sin educarla en el conocimiento amplio de un oficio específico. A pesar de que en la época existían algunas leyes de enseñanza elemental, los dueños de las fábricas las evadían y les negaban el trabajo a los niños vinculados a la escuela. De tal modo, los empresarios sembraban en los padres, para quienes era necesaria la vinculación de sus hijos al trabajo asalariado, un malestar frente al aprendizaje y los docentes, y alimentaban el rechazo de las familias hacía la formación escolar. Además, las condiciones en las aulas eran deplorables. Engels lo ilustra afirmando que las pocas escuelas que existían no brindaban condiciones dignas para la permanencia de los niños, y los maestros no tenían las capacidades requeridas para desarrollar la instrucción; estos, generalmente eran obreros que para complementar su sustento se dedicaban a la enseñanza. Se sumaba la imposibilidad de los menores de asistir a la escuela a causa de las extensas jornadas laborales. Bajo este panorama, la propuesta de Marx consistía en establecer una nueva educación en la que se combinaran tres factores esenciales: trabajo productivo, enseñanza y gimnasia. Buscaba aumentar la producción social y forjar hombres plenamente desarrollados.

De esta forma, la educación debía contribuir a formar un hombre universal. Para Marx esto significaba "la movilidad absoluta del trabajador en la industria y la sociedad"; el propio capitalismo generaba las bases ya que que a la vez que requería fluidez y adaptabilidad de la mano de obra, capacidad de esta de desarrollar múltiples tareas, también exigía simultáneamente su degradación, a fin de aumentar la ganancia. Marx sostenía, por el contrario, que el hombre debía tener la capacidad de desarrollarse en cualquier trabajo, dominar las técnicas, no solo en un grado manual y operativo, sino también a un nivel intelectual, evitando consagrarse a una función específica, como sucedía en el capitalismo, donde el obrero desempeñaba una sola función, perdía la capacidad de aprender nuevas labores y era enajenado a través del trabajo:

A partir del momento en que empieza a dividirse el trabajo, cada cual se mueve en un determinado círculo de actividades, que le es impuesto y del que no puede salirse; el hombre es cazador, pescador o crítico, y no tiene más remedio que seguirlo siendo, si no quiere verse privado de los medios de vida (Marx y Engels, 1974, p. 34).

La multilateralidad busca perfeccionar el talento del trabajador para desempeñar una función, pero también permitir el desarrollo en una totalmente distinta; hace posible que yo pueda dedicarme hoy a esto y mañana a aquello, que pueda por la mañana cazar, por la tarde pescar y por la noche apacentar el ganado, y después de comer, si me place, dedicarme a criticar, sin ser exclusivamente cazador, pescador, pastor o crítico, según los casos (Marx y Engels, 1974, p.34).

En este sentido, Marx explicó la importancia de la creación de escuelas politécnicas y agronómicas como instituciones profesionales, en las cuales no sólo se recibía la formación académica sino que a la vez se les enseñaba a los niños conocimientos relacionados con la tecnología y el uso de diversas herramientas. Afirmaba que a través de ellas era factible formar un obrero con poder político; el cual, al manejar distintos conocimientos y quehaceres, superara la producción de corte capitalista y acabara con la división del trabajo impuesta por este sistema productivo. Con lo anterior, expresaba que era indispensable acabar con el sistema educativo que imperaba en la época, para darle paso a una formación de la que hicieran parte lo intelectual, lo físico, lo politécnico para desarrollar un hombre universal.

La educación politécnica la componen tres factores: 1. La formación científico natural, que corresponde a la enseñanza académica de los conocimientos referentes a la historia, la naturaleza y el mundo y su evolución. 2. La instrucción práctica o aplicada, correspondiente al manejo y uso de las herramientas. 3. La educación tecnológica, en la que confluyen la teoría y la práctica, y el individuo es preparado para responder a las necesidades industriales de la sociedad. Marx expresó su concepto ante la Asociación Internacional de Trabajadores, en Ginebra, en 1866:

Por formación entendemos tres cosas:
Primero: La formación intelectual;
segundo: la educación física, tal como es practicada en las escuelas de gimnasia y en las academias militares;
tercero: la instrucción politécnica, que proporciona el conocimiento de las bases científicas generales de cualquier proceso de producción y que al mismo tiempo inicia a los niños y jóvenes en el empleo y manejo de las herramientas básicas propias de cada oficio (Dietrich, 1976, p. 46).

También se identificaba como uno de los principios de esta forma de educación el vínculo con la ideología del socialismo científico y su presencia en todas las materias, para la construcción del hombre comunista. Con ella se esperaba ocupar el lugar de la religión siempre presente en la enseñanza de los niños. Esta desaparecería de la escuela al haber una sociedad sin clases sociales y más ilustrada, pues "el reino de Dios no existe más que en la imaginación de los hombres" (84). Por último, se establecía que la enseñanza del socialismo científico lograría destapar los intereses y la superestructura burguesas.

Los anteriores elementos constituyeron las bases sobre las que se edificaría la educación en la Rusia posterior al triunfo de la revolución, a partir de una lectura juiciosa de los postulados de Marx y de la capacidad de los líderes para adaptarlas a las características del país, partiendo de la lucha por erradicar el analfabetismo, y de ahí hasta formar al hombre soviético, comunista.

Sistema educativo en la URSS

Rusia durante la época de la autocracia se encontraba sumida en el analfabetismo y la indigencia:

"Solo en la parte europea de RSFSR había más de 15 millones de analfabetos de 15 a 49 años. De cada mil personas solo 319 era instruidas, y entre las mujeres tal proporción era todavía menor" ( Zinoviev y Pleshakova, 1950, p. 5).

En los censos realizados por el Partido Comunista, después de la revolución, se estableció que alrededor del 80 % de la población en edad escolar no sabía leer ni escribir (Zinoviev y Pleshakova, 1950). Situación que se explicaba por el temor de los terratenientes, capitalistas y el gobierno zarista a posibles brotes revolucionarios del pueblo. La miseria de Rusia se reflejaba en los elevados porcentajes de analfabetismo; el acceso a periódicos, libros o revistas era limitado para el grueso de la sociedad, y las publicaciones para la población eran nulas. Quienes podían acceder a este tipo de documentos eran los burgueses y terratenientes. Esto sucedía en las principales ciudades; en el campo la situación era aún más precaria, pues el campesinado no tenía acceso a la educación.

Con semejante panorama, ¿cómo pudo Rusia, uno de los países más atrasados de Europa a finales del siglo XIX y principios del XX, transformarse en una de las potencias europeas? El avance que experimentó después la Revolución de Octubre comprende numerosos elementos, desde luego, y en primer lugar, el establecimiento del gobierno obrero y campesino, la confiscación de los latifundios y su entrega a los labriegos; la nacionalización de los principales sectores de la economía; y la determinación de industrializar el país y marchar al socialismo. Todo lo anterior se junta al hondo trabajo en el campo educativo a fin de lograr esas prodigiosas transformaciones:

"El secreto del avance […] ruso hay que buscarlo en sus institutos docentes, en sus bibliotecas, en sus talleres, en sus laboratorios, en la disciplina del trabajo […] los estudiosos recorrieron paciente, tesoneramente, ese largo camino que conduce de la primaria hasta la universidad" (Nieto, 1960, p. 13).

La lucha contra el analfabetismo se consolidó resueltamente en los primeros decretos de Lenin, en ellos se disponía atacar la ignorancia a través de la instrucción en la escritura y la lectura como elementos indispensables para alcanzar la formación política de las masas. En este aspecto merece resaltarse la enorme campaña de instrucción extraescolar, mediante la cual fueron movilizadas cientos de miles de personas cultas para que asumieran como deber suyo instruir a varios analfabetos:

"Entre todos pusimos una gran red para que no se escapara ninguno de los analfabetos. Fue como la campaña hecha por Pekín contra las moscas. Pululaban en todos los sitios —era una nube—, y la comunidad entera se propuso eliminar la plaga. Si de pronto aparecía una mosca […] caían sobre ella. Así […] hicimos con el analfabetismo" (Nieto, 1960, p. 34).

De esta forma, se crearon distintos comités que desplegaban campañas de capacitación sin distinciones de edad. Lenin afirmaba que no se lograría una conciencia comunista con un pueblo ignorante, por lo cual se le debía enseñar a leer y escribir, como base para educarlo políticamente. La escuela era la herramienta fundamental para alcanzar este propósito y permitir la continuidad de la dictadura del proletariado.

En marzo de 1919, en el VIII Congreso del Partido, se ratificó el objetivo trazado desde el comienzo de la revolución de convertir la escuela de instrumento de dominación de clase de la burguesía, en arma para la supresión de las clases y de regeneración comunista de la sociedad. Allí, se estableció el programa para la educación popular, confirmando las siguientes bases:
1. Instrucción gratuita, obligatoria y politécnica (teoría y práctica de la producción), para ambos sexos y hasta los 17 años de edad.
2. Creación de instituciones preescolares, guarderías y jardines que mejoraran la educación pública y facilitaran la emancipación de la mujer.
3. Definición de los principios de la escuela única del trabajo para ambos sexos y régimen combinado entre enseñanza y trabajo socialmente productivo.
4. Suministro a todos los alumnos de alimentos, ropa, calzado y textos por cuenta del Estado.
5. Escuela laica.
6. Formación de cuadros para el trabajo en el ámbito educativo totalmente compenetrados con las ideas del comunismo.
7. Movilización de los ciudadanos que sabían leer y escribir en pro de la instrucción pública.
8. Garantía y deber del Estado de apoyar a obreros y campesinos que tuvieran el deseo de aprender, a través de la creación de escuelas, bibliotecas, educación para adultos, cursos, cine, conferencias, salas de lectura, entre otros.
9. Promover un vasto desarrollo de la educación profesional, ligada a los conocimientos politécnicos generales; garantízar amplio acceso a las aulas de la escuela superior a quienes desearan estudiar; atraer a ella a los docentes capaces de enseñar en ese nivel; suprimir obstáculos artificiales entre fuerzas científicas y cátedra; facilitar el ingreso a la educación profesional a proletarios y campesinos.
10. Abrir al pueblo las colecciones de arte hechas bajo el régimen explotador.
11. Hacer la más amplia propaganda de las ideas comunistas.
12. No limitarse a proclamar la separación entre la iglesia y el Estado, sino llevarla a cabo seriamente, organizando la más amplia propaganda científica, educativa y antirreligiosa, pero cuidando al máximo de no herir los sentimientos de los creyentes (Lenin, Obras Completas, Tomo 38).

Estos constituían los fundamentos de la educación socialista. Lenin explicaba que la escuela debía proporcionar a la sociedad seres con la capacidad de erigir el comunismo y que la nueva enseñanza debía distanciarse de la educación de corte burgués, caracterizada por impartir una cantidad de conocimientos sin ninguna función y que moldeaba a las nuevas generaciones como simples funcionarios (Dietrich, 1976). Agregaba, que era necesario asimilar todos los aporte al conocimiento, incluidos los de la vieja escuela, pero no limitarse a transmitir un simple cúmulo de informaciones. Aunque abogaba por una educación comunista, afirmaba que sería una grave equivocación no asimilar “el tesoro de conocimientos acumulado por la humanidad”. Es decir, que si bien debía condenarse, incluso destruir la vieja enseñanza libresca, memorista, autoritaria, esta debía sustituirse por la asimilación de la suma de conocimientos humanos, que debían aprehenderse no de memoria, sino de una forma que indujera a pensar por sí mismo, y no se desligara del ámbito de la experiencia, del trabajo productivo, de la constante lucha de clases y de la realidad de la sociedad comunista. Una relación indisoluble entre ciencia e ideología, en la cual se incentivara la conciencia comunista a través de una formación disciplinada y sistemática.


