El planeta pone los límites. El poder decide quién paga por ellos
La crisis ambiental no afecta a todos por igual: el poder económico y político decide quién puede protegerse y quién termina pagando el costo
"La crisis ambiental no afecta a todos por igual: el poder económico y político decide quién puede protegerse y quién". Foto Ap
Alejandro Svarch¹ y Federico Tobar²
jornada.com.mx/03 de septiembre de 2026
Desplegar una mirada geopolítica es apuntar a encontrar amenazas que hasta ahora pasaban desapercibidas. Durante años, la salud pública miró con preocupación el precio de los medicamentos innovadores. Luego descubrimos que otra amenaza residía en la dependencia de unas pocas cadenas globales para producir los genéricos que usamos todos los días. Ahora puede estar escapándose algo todavía más importante. Se trata de quién controla las condiciones básicas que hacen posible la salud.
Hablamos del agua, los alimentos, la energía, el clima, la biodiversidad y los territorios habitables. Durante mucho tiempo los tratamos como un escenario estable sobre el cual funcionaban los sistemas sanitarios. Ya no podemos hacerlo.
A fines del siglo XVIII, Thomas Malthus planteó una idea inquietante según la cual la población crecería más rápido que la producción de alimentos, y tarde o temprano el desequilibrio provocaría hambre, enfermedad y conflictos.
La historia pareció refutarlo. La Revolución Industrial, la expansión de la agricultura, los fertilizantes, el saneamiento, las vacunas y los antibióticos aumentaron la productividad y la esperanza de vida. Durante dos siglos, la tecnología corrió los límites cada vez más lejos.
Pero tal vez Malthus no se equivocó al pensar que había límites. Se equivocó al ubicarlos.
Hoy el problema no es sólo cuánto podemos extraer de la naturaleza, sino cuánto puede absorber el planeta de lo que producimos, consumimos y desechamos. Enviamos carbono a la atmósfera, contaminantes al agua y plásticos a los océanos como si esos depósitos fueran infinitos. Una parte del crecimiento consistió, en realidad, en postergar o trasladar sus costos.
El problema no es cuántos somos, sino cómo vivimos. Aquí es necesario apartarse de Malthus. La crisis actual no se explica simplemente por una población demasiado grande frente a recursos escasos. Importa cómo producimos, cómo consumimos y cómo distribuimos tanto los recursos como los costos de nuestra forma de vida.
Los países más pobres y los sectores de menores ingresos no ejercen la misma presión sobre el planeta que los grupos de alto consumo. Sin embargo, tienen menos medios para protegerse cuando llegan las consecuencias.
Esa es la paradoja. El progreso técnico logró alejar durante generaciones el hambre, la enfermedad y la guerra que Malthus imaginaba. Pero, como lo hiciera la ballena con Jonás, el deterioro ambiental amenaza con devolverlas por otra puerta. El cambio climático afecta la producción de alimentos y la disponibilidad de agua, modifica la distribución de enfermedades, agrava los fenómenos extremos y obliga a muchas poblaciones a desplazarse.
Esas consecuencias no son automáticas ni se reparten por igual. Están mediadas por el poder.
La amenaza es global, pero la protección frente a ella, no
Una sequía puede afectar a varios países al mismo tiempo, pero no tendrá las mismas consecuencias en todos. Algunos pueden importar alimentos, subsidiar precios o asegurar proveedores en otros continentes. Otros verán cómo el aumento internacional del precio de los granos se convierte rápidamente en hambre.
Con el agua ocurre algo parecido. Cuando escasea, deja de ser sólo un problema natural. Se transforma en una disputa: qué ciudades, territorios, actividades económicas y poblaciones conservarán el acceso. La infraestructura, los recursos fiscales y el poder político definen quién puede comprar seguridad y quién debe soportar la escasez.
También aparece una frontera más, la de la movilidad. Quienes tienen dinero, seguros y pasaportes poderosos pueden mudarse. Los demás encuentran muros, controles y rutas cada vez más peligrosas.
La capacidad de comprar protección. Durante dos siglos, las economías más poderosas trasladaron buena parte de los costos ambientales de su desarrollo hacia otros territorios. En las próximas décadas podrían intentar hacer lo mismo con su vulnerabilidad.
Pueden diversificar proveedores, acumular reservas de alimentos, construir infraestructura hídrica, subsidiar energía, relocalizar industrias estratégicas y fortificar fronteras. También pueden desplazar hacia otros países las actividades que consumen más agua, energía o territorio.
La escasez no desaparece: cambia de lugar
Esta puede convertirse en una de las grandes desigualdades del siglo XXI. Ya no se tratará solamente de quién tiene más riqueza, sino de quién posee la capacidad económica, tecnológica y política para protegerse frente a los límites del planeta.
La salud pública debe ampliar su mirada hacia determinantes geopolíticos. La salud pública aprendió hace tiempo que sus mayores logros no ocurrieron solamente en hospitales y consultorios. El agua potable, el alcantarillado, la alimentación, la vivienda y las condiciones de trabajo hicieron tanto por la esperanza de vida como muchas intervenciones médicas. Hoy necesita volver a ampliar su mirada. A los determinantes sociales de la salud debe agregar sus determinantes geopolíticos.
Un sistema sanitario preparado para este siglo no puede limitarse a calcular cuántos hospitales, médicos y medicamentos necesitará. También debe preguntarse de dónde vendrá el agua que usan esos hospitales, si sus cadenas de suministro resistirán una crisis y cómo seguirán funcionando durante olas de calor, inundaciones o sequías. Si puede registrarse una invasión de pacientes provenientes de otros territorios.
Debe anticipar qué enfermedades aparecerán en territorios donde antes no existían, cómo garantizar energía y alimentos y qué respuesta ofrecer a las poblaciones obligadas a desplazarse.
No se trata de remplazar la agenda sanitaria por una agenda ambiental. Se trata de reconocer una realidad básica. Sin ciertas condiciones planetarias, producir salud es materialmente imposible.
Durante mucho tiempo imaginamos el desarrollo como una carrera para vencer todos los límites. El desafío de nuestra generación es aprender a vivir dentro de ellos sin permitir que los más pobres paguen el precio.
Malthus creyó que la naturaleza impondría sus límites a la humanidad. Dos siglos después sabemos que entre esos límites y sus consecuencias están los mercados, las instituciones, los estados y las decisiones políticas. Por eso esta crisis es, al mismo tiempo, planetaria y profundamente política.
El planeta pone los límites. El poder decide quién paga por ellos.
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1. Director general del IMSS-Bienestar. México. Ciudad de México
2. Asesor del Fondo de Población de Naciones Unidas. Kenia. Nairobi
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