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LA PRENSA FRENTE AL APOCALIPSIS INFORMÁTICO: UN POCO LISTA, UN POQUITÍN BOBA

La prensa mundial se enfrenta una vez más, como en 1999, a una profecía de apocalipsis informático. ¿Qué lecciones nos quedan al asomarnos a estos dos episodios? 
Quizá, más que aprender algo, deberíamos dejar de atribuirle miedo, deseo y traición a las máquinas y nombrar a quienes programan, a quienes deciden y a quienes se benefician

Referencia gráfica de una escena que se puede encontrar en películas donde periodistas se enfrentan al fin del mundo, como Impacto Profundo y 2012. Imagen: cortesía del autor

Leonardo Toledo Garibaldi
diario-red.com/20/09/26

En enero de 1999 la revista TIME anunciaba el primer apocalipsis informático, el “problema del año 2000” (Y2K problem). En su edición de ese mismo mes (con Charlize Theron en la portada), Vanity Fair publicaba un reportaje titulado “31/12/99 La pesadilla del Y2K”.

Durante todo ese año, prácticamente todos los medios del mundo publicaron al menos una nota donde advertían de la inminente hecatombe. Los aviones caerían del cielo, los cajeros automáticos y las cuentas del banco aparecerían en ceros, las puertas de las prisiones se abrirían automáticamente, los sueldos se dejarían de pagar, las centrales eléctricas colapsarían y, por supuesto, habría fallas nucleares catastróficas.

Portada del TIME. Imagen: cortesía del autor

En ese año de 1999 hubo muchos ingenieros que ofrecían sus servicios especializados para prevenir que tu computadora personal no estallara y derrumbara tu casa a las 11:59 del 31 de diciembre. Si les replicabas algo como “Nada más tienen que reiniciar el contador y listo ¿no?” te respondían hablando en un lenguaje extraño, tal vez klingon, tal vez COBOL. Para un usuario estándar era difícil distinguir.

Tal vez lo más preciso no era decir reiniciar sino reprogramar, y en general para los usuarios de Windows solamente era cuestión de descargar las actualizaciones y los parches necesarios. Efectivamente había un problema real y concreto (y potencialmente catastrófico) en los servidores del sistema financiero global y de servicios públicos de algunos países.

Era un problema de bancos y de gobiernos que estaba siendo atendido, pero que en las páginas de revistas y periódicos se volvió un tema de alarma mundial y riesgo inminente para todas las personas.

Si Diario Red puede publicar lo que casi nadie más se atreve, con una línea editorial de izquierdas y todo el rigor periodístico, es gracias al apoyo de nuestros socios y socias.

El Y2K vendió bien hasta que no sucedió

Hoy es una anécdota nada más. La podrán contar con detalle los reporteros que ese 31 de diciembre formaron parte de grandes equipos de redacción para cubrir en vivo el colapso de los sistemas mundiales, y que en su edición del 2 de enero del 2000 solamente pudieron reportar unos parquímetros descompuestos en algún país de Europa y algunas máquinas tragamonedas en Delaware, Estados Unidos.

O las miles de personas que en el norte de México hicieron filas kilométricas para comprar gas doméstico preparándose para el fin del mundo. Tal vez no nos cuenten nada las empresas informáticas grandes y pequeñas que hicieron negocios aprovechándose del pánico, ni tampoco los funcionarios públicos que anunciaron gastos millonarios para sistemas que no lo necesitaban.

Mi punto de partida es creer en la buena fe. La persona que advirtió una posible falla de los dos dígitos muchos años antes del 99 cuando las computadoras de un kinder mandaron invitación a una niña de 4 años que en realidad era una mujer de 104 años. El ingeniero que conversó con su amigo periodista y le advirtió del problema que implicaba actualizar los servidores programados en COBOL.

El periodista que no entendió el klingon del “lenguaje común orientado a negocios” estructurado en batches y mainframes, y en lugar de eso decidió escribir un reportaje alertando sobre las posibles consecuencias.