Bajo estos preceptos se organizó la escuela rusa. Procuró integrar al niño en el sistema educativo desde su edad más temprana, con el doble propósito de promover la vinculación de la mujer al sistema productivo y de desarrollar la moral comunista desde los primeros años de vida. Así, la educación preescolar albergaba a los infantes entre los tres y ocho años de edad a partir de las guarderías:

"Allí comienzan los estudios de la naturaleza que forma el medio ambiente del niño. Se estimula el espíritu de observación, el dibujo y el modelado libre, todo lo que desarrolla el gusto estético y la imaginación creadora, la fortaleza física y la fe en sí mismos" (Nieto, 1960, p. 15).

La primaria los acogía entre los ocho y quince años de edad, y era obligatoria. En esta se estimulaba la relación trabajo-escuela y se alternaba el estudio de las distintas materias con la producción en varios niveles y de acuerdo con la edad. A los estudiantes se les acercaba a la comprensión del funcionamiento de diferentes máquinas o herramientas industriales o agrícolas. La secundaria se iniciaba desde los quince años y se formaba al estudiante vinculándolo más estrechamente a la fábrica. Por medio de las escuelas de corte industrial lograban acceder a las profesiones más especializadas. Algunos ingresaban a talleres o a escuelas para la preparación de maestros (Ortega, 2015).

La educación no se limitaba a las instituciones especializadas, el gobierno también vio la necesidad de establecer diferentes escenarios que posibilitaran el desarrollo cultural. Los niños tenían acceso a bibliotecas, seminarios, grupos musicales, danzas, teatro y a núcleos de formación política, los cuales se dividían en "octobristas (7 a 9 años), pioneros (10 a 15 años) y komsomol (16 a 28 años)" (Hernández, 2013, p. 56). También había escuelas deportivas como complemento a las actividades escolares, en las que se seleccionaba a los más destacados para las competencias dentro y fuera del país.

Para continuar con el proceso formativo, los estudiantes debían presentar una serie de pruebas. Como requisito para ingresar a los Institutos Técnicos Avanzados se les exigía haber laborado por tres años en la especialidad técnica cursada durante la secundaria (Ortega, 2015). En aquellos recibían una formación especializada en industria y economía, dos aspectos fundamentales para el desarrollo de la URSS. En esta misma línea, también se encontraban los institutos avanzados y especializados en áreas como lingüística, filosofía, historia, artes. No obstante, el Estado prestó mayor atención a impulsar las capacidades intelectuales de sus estudiantes en áreas como la industria, la economía y la ciencia, necesarias para el desarrollo y para suplir las ingentes necesidades de la población y acabar con el atraso, sin lo cual sería imposible elevar consistentemente el nivel cultural de la población.

Con el deseo de incentivar la participación de los obreros y campesinos en la alfabetización y en la capacitación de adultos, se les brindó la oportunidad de seleccionar alguna especialidad y permanecer en ella durante tres años consecutivos sin que el tiempo dedicado a esta labor disminuyera su remuneración. La educación se impulsó en todas las formas posibles, contempló a todo el pueblo y se elaboraron planes de estudio de acuerdo con las edades y los valores comunistas. Se combinó la disciplina, la moral, el trabajo y la ciencia.


El siguiente apartado lo dedicaremos a la labor desarrollada por Nadezhda Konstantinovna Krupskaya Ulianova, compañera de Lenin y miembro activo del Partido Comunista, lo cual responde a dos intereses, el primero, destacar la labor de una mujer en el proceso de trasformación del sistema educativo en Rusia y, segundo, dar a conocer un personaje importante pero poco mencionado y conocido. Claro está que el breve esbozo que realizaremos sobre su labor sólo es solo un abrebocas. Krupskaya le prestó la mayor atención al desarrollo de la formación politécnica y contribuyó a la construcción del sistema escolar. Se le atribuye también una gran capacidad para materializar las ideas educativas de Lenin en un lenguaje pedagógico, para propulsar la formación politécnica en los centros de enseñanza y enfrentar las vicisitudes de la relación trabajo-escuela.

A principios del siglo XX su vida se desarrolló entre Gran Bretaña y Suiza, donde escribió sobre la educación. Su relación con la Sociedad Pedagógica Pestalozzi y los Museos Pedagógicos de Berna y Friburgo le brindaron la experiencia y el conocimiento para redactar Gente, Educación y Democracia, una de sus obras más destacadas (Universidad de Granada, 2005). Su trabajo al lado de otros dirigentes del Partido como A. Lunacharski, M. Pokrovski y otros, en el Comisariado del Pueblo para la Instrucción Pública, se enmarcó en la construcción del modelo educativo de la nación comunista, una educación que estuviera acorde a estos principios y que fomentara el desarrollo cultural de la población. Una de sus principales tareas fue erradicar el analfabetismo y diseñar programas extracurriculares que incentivaran la formación del hombre comunista. También se reconoció su trabajo en la organización del sistema de bibliotecas y de distribución de libros con el impulso del Estado.

Krupskaia, considerada por algunos autores como una de las pedagogas más importantes en las dos primeras décadas posteriores a la revolución, supo "dar una respuesta, en primer lugar desde un punto de vista pedagógico y sólo después desde un punto de vista político, a los problemas del 'trabajo infantil', de la formación politécnica, del trabajo socialmente necesario" (Dietrich, 1976, p. 235).

Si bien es cierto que esta concepción educativa enfrentó discusiones y dificultades, Krupskaia, influenciada por el escrito de Engels La subversión de la ciencia por don Eugenio Dühring, (Anti-Dühring), señaló la importancia de la educación politécnica en la edificación de una sociedad socialista. Estableció las excursiones continuas a las diferentes fábricas para que los estudiantes comprendieran su funcionamiento y se hicieran conscientes de los problemas que las aquejaban, de tal forma que contribuyeran a buscar las soluciones de las dificultades de la industria.

Esta época es definida como el periodo de implementación del método complejo de enseñanza, el cual se caracterizó por la interdisciplinariedad y por reconocerle importancia a la cotidianidad del niño, quien investiga su entorno a partir de sus intereses (Hernández, 2013). Krupskaia sostenía que el niño debe ser incorporado paulatinamente al mundo laboral de los adultos, en el cual el trabajo podría proporcionarle la oportunidad de crecer y desarrollarse.

La educación politécnica que defendió era distinta de la utilitarista norteamericana. Krupskaia tuvo la oportunidad de estudiar a profundidad los principios y la formación de esta escuela, en la que se impartían una serie de conocimientos según las necesidades de las clases explotadoras; la enseñanza del trabajo no se planteaba con el objetivo de desplegar todas las capacidades del individuo, sino de reducirlo a una labor específica. En este sentido, manifestó su preocupación por incorporar el trabajo en la escuela, lo cual no debía recaer exclusivamente en las fábricas o en los talleres, pues en estos el niño era especializado y utilizado en las faenas más monótonas limitando así su desarrollo: "Los talleres pretendían ejecutar brillantemente su trabajo; y no se trata del aprendizaje de un oficio concreto sino de la formación para el conocimiento teórico fundamental en la praxis" (Enguita, 1986, p. 246).

Por esta razón, la enseñanza politécnica no podía quedar reducida al ámbito de las fábricas, talleres o granjas. La escuela siempre debía permanecer en contacto con la vida cotidiana de su entorno, ya fuera en las grandes ciudades o en el campo. Bajo la perspectiva del método complejo, la autora aseguró que el conocimiento a través de los libros ilustraría a los educandos y les permitiría críticar su contexto y buscar soluciones a sus dificultades, siempre a partir de los intereses del niño. He aquí muy someramente expuestos los trascendentales aportes de Krupskaia a la política educativa del primer Estado gobernado por obreros y campesinos.

Conmemoramos los cien años de la revolución Rusa con la profunda decisión de defender su legado histórico, la grandeza del comunismo, que enseñó que este no es igual a pobreza y miseria como lo han querido mostrar sus enemigos, por el contrario, mostró al mundo su fortaleza, dejando importantes lecciones a quienes anhelamos la trasformación de nuestra sociedad.

Bibliografía

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Dietrich, T. (1976). Pedagogía Socialista. Salamanca: Ediciones Sígueme.

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Universidad de Granada. (2005). Nadezhda Krupskaya. Obtenido el 7 de enero de 2017, desde http://www.ugr.es/~anamaria/mujeres-doc/biografia_nadezhda_krupskaya.htm

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Zinoviev, M. y Pleshakova, A. ( 1950). Como fue erradicado el analfabetismo en la URSS. Moscú: Ediciones en Lenguas Extranjeras.

[*] La Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, fue proclamada el 29 de diciembre de 1922. La componían la República Socialista Federativa Soviética de Rusia, RSFSR; la República Socialista Federativa Soviética de Transcaucasia, RSFST; la República Socialista Soviética de Ucrania, RSSU; y la República Socialista Sovietica de Bielorrusia, RSSB. En el artículo se usa genéricamente el nombre de la URSS, incluyendo el período en el cual los sucesos se refieren principalmente a la RSFSR.

Fuente: http://notasobreras.net/index.php/nacional/40-historia/621-cien-anos-de-la-revolucion-rusa-el-sistema-educativo-en-los-primeros-tiempos

La Revolución de Octubre y la educación




EN MARCHA| El presente artículo es una reseña bibliográfica del artículo: “La revolución de Octubre y la Educación (1917-1932)” de autoría de la organización Democracia Revolucionaria de la India, publicada en la Revista Unidad y Lucha No. 34, Órgano de la Conferencia Internacional de Partidos y Organizaciones Marxista Leninistas (CIPOML).

Luego de cien años de la gesta heroica de la Revolución de Octubre, la experiencia de construcción del poder obrero y la edificación de la Unión Soviética, debe ser analizada en la dialéctica de un proceso que hizo realidad la “utopía” de la sociedad solidaria y equitativa.

Uno de los factores que permitió a los trabajadores y campesinos de la URSS transformar el país atrasado del siglo XIX a una potencia mundial del siglo XX que puso al primer hombre en el espacio, fueron los cambios en la educación pública que se realizaron luego de la toma del poder por parte de los bolcheviques.

La crítica socialista a la educación burguesa-zarista recogió lo desarrollado por pensadores como Owen y Marx, “así como el pensamiento democrático de Rousseau, Pestalozzi, Montessori, Dewey, e insistieron en la necesidad de educar a los niños no sólo para adaptarse al mundo circundante, sino también para cambiarlo”.

Lenin y Krupskaya “desarrollaron una crítica exhaustiva de la educación burguesa y las propuestas de transformación democrática y socialista en caso de una revolución”, la democratización de la escuela va indisolublemente ligada al desarrollo de un Estado democrático nos señalaron.

A esta propuesta democrática de acceso a este derecho, Lenin sumó una característica general de los contenidos educativos, la cultura socialista debía basarse y aprovechar lo mejor de todas las culturas en la historia de la humanidad.

“La educación burguesa, al privar a los niños de la clase obrera de este patrimonio cultural y convertirlo en un privilegio exclusivo de las clases dominantes, estaba cortando al proletariado de toda herencia humana.”

“Cuando el nuevo gobierno soviético fue nombrado al día siguiente de la revolución, Lunacharsky debía dirigir el recién establecido Comisariado de Instrucción. El incipiente Comisariado de Educación soviético se enfrentó a la resistencia de los antiguos burócratas”. Los obreros habían tomado el poder pero las ideas y la costumbre implantadas por el zarismo y la iglesia ortodoxa aún vivían en la conciencia de millones de trabajadores y campesinos. “El Decreto sobre la separación de la religión de la escuela y el retiro de la Biblia del currículo escolar…no cayó bien a un gran número de comunidades rurales que querían que los sacerdotes locales enseñaran la Biblia en las escuelas. De hecho, muchas comunidades rurales aprobaron resoluciones autorizando al sacerdote local a enseñar la Biblia”.

Un factor importante en el proceso de democratización de la escuela jugaba el estudiante. “Los niños de todas las edades no podían sino ser profundamente conmovidos por las transformaciones que se producían a su alrededor, la emoción de la revolución y la guerra civil y la preocupación de la NEP. Especialmente los niños de las clases trabajadoras y los campesinos que fueron capaces de emerger de las sombras de la clase media se despertaron en la acción política… Los estudiantes encontraron la libertad para criticar a sus maestros y la dirección de la escuela”. El activismo estudiantil fue influenciando a muchos educadores comunistas como Makarenko y Shatsky. “Los principios democráticos de funcionamiento colectivo como la formulación de normas de conducta a través de la discusión, el cumplimiento de ellas, el control de las responsabilidades de liderazgo por rotación, respetando sus decisiones, conservando el derecho a revisarlas en reuniones” guiaron los intentos de generar instituciones que encarnaban la “autogestión” institucional del estudiantado.

