La verdadera elección no es entre globalización y desglobalización, entre libre comercio y barreras arancelarias, sino entre fortalecer al capital o fortalecer a los trabajadores
Ilustración: James Kerr / Scorpion Dagger
Daniel Finn
Jacobinlat.com/23/09/2026
Traducción: Florencia Oroz
Es difícil creer que hace apenas veinticinco años, el movimiento por la justicia global tuviera que defenderse de la acusación de nacionalismo provinciano y de estrechez de miras. Esa era la crítica formulada por medios respetables y supuestamente progresistas como The Economist y The New Republic. Quienes protestaban en Seattle y Génova remarcaron que no tenían problema alguno con la idea de un mundo interconectado. Lo que rechazaban era la presión para liberalizar y privatizar las economías nacionales. Era esa forma particular de globalización —la promovida a través de la Organización Mundial del Comercio y las cumbres del G8— a la que se oponían.
Hoy en día, el internacionalismo capitalista de principios de los años 2000 se encuentra en franca retirada. Integrantes de la clase multimillonaria que recorren el mundo en jets privados abrazan las políticas nativistas de la extrema derecha, mientras la administración Trump le asesta un mazazo a la idea del libre comercio. En estos círculos, «globalismo» se ha convertido en una mala palabra, pero el capitalismo sigue fuera de toda discusión. El Consenso de Washington supo estigmatizar los aranceles y los sindicatos como trabas anacrónicas al libre movimiento del capital. Ahora los aranceles están de moda, mientras que los sindicatos todavía enfrentan una lucha cuesta arriba tan solo para sobrevivir.
Al mismo tiempo, la élite de poder estadounidense ha ido abandonando la retórica cosmopolita de la construcción de naciones y la intervención humanitaria, mientras continúa librando guerras en todo el mundo. El repliegue de la globalización no implica un retroceso del imperio. Por el contrario, supone exhibiciones brutales de agresión imperial sin siquiera una pantalla retórica que disimule su rapacidad al desnudo. El «orden internacional basado en reglas» siempre fue un eufemismo conveniente para que Washington disfrazara el hecho de que era quien dictaba las reglas y daba las órdenes. Pero incluso esa pátina de multilateralismo parece hoy una carga demasiado pesada para la dirigencia estadounidense.
¿Existe algún otro actor geopolítico que intente cultivar su propia versión de internacionalismo? China abandonó hace tiempo la idea de promover la revolución mundial. La Unión Soviética, en cambio, siguió presentándose como baluarte del socialismo internacional hasta finales de la década de 1980, apoyando a diversos Estados y partidos en todo el mundo en nombre de ese compromiso. Pero el Partido Comunista de China priorizó el fortalecimiento de la capacidad estatal y la infraestructura económica propias, una de las razones por las que sigue en pie hoy, décadas después del colapso de la URSS.
Tras un largo período de desarrollo interno, la dirigencia china muestra mayor firmeza a la hora de hacer valer su peso en los asuntos globales. El viraje beligerante de la clase política estadounidense —una política bipartidista que se extendió de Donald Trump a Joe Biden y de regreso a Trump— les brinda un poderoso incentivo para fortalecer su músculo geopolítico. Las autoridades chinas han aprovechado la ocasión para presentarse como las verdaderas defensoras de las instituciones multilaterales. Sin embargo, hasta ahora hay pocos indicios de que Pekín pueda articular un nuevo orden internacional a su alrededor del modo en que lo hizo Washington tras 1945.
Por su parte, los líderes europeos combinan fintas retóricas hacia una mayor independencia de Estados Unidos con pasos concretos que profundizan su subordinación. En 2003, en el apogeo de la «hiperpotencia» estadounidense, Francia y Alemania se plantaron contra la invasión de Irak en el Consejo de Seguridad de la ONU, desestimando los argumentos minuciosamente elaborados del secretario de Estado Colin Powell. Hoy, las principales potencias europeas han agachado colectivamente la cabeza mientras Trump desata otra guerra en Medio Oriente que perjudicará a sus economías mucho más que a la de un Estados Unidos autosuficiente en materia energética.