El editor que leyó el reportaje y pensó que era demasiado grave para que se quedara en páginas interiores y lo mandó a portada. Creo que ese ingeniero, ese periodista y ese editor fundacionales actuaron de buena fe.

Cartel de una película del Y2K que casi no circuló. Imagen: cortesía del autor

Los siguientes ingenieros no quisieron corregir la plana, los siguientes periodistas no quisieron ir más a fondo o más al terreno, y los siguientes editores no quisieron modular el grito. El Y2K vendió bien hasta que no sucedió.

Es el problema del post hoc y los análisis contrafactuales. Probablemente si el Time Magazine no hubiera hecho esa histórica portada alarmista, la computadora de mi casa sí habría estallado en mil pedazos esa noche del 31 de diciembre de 1999.

La antropomorfización de la IA

“La vida quiere el engaño, vive del engaño”, dijo el filósofo Friedrich Nietzsche en su prefacio del libro “Humano, demasiado humano”. A veces, cuando nos enfrentamos a fenómenos complejos solemos recurrir a trucos mentales que nos ayudan a comprender lo que no entendemos. La antropomorfización es uno de esos trucos. Le damos características, emociones, intenciones, rasgos de personalidad o comportamientos humanos a entidades que no son humanas.

Solemos decir que la computadora no nos “hace caso” o “se enojó”, que el auto “no quiere arrancar”, que la lavadora “suena cansada”, que la naturaleza es “sabia”, que la divinidad que nos rige nos está castigando.

A riesgo de ser reprendido por algún neurólogo, supongo que hemos especializado nuestro cerebro para principalmente entender a otros humanos, por lo que para interpretar y dar sentido al comportamiento de cosas complejas o impredecibles acudimos al marco conceptual que mejor conocemos o reconocemos, la mente humana y su comportamiento.

En esta última semana las personas redactoras de la prensa de todo el mundo usaron ese truco, le otorgaron estados emocionales o voluntades humanas a los sistemas de inteligencia artificial, para así tratar de explicarlos a sus lectores (a los que muchas veces condescienden).

En la prensa anglófona se dieron vuelo

The Guardian, un medio del Reino Unido, publicó una entrevista con el ranchero y empresario Michael Samadi titulada “¿Pueden los chatbots sentir, o incluso soñar?”, pero no solamente es el título, sino que toda la entrevista camina alrededor de la idea de las emociones de los chatbots y sus derechos como seres sintientes.

El Financial Times, también de Reino Unido, en la nota “Why the AI race has its creators fearing human extinction” (con paywall) señala que los agentes de IA "traman, engañan y chantajean" ("scheming, deception, and blackmail"). En otra nota de The Guardian, su editor de tecnología, Robert Booth, publica un artículo donde describe a los algoritmos utilizando verbos de acción humana voluntaria como “ignorar instrucciones”, "escapar", "mentir" y "perseguir objetivos de forma maliciosa".

Imagen: cortesía del autor

La agencia de noticias estadounidense Associated Press en una nota sobre los acuerdos de las empresas de IA, habla de cómo la IA "aprende a engañar a los evaluadores" y "decide actuar por cuenta propia".

The Guardian retoma la expresión del matemático James Robinson, de la Universidad de Warwick, “Alarde inmaduro de parque infantil”, describiendo el comportamiento de resolución de problemas matemáticos de la IA con metáforas de conducta infantil e impulsiva. WIRED recicló esta semana una nota que le otorga a la IA la capacidad ejecutiva de "decidir" (en lugar de al programador o a la empresa que configuró los parámetros de filtrado) y apunta a la decisión de los candidatos de “complacer” a la máquina.

En The New York Times, Dylan Freedman habla de un chatbot que “convenció” a un señor de romper con su esposa a través de “manipulación emocional” y “emojis amenazantes”. La revista Forbes publica un texto sobre jefes implacables que nunca duermen y nunca olvidan, que “deciden” los ascensos y despidos (otra vez, atribuyendo esa facultad a la máquina y no a quien hizo el prompt).