Pese a las vicisitudes de la Guerra Civil, los esfuerzos por democratizar la educación fueron inmensos. “La Declaración sobre la educación preescolar de noviembre de 1917 estableció que la educación pública de todos los niños debe comen- zar en los primeros meses de vida”. En diciembre de 1919 se aprobó un decreto sobre la eliminación del analfabetismo, que obligaba a los ciudadanos soviéticos menores de 50 años a asistir a clases de alfabetización.

Muchos fueron los esfuerzos por generar innovaciones educativas, principalmente en el área de los estudios politécnicos. Con la llegada del primer plan quinquenal “el Partido inició la “Revolución Cultural”. Los estudiantes y la juventud en general participaron con mucho entusiasmo para transformar el panorama educativo y reinterpretar radicalmente el nuevo plan de estudios y la pedagogía iniciada por la Revolución de Octubre”.

El año 1928-1929 vio también un cambio en la dirección del Comisariado cuando Lunacharsky renunció, éste fue sustituido “por A. S. Bubnov que reclutó a algunos de los intelectuales más radicales como V. N. Shulgin en el liderazgo académico. Ellos se habían quejado que, mientras los soviéticos adultos experimentaban la revolución, los niños eran privados de esta experiencia porque continuaban yendo a la escuela que funcionaba de la misma manera jerárquica como en los tiempos pre revolucionarios”. La discusión instaurada sobre la forma de estructurar la educación y su vinculación con el trabajo fue muy grande y duró varios años. Esto era natural, pues se instauraba un pro- ceso inédito en la historia, y debido a la trascendencia del mismo los debates eran normales, pues ningún cambio se da en paz. “Así, la primera década después de la revolución se gastó en intensos debates sobre la necesidad y la naturaleza de la educación secundaria. De hecho, si debería estar bajo el control del Comisariado de Educación o de Industria fue también materia de mucho debate”.

En conclusión, según los autores del artículo, los cambios ocurridos en el tema educativo en la URSS “logró poner n a siglos de privación educativa de los más pobres y abrirse a los caminos para el progreso personal y la asunción de puestos de responsabilidad en la sociedad. En el pro- ceso desató el potencial creativo de millones de personas que antes se condenó a la servidumbre y la exclusión”.


Fuente: https://tinta-roja.com/2017/06/19/la-revolucion-octubre-la-educacion/

martes, 14 de noviembre de 2017

POR UN SOCIALISMO ECOLÓGICO Y DEMOCRÁTICO PARA EL SIGLO XXI

“No es posible salvar los equilibrios ecológicos fundamentales del planeta sin atacar al mismo tiempo el sistema capitalista que funciona sobre la base de energías fósiles”

Por: Tiberio Gutiérrez

Foto: Cordon Press

A raíz de la conmemoración de los 150 años de El Capital de Carlos Marx y de los 100 años de la Revolución de octubre dirigida por Vladimir Ilich, Lenin, se han venido presentando toda una serie de artículos donde tratan el tema con mayor o menor grado de profundidad, pero sin desconocer que fue el acontecimiento más significativo del siglo XX.

Entre los comentaristas, debo reconocer que me ha llamado poderosamente la atención el artículo de Michael Lowy: “De la Revolución de octubre al ecocomunismo del siglo XXI”. Y me ha llamado la atención porque, en forma inteligente y bien argumentada, el escritor asume el reto de propuestas novedosas sin caer en la utopía de una esperanza inútil. Lo dice de frente y sin rodeos: La Revolución de octubre dejó grandes lecciones y enseñanzas para los revolucionarios, pero con beneficio de inventario de los aciertos y de los errores. Porque el gran peligro para el análisis desapasionado de la realidad social está en ver el acontecer de la humanidad con la óptica sesgada de los mitos.

Por eso las grandes conquistas sociales de la Revolución de octubre no pueden esconder las falencias que llevaron al sistema socialista soviético a su fracaso final. Así como la opinión progresista de la época celebró la toma del poder por los bolcheviques, así mismo hubo intelectuales que criticaron los desmanes autoritarios de la “dictadura del proletariado”, que en últimas se redujo al culto a la personalidad del camarada Stalin hasta su muerte en 1.954.

Sufrieron la tragedia de la primera guerra mundial entre los gobiernos imperialistas por los mercados de las colonias (1914-1918); luego el hambre y la miseria en la guerra civil (1918-1924); posteriormente vinieron las inclemencias de la segunda guerra mundial (1940-1945) donde el Ejército Rojo puso 20 millones de muertos para plantar la bandera de la Hoz y el Martillo en el edificio del Reistah, salvando con esta victoria a la humanidad del monstruo del nazismo.

A pesar de tanto sacrificio, parece que la humanidad estuviera condenada a repetir eternamente el mito de Sísifo: coronar la montaña cada día para empezar de nuevo el mismo recorrido, en un eterno avanzar para luego retroceder. De nada valió que se hubieran nacionalizado los grandes medios de producción, ni que se hubiera avanzado en la planificación de la economía nacional para darle sostenibilidad en el tiempo al sistema socialista soviético.

Todo este esfuerzo monumental fue borrado por la vanidad de creer en un redentor del género humano, quien, como por arte de magia, salvaría a la humanidad de sus limitaciones históricas.

Por eso los revolucionarios del siglo XXI no deben quedarse apacentando las nostalgias de la Revolución de octubre, sino que deben tener el coraje y la honradez para hacer el inventario de los aciertos y de los errores para poder continuar adelante, porque aunque parezca increíble, siempre marcharemos con el pesado fardo de las victorias y de las derrotas, en la dura lucha por realizar una utopía inconclusa.

Todos los días traerán nuevos problemas para resolver, ante los cuales los dirigentes políticos democráticos y de izquierda no tienen otro camino que apelar al estudio y a la lucha de masas. ¿Cómo pensar que Carlos Marx y Vladimir Ilich, con su profunda y basta cultura universal, iban a poder adivinar el futuro de la tecnología y de las nuevas formas de la lucha de clases, así como las contradicciones del imperialismo con la supervivencia del planeta? Ellos también tenían sus limitaciones históricas.

Sin embargo, cumplieron su inmensa tarea, dejando una rica herencia para las nuevas generaciones para que, en medio de las dificultades del momento presente, sabrán cumplir con su protagonismo político, convencidos de que no queda otra alternativa que la lucha unitaria, organizada y de masas por el poder.

El marxismo no es un catecismo de la verdad revelada; no es una panacea para todos los males; es una guía para la acción de los trabajadores en los diferentes momentos del desarrollo del capitalismo. Es la doctrina política del materialismo dialéctico que está sujeta por su misma esencia filosófica a un continuo desarrollo y transformación, de conformidad con la realidad contradictoria de los fenómenos sociales.

Por eso uno de los problemas clave en la elaboración de un programa alternativo al neoliberalismo en el siglo 21 es, sin lugar a dudas, la cuestión de la ecología, es decir, la relación de las luchas sociales con el tratamiento capitalista de la naturaleza. Los revolucionarios no pueden limitarse a copiar y repetir, en forma sectaria, dogmática y mecánica, las experiencias de las revoluciones del siglo 20, porque estarían condenados a un laberinto sin perspectivas de solución.

Al respecto el mismo Carlos Marx nos dejó una enseñanza fundamental al estudiar el Estado capitalista a través de la experiencia de la Comuna de París en1871, cuando afirma que este aparato debe ser transformado por los trabajadores para su beneficio, ya que dentro de la máquina estatal burguesa es imposible la conquista democrática de sus aspiraciones programáticas.

Por eso la crisis ecológica generada por el sistema capitalista ha creado una nueva situación que los demócratas y revolucionarios tienen que tener en cuenta como uno de los aspectos fundamentales y decisivos en la formulación del programa: la mayor amenaza que ha conocido la humanidad en toda su historia es la destrucción de los equilibrios ecológicos: el cambio climático, el calentamiento global, un proceso que ya empezó y que podría llevar en cuestión de décadas a un desenlace fatal sin antecedentes en la historia: aumento de la temperatura, desertificación de la tierra, desaparición del agua potable, incendios de los bosques, multiplicación de los huracanes, elevación del nivel del mar.

El mercado financiero entra en contradicción en el tratamiento de la naturaleza. “Hay un conflicto irreductible entre la temporalidad ecológica y la temporalidad del mercado.” La raíz del mal es sistémica, la causa del desastre es el capitalismo con su productivismo y consumismo desaforados. Necesitamos por lo tanto proyectos alternativos que vayan a la raíz del problema, es decir, proyectos anticapitalistas que apunten a la solución de la crisis.

El socialismo ecológico y democrático parte de la premisa fundamental de que la preservación de la vida en el planeta resulta incompatible con la lógica expansiva y predadora del sistema capitalista. No es posible salvar los equilibrios ecológicos fundamentales del planeta sin atacar al mismo tiempo el sistema capitalista que funciona sobre la base de energías fósiles (carbón, petróleo, gas) que son las causantes del calentamiento global, de tal manera que un cambio hacia el socialismo ecológico y democrático solo sería posible con energías renovables como el agua, el viento, y sobre todo la energía solar.

No se trata de esperar hasta el día en que el mundo se transforme, sino empezar desde ya coordinando unitariamente las luchas de los trabajadores, campesinos, indígenas, mujeres y jóvenes por un programa mínimo unitario, con base en la convergencia para un socialismo ecológico y democrático.

Terminamos esta nota celebrando la decisión de la Corte Constitucional que tumbó la delimitación del Páramo de Santurbán, pero, paradójicamente, el Presidente Santos anuncia que “Emiratos Árabes invertirá 1.000 millones de dólares para extraer oro en Santurbán. El dinero robustecerá el proyecto de la multinacional Minesa en la región, por debajo de la línea delimitada. Defensores ambientalistas cuestionaron el anuncio del Gobierno pues aún no se sabe qué es y qué no es páramo” (El Espectador, 12 de noviembre de 2017). Nuestros 34 ecosistemas están en peligro (El Tiempo, 13 de noviembre de 2017). Las emisiones globales del CO2 aumentarán después de 3 años de estabilidad (El Tiempo 13 de noviembre de 2017).

Con estas perspectivas no queda otro camino que la lucha unitaria, organizada y de masas.

Fuente: https://www.las2orillas.co/por-un-socialismo-ecologico-y-democratico-para-el-siglo-xxi/

lunes, 13 de noviembre de 2017

LA ACTUAL COYUNTURA INTERNACIONAL ES UN PARAÍSO PARA LOS CAPITALISTAS E INFIERNO CRUEL PARA LOS DESPOSEÍDOS

Hasta cuándo las mayorías aguantarán tal situación

Paraíso 

David Brooks

Según un estudio del Institute for Policy Studies la brecha entre ricos y pobres está generando una crisis moral. Esta desigualdad ha creado también fenómenos sorprendentes, como el hecho de que el político con el índice de aprobación más alto en Estados Unidos es Bernie Sanders, quien se identifica como un socialista democrático. 

¿Quién dice que el sistema no funciona? Para los más ricos, esta coyuntura es un paraíso (no sólo fiscal).

El 1 por ciento de la población mundial ahora concentra más de la mitad de la riqueza mundial y el 10 por ciento más rico controla alrededor de 90 por ciento de la riqueza del planeta, reporta el New York Times.

Los ocho multimillonarios más ricos del mundo controlan el equivalente de toda la riqueza del 50 por ciento más pobre del mundo, reportó Oxfam a principios de este año; esos ocho tienen una fortuna colectiva de 426 mil millones de dólares, equivalente al total de la riqueza de 3.6 mil millones de seres humanos pobres en el planeta (www.oxfam.org/en/pressroom/pressreleases/2017-01-16/just-8-men-own-same-wealth-half-world).