Las élites europeas venden sus planes de rearme argumentando ante la ciudadanía la importancia de alcanzar la autonomía estratégica frente a los estadounidenses, de modo que Europa pueda librar sus propias batallas y defender sus fronteras. En realidad, los aumentos desmedidos en el gasto militar representan un pago de peaje a la administración Trump por parte de gobiernos entregados a una política de apaciguamiento.
La resistencia más firme al hipertrofiado presupuesto de defensa provino del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, quien además es la voz más crítica entre sus pares frente a la guerra de Trump contra Irán y las atrocidades genocidas de Israel en Gaza. En general, sin embargo, Europa se aferra con más fuerza aún a la reconfortante ilusión de una alianza transatlántica, mientras su pretendido aliado persigue a jueces de la Corte Penal Internacional y amenaza con anexar Groenlandia.
América Latina es otra región donde el aparente declive del poder estadounidense ha estrechado el margen para la acción independiente. Que Washington ya no pueda imponer su voluntad con la amplitud de hace dos décadas lo vuelve aún más decidido a retener el control de lo que considera sus territorios centrales. La injerencia electoral abierta ha impulsado las posibilidades de una extrema derecha latinoamericana ávida de colaborar, y el secuestro del presidente de Venezuela demostró que no hay límites a la hora de buscar la dominación hemisférica. Los gobiernos de México y Brasil son los principales baluartes frente a la marea de bazofia trumpista, pero nada garantiza que puedan resistir la presión coercitiva del Estado más poderoso de las Américas.
Cabe señalar que esta versión recargada del imperialismo no cuenta con una base popular sólida en el frente interno. Es fácil olvidar que las guerras de Afganistán e Irak contaron con un amplio respaldo por parte de sectores que compraron alguno de los diversos argumentos que la administración de George W. Bush utilizó para fabricar consenso. Solo cuando esas guerras derivaron en caos y masacre, el balance de la opinión pública comenzó a cambiar de forma decisiva. Hoy, Trump, Marco Rubio y Pete Hegseth apenas logran articular qué pretenden conseguir con su guerra contra Irán, y mucho menos generar un consenso amplio en torno a sus objetivos.
La ciudadanía de los demás Estados miembros de la OTAN muestra aún menos entusiasmo ante los intentos de apuntalar el poderío estadounidense. Sin embargo, sus dirigentes son incapaces de concebir una alternativa a la dependencia respecto del armamento, la tecnología y la infraestructura financiera de Estados Unidos. El fin de la globalización en su vertiente clásica, al estilo Davos, no conducirá a un resurgimiento de la autosuficiencia nacional mientras los gigantes tecnológicos estadounidenses sigan monopolizando los puestos de mando del capitalismo digital.
Frente a semejante concentración de poder, el internacionalismo del movimiento por la justicia global puede parecer un recuerdo que se desvanece, demasiado débil para desafiar al Consenso de Washington en su apogeo o para sacar provecho de su colapso actual. Sin embargo, el último cuarto de siglo ha sido testigo de muchas otras expresiones de internacionalismo progresista: desde la movilización global contra la guerra de Irak hasta los proyectos de izquierda en América Latina que demostraron los alcances del poder estatal y la cooperación transnacional.
Las rebeliones árabes de 2011 y los movimientos europeos contra la austeridad, las huelgas por el clima y las marchas en solidaridad con Palestina: todos representan distintas facetas de un espíritu internacionalista que impugna la lógica de la globalización neoliberal en la misma medida en que choca con la desglobalización posliberal. Confiar en ese espíritu puede parecer desmedidamente ambicioso o incluso utópico. Pero resulta mucho más realista que esperar que la estabilidad o la prosperidad provengan de los bandazos erráticos y destructivos de un imperio en decadencia.
Daniel Finn
Editor de Jacobin Magazine y autor de One Man’s Terrorist: A Political History of the IRA (Verso, 2019).
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