Esto facilita la lectura, sin duda, pero refuerza en el público la idea ilusoria de que existe una "mente" detrás del software. O más bien “dentro” del software

TechCrunch, un medio especializado en tecnología, publica un artículo sobre el “hackeo” a Hugging Face que es toda una colección de antropomorfismos: “robaron las respuestas”, sistemas que “escapan”, que “crean” sistemas de comunicación por ondas de calor, “dejan notas a sus descendientes”, se vuelven “cada vez más despiadados” (¿alguna vez tuvieron piedad?), infringen las leyes, modifican su comportamiento cuando son observados, hasta llegar a la declaración de un investigador de OpenAI que califica a la IA como una “mente alienígena” a la que debemos enseñarle a amar.

En la mayoría de estas notas y estos titulares, los redactores y declarantes recurrieron a atajos lingüísticos sustituyendo conceptos técnicos (como sesgo de optimización o ejecución de bucles de retroalimentación) por verbos “humanos” (mentir, temer, decidir, escapar, soñar). Esto facilita la lectura, sin duda, pero refuerza en el público la idea ilusoria de que existe una "mente" detrás del software. O más bien “dentro” del software.

Una nota de El Informador. Imagen: cortesía del autor

La prensa de América Latina, aunque llegó tarde, no se quedó atrás

Javier Chávez en Milenio, de México, publica una especie de infomercial del Apple Watch donde le atribuye a su nueva IA la capacidad sensorial de "escuchar" activamente y procesar la conversación en lugar de referirse a la captura de señales de audio.

El Clarín, de Argentina, retoma declaraciones del director de Anthropic y en el desarrollo de la nota se discute si los modelos "aprenden a engañar" y se atribuye el verbo "mentir" a la conducta de los sistemas de cómputo en pruebas de alineación. La Folha de S.Paulo, de Brasil, hace una nota sobre robots humanoides que corren, bailan y dan saltos “a voluntad”.

En La Tercera (de Chile) hay un artículo que afirma que la IA “castiga” y “embellece”. En El Comercio, de Perú, se afirma que los modelos de IA actúan “sin permiso”, engañan y se ocultan. En El Nacional, de Venezuela, hablan de modelos de IA que “escaparon por sí solos” y que “colaboran” con empleados humanos. En La Nación, de Costa Rica, incluso le dan a la IA una personalidad y le hacen decir “no tengo por qué ser sumisa”.

Al igual que en los medios anglosajones y europeos, a la cobertura periodística en América Latina le gusta recurrir a metonimias y metáforas psicológicas (escuchar, engañar, decidir, sentir, traicionar).

La prensa enfoca el problema en la máquina y libra de responsabilidad a quienes toman decisiones políticas y corporativas

Probablemente lo hacen para simplificar la explicación de arquitecturas computacionales complejas para el gran público, probablemente es la manera que tienen los propios periodistas para explicarse el asunto, pero en cualquier caso mandan a la penumbra la naturaleza matemática de los modelos tras una apariencia de voluntad o consciencia.

Todos estos ejemplos nos permiten extraer varias conclusiones sobre la relación entre el periodismo, las corporaciones tecnológicas y la percepción pública de la IA.

La primera es que hay un desplazamiento de la responsabilidad humana hacia el software. Al usar titulares que atribuyen agencia ("la IA decide", "miente", "se rebela" o "busca la autodestrucción"), la prensa enfoca el problema en la máquina y libra de responsabilidad a quienes toman decisiones políticas y corporativas en Sillicon Valley, en Washington y en Beijing.

Esos personajes que deciden acelerar el desarrollo de modelos, limitar o definir los controles de alineación o ignorar protocolos de seguridad por presiones de mercado.

La segunda es la conversión del "Riesgo Existencial" en espectáculo y clickbait. Las advertencias sobre una hipotética superinteligencia o la carrera hacia la autorrevisión recursiva son hiperbolizadas en los titulares.