Los súper ricos incrementaron su riqueza combinada por 17 por ciento el año pasada para acumular un total récord de 6 billones de dólares, más que el doble del PIB del Reino Unido. Hoy día hay mil 542 multimillonarios (con fortunas de mil millones para arriba) en el mundo, reporta UBS (www.ubs.com/microsites/billionaires-report/en/new-value.html).

Según este informe, estos multimillonarios son 72 de los 200 coleccionistas de arte más importantes del mundo; unos 109 multimillonarios son dueños de 140 de los mejores equipos deportivos profesionales del mundo. Nadie ha calculado aún cuántos gobiernos han comprado.

El número total de ricos (incluyendo ultrarricos) en el mundo –definido como aquellos con más de 50 millones de dólares en bienes– es de aproximadamente 140 mil 900; la mitad están en Estados Unidos, según un informe reciente de Credit Suisse (https://publications.credit-suisse.com/tasks/render/file/index.cfm?fileid=AD6F2B43-B17B-345E-E20A1A254A3E24A5suisse.com/tasks/render/file/index.cfm?fileid=AD6F2B43-B17B-345E-E20A1A254A3E24A5).

En Estados Unidos, según reporta la Reserva Federal (el banco central), el 1 por ciento más rico de las familias controlan 38.6 por ciento de la riqueza de este, el país más rico del mundo, casi el doble de la riqueza total de 90 por ciento de las familias de abajo, un nuevo récord.

Las tres personas más ricas de este país, Bill Gates, Jeff Bezos y Warren Buffett –concentran una fortuna equivalente a la riqueza de los 160 millones de sus ciudadanos, la mitad de la población nacional– según un informe del Institute for Policy Studies, que concluye que esa creciente brecha entre ricos y pobres está generando una crisis moral. Agregan que los 400 estadunidenses más ricos tienen una fortuna combinada equivalente a la riqueza de 64 por ciento de la población, o 204 millones de personas. No hemos atestiguado niveles tan extremos de riqueza y poder desde la primera edad de compra hace un siglo, concluyen. (https://inequality.org/wp-content/uploads/2017/11/BILLIONAIRE-BONANZA-2017-Embargoed.pdf).

La lista de los 400 estadunidenses más ricos de Forbes festejó otro año récord para los más ricos, para ingresar a su club exclusivo, uno tiene que tener por lo menos 2 mil millones de dólares.

La masiva influencia de estos ricos en el gobierno no es nada nuevo, pero es más explícito y desvergonzado que nunca. El gobierno del magnate multimillonario que ocupa la Casa Blanca incluye el gabinete más rico en la historia del país (aunque se acaba de descubrir que uno de los multimillonarios no era tan rico como afirmaba y fue expulsado de la lista de Forbes, el secretario de Comercio Ross sólo tiene 700 millones, que no exagere).

Gates, Soros, la familia Walton (de Walmart), Eli Broad, los hermanos Koch, Robert Mercer, Sheldon Alderson y otros multimillonarios no sólo han impulsado políticas en varios rubros, sino que han logrado tomar control casi directo de la agenda política. Gates y compañía elaboraron la política educativa de Barack Obama (circulaba la broma de que el secretario de Educación Arnie Duncan trabajaba para Gates).

La semana pasada parte de este club exclusivo fue desnudado otra vez, con los Papeles del Paraíso, proyecto del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, documentando como los ultrarricos ocultan sus fortunas y evitan el pago de impuestos a sus países, y que este grupo compacto supera diferencias nacionales, de raza, ideología, genero y religión para protegerse, y a su dinero, de sus pueblos. www.icij.org/investigations/paradise-papers/).

La desigualdad económica es la mayor amenaza a la democracia, han advertido varios en tiempos recientes: desde Noam Chomsky, el economista Premio Nobel Joseph Stiglitz, Bernie Sanders, Ocupa Wall Street y toda una gama de líderes sociales, hasta algunos de los propios multimillonarios (Buffett, Soros). Y esto es más visible que nunca en este país.

“Nuestros líderes elevaron a una pequeñísima clase de individuos (...) y les construyeron un paraíso, haciendo sus vidas una suprema delicia. Hoy día tienen un poder inimaginable y no tienen que rendir cuentas. Hoy día son estas mismas figuras doradas con sus miles de millones offshore las que son anfitriones de los actos de recaudación de fondos, las que contratan a los cabilderos, las que financian a los tanques pensantes y las que subsidian a artistas e intelectuales. Esta es su democracia hoy. Nosotros simplemente no nos encontramos en ella”, escribe en The Guardian el columnista y autor sobre el escenario sociopolítico estadunidense, Thomas Frank, al comenzar sobre qué revelaron los Papeles del Paraíso.

Resulta que no pocos de los multimillonarios se están haciendo la pregunta de hasta cuándo las mayorías aguantarán tal situación, algunos incluso recuerdan insurrecciones, revoluciones o masivas reformas que se detonaron en otras coyunturas de desigualdad tan extrema.

Algunos argumentan que esa oposición ya se está levantando en Estados Unidos aun en medio de los tiempos más retrogradas en el panorama político, tanto a nivel local, en decenas de batallas políticas, sociales y laborales incluyendo muchas encabezadas por inmigrantes en torno a la desigualdad económica y fenómenos sorprendentes como el hecho de que el político nacional con la tasa de aprobación más alta, Bernie Sanders, se identifica como un socialista democrático.

Algunos insisten en que para salvar a los que viven en la Tierra tendrá que haber una expulsión masiva de los que ocupan el paraíso.

Fuente: https://www.desdeabajo.info/sociedad/32873-paraiso.html

viernes, 10 de noviembre de 2017

DESGLOBALIZACIÓN, ENGAÑO DE UNA NUEVA FASE DE GLOBALIZACIÓN MÁS DRAMÁTICA, MÁS EXCLUYENTE, MÁS PELIGROSA

¿Desglobalización? 

Sofia

Traducción de Antoni Aguiló y José Luis Exeni Rodríguez

En círculos académicos y en artículos de opinión en los grandes medios de comunicación se ha mencionado con frecuencia que estamos entrando en un período de reversión de los procesos de globalización que han dominado la economía, la política, la cultura y las relaciones internacionales en los últimos cincuenta años. Se entiende por globalización la intensificación de las interacciones transnacionales más allá de lo que siempre fueron las relaciones entre Estados nacionales, las relaciones internacionales, o las relaciones en el interior de los imperios, tanto antiguos como modernos. Son interacciones que no están, en general, protagonizadas por los Estados, sino por agentes económicos y sociales en los ámbitos más diversos. Cuando están protagonizadas por los Estados, pretenden cercenar la soberanía del Estado en la regulación social, sean los tratados de libre comercio, la integración regional, de la que la Unión Europea es un buen ejemplo, o la creación de agencias financieras multilaterales, como el Banco Mundial y el FMI.

Escribiendo hace más de veinte años[1], dediqué al tema muchas páginas y llamé la atención sobre la complejidad e incluso el carácter contradictorio de la realidad que se aglomeraba bajo el término “globalización”. En primer lugar, mucho de lo que se consideraba global había sido originalmente local o nacional, desde la hamburguesa tipo McDonald’s, que había nacido en una pequeña localidad del oeste de Estados Unidos, al estrellato cinematográfico, activamente producido al principio por Hollywood para rivalizar con las concepciones del cine francés e italiano que antes dominaban, o incluso la democracia como régimen político globalmente legítimo, ya que el tipo de democracia globalizada fue la democracia liberal de matriz europea y norteamericana en su versión neoliberal, más norteamericana que europea.

En segundo lugar, la globalización, al contrario de lo que el nombre sugería, no eliminaba las desigualdades sociales y las jerarquías entre los diferentes países o regiones del mundo. Por el contrario, tendía a fortalecerlas.

En tercer lugar, la globalización producía víctimas (normalmente ausentes en los discursos de los promotores de la globalización) que tendrían ahora menor protección del Estado, ya fueran trabajadores industriales, campesinos, culturas nacionales o locales, etc.

En cuarto lugar, a causa de la dinámica de la globalización, las víctimas quedaban más sujetas a sus localidades y en la mayoría de casos solo salían de ellas forzadas (refugiados, desplazados internos y transfronterizos) o falsamente por voluntad propia (emigrantes). Llamé a estos procesos contradictorios globalismos localizados y localismos globalizados.

En quinto lugar, la resistencia de las víctimas se beneficiaba a veces de las nuevas condiciones tecnológicas ofrecidas por la globalización hegemónica (transportes más baratos, facilidades de circulación, internet, repertorios de narrativas potencialmente emancipadoras, como, por ejemplo, los derechos humanos) y se organizaba en movimientos y organizaciones sociales transnacionales. Llamé a estos procesos globalización contrahegemónica y en ella distinguí el cosmopolitismo subalterno y el patrimonio común de la humanidad o ius humanitatis. La manifestación más visible de este tipo de globalización fue el Foro Social Mundial, que se reunió por primera vez en 2001 en Porto Alegre (Brasil) y del que fui un participante muy activo desde el inicio.

¿Qué hay de nuevo y por qué se diagnostica como desglobalización? Las manifestaciones referidas son dinámicas nacionales y subnacionales. En cuanto a las primeras, se subraya el Brexit, por el que el Reino Unido (¿?) decidió abandonar la UE, y las políticas proteccionistas del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, así como su defensa del principio de soberanía, oponiéndose a los tratados internacionales (sobre el libre comercio o el cambio climático), mandando erigir muros para proteger las fronteras, involucrándose en guerras comerciales, entre otras, con Canadá, China y México.

En lo que se refiere a las dinámicas subnacionales, estamos, en general, ante el cuestionamiento de las fronteras nacionales que resultaron en tiempos y circunstancias históricas muy distintas: las guerras europeas, desde la Guerra de los Treinta Años y el consecuente Tratado de Westfalia (1648) hasta las del siglo XX que, debido al colonialismo, se transformaron en mundiales (1914-18 y 1939-45); el primer (¿quizá segundo?) reparto de África en la Conferencia de Berlín (1884-85); las guerras de fronteras en los nuevos Estados independientes de América Latina a partir de principios del siglo XIX. Se asiste a la emergencia o reactivación de la afirmación de identidades nacionales o religiosas en lucha por la secesión o el autogobierno en el interior de Estados, de hecho, plurinacionales. Entre muchos ejemplos: las luchas de Cachemira, de Irlanda del Norte, de varias nacionalidades en el interior del Estado español, de Senegal, de Nigeria, de Somalia, de Eritrea, Etiopía y de los movimientos indígenas de América Latina. Está también el caso trágico del Estado ocupado de Palestina. Algunos de estos procesos parecen (¿provisionalmente?) terminados, por ejemplo, la fragmentación de los Balcanes o la división de Sudán. Otros se mantienen latentes o fuera de los medios de comunicación (Quebec, Escocia, Cachemira) y otros han explotado de forma dramática en las últimas semanas, sobre todo los referéndums en Cataluña, el Kurdistán iraquí y Camerún.

Bajo mi criterio, estos fenómenos, lejos de configurar procesos de desglobalización, constituyen manifestaciones, como siempre contradictorias, de una nueva fase de la globalización más dramática, más excluyente y más peligrosa para la convivencia democrática, si es que no implican su fin. Algunos de ellos, contrariamente a las apariencias, son afirmaciones de la lógica hegemónica de la nueva fase, mientras otros constituyen una intensificación de la resistencia a esa lógica. Antes de referirme a unos y otros, es importante contextualizarlos a la luz de las características subyacentes a la nueva fase de globalización. Si analizamos los datos de la globalización de la economía, concluiremos que la liberalización y la privatización de la economía continúan intensificándose con la orgía de tratados de libre comercio actualmente en curso. La Unión Europea acaba de acordar con Canadá un vasto tratado de libre comercio, el cual, entre otras cosas, expondrá la alimentación de los europeos a productos tóxicos prohibidos en Europa pero permitidos en Canadá, un tratado cuyo principal objetivo es presionar a Estados Unidos para que forme parte. Fue ya aprobada la Alianza Transpacífica, liderada por Estados Unidos, para enfrentar a su principal rival: China. Y toda una nueva generación de tratados de libre comercio está en curso, negociados fuera de la Organización Mundial del Comercio, sobre la liberalización y la privatización de servicios que en muchos países hoy son públicos, como la salud y la educación. Si analizamos el sistema financiero, verificaremos que estamos ante el sector más globalizado del capital y más inmune a las regulaciones nacionales.[2]

Los datos que son de conocimiento público son alarmantes: 28 empresas del sector financiero controlan 50 trillones de dólares, esto es, tres cuartas partes de la riqueza mundial contabilizada (el PIB mundial es de 80 trillones y además habrá otros 20 trillones en paraísos fiscales). La gran mayoría de esas instituciones está registrada en América del Norte y en Europa. Su poder tiene también otra fuente: la rentabilidad de la inversión productiva (industrial) a nivel mundial es, como máximo, del 2,5 %, en tanto que la de la inversión financiera puede llegar al 7 %. Se trata de un sistema para el cual la soberanía de 200 potenciales reguladores nacionales es irrelevante.

Ante esto, no me parece que estemos en un momento de desglobalización. Estamos más bien delante de nuevas manifestaciones de la globalización, algunas de ellas muy peligrosas y patológicas. La apelación al principio de soberanía por parte del presidente de Estados Unidos es solo la huella de las desigualdades entre países que la globalización neoliberal ha venido a acentuar. Al mismo tiempo que defiende el principio de soberanía, Trump se reserva el derecho de invadir Irán y Corea del Norte. Tras haber destruido la relativa coherencia de la economía mexicana con el NAFTA y provocado la emigración, Estados Unidos manda construir un muro para frenarla y pide a los mexicanos que paguen su construcción. Ello, además de ordenar deportaciones en masa. En ninguno de estos casos es pensable una política igual, pero de sentido inverso. El principio de la soberanía dominante surgió antes en la Unión Europea con el modo como Alemania puso sus intereses soberanos (esto es, del Deutsche Bank) por encima de los intereses de los países del sur de Europa y de la UE. La soberanía dominante, combinada con la autorregulación global del capital financiero, da lugar a fenómenos tan diversos como el subfinanciamiento de los sistemas públicos de salud y educación, la precarización de las relaciones labores, la llamada crisis de los refugiados, los Estados fallidos, el descontrol del calentamiento global, los nacionalismos conservadores. Las resistencias tienen señales políticas diferentes, pero a veces asumen formas semejantes, lo que está en el origen de la llamada crisis de la distinción entre izquierda y derecha. De hecho, esta crisis es el resultado de que alguna izquierda haya aceptado la ortodoxia neoliberal dominada por el capital financiero y hasta se haya autoflagelado con la idea de que la defensa de los servicios públicos era populismo. El populismo es una política de derecha, particularmente cuando la derecha puede atribuirla con éxito a la izquierda. Residen aquí muchos de los problemas que enfrentan los Estados nacionales. Incapaces de garantizar la protección y el mínimo bienestar de los ciudadanos, responden con represión a la legítima resistencia de los ciudadanos.

Ocurre que la mayoría de esos Estados son, de hecho, plurinacionales. Incluyen pueblos de diferentes nacionalidades etnoculturales y lingüísticas. Fueron declarados nacionales por la imposición de una nacionalidad sobre las otras, a veces de modo muy violento. Las primeras víctimas de ese nacionalismo interno arrogante, que casi siempre se tradujo en colonialismo interno, fueron el pueblo andaluz después de la llamada Reconquista de Al-Ándalus, los pueblos indígenas de las Américas y los pueblos africanos después del reparto de África. Fueron también ellos los primeros en resistir. Hoy, la resistencia junta a las raíces históricas el aumento de la represión y la corrupción endémica de los Estados dominados por fuerzas conservadoras al servicio del neoliberalismo global. A ello se añade el hecho de que la paranoia de la vigilancia y la seguridad interna ha contribuido, bajo pretexto de la lucha contra el terrorismo, al debilitamiento de la globalización contrahegemónica de los movimientos sociales, dificultando sus movimientos transfronterizos. Por todo esto, la globalización hegemónica se profundiza usando, entre muchas otras máscaras, la de la soberanía dominante, que académicos desprevenidos y medios de comunicación cómplices toman por desglobalización.

NOTAS
[1] Toward a New Common Sense, Nueva York: Routledge, 1995, con traducción española: Sociología jurídica crítica. Para un nuevo sentido común en el derecho, Madrid, Trotta, 2009, págs. 290-453.
[2] Puede consultarse uno de los textos más recientes y más incisivos sobre el capital de autoría del economista brasileño Ladislau Dowbor, antiguo colega en la Facultad de Economía de la Universidad de Coímbra: La era del capital improductivo. La nueva arquitectura del poder: dominación financiera, secuestro de la democracia y destrucción del planeta, São Paulo: Outras Palavras & Autonomia Literária, 2017.

Fuente: https://www.desdeabajo.info/politica/32856-desglobalizacion.html

jueves, 9 de noviembre de 2017

TRUMP AMENAZA CON LANZAR UNA GUERRA NUCLEAR, EL PELIGRO SE INTENSIFICA CADA DÍA


La gira de Trump en Asia con Corea del Norte en la mira:
Los expertos dicen que Trump amenaza con lanzar una guerra nuclear
¿Y LA INDIGNACIÓN?



El peligro de una gran guerra —tal vez nuclear— entre Estados Unidos y Corea del Norte se intensifica cada día. Según los expertos, así como las figuras importantes de ambos partidos políticos citados por el columnista del New York Times Nicholas Kristof (4 de noviembre de 2017), las probabilidades de que estalle la guerra pronto van del “20 por ciento” al “50 por ciento”.

Hablando ante la ONU en septiembre, Donald Trump dijo que Estados Unidos “destruiría totalmente” a Corea del Norte, un país de 25 millones de personas, si su gobierno se negara a someterse a las demandas de Estados Unidos. Más tarde, el senador estadounidense Lindsay Graham describió con aprobación la posición de Trump: “Existe una opción militar: destruir el programa de Corea del Norte y la propia Corea del Norte. Si miles mueren, van a morir por allá. No van a morir por acá, y él me lo dijo a la cara”. Graham le dijo a Kristof que si Corea del Norte sigue probando misiles intercontinentales —note bien: probar, no utilizar—, “la guerra es inevitable”. El senador republicano Bob Corker, ex aliado de Trump, ha advertido en repetidas ocasiones que Trump ha puesto a Estados Unidos en camino hacia la Tercera Guerra Mundial.

El mismo día del artículo de Kristof, un almirante que habló en nombre del Estado Mayor Conjunto de los Estados Unidos envió un informe a una decena de congresistas estadounidenses en el que el Pentágono afirmó que la única forma segura de eliminar la capacidad nuclear de Corea del Norte era una invasión masiva por tierra por fuerzas de Estados Unidos.

Ahora Trump se ha embarcado en una gira de casi dos semanas por Asia, con Corea del Norte en la mira. En vísperas del viaje, el Consejero de Seguridad Nacional H.R. McMaster advirtió que “Nuestro presidente ha dejado las cosas muy en claro. No va a permitir que este régimen díscolo, Kim Jong-un, amenace a Estados Unidos con un arma nuclear. Por lo que Trump está dispuesto a hacer cualquier cosa que sea necesario para evitar que eso suceda”. Reflexione sobre eso un minuto: “hacer cualquier cosa”.

En la base militar de Estados Unidos en Yokota, Japón, Trump les dijo a las tropas reunidas: “Dominamos el cielo [en inglés], dominamos el mar, dominamos la tierra y el espacio.... Cada uno de ustedes encarna el credo guerrero [en inglés]. Su devoción, destreza y experiencia los convierten en la fuerza de combate más temible en la historia de nuestro mundo”. Les prometió a las tropas “mucho más” armamento avanzado, y les instó a “hacer buen uso de él”.

Todo el mundo entiende que este discurso era una amenaza en contra de Corea del Norte.

Los expertos pro-imperialistas afirman que las amenazas de Trump son dedefensa propia porque el régimen opresivo de Corea del Norte, Kim Jong-un, ha desarrollado un puñado de armas nucleares, y tal vez una capacidad para alcanzar Estados Unidos con las mismas. Y para el consumo popular, Estados Unidos pinta a Kim como un “lunático” que lanzaría armas nucleares a Estados Unidos así nomás porque sí. Los medios de comunicación estadounidenses lo repiten como loros, promoviendo temores histéricos de armas nucleares norcoreanas cayendo repentinamente sobre Los Ángeles.

Pero en realidad, Estados Unidos sabe muy bien que esto es una mentira descarada. Hablando de Kim Jong-un en la Conferencia de Seguridad en Aspen, Colorado el julio pasado, el director de inteligencia nacional de Trump, Dan Coates, dijo:

“Nuestra evaluación [es que] él no está loco. Y hay una lógica racional detrás de sus acciones: la supervivencia, la supervivencia de su régimen, la supervivencia de su país. Él ha visto lo que ha pasado alrededor del mundo con naciones que poseen capacidades nucleares y la ventaja que tienen, y ha visto que tener el as nuclear bajo la manga resulta en una gran capacidad disuasiva. Desafortunadamente, las lecciones que aprendieron después de que Libia renunció a sus armas nucleares y Ucrania renunció a [sus] armas nucleares son que si uno ha tenido armas nucleares, que nunca debe abandonarlas. Si no las tiene, hay que obtenerlas, y vemos que muchas naciones ahora están pensando sobre cómo conseguirlas y ninguna más persistente que Corea del Norte...”. (Énfasis nuestro)

Para repetir, aquí está el propio director de inteligencia nacional de Trump que admite con total naturalidad que Corea del Norte tiene armas nucleares como fuerza disuasiva para impedir un ataque de Estados Unidos y para poder hacer frente a la intimidación y chantaje nuclear de Estados Unidos. Y lo que Estados Unidos considera “amenazante” es precisamente esa capacidad para rechazar el dominio total yanqui de la región asiática que es económica y estratégicamente vital — y NO el peligro inventado de un primer golpe nuclear desde Corea del Norte.

Para los fascistas de “Estados Unidos Ante Todo” esto es inadmisible, y la muerte de millones de coreanos no cuenta para NADA si sirve a los intereses de Estados Unidos. Tampoco los disuade el hecho de que una guerra entre la superpotencia estadounidense y la pequeña y débil Corea del Norte podría terminar involucrando a otras potencias más grandes con sus propios arsenales nucleares, así amenazando la existencia misma de la humanidad.

Es muy posible que esa guerra comience con un ataque no nuclear estadounidense contra algún elemento de la estructura de defensa de Corea del Norte para provocar una respuesta. De ahí, Estados Unidos se haría pasar por la víctima de tal respuesta y se movilizará para hacer lo que Trump amenazó tan descaradamente ante la ONU: el exterminio de un país entero y su pueblo.

Si ocurriera tal horror, y si el resto de la humanidad sobreviviera, ¿cómo responderíamos cuando las generaciones futuras nos pregunten? “¿Qué hicieron cuando la propia gente de Trump dejó en claro al mundo entero lo que estaba planeando? ¿Cómo es posible que ustedes no hicieron todo lo que estaba a su alcance para evitarlo?”

Efectivamente, ¿cómo?