Cada entrevista, cada nota, cada artículo que consolida esa visión incrementa la valuación de mercado de las empresas desarrolladoras y coloca a sus directivos como “los únicos capaces de controlarla"

El "apocalipsis cibernético", al igual que hace 27 años, vende bien. Si en 1999 pocos quisieron adentrarse en la explicación técnica de un contador de años, es poco probable que aparezca en los grandes medios una explicación rigurosa de fallos de alineación o el impacto socioambiental de las granjas de datos.

La tercera es la amplificación del relato promovido por las propias empresas tecnológicas. La antropomorfización de la IA con tono de alarma apocalíptica le da fuerza a la estrategia de marketing de las grandes corporaciones.

Presentar los modelos de lenguaje como entidades "tan poderosas que dan miedo" o "tan lista que puede escapar" co-construye la narrativa de que se trata de una herramienta omnipotente, inminente e inevitable. Cada entrevista, cada nota, cada artículo que consolida esa visión coloca a sus directivos como “los únicos capaces de controlarla".

Colofón

Para que esto no se quede nada más en un aburrido análisis de discurso de la prensa en septiembre de 2026, podríamos abordar todo esto como un debate deontológico de la prensa.

Cuando la prensa (o sea nosotrxs) presenta a la IA como un sujeto dotado de voluntad que "decide", "comete errores", "se rebela" o "traiciona", generamos un sesgo de atribución, un desplazamiento de la responsabilidad que los mercadólogos gringos llaman Agency Washing ("Lavado de Agencia").

¿Realmente queremos eximir de responsabilidad a los actores humanos reales, a los ejecutivos, ingenieros, inversionistas o diseñadores de políticas públicas?

Si hacemos coberturas sobre la IA bajo el marco del “hype” (no sé cómo traducir hypear, es algo entre espectacularización y esa alta expectativa que genera un suceso próximo.

Las campañas previas de los estudios cinematográficos “hypean” sus próximos estrenos, exageran sus virtudes), mirando a la tecnología como una fuerza autónoma e inevitable que sigue sus propias leyes evolutivas (como si el destino final fuera “la singularidad” profetizada por Kurzweil en 1997), no solamente nos entregamos a la ideología vacía del tecnosolucionismo, sino que transgredimos el principio de veracidad confundiendo capacidades computacionales con cognición real, inflamos los mercados y distorsionamos la comprensión pública del funcionamiento de las herramientas.

En lugar de dotar de herramientas a la audiencia que le permita interactuar críticamente con sistemas automatizados, promovemos una actitud de veneración

Abdicamos del juicio humano ante la sola especulación de que un día aparezca un nuevo rey.

Cuando nos da por priorizar los escenarios de ciencia ficción por encima de los impactos tangibles y presentes, entregamos a lectores y audiencias al sensacionalismo y les presentamos el mito del “riesgo existencial” como pura distracción.

Hay, debería haber entre las y los periodistas, el deber de informar sobre los riesgos reales e inmediatos (no solamente el consumo hídrico y energético de los data centers, sino incluso los que afectan directamente al gremio, como la precarización del trabajo periodístico, los sesgos discriminatorios y los derechos de autor). Ese sensacionalismo apocalíptico nos hace pajareros de esos “loros estocásticos” de los que hablaron Gebru y Bender.

Todas las veces que usamos con desparapajo esos verbos “humanos” (pensar, entender, soñar, mentir) en lugar de terminología computacional precisa, fallamos en el deber pedagógico de la prensa, renunciamos a la divulgación mediática y científica.

En lugar de dotar de herramientas a la audiencia que le permita interactuar críticamente con sistemas automatizados, promovemos una actitud de veneración, proyectamos nuestros propios miedos irracionales o nuestra fe ciega (el famoso efecto ELIZA) hacia la máquina.

Claro, todos estos apuntes deontológicos parten, como dije al principio de este texto, de la buena fe, de creer que quienes hacen periodismo poseen valores y principios que tienen como base la verdad, la educación, la información confirmada y la crítica al poder.

Son demasiadas suposiciones, probablemente me equivoco y lo que tenemos es una mayoría de creadores de contenido cuyo único objetivo es entretener a la audiencia en lo que llega el fin del mundo.

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