Fuente: http://revcom.us/a/516/expertos-dicen-que-trump-amenaza-con-lanzar-una-guerra-nuclear-es.html

martes, 7 de noviembre de 2017

LECCIONES QUE DEBEN SER REPASADAS EN EL CENTENARIO DE LA REVOLUCIÓN BOLCHEVIQUE


Centenario de la Revolución bolchevique: lecciones que deben ser repasadas

Alfonso Hernández


Este siete de noviembre (25 de octubre en el antiguo calendario) se celebra el centenario de la Revolución Bolchevique, en la cual los obreros, campesinos y soldados tomaron el poder en Rusia y, por primera vez en la historia, lograron consolidar un Estado bajo su mando y producir cambios profundos en la sociedad, de modo que los humildes tuvieron la primacía y les pusieron coto a los abusos de los magnates. Ya antes, en la Comuna de París, los asalariados habían intentado derribar la dictadura de los opresores y establecer un gobierno proletario, pero esta hazaña duró poco tiempo y sucumbió —no sin dejar fructíferas lecciones a los futuros luchadores— ante el embate de las burguesías francesa y alemana, quienes se hacían la guerra, pero se coligaron para castigar la osadía de las gentes laboriosas. La influencia de los bolcheviques dejó profunda huella en todos los acontecimientos del siglo XX y hoy continúa sintiéndose su prestigio, ya en el aborrecimiento de los enemigos de los pueblos, ya en la admiración de los amantes del progreso y de los oprimidos conocedores de este acontecer.

Pero el aniversario no recibe la atención que acaparan otros de menor envergadura histórica. Los medios de comunicación omnipresentes, gran parte de la academia e incluso muchos de los partidos que en un tiempo se proclamaron afines a los ideales leninistas optan por ignorar la fecha, omitir toda mención a los sucesos de entonces y eludir el debate acerca de sus causas y consecuencias, logros y dificultades. Si bien esta conjura del silencio puede mantener a mucha gente sumida en las tinieblas, se trata de una maniobra de corto alcance, ya que el análisis de cualquier acaecimiento posterior a octubre de 1917 —la Segunda Guerra Mundial, la descolonización, las conquistas sociales o los avances tecnológicos y científicos— desbarata las chapucerías de los afanosos pero miopes sepultureros de tan magno suceso. Estos acuden, entonces, de manera febril, y contradictoria, a la difamación; se debaten así, entre negarle toda importancia o reconocérsela, pero atribuyéndole la máxima perversidad de que son capaces los seres humanos. Sostienen que todo fue un desatino y que el Estado democrático de los obreros y campesinos constituye un acto contra natura, ya que afirman que solo el capital tiene la sapiencia para regir los destinos de los hombres; que el colectivismo es un imposible, pues, aseguran, la especie es, primero que todo, y abrumadora e insuperablemente, individualista, egoísta. En síntesis, se obstinan en declarar que la "democracia liberal", o "Estado de derecho" capitalista, con todo y la miseria de las mayorías, es el culmen del humanitarismo, de la libertad, del bienestar. 

Detrás de todos estos intentos se ve cómo la burguesía y sus contritos hijos pródigos se llenan de pavor ante la sola mención del bolchevismo, puesto que saben que el ejemplo de la Rusia bolchevique les infunde coraje a los esquilmados y los dota de unas herramientas para alcanzar la libertad y sacarse de encima a quienes los parasitan. Las principales de sus enseñanzas cobran creciente vigencia y han de ser juiciosamente repasadas por quienes anhelan cambiar la agobiante situación actual.

La revolución de octubre fue posible, entre otros factores, porque existía un partido que sometía todas las ideas, concepciones y programas políticos o económicos al más riguroso análisis de clase; es decir, desentrañaba qué clase social se beneficiaba o perjudicaba con cada uno de ellos. Los bolcheviques siempre defendieron resueltamente los intereses de los obreros y de los campesinos pobres, y desenmascararon todo aquello que les fuese nocivo. El partido educaba no solo a estos sectores sino también a los intelectuales en esa línea de principios. Así construyó toda una teoría sobre Rusia y sobre el conjunto de la situación mundial. Sostuvo Lenin que sin teoría revolucionaria no puede haber tampoco movimiento revolucionario. La batalla ideológica no se limitaba, pues, a las reivindicaciones salariales o a las denuncias de uno que otro atropello o acto de corrupción del régimen o a un discurso en la Duma, sino que estas actividades eran componentes de la lucha general contra la opresión y el despojo. Con esa mira se batalló por la independencia ideológica, política y organizativa de los obreros, incluso en el periodo en que los objetivos consistían en alcanzar derechos y progresos de tipo democrático burgués. Esa claridad de pensamiento de los trabajadores es del todo intolerable para los capitalistas, pues su dominio solo es factible sobre la base del engaño; este es requisito también para el mangoneo por parte de los mandaderos del poder incrustados en el movimiento popular.

Cuando se pierde la conciencia de clase, las gentes quedan a merced de sus peores enemigos: en los Estados Unidos numerosos trabajadores, cansados de las perjudiciales políticas de los bush, los clinton y los obama, decidieron apoyar a Trump, con el argumento de que si este negociante inmobiliario había sido tan astuto para enriquecerse, podría utilizar esa habilidad para beneficiar a las mayorías. Otros respaldaron a Clinton y a Obama dizque para contrarrestar a la derecha republicana y dar lugar a políticas más favorables a la población. No se trata de personas tontas, sino de que, al perder la brújula para orientarse en las luchas sociales, toman los atajos más inconvenientes, actúan a la ciega, caen en las trampas que se les tienden por doquier. Despropósitos semejantes se cometen en todos los rincones de la tierra y agudizan día por día la esclavitud de las gentes, la arrogancia de los de arriba. 

En Colombia el espectáculo es de igual manera abominable. Mientras que los gobiernos, obedeciendo las órdenes de los financistas internacionales y de los grupos monopólicos nacionales, proceden de manera cada vez más despiadada contra el conjunto de la población, el grueso de los jefes de los partidos originariamente marxistas buscan a toda costa embrollar la cabeza de la gente asegurándole que magnates y desposeídos, todos, todos, vamos en el mismo barco y nos corresponde juntar esfuerzos para que no se hunda: en vez de la lucha contra los tiranos, pregonan la colaboración con ellos; en vez de denunciar las artimañas, se prestan a hacerlas más efectivas. Entre estos colaboracionistas hay unos que anuncian el advenimiento inminente de la paz y el amor y otros que prometen el fin de la corrupción, el cese del maltrato, el alivio de la desigualdad y el incremento de la producción de la riqueza en beneficio general. Estos exleninistas les prometen angustiosamente a los burgueses y terratenientes que, si les brindan la oportunidad de presidir el Estado, no van a nacionalizar nada; esto es, que en manos de los autoproclamados adversarios de la privatización neoliberal todas las empresas, bancos, y demás instituciones y servicios de propiedad pública que fueron transferidos a los oligarcas y a otros aprovechadores se mantendrán lucrando a sus nuevos propietarios. Los latifundistas y consorcios mineros continuarán imperturbados, los lesivos pactos internacionales se acatarán y solo se solicitará una renegociación amistosa. La estabilidad fiscal —que significa altos impuestos para la población, desmirriado gasto en salud, educación y vías, para abonar a la onerosa deuda externa— no se pondrá en riesgo. La Constitución neoliberal permanecerá intocada y se convocará el respaldo general a las Fuerzas Armadas y de Policía, sostén del régimen. En conclusión, todo seguirá igual en lo atinente al poder económico e institucional, —y, por tanto, a la supremacía política que eso implica—. Solo se requiere cambiar a los partidos y personajes al mando del Estado. Que algo cambie para que todo siga igual; que ya no sean los mismos con las mismas, sino otros con las mismas. Esta es la oposición, tan "radical" como leal a su majestad.

Según ese discurso embaucador, tan pronto los voltearepas del Polo ocupen los cargos del Ejecutivo, los enormes hacendados prosperarán sin despojar a los campesinos; los capitalistas engordarán sus bolsillos pero serán magnánimos con los obreros; los indígenas y las comunidades negras no serán más agredidas; el imperialismo accederá de buena gana a cesar el espolio. Las transnacionales y grupos oligopólicos ya no comprarán a magistrados ni a políticos —pues estos no serán los mismos sino otros (como sucedió en la Alcaldía polista de Bogotá)—. Parlamentarios y jueces dejarán de venderse. ¡Todo un “gana gana”! Tales promesas tienen menos fundamento que el que tenían las pirámides de David Murcia Guzmán. No es de extrañar que conglomerados como el de Ardila Lulle y compañía, Santodomingo y el Grupo Empresarial Antioqueño aúpen mediante espacios en sus medios de comunicación u otros favores a esta clase de arribistas, quienes pueden hacer carrera y engrupir a los líderes de las organizaciones populares con tamañas necedades debido al abatimiento ideológico que hoy se vive. Hechos que nos demuestran que la tarea más urgente y la lección bolchevique de más apremiante repaso consiste en desarrollar resueltamente la lucha ideológica contra todas las teorías con las que se ofuscan las mentes y se paralizan, corrompen o desvían las luchas. 

Fue gracias a la claridad de pensamiento y a la férrea voluntad de atenerse a los principios que los bolcheviques pusieron en evidencia los verdaderos intereses que se beneficiaban con la guerra que tuvo sus comienzos en al año de 1914. El zarismo, los terratenientes y la gran burguesía, en colusión con los ingleses y franceses acaudalados, habían llevado a Rusia a la contienda de rapiña contra Alemania y Austria-Hungría, con lo que la situación crítica de la atrasada Rusia se convirtió en calamidad. Mientras que casi todos los partidos socialdemócratas (como se denominaba a las organizaciones marxistas de la época)se sumaron a los capitalistas de sus propias naciones y llamaron a los obreros a guerrear contra sus hermanos de otros países en provecho de los ricachos connacionales, Lenin no temió al aislamiento, levantó su resuelta voz solitaria contra el tropel de quienes claudicaban y rompió con la Segunda Internacional de partidos "marxistas"; llamó a convertir la guerra imperialista en guerra civil contra la autocracia y sus cómplices, poniendo así en primer lugar la fraternidad internacional de los trabajadores y desenmascarando cómo el capital escondía sus desaforados apetitos tras la bandera nacionalista. Gracias a estas enseñanzas, obreros, campesinos y soldados pudieron desechar las trapisondas. 

Esta lección cobra plena vigencia hoy cuando los Estados Unidos están cocinando una nueva y mucho más devastadora conflagración mundial. Hostilizan a Rusia para reducirla a la impotencia; la enemistan con Ucrania, Polonia, los países Bálticos; en síntesis, con todas las naciones asentadas en su flanco occidental; fomentan los motines en el Cáucaso y Asia Central y golpean a los gobiernos amigos de Rusia en el Medio Oriente, como Siria, Libia e Irán. Le imponen sanciones económicas al gobierno de Putin y alebrestan a sus enemigos usando oenegés financiadas por especuladores gringos y por el gobierno de Estados Unidos. Siembran de misiles y concentran tropas en todos los territorios adyacentes. A la vez, la vapuleada Rusia procura recuperar parte de su antigua influencia en las regiones con las que colinda y sueña con alcanzar estatus de superpotencia, de imperio, otra vez.

Los Estados Unidos movilizan portaaviones y toda clase de fuerzas navales para acordonar a China, restringirle y hacerle incierta su comunicación marítima vital; atizan en ella las diferencias étnicas y regionales, para frenarle su desarrollo y empantanarla en reyertas intestinas. Fomentan el militarismo japonés y todo tipo de alianzas contra China y la acusan de provocar los descalabros económicos y financieros de los Estados Unidos. Por su parte China se afana por convertirse en la primera potencia del mundo y garantizar su acceso a los mercados mineros, energéticos, industriales, agrícolas y laborales de Asia y África, Europa y el Medio Oriente; se arma con celeridad y se prepara para un conflicto de colosales proporciones.

Los Estados Unidos atizan las guerras en el Medio Oriente, se alarman por el desarrollo alemán, quieren a Europa unida para contrarrestar a Rusia, pero sin mayor fuerza para que no rivalice con ellos. La carrera armamentista retoma velocidad y los arsenales se modernizan y refinan. Los pulpos financieros imponen condiciones cada vez más onerosas a las diferentes naciones y ya ni siquiera los tratados comerciales más lesivos satisfacen las apetencias de los imperialistas norteamericanos; las crisis económicas y financieras se hacen más recurrentes y devastadoras. Entre tanto, la mayoría de los partidos de la izquierda dan la espalda a los desenvolvimientos de la situación internacional, porque desenmarañar cuáles son las ambiciones en pugna y los peligros que se ciernen, si bien educa a los pueblos y les permite entender de manera más precisa no solo el acontecer internacional, sino también los sucesos nacionales, no reporta votos y puede enajenarles a los izquierdistas domesticados la benevolencia de la recelosa burguesía objeto de sus coqueteos. 

Los bolcheviques combatieron toda discriminación contra los judíos o los pueblos asiáticos y vivificaron la hermandad entre las distintas nacionalidades, enfocando todo su ataque únicamente en las clases expoliadoras y en las potencias imperialistas. Hoy, a medida que los ideólogos de la reacción logran engatusar las mentes de las mayorías, las tendencias xenófobas toman fuerza, se culpa al extranjero desarraigado de la baja de salarios, del desempleo, del deterioro de la seguridad social, hechos provocados por los grandes capitalistas para incrementar sus utilidades; las mentes de las personas se ofuscan y son fácilmente manipulables por sus enemigos de clase; el odio al extranjero constituye punto de partida para justificar la agresión a otras naciones. Parece ser una ley que cuando la lucha y la conciencia de clase retroceden, avanzan los odios a otras razas, etnias o naciones, junto con los fanatismos religiosos. Recuperar el espíritu internacionalista de los bolcheviques es una de las tareas más prioritarias, antes de que las masas se vean envueltas en las llamas sin descifrar quiénes son los culpables y qué propósitos persiguen. 


Se ha afirmado que la revolución bolchevique no fue tal, y que no fue obrera, pues dizque el partido había suplantado a la clase de los proletarios; que se trató apenas de ¡un golpe de Estado! Meras falsedades. Según E. H. Carr, el partido bolchevique contaba con unos veintitrés mil militantes en febrero del 17 y con poco más de cien mil en octubre. Una agrupación tan poco numerosa solo podía tomar el poder gracias a la claridad, valor y resolución de sus cuadros, pero también al apoyo consciente de las masas. Todos los hechos posteriores demuestran esta aseveración. En la primavera de 1918, pocos meses después de la toma del palacio de Invierno por los insurrectos, tuvo comienzo la más violenta arremetida de las naciones burguesas para aplastar el bolchevismo; movilizaron en conjunto más de 200 mil hombres para agredir al pueblo ruso. Las tropas anglofrancesas desembarcaron en el norte de Rusia, y ocuparon Arjanguelsk y Murmansk y prestaron, además, todo tipo de apoyo a los guardias blancos [1] sublevados contra el poder revolucionario, quienes instauraron el "Gobierno del Norte de Rusia". Las huestes japonesas desembarcaron en Vladivostok, disolvieron los Soviets y también asistieron de todas las formas posibles a los facinerosos guardias blancos, quienes restauraron el régimen burgués en la región. En el Cáucaso del Norte, los generales reaccionarios Kornilov, Alexeiev y Denikin, con el patrocinio de las fuerzas inglesas y francesas organizaron un ejército blanco y solevaron a los cosacos ricos. En la región del Don, los generales Krasnov y Mármontov, apoyados por el imperialismo alemán, desencadenaron la sublevación de los cosacos y ocuparon la región bañada por ese río. Las tropas inglesas y francesas patrocinaron el amotinamiento del cuerpo del ejército checo-eslovaco. Con ese aliento se soliviantaron los Kulaks del Volga y de Siberia. A estos desórdenes antisoviéticos cooperaron los socialistas revolucionarios [2]. Por su parte, los alemanes, que le habían impuesto un tratado lesivo a Rusia, le separaron a Ucrania, a la que invadieron y también movilizaron fuerzas y escindieron a la Transcaucasia; desplegaron efectivos con los turcos en Tiflis y en Bakú. A varias de las agresiones se sumaron los Estados Unidos. 

Los campeones de la democracia y de los derechos, de la libre determinación de los pueblos, las potencias capitalistas, demostraban con esas agresiones que las libertades que decían abanderar no abarcaban la potestad de los proletarios a gobernar y a poner fin a la explotación del trabajo asalariado, reivindicación que figuraba en el programa bolchevique. Decidieron, por ello, ahogar en sangre la osadía del proletariado. Ese pueblo, arruinado por los años de guerra en la que el zar lo había embarcado, hubo de enfrentar la invasión concertada de todos los imperios de entonces. Pensaban los capitalistas que derrocarían fácilmente a los bolcheviques. Pero estos, guiados por Lenin, se pusieron a la cabeza de los obreros, campesinos y soldados y rechazaron la agresión extranjera que privaba de alimentos y recursos a la Rusia, saboteaba la producción y la reducía a escombros. Ya en 1920 había en pie un Ejército Rojo de más de cinco millones de hombres, que habían comenzado sin ninguna experiencia militar y llegaron a vencer una a una las fuerzas de invasión, cuyos ejércitos estaban bien entrenados y disponían de los pertrechos más modernos y letales de la época; ni siquiera acontecimientos tan dicientes como estos desaniman a los tergiversadores de la historia, quienes persisten en afirmar que octubre del 17 no fue más que un golpe de mano, carente de respaldo popular. Por el contrario, lo que queda en evidencia es que las masas, cuando cuentan con una dirección correcta y las mueve la comprensión de lo que está en juego, son capaces de realizar las más grandes hazañas históricas. Nada de esto hubiera sido posible sin una educación concienzuda de las clases explotadas, punto en el que toda insistencia es insuficiente.

Se ataca a la Revolución rusa acusándola de sanguinaria, brutal, de no respetar los derechos humanos, etc. Lo cierto es que los bolcheviques hicieron todo lo posible por llevar a cabo las transformaciones de la manera más incruenta: al tomar el palacio de Invierno, el 25 de octubre (7 de noviembre en el nuevo calendario) no hubo derramamiento de sangre, a pesar de que la burguesía había procedido de la manera más brutal contra las manifestaciones populares precedentes y había preparado golpes como el de Kornilov, que pretendían yugular el movimiento. El zarismo y las Centurias Negras [3] habían asesinado a numerosos luchadores, tanto en los campos como en las ciudades. No obstante, los bolcheviques evitaron al máximo la violencia, al punto de que ponían en libertad a los jefes de las tropas reaccionarias levantadas contra el poder soviético con la mera promesa de no incurrir de nuevo en actos criminales contra el pueblo. Sin embargo, una vez salían de prisión, se dedicaban de nuevo al bandolerismo. Visto lo cual, la jefatura del Partido Bolchevique comprendió que a cada indulgencia con los contrarrevolucionarios le seguía una nueva cadena de asesinatos de dirigentes obreros y campesinos y mayor hambre y desorganización provocadas por el sabotaje que impedía el abastecimiento. Decidió, entonces, tratar como mano dura a los malhechores a sueldo del capital, tanto ruso como de las otras metrópolis.

De igual manera tuvo que obrar con los campesinos ricos que retenían el grano indispensable para alimentar a las ciudades y al ejército que repelía la agresión foránea. Se le condena por una de sus más ejemplares acciones: procedió, finalmente, sin contemplaciones contra acaparadores y especuladores, que pretendían cercar a la revolución por hambre y enriquecerse causando la ruina del pueblo. Virtud que hay que resaltar en esta época en la cual los agiotistas de Wall Street y sus socios en otras partes del mundo mantienen los países, las industrias, a las personas rehenes de sus chantajes financieros. Provocan quiebras e imponen reformas tributarias, fiscales, de la legislación de trabajo, educativas, de salud, de pensiones; siempre en desmedro de las condiciones de vida de la inmensa mayoría, siempre para acrecentar el lucro de los más grandes bancos y fondos de capital ¡Cuánto se echa de ver la falta de un gran levantamiento popular y de unos jefes como los bolcheviques que le pongan freno al incontrolado atropello de los tiburones financieros! Pero los Estados, empezando por el yanqui, acuden a toda prisa a sacar con el dinero público a los banqueros de las encrucijadas a las que los ha llevado su propio aventurerismo especulativo. Por su parte, los alzafuelles, en vez de educar con esas duras lecciones de la experiencia, como hacían los bolcheviques, peroran sobre el respeto a la sacrosanta propiedad privada.


Al tiempo que defendía el suelo de Rusia, la Revolución impulsó el restablecimiento de la industria, con control obrero y propiedad estatal de todas las factorías claves, y los transportes y comunicaciones; comenzó la planificación de la economía y dio impulso a la electrificación. El motor de semejantes avances no fue otro que el esfuerzo prodigioso de las mayorías que entendieron que se trataba de proteger su propio Estado. Derrotados los facinerosos y sus patrocinadores imperialistas, el gobierno soviético se consagró a desarrollar la industria pesada, faena en la que obtuvo frutos prontos. Lo logró en medio del aislamiento internacional y sin contar con inversión extranjera, caso único aparte del inglés, hasta ese momento. La diferencia consiste en que Inglaterra controlaba casi totalmente el mercado del mundo para los productos de sus factorías; de ese modo, y con la explotación brutal de la mano de obra de hombres, mujeres y niños, pudo acumular las masas ingentes de capital requeridas para tal objeto. La Rusia soviética no disponía sino de su mercado interno, bastante estrecho por los factores ya señalados, y se rehusaba a la explotación de la mano de obra. Pero tenía una ventaja estratégica: cada gota de sudor, cada esfuerzo muscular y mental de los proletarios redundaba en un mayor bienestar y en el progreso nacional; no había lugar para el agiotaje o el despilfarro de la plusvalía en lujos. Por tal razón, los obreros se ofrecían a laborar gratuitamente los sábados —sábados comunistas se les denominó— e incrementaron la disciplina y la productividad voluntariamente y con entusiasmo. El Estado premió y exaltó a quienes se destacaban en la producción; esta se afrontó con la misma enjundia con la que se habían librado la Revolución y la Guerra Civil. También, gracias a esto, consiguió establecer la industria productora de equipos con las más avanzadas técnicas del momento y se constituyó en la segunda potencia industrial, y en varios campos de la tecnología llegó a ser pionera. Sin la participación consciente, organizada y disciplinada del pueblo ruso tal hazaña tampoco hubiera sido posible.

Ya en el año de 1929 se puso en marcha el primer plan quinquenal, cuyas metas fueron superadas de manera temprana. Igual ocurrió con los subsiguientes, con lo que la Unión Soviética dio un ejemplo a otros Estados, que no tardaron en utilizar la planificación económica, pero sobre bases capitalistas, no socialistas, lo que, entre otras cosas, restringía su alcance. Cierto que la planificación económica no fue invento de los bolcheviques, pero estos la llevaron a su estadio más avanzado y fructífero.

No obstante esos grandes avances, el campo no proveía con suficiencia las materias primas y alimentos que se requerían: a las pequeñas parcelas campesinas poco les quedaba para enviar al mercado después del consumo propio; las explotaciones mayores tampoco suministraban las cantidades bastantes porque los campesinos ricos querían imponer precios que atentaban contra el desarrollo industrial y el consumo de la población. Además, como herencia del zarismo y la aristocracia, la producción agraria se mantenía en un atraso tremendo. El dilema consistía en permitir la reversión al capitalismo accediendo al chantaje de los Kulaks o continuar el avance socialista hasta cubrir también los renglones agropecuarios. Como respuesta a la encrucijada, se organizaron cooperativas agrarias —koljoses— que brincaron del arado de madera al tractor. Constituían una salida para las masas del campesinado pobre, pero representaban un desafío para los ricos del campo, quienes emprendieron el camino del sabotaje y del acto terrorista para impedir la cooperativización. De nuevo, el Partido se vio precisado a movilizar a los obreros y a los campesinos pobres y medios para garantizar el desarrollo productivo y la consolidación del socialismo. Fue necesario eliminar a los Kulaks como clase social colectivizando la producción agrícola y estableciendo grandes empresas agropecuarias del Estado, sovjoses. Si los bolcheviques hubieran contemporizado con las teorías reaccionarias de fomentar la convivencia armoniosa de latifundistas, campesinos ricos, medios y pobres, en vez de liberar a los últimos, habrían apuntalado la explotación; en vez de construir una nación socialista próspera, hubieran mantenido una republiqueta capitalista rezagada. Llama la atención que sean quienes arruinan a las masas de campesinos e indígenas y mantienen escuadrones de sicarios para despojarlos de sus parcelas o los acribillan echando mano de las "fuerzas del orden" los más alharaquientos sobre el supuesto maltrato de los Soviets a la población agraria. En todo este empuje por el progreso económico y social, el Partido se vio en la necesidad de refutar distintas teorías que pretendían que Rusia debía limitarse a la producción agropecuaria y, si mucho, a la industria ligera, y aconsejaban importar la maquinaria pesada, incluidos los tractores. También hubo quienes abogaron por permitir que los campesinos ricos acumularan más y más capital, explotaran a los jornaleros e impidieran la colectivización. 

Echando abajo estas concepciones fue como la Unión Soviética logró acabar el paro forzoso, el analfabetismo, garantizar la salud, la vivienda, la educación a todos los habitantes de esa, la patria de los proletarios. La enseñanza secundaria se universalizó y un gran porcentaje de la población accedió a la superior, que alcanzó un nivel científico y técnico de primer orden.

La revolución bolchevique le imprimió un poderoso empuje al movimiento obrero internacional; su ejemplo y conquistas determinaron que amplios sectores proletarios radicalizaran sus luchas y, por el temor que infundió entre los capitalistas, las condiciones de trabajo y los salarios mejoraron en muchos países. La Tercera Internacional Comunista desempeñó un papel de primera importancia en el propósito de coordinar la brega proletaria a nivel mundial. Buena parte de las garantías conquistadas en el periodo del llamado Estado de bienestar fueron el fruto de la pelea obrera de cada país y de las conquistas sociales de la URSS. A la vez, los imperialistas acudieron al asesinato, a la implantación de regímenes dictatoriales, principalmente en las naciones sojuzgadas, aunque también en varias de las potencias industriales, para cerrarle el paso al avance del movimiento proletario. De la misma manera, los potentados se dedicaron a comprar a los dirigentes sindicales, a construir y financiar centrales patronalistas y enemigas del socialismo y ganaron maestría en el arte de cebar a partidos de quintacolumnistas en el movimiento obrero. 

Muchos de los pueblos de los países coloniales se pusieron en pie contra el dominio imperialista: Lenin había planteado como una de las tareas prioritarias de la clase de los asalariados respaldar las luchas de independencia de las naciones sometidas. Gesta que alcanzó su máximo desarrollo después de la Segunda Guerra Mundial. 

Muchas de las naciones rezagadas comprendieron, gracias al ejemplo soviético, que la industrialización no era imposible para ellas, sino que la podrían alcanzar siempre y cuando no limitaran su desarrollo a los dictados de las metrópolis. Con el apoyo resuelto de la Unión Soviética, después de la Segunda Guerra Mundial, varios países de la postergada Europa Oriental adelantaron drásticas reformas agrarias, que liquidaron el dominio de la nobleza terrateniente y libertaron a los campesinos de tan aborrecible yugo. También países como Checoslovaquia, Hungría y demás dieron un fuerte impulso al desenvolvimiento de las manufacturas. La República Popular China constituyó otro gran avance del socialismo y de la libertad de los países sometidos al yugo imperialista. Baste con esta ligera mención, ya que tales gestas exceden con mucho los propósitos de este artículo. 

El afanoso desarrollo industrial y agrícola, el auge del socialismo y el alto nivel de conciencia colectivista del pueblo soviético le permitieron afrontar con éxito, aunque no sin ingentes sacrificios, otro enorme reto histórico: la derrota del fascismo alemán. Este, en cumplimiento de sus planes de dominio global, había ocupado rápidamente y sin enfrentar mayor resistencia a Polonia, Francia (la poderosa República se rindió en apenas siete semanas de combates), Noruega, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Checoslovaquia, y se había robustecido económica y militarmente con las fuentes de materias primas, la mano de obra y los arsenales de los países agredidos. Considerando que había alcanzado la fortaleza suficiente, el 22 de junio de 1941, alrededor de las cuatro de la madrugada, el ejército alemán comenzó el ataque a la URSS a lo largo de toda la frontera occidental. Las elites de todos los países capitalistas se hacían ilusiones de que los nazis arrasarían de la faz de la tierra el socialismo; se alegraban ante esa perspectiva, pero les preocupaba que Alemania los derrotara a ellos también. Por eso jugaron a que las dos se destruyeran. Las fechas hablan por sí solas: como ya se acaba de señalar, la URSS fue atacada el 22 de junio de 1941, el tan mencionado Desembarco en Normandía, en el que participaron por primera vez fuerzas de los Estados Unidos en el teatro europeo (aparte de una incursión en Sicilia, el diez de julio de 1943, que continuó con otra sin éxito en Italia) ocurrió el 6 de junio de 1944, tres años después del comienzo del ataque a la Unión Soviética. Ya el doce de enero de 1945 las tropas soviéticas entraron a territorio alemán; el 16 de abril iniciaron el ataque a Berlín e hicieron rendir a las fuerzas fascistas el dos de mayo del mismo año. Como se puede ver, la Unión Soviética llevó con mucho la carga principal de vapulear a las hordas nazis, con lo que prestó un servicio invaluable a toda la humanidad.


Lo logró con un enorme sacrificio. Aunque el gobierno rojo, bajo la dirección de Stalin, había llevado a cabo enormes esfuerzos para prepararse ante la inminente acometida y había echado mano de maniobras diplomáticas para ganar tiempo, la superioridad de las huestes alemanas era muy considerable, y los agresores pudieron propinar inicialmente severos golpes a las tropas soviéticas. No obstante, el Partido Bolchevique y el Estado soviético llamaron a todo el pueblo ruso a levantarse contra la bota hitleriana. Esta encontró una resistencia cada día más encarnizada: los militares daban muestras de arrojo, hasta el punto de que los pilotos cuando quedaban sin munición estrellaban las aeronaves contra las alemanas o las lanzaban contra las columnas de tierra de los invasores. En las regiones ocupadas, las gentes organizaban destacamentos guerrilleros que hostigaban sin cesar a los enemigos y destruían todo lo que quedara atrás y pudiera ser utilizado por ellos. Entre las muchas hazañas reputadas como imposibles, los soviéticos desmontaron ciudades industriales completas para impedir que fueran capturadas por el enemigo, las trasladaron rápidamente al oriente, a Siberia y a los Urales, a miles de kilómetros de distancia, y en el curso de pocos meses las pusieron a producir de nuevo para alimentar y proveer de suministros a quienes batallaban en el frente. A marchas forzadas, los habitantes de las zonas orientales desplegaban iniciativas audaces para alojar a millones de personas que se desplazaban y, viviendo casi a la intemperie, los obreros e ingenieros instalaron en los nuevos emplazamientos las fábricas e instituciones. Otra vez, la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas logró una hazaña histórica partiendo de condiciones de enorme desventaja, todo gracias a la movilización consciente de los trabajadores y a la dirección lúcida del Partido Comunista y de su secretario general, José Stalin.

Una de las batallas clave fue la de Stalingrado, hoy Volgogrado, ciudad que fue atacada con virulencia por los germanos el 23 de agosto de 1942; más de dos millones de personas sacrificaron la vida pero no permitieron a las tropas de Hitler controlar plenamente esa urbe, y el dos de febrero de 1943, las heroicas fuerzas soviéticas rindieron al 6° Ejército alemán, de cientos de miles de hombres. Fue la primera derrota estratégica del hitlerismo; en adelante la guerra ocurrió bajo la iniciativa de las huestes rojas.


Con el nombre de Gran Guerra Patria denominaron los soviéticos esta gesta. En ella la participación femenina fue decisiva, incluso las niñas afirmaban falsamente ser mayores de edad para evitar que las oficinas de reclutamiento se negaran a incorporarlas al Ejército. Las mujeres lucharon con valor en el frente, fueron aguerridas combatientes de las guerrillas que hostilizaban la retaguardia enemiga, se esforzaron hasta el agotamiento en las fábricas para garantizar los pertrechos y alimentos; trabajaron con denuedo en los hospitales de guerra y se emplearon a fondo para educar a los niños, en las condiciones terribles del conflicto bélico. Ofrendaron su sangre y cada minuto de su vida para impedir la esclavización de su patria, de sus hijos, de sus compañeros. Tal vez no haya habido en la historia otro momento en el cual las mujeres hayan dado pruebas de mayor capacidad, heroísmo, y espíritu de sacrificio. Demostraron lo más elevado de sus virtudes. Pero hasta esto ha querido trivializarse. La premio Nobel de Literatura de 2015, escribió un libro titulado La guerra no tiene rostro de mujer, afirmación que basa en el hecho de que en el frente de batalla —que carecía incluso de analgésicos para hacer las amputaciones— no hubiera perfumes, zapatos de tacón o pintalabios. Verificación de cómo la burguesía y sus escritores valoran a las mujeres como meras gatitas de pasarela; a lo Melania Trump, adornos del macho.

Ya que hemos mencionado los escritos de Svetlana Alexiévich, echemos mano de una frase suya y otra de una de sus entrevistadas, para que nos ayuden a comprender cómo fueron posibles tan impensables proezas como las que llevó a cabo el pueblo ruso. Así caracteriza Alexiévich a la gente educada en la concepción comunista del mundo: 

(Eran) Personas incapaces de sustraerse a la historia con mayúsculas, de despegarse de ella, de ser felices de otra manera. Personas incapaces de abrazar el individualismo de hoy, cuando lo particular ha terminado ocupando el lugar de lo universal.

Y la entrevistada:

¡Sí, sí! Morir era nuestro sueño más elevado. Sacrificarnos, darlo todo. El juramento que hacíamos al ingresar en el Komsomol [4] lo decía: "Estoy dispuesta a dar mi vida, si la necesita mi pueblo". Y no eran meras palabras, no. ¡Nos habían educado en ese espíritu! (Pág. 127).

Completamente cierto: los asombrosos progresos logrados por la Unión Soviética y sus aportes colosales y generosos a la humanidad solo fueron posibles gracias al espíritu colectivista en el que se educó al pueblo desde el triunfo de la Revolución de Octubre. Las masas aprendieron a dar primacía al interés colectivo sobre el individual, a respetar el trabajo y despreciar a los explotadores; así se hicieron invencibles; porque probaron que cuando la clase obrera y los demás pobres se adueñan de su propio destino no hay fuerza capaz de someterlos. Infortunadamente, la invulnerabilidad que mostraron los proletarios ante sus enemigos externos no se repite en lo atinente a la traición de sus propios dirigentes, culpables del retroceso temporal del socialismo, que, además había sido previsto por los maestros del proletariado. Por ello, redundemos, el asunto de la educación, de elevar el nivel de conciencia, nunca puede ser desdeñado.

Una muy sucinta exposición de los hechos basta para explicar con nítidos colores el porqué los imperialistas, los burgueses y los renegados de la causa del proletariado se esfuerzan por condenar al olvido y difamar la Revolución de Octubre, que, no obstante, se mantendrá en la memoria de los pueblos y será fuente de inspiración de las luchas que se avecinan. 

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[1]Guardias Blancos: fueron el brazo militar del Movimiento Blanco durante la Guerra Civil Rusa desde 1918 hasta 1921. Eran contrarrevolucionarios pro-zaristas, que tras la Revolución de Octubre lucharon contra el Ejército Rojo. La mayoría de sus miembros había servido en el ejército del zar Nicolás II, y buscaban, apoyados por todas las potencias, derribar el gobierno de los Soviets y restaurar la monarquía.

[2] Los Socialistas revolucionarios (eseristas): era un partido de la pequeña burguesía rusa, surgido de la unificación de grupos populistas; estaban arraigados, principalmente, en las masas campesinas. Vacilaban entre la burguesía liberal y el proletariado.

[3] Las centurias negras eran bandas zaristas organizadas por la policía para perseguir, agredir o asesinar revolucionarios o personas progresistas en general, y, además, organizar pogromos antisemitas.

[4] Unión comunista de la juventud rusa.

Fuente: http://notasobreras.net/index.php/nacional/40-historia/620-centenario-de-la-revolucion-bolchevique-lecciones-que-deben-ser-repasadas#_ftn2

 
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